Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios La objeción de conciencia y el MSP

EL OBSERVADOR |

La doctora Leticia Rieppi manifiesta su sorpresa ante el elevado número de ginecólogos que en Salto, Paysandú y Tacuarembó plantean que no llevarán adelante abortos o interrupciones de embarazos. Y se sorprenderá asimismo de que catedráticos de Ginecología de la Universidad de la República hayan expresado similares intenciones. Se comprende las ansiedades funcionales que genera su cargo, pero parece olvidar las enseñanzas aprendidas por el mundo entero durante el siglo XX así como los progresos de la ciencia en las últimas décadas.

Entre 1914 y 1945, se sucedieron la primera y segunda guerra mundial, el nacimiento, auge y caída del nazismo, así como el nacimiento y despliegue del comunismo soviético, si bien muchos de sus desvaríos fueron conocidos mejor con posterioridad. Era imprescindible sentar las bases de un ordenamiento social –comenzando por su afirmación jurídica a nivel de Declaración– en el que el imperio de la raza, del dinero, de la nación, de la religión, de la clase, de las armas, de la lengua, de la ideología o de la cultura no llevara a una aniquilación entre los hombres.

En el Preámbulo de la Declaración de derechos humanos se lee: “Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad”. Luego la Declaración en su artículo 1º afirma: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Más adelante en su artículo 3º puede leerse: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.

Visto con la perspectiva que dan las décadas actuales su vigencia es mayor aun. La globalización ha comportado un incremento de relaciones, comunicaciones e intereses de distintos pueblos y culturas. No solo entre continentes y países, sino que la diversidad cultural dentro de un país o región es un fenómeno nuevo y creciente. La paz, la justicia y la posibilidad de prosperidad hacen necesaria una base común para el diálogo, en algo tenemos que estar de acuerdo. Las “aberraciones” de los primeros 40 años del siglo XX llevaron a buena parte de los países a acordar un respeto por los seres humanos como punto de partida. Nunca es lícito matar un inocente, violentar una conciencia o esclavizar a un ser humano.

Otra manifestación del carácter inalienable de los derechos humanos lo encontramos en la Carta de las Naciones Unidas. Cuando los derechos humanos de un pueblo son gravemente violados y el gobierno de ese país no actúa o es incluso el responsable de que eso ocurra, la comunidad internacional tiene la responsabilidad de proteger. Poco a poco el concepto de “intervención humanitaria” ha dado paso al de “responsabilidad de proteger”. El último caso de intervención de este tipo ha sido el de Libia en 2011. Se puede decir que la soberanía de los Estados encuentra un límite en los derechos humanos, que se constituyen así en un punto de partida básico para lograr una convivencia justa, pacífica y próspera. La defensa de los derechos de los débiles y de los que no tienen voz deviene responsabilidad de la comunidad internacional.

Se ha considerado con acierto que la ilegitimidad de la justicia por mano propia suponía superar la ley del talión, ojo por ojo, diente por diente. Suficientes experiencias tiene la humanidad de lo que comportan las escaladas de violencia, como fue el caso de las dos guerras mundiales. Por eso es imprescindible tener en cuenta que la solución de los problemas implica un camino arduo, una serenidad para tratar los asuntos, dejando a un lado apasionamientos y arrebatos que solo contemplan un aspecto de los problemas.

Cabe preguntarse: ¿Cuál es la conexión entre lo antedicho y la interrupción del embarazo? Es el momento de dejar hablar a la ciencia. La humanidad tiene como puntos de partida para sus decisiones las tradiciones éticas de las distintas culturas, sus experiencias históricas y los avances de la ciencia, cuyo progreso es especialmente admirable en los últimos dos siglos.

Afirma el doctor y expresidente Tabaré Vázquez en el veto interpuesto a la ley aprobada en el año 2008. “La legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos –incluso el nuestro– el ADN se ha transformado en la ‘prueba reina’ para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo”.

Una manifestación de las consecuencias sobre el orden jurídico del avance de la ciencia es la creciente presión mundial contra la pena de muerte. Con el comienzo del uso del ADN como prueba en los últimos 25 años se reveló que muchos convictos no eran culpables. Es recurrente la existencia de películas cuya trama gira en torno a si se conservaban las pruebas materiales del delito que habían provocado la sentencia para poder reabrir el juicio criminal, aplicar la prueba de ADN y obtener la declaración de inocencia del “homicida”.

La vida humana no es un ámbito para juicios ligeros. Es diferente ganar una votación que apruebe como legal el aborto o la interrupción del embarazo y otra muy diferente acometer a título personal el acto de interrupción. Por eso no le debe sorprender a la doctora Leticia Rieppi el cúmulo de objeciones de conciencia, que la llevan a reclamar que en las ciudades donde los médicos no quieran llevar adelante abortos, las instituciones médicas deban encargarse de derivar a las pacientes hacia otras ciudades. Está claro que no es lo mismo dar una orden administrativa desde el ministerio e incluso dañar profesionalmente a un médico, que acometer conscientemente la interrupción de un embarazo a una persona determinada con nombre y apellido y cuando no es difícil que se pueda ver en el feto los rasgos físicos del nuevo ser.

Por: Alfonso Ma. Ramos Inthamoussu – Es profesor de la Universidad de Montevideo