Iglesia al día

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Sin categoría La izquierda ya fue [opinión – menciona a la Iglesia católica]

EL PAÍS |
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Por Sergio Abreu.

La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades son principios fundamentales de la democracia y los únicos compatibles con la justicia. Sin embargo, no son los principios que la izquierda ha defendido, ni siquiera después de la estrepitosa caída del socialismo real de la mano del despotismo y la pobreza.

Los postulados científicos de Marx partieron de la premisa de que el “cielo” podía vivirse en la tierra y que solo era necesario terminar con la propiedad privada de los medios de producción para alcanzar suficiente abundancia para todos en un mundo sin clases sociales regido por la fraternidad universal. ¡¡¡Fracaso total!!!

A pesar de esa realidad, la soberbia de esa corriente del pensamiento se resiste a aceptar que en nombre de esas certezas ideológicas no se debe tratar como hereje a todo el que piensa de forma diferente. Eso explica por qué los grandes referentes del socialismo marxista, Lenin, Stalin, Mao Tse Tung, Fidel Castro, fueron grandes carniceros como lo son hoy los asesinos al menudeo como Maduro, Ortega y otros. Todos ellos confirman que desde que el hombre es hombre, todo esfuerzo por imponer virtudes a otros deriva en inquisiciones, torturas, ejecuciones, persecuciones y corrupción.

El Brasil, con sus luces y sus sombras, es un buen ejemplo. Durante el gobierno de Lula el comisario político de la diplomacia brasileña Marco Aurelio García viajó a Cuba en los últimos días de vida del presidente Chávez, con el fin de organizar con los hermanos Castro la transición de la Presidencia de Venezuela a favor de Maduro. Chávez siendo un creyente militante decidió morir fuera de su patria en el “paraíso socialista” como antesala a su tránsito a la eternidad.

A todo esto ya se había producido la crisis del gobierno paraguayo por el juicio político que destituyó al presidente Lugo de acuerdo a la Constitución. A partir de allí surgió como nueva figura jurídico-política el “golpe parlamentario” con el objetivo de impugnar la destitución del Presidente “amigo”. Algo similar sucedió en Brasil con la destitución de Dilma Rousseff y el procesamiento de Lula precedido de los de José Dirceu, José Genoino, Deluvio Soares y otros tantos, por corrupción generalizada. El “golpe parlamentario” volvió a invocarse y la izquierda concentrada en el Foro de San Pablo respaldó a Lula con la presencia activa de “compañeros” como Raúl Sendic y la visita de José Mujica al expresidente en la cárcel, aunque afortunadamente sin recomendar a los uruguayos que su futuro era subirse al estribo del Brasil, “uséase” dijera Gonzalo Aguirre, al estribo del Brasil del Partido de los Trabajadores, que no es lo mismo. Una particular visión de estadista.

Cuando Lula fue privado de ser candidato por decisión judicial, nombró como su sucesor a Fernando Haddad exprefecto de San Pablo. La derrota fue tan aplastante que ni Dilma fue electa senadora por Minas Gerais, una señal que el pueblo emitió no solo para la dirigencia política brasileña. La pregunta surge sola ¿acaso la izquierda del resto de la región no puede reconocer que los monstruos anidan en sus filas y que ellos son los causantes de los fracasos de su gestión, de la corrupción de sus gobiernos y del descontento popular? Aun asumiendo la inexistencia de la mínima autocrítica, es bueno recomendar, en especial a los ministros con carteras que mucho tienen que ver con la economía y la buena relación con cualquier gobierno brasileño, que deberían exhibir mayor prudencia ante el resultado electoral en Brasil y no descalificar al candidato más votado, más allá de lo que se pueda pensar sobre sus planteos y expresiones.

Pero el Partido de los Trabajadores no deja de sorprender. Su candidato, Fernando Haddad, de cara a la segunda vuelta visitó a las autoridades de la Iglesia católica y a líderes evangélicos asumiendo por escrito el compromiso de no impulsar la legalización del aborto y alertando sobre los “falsos profetas” que siendo lobos devoradores se disfrazan de ovejas. ¡Qué conversión! ¡Solo Dios logra ese milagro! Los cristianos del Frente Amplio pueden sentirse bien representados al descubrir que el candidato de Lula y la mutante izquierda brasileña han recuperado la fe para merecer la confianza de la población que cree en un ser superior. ¡Qué hipocresía! ¿No tienen nada que decir los cazadores de brujas en el Uruguay que persiguen a una senadora y a varios diputados porque los curas, los pastores y esos cristianos los votan? Seguramente dirán que no es por eso, pero ya nadie les cree ni siquiera cuando invocan maniobras oscuras para descalificar sus preferencias. Eso sí es ser reaccionario y conservador; solo esa izquierda ha sido capaz de quedar impune ejerciendo su intolerancia genética mezclada entre el doble discurso de los derechos y su desprecio por las opiniones ajenas.

En Venezuela muere un disidente y el gobierno se niega a investigar asesorado por los miles de cubanos del régimen que lo asesoran. En Nicaragua los paramilitares secuestran, torturan y matan a cientos de ciudadanos, la mayoría de ellos jóvenes que reclaman libertades, y la reacción del Frente Amplio o es selectiva o cómplice con la violación de los derechos humanos.

Puede molestar pero ya no es impune esta izquierda latinoamericana totalitaria transformada en una gran olla donde entra todo, según las circunstancias, con el objetivo de mantener el poder. La realidad nos muestra un obsoleto modelo de pensamiento mágico, maquillado por una teoría científica de la historia enfrentada a un destino irreversible. El pueblo como en Brasil y en otros países, ha empezado a rebelarse en las urnas acuciado por una avasallante revolución tecnológica. Da para reflexionar, pero aun así, esa izquierda incapaz de una mínima autocrítica se mantiene abrazada a monopolios públicos ineficientes, a una persistente indisciplina fiscal y a irritantes privilegios corporativos.

La modernidad exige otro ritmo para evitar el destino de una eterna periferia. Depende del pueblo, de esa masa que no es la derecha, sino la que cree en el derecho aplicado a todos por igual y cuyo respaldo electoral hay que merecer antes que sea demasiado tarde.