Iglesia al día

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La Iglesia en los medios La experiencia religiosa que supone entrar en el mundo de Wild Wild Country

EL OBSERVADOR |

La serie de Netflix retrata el enfrentamiento entre el culto de Osho y un pueblo estadounidense en la década de 1980

El nombre Osho remite a las secciones de autoayuda de las librerías. Esas cuatro letras, bien grandes, ocupan un espacio destacado en las tapas de textos que, entre los del brasileño Paulo Coelho y El Secreto, son una presencia constante en ese género. El mérito de este gurú indio –para algunos un maestro, para otros, un charlatán– fue presentar una fusión de filosofía religiosa oriental con un método de consumo occidental que lo convirtió en una figura aclamada y controvertida.

Y también fue uno de los protagonistas de un caso sorprendente pero olvidado, que es rescatado por la serie documental de Netflix Wild Wild Country. En 1981, expulsado de la India junto a sus seguidores por evasión de impuestos y presiones políticas, Osho (por ese entonces conocido como Bhagwan Shri Rashnish) se trasladó a Oregón, Estados Unidos. Allí, a las afueras de un pueblo de 40 habitantes llamado Antelope, estableció una comunidad para decenas de miles de personas llamada Rashnishpuram.

Al principio los seguidores del gurú eran una curiosidad. Grupos de personas que llegaban al pueblo vestidas de rojo o naranja y saludaban con amabilidad y las manos unidas.

Pero los habitantes de Antelope se preocuparon por estas personas que pregonaban el amor libre, descreían de las religiones tradicionales y parecía que manejaban mucho dinero, a juzgar por la flota de Rolls Royce en la que circulaba el Bhagwan. Y así comenzó un enfrentamiento entre el tranquilo pueblo y los seguidores de Osho, que se fue tornando más oscuro, violento y peligroso con el paso del tiempo. Un dato no menor es que entre los contribuyentes a la resistencia estaba el cofundador de la marca Nike, Bill Bowerman –originario del estado y propietario de un rancho vecino al predio de los fieles de Bhagwam.

La protagonista de Wild Wild Country, por llamarla de alguna forma, es la secretaria, confidente y lugarteniente principal del gurú, Ma Anand Shila. Comienza como una simple vocera, pero cuando el pueblo se opone a la presencia del culto, su postura cambia.

Esta pequeña mujer, de voz aguda y cantarina empieza a amenazar a los pobladores, al gobierno y a todo el que se oponga a ellos. Compra armas automáticas y rifles de asalto para que sus correligionarios entrenen y se preparen ante una posible invasión, contrata indigentes de todo el país para que sumen votos en una elección local y llega al punto de ordenar que se envenene con salmonela la comida de los restaurantes de los pueblos cercanos.

Parecen planes salidos de una película o una historieta, pero son reales. Ocurrieron, y fueron apenas algunos de los puntos más dramáticos de un escándalo mayúsculo, que acabó en intentos de homicidio, encarcelamientos y la fuga del gurú y sus rajnishis, como se conoce a sus seguidores.
Con la perspectiva del paso del tiempo, Osho muerto y las vidas de los implicados mucho más cerca del final, Wild Wild Country se basa tanto en el archivo como en las entrevistas al círculo íntimo del Bhagwan, incluida Shila o su abogado Swami Prem Niren.

Pero también a los pobladores de Antelope que se opusieron a la expansión del culto, a los fiscales que los investigaron, y a periodistas que siguieron el caso.

Más allá del turbulento caso representado, el mayor logro de la serie es que el espectador empatice con la historia y se enfrente a un conflicto, pues ambas partes tienen sus argumentos a favor, son hombres y mujeres simpáticos y se ocupan de señalar correctamente los defectos ajenos.

Los habitantes de Antelope reaccionan mal porque los rajnishis provienen del extranjero y no comulgan con sus valores tradicionales. La comunidad de Rajnishpuram equivoca su camino al recurrir a la agresión, a la confrontación y a la violencia desmedida.

Los personajes no son buenos ni malos. La perspectiva que tenemos de ellos cambia a medida que avanza la serie, y al final se descubre que no son ni iluminados ni paladines de la justicia. Simplemente son humanos.

Condenarlos de antemano es fácil, pero Wild Wild Country demuestra que no es tan sencillo. Y encima lo hace a través de una historia que tiene todo, desde humor hasta lágrimas.

La serie también tiene una dualidad a nivel narrativo. Son “apenas” seis horas de metraje, una cifra breve que invita a la maratón, pero el peso de información y emoción de cada capítulo hace que no sea recomendable sobrepasarse en la visualización. Es una serie pesada, aunque en un buen sentido. Tanto los giros de la historia como el ritmo con el que está contada hacen que sea adictiva y un recomendado dentro del género.