Iglesia al día

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La Iglesia en los medios “La gente de Colombia tiene el corazón muy duro”

EL PAIS |

Glorificada con la Legión de Honor en Francia y el Premio Príncipe de Asturias a la Concordia en España, Ingrid Betancourt fue ungida con los óleos de la santidad en una audiencia privada del papa Benedicto XVI, y nada parecía interponerse en su previsible carrera hacia la Presidencia de Colombia. Los monaguillos de la excarcelada levitaban de emoción imaginándose en palacio. Pero los errores de cálculo, la propensión a la altivez y los claroscuros de la ordalía demolieron su popularidad. Necesitó de ayuda para reconstruirse emocionalmente.

El secuestro más mediático de la historia hirió de muerte su matrimonio. Lejos de abrazar a su marido con la pasión supuestamente acumulada durante seis años de ausencia, el día del reencuentro le saludó glacialmente, como si se hubieran despedido un día antes. Apenas esbozó una sonrisa cuando Juan Carlos Lecompte, perplejo, se atrevió a darle un beso en la mejilla, que ella no devolvió. Siempre abrazada a su madre, soltó un brazo para acariciar superficialmente el mentón de su esposo y decirle sin alegría ni emoción: “¿Qué hay de nuevo, Juaqui?”. Después le palmeó la mejilla con flojera y no hubo más. Aquella noche fue de separación de almas y cuerpos. Dos años después se divorciaron.

Los fastos de la liberación entraron en sordina tras reclamar casi cinco millones de euros al Estado colombiano. Ahí Ingrid se vino abajo.

Ahora ella se siente espiritualmente cambiada, inmersa en una transformación de valores, pero mortificada todavía por las secuelas del martirio. Volcada en la introspección, reforzada su devoción a la Biblia y los salmos, conserva los buenos amigos del patriciado. Puede escribir en el aislamiento de una casa alpina si le apetece, viaja a París y Nueva York, y ahora reside en la ciudad británica de Oxford para abismarse en el estudio de la divinidad y el griego del siglo IV antes de Cristo. Su actual itinerario, lejos de Bogotá, sintoniza con el perfil de una persona habituada a los langostinos con cubiertos de plata y proclive a la sofisticación de la Quinta Avenida neoyorquina.

“La gente de Colombia tiene el corazón muy duro”, se quejó. Millones de colombianos lo endurecieron al conocer que la mujer nacida entre algodones y fragancias, la hija de un embajador ante la Unesco y una reina de belleza, la adolescente educada junto a la torre Eiffel y la British School, la activista llena de irreverencia y frescura que repartía condones contra la indecencia parlamentaria, había pedido una reparación multimillonaria a la Hacienda pública, a cargo del contribuyente. Fue crucificada sin piedad en encuestas y foros.

De poco le sirvió la creación de una fundación sobre derechos humanos, y conmovió lo justo el testimonio de su calvario, recogido en el libro No hay silencio que no termine. No impresionó en su país tanto como en Europa o EE.UU., porque cientos de compatriotas secuestrados habían divulgado antes sus propias torturas y porque el horror se turnó con el espanto en la Colombia de los últimos cuatro decenios. No hubo forma de levantar la imagen de una mujer que convalece de una enfermedad incurable: el rencor nacional.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince quiso conocerla, descubrir si era la bruja que decían o el ser humano profundo que adivinó leyendo su libro, redactado en un refugio de montaña, solo visitada por el llanto y las evocaciones angustiosas. “Es la segunda persona: dulce y serena, inteligente y adolorida, con las heridas curadas, pero con cicatrices todavía frescas”, concluyó.

De candidata a niña caprichosa y consentida

Impelida por el atolondramiento y la ambición, la excandidata presidencial del partido Oxígeno Verde en las elecciones de 2002 se adentró en territorio de las FARC, y aquello fue como robar a un borracho: ella y su directora de campaña, Clara Rojas, fueron secuestradas. `¿Por qué no me paró el Ejército si era tan peligroso?`, se preguntó en una entrevista con la revista Bocas. Probablemente no hubieran podido porque siempre fue tozuda y necesitaba del atajo mediático. La temeridad le costó cara, pero pocos podrán negarle coraje en la denuncia de la corrupción y cobardía entre los políticos colombianos. Ingrid aún se duele del castigo, le cuesta sobrellevar las distorsiones o mentiras sobre su secuestro, la bilis vertida en Colombia cuando pidió los cinco millones, y la inquina de quienes redujeron su trayectoria política al capricho de una niñata afrancesada y consentida. “Otros secuestrados por las FARC también pidieron la indemnización”, dijo.

Ingrid Betancourt

El desplome político y el aislamiento personal de la exsenadora franco-colombiana Ingrid Betancourt se fraguaron hace cuatro años, cuando cometió la torpeza de reclamar al Estado colombiano más de cinco millones de euros por las supuestas responsabilidades oficiales en su secuestro por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La querellante, que estudia teología y griego antiguo en Oxford y reflexiona sobre la condición humana, recobró la libertad, vendió millones de libros y varios productores quieren una película, pero Betancourt perdió el cariño de la mayoría de sus compatriotas, incapaces de entender su sablazo al Estado. Se desdijo -“era una cantidad simbólica”-, pero el aborrecimiento había cobrado vida propia. Liberada en julio de 2008 tras seis años de cautiverio, esta mujer resolutiva y valiente transitó en cuestión de días del cielo al infierno: de la apoteosis de París, Nueva York, Madrid y Roma al olvido y la malquerencia en Colombia.