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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios La Iglesia Católica y el balde laicista [Opinión]

MONTEVIDEO PORTAL | Columnistas |

José Pablo Franzini Batlle

“Manifestemos nuestro ser cristiano, no nos quedemos sin proyectarnos, dentro nuestro este balde laicista que le han impuesto a este país como un dogma, de que lo religioso -y en especial lo cristiano- tiene que quedar dentro de la conciencia espiritual”. Pertenecen estas palabras al Sr. Martín Sturla, autoridad máxima en Uruguay y segundo en el orden mundial de la Iglesia Católica, nos parece sensato aclararlo, pues cuando habla la autoridad máxima de una institución, habla la Institución.

La Real Academia Española define como laico al ser independiente de cualquier organización o confesión religiosa. Nuestro país logró la consagración del Estado Laico en la Constitución de 1918 donde el artículo 5º establece: “todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay. El Estado no sostiene religión alguna”, artículo que continúa vigente al día de hoy.

Por supuesto que llegar a lo anterior supuso un largo proceso de secularización que da comienzo oficial el 18 de abril de 1961 mediante el decreto que a reacción de la negación, por parte del vicario Jacinto Vera, de otorgar sepultura al ciudadano uruguayo escocés Enrique Jacobsen por su condición de masón, traslada al gobierno municipal los cementerios, hasta ese tiempo administrados por la Iglesia Católica.

No menos cierto es que lo anterior hallaba orígenes en el 3º artículo de la Instrucciones del año XIII: “promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable” así como en en 1843 Andrés Lamas, jefe político de la Defensa, sustituye las denominaciones católicas del nomenclátor por otras de carácter laico.

Continúan, también, otras acciones en pro del Estado Laico, en 1877 se consagra la ley de enseñanza pública basada en la gratuidad, obligatoriedad y laicidad que impulsó José Pedro Varela. En 1885 se consagra el matrimonio civil obligatorio antes de la celebración del religioso. Las leyes de divorcio aprobadas en 1907, 1910 y 1912, la eliminación de los crucifijos de los hospitales públicos, la eliminación del catecismo en la educación pública primaria, el juramento laico para las autoridades legislativas, la eliminación del cargo de capellán en el ejército, creación de un calendario laico, sustituyéndose los feriados de carácter religioso por otros de carácter laico y cosmopolita, instituyéndose como días feriados, el 1º de mayo, el 4 de julio, el 14 de julio, el 20 de setiembre, o el 25 de diciembre como día de la familia, y la semana antes llamada santa, como semana de turismo. Y finalmente, la consagración del Estado Laico, como dijimos más arriba, con la Constitución de 1918.

Ese largo proceso estuvo invadido por discusiones filosóficas, hoy superadas. Es común escuchar a muchos uruguayos decir: “yo no creo, pero respeto…”. El concepto de Estado Laico fue el que hizo posible la convivencia sin ofensas, la tolerancia, aceptar al otro, en fin…, convivir por encima de todo.
La Iglesia entonces, mediante su máxima autoridad en el país y la segunda en el orden jerárquico mundial, califica todo el largo proceso anterior como haberle colocado a la sociedad toda, un balde, “el balde laicista”

Ese “balde laicista” al que refiere Sturla es el que nos ha permitido convivir en paz y armonía desde hace casi 100 años, es el que ha permitido que en nuestro país se desarrollen otras religiones tan o más numerosas que la católica, es el que hace que individuos como quien escribe, desarrollen su vida sin necesidad de creencias ni símbolos religiosos, pero sin abandonar la fe que la naturaleza, nuestras convicciones y fuerzas nos otorgan.

Ese “balde laicista” es el que ha permitido que ningún edificio utilizado para fines religiosos paguen impuestos. Por lo que, parece claro, el Estado no pretende impedir. Todo lo contrario, garantiza la imparcialidad. Nadie le impide a la Iglesia Católica u cualquiera otra adquirir un predio y colocar allí las imágenes o símbolos religiosos que prefieran.

Ese “balde laicista” que permite que convivan en paz quienes profesan una religión logren concurrir a las playas en la celebración de sus dioses o cuelguen en el exterior de sus viviendas la imagen sagrada que prefieren recordar el 25 de diciembre, con aquellos que preferimos disfrutar, sin símbolos religiosos, los afectos familiares.

Ese “balde laicista” fue un proceso logrado por una sociedad que en su mayoría decidió recorrer esos más de 100 años en pos de la igualdad de oportunidades, la inclusión de todos nuestros habitantes cualquiera sea su condición religiosa, política o sexual.

Ese “balde laicista” es el que le ofrecemos colocar a Martín Strurla, quizás luego – al quitárselo – sea más inclusivo, más justo, menos resentido y no propenda más al enfrentamiento entre hermanos, reeditando viejas discusiones que a nada conducen.