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Tiempo de la Creación

Noticeu La Fazenda de la Esperanza: Un cambio radical de vida tras tocar fondo

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“Yo llegué llorando a la Fazenda porque no quería entrar y hace 5 días salí llorando porque no quería dejarla”. Con esa frase Belén expresaba en forma muy sintética la metamorfosis que sus 12 meses de recuperación en la Fazenda de la Esperanza había provocado en lo más íntimo de su ser. ¿Cuál es el secreto de esta y tantas otras recuperaciones? el amor y el perdón. Así se lo hicieron saber a un grupo de periodistas el viernes de noche Miguel, Paola, Analía, Belén y Janaína, acompañados por el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant.

Las chicas llegaron a Melo a mediados de julio para inaugurar el próximo 22 de Agosto “Villa Betania”, la nueva casa de la Fazenda de la Esperanza pero esta vez femenina. Hace 6 años se instaló en Cerro Chato la primera casa de la Fazenda de la Esperanza “¿Quo Vadis?”, una chacra adquirida por el entonces Párroco de Cerro Chato, P. Miguel García Cava (ya fallecido), con miras a instalar un centro educativo para jóvenes. Miguel, paraguayo, es el responsable de esa casa.

La Fazenda de la Esperanza es una comunidad terapéutica, cuyo origen se remonta a 32 años atrás, en Brasil, reconocida por la Iglesia católica, que actualmente cuenta con 101 casas en 16 países. Ofrece respuesta al problema de las distintas adicciones  (dependencia química, alcoholismo, tabaquismo, ludopatía, desórdenes en la alimentación).

De las 8 misioneras voluntarias y ex adictas que llegaron a Melo, 5 son argentinas, 1 es brasileña, 1 es mexicana y 1 uruguaya. La mayoría de ellas están de paso por Uruguay ya que llegaron solamente para acondicionar la casa de manera que las mujeres que ingresen a partir del 22 de agosto encuentren un lugar tan acogedor y en buenas condiciones como el que alguna vez las albergó a ellas en su momento de mayor dolor..


LA ACOGIDA DE LOS URUGUAYOS

La “tertulia” compartida con los periodistas comenzó con el comentario de Paola, argentina y voluntaria externa de la Fazenda, sobre la gran acogida que tuvieron al llegar a Melo. Venían preparadas para dormir en el piso, en una casa que tenía todo por hacerse y, para su sorpresa, el Obispo y los lugareños las esperaban con camas hechas, frazadas, agua caliente para bañarse, una casa limpia y comida caliente. Monseñor Bodeant comentó que  se acercó a colaborar mucha gente, incluso no católica, que se fue enterando de la obra por otras personas. Confesó que “podemos darle muchas cosas a la Fazenda pero muy pronto uno siente que empieza a recibir muchísimo, que lo que se comunica desde allí nos enriquece a todos”. “Se constata que lo importante no es el simple hacer sino lo que uno pone en ese hacer”, compartió el Obispo.


“HACER ACTOS DE AMOR” EL PRIMER INDICIO DE UNA RECUPERACION

A través de un año de internación en la Fazenda no sólo se logra superar una adicción, que en definitiva es el síntoma de un problema mucho más profundo, sino comenzar una vida nueva y restablecer un vínculo sano con  la familia.

El proceso de recuperación no cuenta con la intervención de profesionales sino que se basa en tres pilares: convivencia, trabajo y espiritualidad. No es condición ser católico, simplemente se les pide que acompañen los momentos de oración, aunque generalmente están “peleados” con Dios, consigo mismos y con los demás. En principio es con el amor, en el tiempo, que comienza a operarse el milagro y con el deseo de experimentar la alegría y las ganas de vivir que observan en sus pares ya avanzados en su proceso de rehabilitación. Unos ofician de psicólogos para los otros. La propuesta de un año de internación apunta a que se trabaje la causa de la adición, a hurgar en lo más profundo del ser, porque en realidad la adicción se deja al momento de ingresar a la institución. “Se propone un estilo de vida y en la convivencia la persona se conoce a sí misma a través del otro. Yo ayudo al otro a recuperarme”, puntualizó Analía. No obstante, Miguel admitió que los 12 meses son “relativos” porque “lo que garantiza una recuperación es la madurez con la cual  se asume la adicción”. “Lo peor es el alcoholismo porque es muy complicado aceptar la enfermedad”. Aseguran que la recuperación comienza cuando se acepta la herida, se le da un nombre y se empieza a abrir la mente y el corazón. “Muchas veces hay un dolor profundo que en realidad no quieren ver”, precisó Analía.

Todos coinciden en que la Fazenda significó un antes y un después en sus vidas y, por esa razón, muchas de ellas, luego de su año de recuperación, siguen vinculadas a la Familia de la Esperanza como misioneras, de forma de devolver lo que han recibido.


MAS HOMBRES QUE MUJERES

Los jóvenes integrantes de la Fazenda de la Esperanza reconocieron que es más fácil para los hombres acceder a la rehabilitación ya que las mujeres están más condicionadas por sus responsabilidades en la casa y por sus hijos. No obstante, la Fazenda recibe a mujeres con sus hijos. En general, cuando ingresa, la adicta  ya ha perdido el vínculo con sus hijos y en un primer tiempo se la ayuda a atenderlos, a bañarlos, a llevarlos al médico hasta que está en condiciones de recomenzar el contacto madre e hijo. “La mujer debe perdonarse para poder dar al otro lo mejor”, aseveran.


“ESTAS MUJERES ESTAN LOCAS”

Belén, uruguaya, hace menos de una semana que terminó su año de ¨recuperanda¨ y ofreció por primera vez su testimonio en Observa Tv y con los periodistas en la “tertulia” organizada por el DECOS-CEU.

Comenzó a contar su historia diciendo que era “una nena de papá y mamá, de Pocitos, la hija del médico y que iba a la Universidad de Montevideo”. Luego de 12 años de consumo de todo tipo de drogas (en el último período cocaína) ya “no podía parar”. “Yo destruí todo en mi familia, hice cosas que decía que nunca iba a hacer, que era propio de los barrios bajos y ya lo estaba haciendo”, como robar para comprar droga.

Luego de intentar rehabilitarse por otros métodos, sus padres, que viven en Treinta y Tres, la llevaron a la Fazenda en Argentina. Ingresó muy enojada pero le empezó a llamar la atención que sus pares no claudicaban y la saludaban y trataban con cariño una y otra vez pese a que siempre los trataba mal. “Estaban todos felices y yo no entendía nada. Me metía en el baño y cuando salía me habían hecho la cama, me escuchaban y  yo decía están mujeres están locas, yo les grito, le digo que me quiero ir y ellas me tratan bien. Y bueno, el amor fue lo que me hizo quedar y recuperarme”.

“Con el tiempo me di cuenta de que la adicción era un problema chiquito, que eran otras cosas las que tenía que trabajar y para empezar el perdón”, confió.

Belén está reencontrándose con su familia y en estos días está colaborando a acondiconar Villa Betania para luego del 22 partir a Argentina a comenzar la escuela para misioneras.


PERDI TODO, HOY TENGO MARIDO Y 4 HIJOS

Janaína es oriunda de Sao Paulo (Brasil). Tiene  30 años y a los 22 , estando embarazada, comenzó a consumir drogas para huir de la dura realidad que atravesaba. Tuvo unos padres muy sobreprotectores pero que, para poder trabajar, la dejaban al cuidado de unas personas que entre los 7 y los 9 años abusaron sexualmente de ella. A los 18 años se enamoró de una persona que la invitó a irse a vivir con él y ahí comenzó su infierno, terminando esclavizada en el mundo de las drogas.

“Quedé embarazada y descubrí que soy cero positivo, perdí todo, hasta 2 casas y llegué a dormir debajo de un puente”, compartió. Cuando llegó a la Fazenda pesaba apenas 36 kilos. No quería estar ahí pero ver gente que se estaba recuperando y era feliz, le dio fuerzas y ánimo para recuperarse. Actualmente tiene 4 hijos y marido y como misionera se quedará al menos un año en Melo para amar a otras personas que llegarán como ella antes de volver a nacer.


“INGRESE POR UN MES Y ESTOY HACE 9 AÑOS”

Analía es de La Rioja, Argentina. Tiene 35 años de edad y es coordinadora regional de la rama femenina de la Fazenda de la Esperanza. Ingresó por su hermano con idea de quedarse sólo un mes pero hace 9 años que vive en la Fazenda. Comenta que su experiencia es especial, ya que es consagrada pero tiene dos hijos.

Ante el silencio profundo y respetuoso de los periodistas, Analía comenzó a narrar su historia de vida preñada de dolor, amor y reconciliación. No narró sus padecimientos con dramatismo alguno, lo hizo con la paz de quien realmente ha perdonado:

“Yo conocí la Fazenda en 2006, cuando el mayor de mis hermanos varones se recuperó de su adicción a las drogas en Brasil. Su adicción se debió a que atravesábamos  un período difícil de familia.

Yo fui abusada desde los 14 años por la pareja de mi madre y tuve dos hijos fruto de esos abusos. En 2006 mi hermano me dijo que sólo tenía algo para ofrecerme y que era Dios, quien lo había sacado de las drogas. Yo en ese momento no era amiga de Dios, sinceramente, yo estaba peleada con El, le reclamaba qué clase de Dios era que no me cuidaba. Siempre igual le pedí que quería ser feliz.

Cuando mi hermano me propone ir a la Fazenda estando embarazada de mi hijo más pequeño, había tenido ya dos intentos de suicidio y había dejado de comer para morirme yo y el bebé. Cuando me hermano me dijo que podía tener una ayuda fui con un sacerdote, que fue el ángel que me puso Dios en el camino, el único que se atrevió a hacer algo que nadie había intentado y era sacarme de ese lugar.

Fui a la Fazenda supuestamente por un mes. Me decían que podía ayudar en la cocina pero yo no quería vivir, no me quería como persona, no me gustaba mi aspecto, es más, cuanto más descuidada estaba pensaba que era mejor para mi ya que fui a una Fazenda masculina y mi dificultad eran los varones. Siempre estaba callada, cabizbaja, parecía un bichito… Ellos me saludaban y no se enojaban porque yo no los saludaba. Yo me decía, qué pasa por qué son así conmigo si ni me conocen. Yo estaba ahí porque me llevaron, era como una liberación del lugar en que estaba. Yo no hablaba y sólo los escuchaba, pero los veía felices pese a sus dolores y comencé a querer experimentar esa alegría. Yo veía que ellos se reían pero yo sólo lloraba.

De a poquito fui dándome cuenta de que hacían actos de amor conmigo. Yo no me quería, no me aceptaba, no me perdonaba, nada me agradaba y ellos no desistían y eso me iba encantando. Veía como cuidaban a mi hijo de 7 años y me fueron enseñando cómo amar a mi propio hijo. Empecé a experimentar una alegría que no sabía de donde venía. Un día fui a la Capilla y sentí algo que para mí es Dios, que me quebró porque la palabra de ese día era Ven y Sígueme. Era dejar mi pasado atrás y seguir para adelante. Me marcó un antes y un después.Y me hizo ver cuánto me paralizó mi dolor que me impidió notar que el tiempo pasaba, que mi hijo crecía y que me necesitaba.

Luego el tiempo me ayudó a perdonar a mi mamá y a la persona que me hizo esto. No pretendo que me pidan perdón, por el contrario, la que necesitaba perdonar era yo para vivir esta libertad y la alegría de vivir que hoy tengo y para ser feliz. Yo era un bichito que no quería vivir en sociedad pero ¡cómo Dios puede transformar la vida cuando uno lo permite! Dios usó a mi hermano como un instrumento y es capaz de transformar no solamente a la persona que está en la Fazenda sino también a la familia.

Yo empecé a ver la vida de una manera distinta y tuve deseos de devolverle a Dios lo que El me ha dado. De pequeña mi sueño era ser religiosa pero por lo que me sucedió y teniendo hijos era imposible. Sin embargo, dentro de la Fazenda yo vivía esa consagración hacía mucho tiempo cuando lo planteé. Para mi fue un regalo, fue hacerse realidad un sueño.

Actualmente mis hijos viven en la Fazenda, el más grande está haciendo la experiencia en una Fazenda masculina en Buenos Aires, está estudiando y hace la misma vida que todos los muchachos de su edad. Hoy mi madre está conmigo en la Fazenda luego de vivir su propio proceso de perdón y reconciliación”.

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Fazenda de la Esperanza en Uruguay

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