Iglesia al día

" Pobres de nosotros si no tuviéramos a esta poderosa intercesora que nos ha de alcanzar el paraíso. "
San Alfonso María de Ligorio

Una católica afrouruguaya: Ana Josefa Barbera “Tía Ana”

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Dentro de una serie iniciada hace ya algunos años, el Correo Uruguayo ha incluido esta estampilla, emitida el 12 de diciembre de 2014, con el retrato de Ana Josefa Barbera “Tía Ana”, obra de la artista plástica Mary Porto Casas. El sitio web del Correo Uruguayo publica esta reseña, firmada por el Profesor Oscar D. Montaño, que muestra que esta estampilla cabe bien dentro de “La Iglesia en la Filatelia”.

Conocida como Tía Ana, esta africana había logrado comprar su libertad. Se casó con el paraguayo Carlos Montiel. “El 18 de julio de 1808, José Antonio Inchaurbe, como co-albacea de Ibarra, vendió a Carlos Montiel y su esposa Ana Josefa Barbera, negra libre, la acción y derechos que tenía a un rincón entre el Tacuarembó Chico y el Tres Cruces, frente de arroyo a arroyo y 8 leguas de fondo.”
Este territorio es conocido como “Rincón de Tía Ana”.
Carlos Montiel y Ana Josefa Barbera aparecen censados en el padrón que Artigas mandó levantar en el campamento de Ayuí. El 10 de marzo de 1812 Ana Josefa daba conformidad a su testamento en la villa del Salto Chico del Uruguay, nombrando albaceas testamentarios a su esposo Carlos Montiel y al religioso trinitario Fray Manuel Úbeda, uno de los fundadores de Trinidad de los Porongos. Allí declaraba que los bienes adquiridos durante el matrimonio, consistían en una estancia situada en Tacuarembó Chico, con ranchos, corrales y ganados, caballares y vacunos, ocho y media cuadras de terrenos en los propios de la ciudad de Montevideo.
Agrega que no teniendo heredero forzoso alguno, era su voluntad fundar una capellanía “cuyo capellán tenga la obligación de existir en mis dichos terrenos de Tacuarembó Chico, celebrar los domingos por mi Alma y asistir en lo espiritual a todo aquel vecindario por hallarse tan destituido de bienes espirituales, pues la iglesia más cercana dista cuarenta leguas, para cuyo efecto se deberá edificar un oratorio público, para lo cual ruego y suplico al ilustrísimo obispo y Real Patronato tenga a bien esta mi deliberación, concediendo y librando los despachos que se pidan por algunos de mis albaceas en virtud del poder que les confiero…”
Otro gesto de Ana Josefa fue el de hacer beneficiario en su testamento a un “hermano de color”, el “moreno libre Mariano Palacios” que había trabajado con ella. Es así que ordenó que “se le den ciento cincuenta animales en recompensa de los buenos servicios que me ha hecho, lo que anoto para su cumplimiento”.
La capellanía que había instituido Ana Josefa poco antes de su fallecimiento debía sostenerse y fundarse con el usufructo de la estancia, es decir con el producto de los arrendamientos de la parte que le correspondía en la mitad del terreno y ganado.
El 29 de julio de 1820, Dámaso Antonio Larrañaga, le ordenó al cura vicario interino de los Porongos, Fray Manuel de Úbeda, pasase a poner en ejecución dicho legado, erigiendo un oratorio público en Tacuarembó Chico. Pero ante la total destrucción de los bienes, ya que el ganado destinado para los gastos que debían invertirse en la fundación de la capellanía nada producía, los albaceas resolvieron vender los restos del caudal…
Casi una década después, en enero de 1832, ya constituida la República, en el Rincón de Tía Ana, el coronel Bernabé Rivera puso en planta el pueblo de San Fructuoso (hoy Tacuarembó).