Iglesia al día

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@Pontifex

La Iglesia en los medios La laicidad [Opinión]

EL PAÍS |

JUAN MARTÍN POSADAS
EX SENADOR, ESCRITOR

Hace ya tiempo que el Uruguay se definió a sí mismo como país laico, con un estado laico. Pero es una definición que no se cumple; hemos perdido la laicidad.

El concepto de lo laico se contrapone a lo religioso. Todas las grandes religiones tienen impulsos proselitistas. Las instituciones que representan o tramitan en este mundo los valores religiosos eternos son las iglesias. Al percibirse éstas a sí mismas con tan estrecha relación con aquellos valores sobrenaturales se sienten impelidas a extenderlos a todos los hombres, los fieles que están en su seno y los que todavía no lo están. Es por eso que todas las iglesias tienen una tendencia a hacer que sus valores y parámetros de comportamiento se hagan obligatorios para todos. Obligatorios moralmente y obligatorios legalmente. Ahí empiezan los problemas.

La Iglesia Católica, por ejemplo, considera que el matrimonio es una unión permanente e indisoluble de uno con una y así lo estipula para sus miembros. Como considera que también sería bueno para todos (y no podemos negar a priori que pueda tener razón) busca la manera de convencer para hacerlo un comportamiento universal. Pero la Iglesia no debe procurar hacerlo civilmente obligatorio, objeto de ley y sometido a juez. Eso es la laicidad.

El estado, por otra parte, es quien determina lo que es obligatorio para el ciudadano y es quien tiene legitimidad para juzgar las contravenciones y establecer las penas que correspondan. El estado republicano no define el bien absoluto o los valores universales sino aquellos bienes o valores que los ciudadanos libremente eligen por los mecanismos que para ello se dan. Determinan lo que consideran bueno para ellos y, por ende, obligatorio para todos ellos.

Para la teología católica ninguna conducta tiene valor moral o religioso alguno si no es libre, nacida del convencimiento y no de la coacción. Aquello de quemar herejes y forzar conversiones fueron aberraciones sin atenuantes. En cambio, para el estado lo que vale es la observancia externa de la norma, aunque sea a regañadientes y por coacción. En lo interno no se mete, se lo deja a las Iglesias. Eso es la laicidad.

Existen organizaciones civiles —el Partido Comunista, por ejemplo— que también se sienten portadores y representantes de un bien absoluto y universal, bueno para todos los hombres en todas partes y en todas las épocas. El Partido Comunista procura hacer obligatorios sus preceptos y fiel a esa doctrina así ha procedido en todos los países y ámbitos donde ha tenido poder suficiente. La libertad es completamente secundaria en la visión comunista: es un valor burgués. La laicidad, lo mismo: otro valor burgués. No es razonable permitir que nadie se aparte del recto camino hacia el paraíso marxista o la sociedad sin clases.

La laicidad, tan sana para todos, tan honrada en el viejo Uruguay, ha sido descuartizada, tanto en los hechos como conceptualmente, por la izquierda que hoy gobierna. Algún iluso creyó otra cosa (o se abrazó a una culebra para ganar votos) y ahora son los lamentos. No hay laicidad en la enseñanza, no la hay en la Universidad ni en los gremios y la destrozaron en el imaginario colectivo. Y sin laicidad no hay libertad.

Alguno dirá al llegar a este punto: ¡qué osadía comparar el Partido Comunista con la Iglesia Católica! No escandalizarse; hay una gran diferencia: en las iglesias hay confesionarios, en el Partido Comunista no.