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La Iglesia en los medios “La experiencia de Dios no puede nunca legitimar la violencia”

BRECHA |
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Con la teóloga feminista y protestante Stefanie Kreher.

Adán y Eva “están planteados equitativamente” en la Biblia, “pero la versión de que ella fue creada a partir de la costilla ganó más difusión”, dice Stefanie Kreher Foto: Fernando Pena
La teología de la liberación y la epistemología feminista generaron un método propio para producir conocimiento asociado con el cristianismo a partir de “la experiencia de las mujeres”. La teología feminista existió “desde siempre”; sin embargo, aunque Stefanie Kreher no lo diga con estas palabras, los avances son tímidos y prácticamente imperceptibles. No es fácil erosionar la potencia de 2 mil años de un dios como el que acusa a Homero Simpson: un viejo barbudo que todo lo sabe y todo lo controla desde un altar de nubes, a imagen y semejanza del varón blanco heterosexual que goza de los privilegios terrenales del patriarcado.

—“Teología” y “feminista” parecen dos términos incompatibles: además de sustentar mecanismos de subordinación, las instituciones eclesiásticas han sido uno de los principales exponentes de la opresión de los cuerpos de las mujeres. ¿Dónde está el punto de conexión?

—Teología no es necesariamente lo mismo que doctrina. La doctrina, que muchas veces incorpora elaboraciones teológicas, puede legitimar la violencia, pero la teología, en tanto reflexión racional respecto de la experiencia de dios, no puede hacerlo. Muchas veces se entiende que teología es doctrina y, por ende, que no hay lugar para otra cosa, porque la doctrina tiene esa característica: todo lo que cae fuera de ella no tiene lugar. Es muy interesante el proceso que se fue dando en América Latina con la hermenéutica bíblica feminista. La lectura desde la óptica de las mujeres –como se la llamó en sus inicios– empezaba a identificarlas como seres humanos y también como sujetos de liberación, concepto proveniente de la teología de la liberación. Esta hermenéutica, que se va a llamar feminista posteriormente, lo que hace es releer los textos sagrados y la doctrina de la Iglesia –en el caso de los católicos específicamente– a la luz de las experiencias de las mujeres. La teología católica busca la doctrina, es decir, afirmaciones válidas universalmente, para un hombre universal. Las sagradas escrituras y sus lecturas posteriores, especialmente las certificadas por concilios, son los dos elementos que la teología católica tradicional toma para reflexionar sobre lo trascendental. La teología protestante, en cambio, también incluye la experiencia de los seres humanos, de las comunidades, incluso las individuales. Si en la experiencia concreta de una comunidad de fe hay situaciones violentas u otras que no está bueno legitimar, en la teología protestante las lecturas bíblicas se reconfiguran, se sacan nuevas conclusiones sin necesidad de que estas se tornen una doctrina.

—¿Qué sucede si esas nuevas conclusiones teológicas entran en contradicción con la doctrina?

—En el caso de la Iglesia Católica, se llama a silencio o se excomulga. Es lo que pasó con todos los teólogos y las teólogas de la liberación, incluyendo las feministas. En el protestantismo, como no está esa disciplina, ocurren cismas internos, conflictos. Pero no necesariamente tener distintas posturas genera una contradicción, en el sentido de que podemos opinar cosas diferentes y ser parte de la misma Iglesia. Pero, claro, en estos temas se llega a puntos que no son muy reconciliables.

—Una de las claves que mencionabas para la elaboración de la teología feminista es la hermenéutica bíblica y la lectura “desde la experiencia de las mujeres”, ¿eso es necesariamente feminista?

—En una generalización, no, claro. Pero el proceso comienza por descubrir que hay un montón de mujeres que aparecen en los textos sagrados y nunca son tomadas en cuenta. Hay muchas mujeres, muy importantes, y algunas ni siquiera tienen nombre. Aparece una, aparece otra, y resulta que son protagonistas de una historia, pero nunca habían sido vistas desde esa perspectiva. Que aparezcan estas mujeres es una primera señal para las teólogas feministas de que la cosa va por ahí. Sucede que estos textos son patriarcales, androcéntricos, entonces, los leas para atrás o para adelante, siempre van a tener esa matriz. Hay corrientes que definieron que algunos textos, los que son gravemente discriminatorios hacia las mujeres, no valgan como normativos. Hay otros textos que sí son normativos, es decir, que acompasan el resto de la lectura. La hermenéutica bíblica (del protestantismo)se basa en el principio de que Dios es de los vivos, no de los muertos. Entonces, el mensaje que existe para trasmitir es de vida: la Biblia no es una colección de situaciones viejas que no sirven para nada, sino textos sagrados que buscan dialogar con la realidad y con los seres humanos en distintos momentos de la historia. El punto de partida es que no hay un solo texto sagrado, hay muchos. A partir de los años dos mil, la teología feminista es eso: una lectura crítica, a partir de nuestra propia realidad, de los textos sagrados y de las interpretaciones que se han hecho, para desarmar y volver a armar otra cosa.

—¿Podrías darme algún ejemplo?

—Hay un texto muy conocido de dos hermanas, María y Marta. Jesús va al lugar donde ellas están: una está preocupada con sus cosas y la otra se sienta a los pies de Jesús a escucharlo. Hay traducciones que ubican a María y a Marta en la cocina. Pero si vas a los textos originales dice que ellas estaban en su lugar o en su casa. Entonces, ¿dónde puede estar una mujer desde la perspectiva de un escriba del Medioevo? Esas traducciones siguen estando vigentes. La interpretación más respetada es que estaban en un lugar comunitario, en el que probablemente vivían, lo que hoy entendemos como una iglesia. Es el tema de la lectura reduccionista y bien flechada hacia un lugar. A veces es difícil diferenciar cuánto hay de ingenuidad y cuánto de intencionalidad. Durante la historia hay miles de ejemplos en que la Iglesia y el cristianismo instalaron un discurso de inequidad, de legitimación de la violencia hacia la mujer por ser mujer, sin otro argumento. Lo más conocido es la caza de brujas, pero muchos siglos antes, también dentro de la producción teológica, especialmente la de los monasterios –en ese momento no había protestantismo–, se escribían reglas de convivencia que legitimaban institucionalmente golpear a las mujeres con aclaraciones explícitas del tipo “pero no hasta matarla”, dándole un barniz religioso. La comprensión del cristianismo no necesariamente es patriarcal, ni androcéntrica, ni violenta, sino que esas son las lecturas que se le va dando.

—Ahora, debe de ser difícil darles una lectura feminista a textos intrínsecamente machistas.

—Sí, hay textos sagrados que son inviables y no está bueno seguir reproduciendo, porque legitiman la inequidad, la injusticia, la pobreza estructural, el sometimiento de unos seres humanos por otros. Podría pensarse, por ejemplo, en los teólogos sudafricanos sobre el apartheid. La hermenéutica bíblica parte del supuesto de que lo primero que hacemos al leer un texto sagrado es seleccionar. Las biblias tienen ediciones diferentes; no todas tienen el mismo contenido ni los mismos libros. Hay textos que se van seleccionando y otros que nunca aparecieron ni van a aparecer, como el que te mencionaba antes, sobre cómo golpear a las mujeres. Lo que se plantea es dejar de insistir sobre algunos de estos. Otras teólogas feministas dicen que hay que meterse de lleno en esos temas y refutar hasta que dé.

—¿Qué conceptos estructurantes del pensamiento cristiano se propone cuestionar la teología feminista?

—La jerarquía en general. Eva carga con todos los males, es la mala de la película y nunca está planteada como una igual a Adán. En realidad, en el texto bíblico están planteados equitativamente. Pero la versión de que ella fue creada a partir de la costilla ganó más difusión. Se empezó a deconstruir a partir de la comprensión de la injusticia de género y la jerarquización de las relaciones humanas, porque también ahí entran los niños, las mujeres, sujetos que están en condiciones de hacer un giro. Eso es algo que la teología feminista reivindica: no hay eruditos, sino que cada persona que tenga una experiencia de fe y haga una lectura de la Biblia está haciendo teología. Lo que se propone es buscar la equidad, lo cual va a acompañado de una nueva comprensión de Dios. Si en una sociedad hay muchos asesinatos de mujeres por sus parejas o ex parejas, está bueno buscar algún camino para abordar eso, que tiene que ver con cómo nos vinculamos, cómo nos entendemos. Y con cómo eso se va a instalando en los discursos religiosos.

—Siguiendo tu ejemplo, Adán y Eva fueron creados “a imagen y semejanza de Dios”. ¿La teología feminista no cuestiona su masculinidad?

—Es una discusión bastante compleja (risas). En los ochenta, la teología feminista comprendió al Espíritu Santo como femenino –la Espíritu Santo–, a Cristo más allá de su genitalidad masculina y a Dios como padre y madre. En los noventa y los dos mil, se empezó a hablar de madre, hermana, amiga, energía… Comenzó a dársele otros rostros. Ahora, fueron 2 mil años del viejo de barba sentado en la nube básicamente para controlar, el dios de los Simpson. Desprenderse de esa imagen para entender la experiencia propia y la de otros es un trabajo colectivo. Hay algunas pautas en la hermenéutica bíblica feminista que buscan desarmar la teología de la manera en que la conocemos o la estudiamos. La teología feminista existe desde que existe la humanidad; pasa que, como todo lo vinculado con el feminismo, se la fueron comiendo. Vos decís “humanidad” y se la asocia automáticamente con “el hombre”, ¿no? Una vez que fuiste a ese razonamiento, ya no tenés chance de pensar en un sujeto diferente a ese hombre caucásico. Es decir, hay una pregunta que tiene que ver con qué entendemos por humanidad, porque la teología habla sobre la relación entre dios y los seres humanos. Pero si ese ser humano es abstracto y ese dios es abstracto, el asunto queda como estancado.

—Al principio hablabas de una teología feminista latinoamericana, ¿qué le da esa identidad?

—Lo interesante de la hermenéutica feminista latinoamericana es que se fue generando independientemente del movimiento feminista del “primer mundo”. La teología puede trabajar con muchas herramientas: los textos sagrados, la experiencia, lo que se viene diciendo desde hace 2 mil años. Y también se nutre –y esto es algo original de la teología latinoamericana– de la teología de la liberación. Se pone en dialogo con las ciencias sociales, la economía, la ciencia política y otras disciplinas; ahí, en los noventa, entran también las teorías de género.

—De alguna manera, entonces, la epistemología feminista y la validación del género como categoría de análisis nutrió a la teología.

—Exactamente: esta cuestión epistemológica y metodológica es lo particular. Poner en diálogo la teología con distintas disciplinas es una cosa original de América Latina; se fue construyendo un método propio. En los sesenta y setenta están las comunidades eclesiales vinculadas con la educación popular de Paulo Freire. A partir de ahí se empezó a hablar de sujetos. La mujer como sujeto de opresión, la mujer como sujeto de liberación. O las mujeres, en plural, como se va a decir después. Se va subiendo la apuesta, de a poquito. Como te decía, primero viendo qué mujeres aparecen en la Biblia, después cómo lo entendemos las mujeres desde la experiencia. Lo cotidiano es una de las cosas que rescatan fuertemente tanto la teología de la liberación como la teología feminista: el placer, jugar, interactuar, disfrutar son parte de la construcción del conocimiento. En los noventa, con el debilitamiento de los movimientos populares, la consolidación del neoliberalismo y la expropiación de empresas estatales, hay una fuerte crisis, una desorientación. De 2000 en adelante, estos asuntos están resueltos con aportes teóricos de otras disciplinas. Esa es otra de las claves: que la teología no se quede encerrada en sí misma, siendo autosuficiente, como supuso haberlo sido durante 2 mil años, incluso como madre de todas las disciplinas. En el Medioevo estaba en competencia con la medicina.

—Nada más ni nada menos que con otra de las disciplinas que han disputado –y disputan– el control sobre los cuerpos de las mujeres…

—Es que la teología y la medicina surgieron en los monasterios. Cuando esto empieza a ganar viento en la camiseta es que empieza la quema de brujas, porque tenían anticonceptivos naturales, curas para todas las dolencias… La Inquisición quema a las brujas, a los herejes. Al principio son personas, pero después son pueblos enteros, masacres. En este punto no es tan fácil decir qué es político y qué es religioso.

—En algunas de las exponentes de la teología feminista en la región (Elsa Támez y María Pilar Aquino, por ejemplo) parece haber también una crítica al colonialismo europeo.

—El colonialismo trajo el discurso religioso legitimador del poder y la violencia. Los delegados españoles llegaron con un dios –el poder político no estaba separado del religioso– en una estatua que es un niño vestido igual que el rey. Esa imagen, históricamente, fenotípicamente incluso, no podría tener nada que ver con Jesús. Durante la crisis de las teologías de la liberación en los noventa, aparecieron fuertemente las teologías indígenas. Ya habían pasado 500 años desde 1942 e hicieron aportes muy importantes, porque, a pesar de la crisis, los planteos liberadores lograron mantenerse.

Feminismo y protestantismo

—¿Cómo es la militancia feminista desde el protestantismo?

—Quizás todos venimos con el dios de los Simpson, pero hemos tenido alguna otra experiencia de vida en la que claramente el rostro de dios que se reveló no fue ese, sino otro. Por ahí va. Por eso te decía: la teología es racionalizar la experiencia. Cuando entra en juego una experiencia religiosa, por hablar en términos fenomenológicos, eso se racionaliza: contás lo que te pasó, le ponés palabras, lo definís. Entonces, si siempre lo definís con el dios de los Simpson… Ahora, definirlo de otras maneras implica hacernos cargo de nuestro cuerpo, de nuestra historia, de nuestra cotidianidad. La intuición es una de las claves fundamentales, percibir lo que nos está sucediendo y recurrir a sabidurías ancestrales, ya sea mediante los textos sagrados o las narraciones orales. En esa experiencia propia es que van surgiendo esos nombres, esas reinterpretaciones (de dios). Ya no es el dios de los Simpson, yo te hablo de la energía de la vida, y entonces vos tenés que aprender lo que yo estoy diciendo. Quiere decir: juntémonos y hablemos; veamos cómo caminamos juntas y descubrimos los caminos. Ahora, para el 8M hay un grupo de cristianas que se está organizando; son todas muchachas jóvenes y están re copadas. Eso es algo que surgió así. Después, en lo epistemológico se juega cómo se entiende la Iglesia a sí misma en relación con el mundo y con dios. Una cosa es que la Iglesia y la comunidad de fe se vean a sí mismas como las que reciben la revelación de Dios y tienen que llevarlo al mundo. Otra, que la Iglesia, inserta en el mundo, observe dónde se está manifestando la gracia divina y lo señale para que lo puedan ver. Esas dos comprensiones son diferencias teológicas grosas.

—¿Se proponen que las mujeres puedan acceder a cargos institucionales?

—No. La propia teología, como disciplina académica, fue habilitada hace poco a las mujeres. Hay algunas experiencias, pequeños intentos, pero no un movimiento que busque un cambio de paradigma o de organización a nivel institucional.

—¿Y qué lugar han encontrado las feministas dentro del protestantismo institucional?

—No se dio dentro de los movimientos feministas cristianos un movimiento tan fuerte que lograra institucionalizarse. Hay cositas. En Europa, en los cincuenta, las feministas lograron hacer una Biblia de mujeres; en los sesenta, grupos de mujeres muy fuertes se organizaron para dialogar con los movimientos feministas incipientes y lograron algunas cosas a nivel interno, pero muchas precisaron esperar hasta los ochenta para consolidar, por ejemplo, la presencia pastoral de las mujeres, es decir, para llegar a ser líderes de las iglesias. En América Latina, desde los años dos mil vienen surgiendo fuertemente muchos movimientos que no están aislados de la estructura eclesial, pero tampoco están dentro de ella. Lo cual es discutible. Tampoco la idea es escalar dentro de la institución… Es complejo. Aunque no tomemos una decisión de cómo resolverlo, está bueno dar este tipo de discusiones.

“María o Magdalena, todo te orienta hacia el mismo lugar”

—La culpa es uno de los mecanismos de opresión más poderosos asociados con el cristianismo. ¿Se ha reflexionado sobre esto desde la teología feminista?

—Es de tal complejidad… Lo que se necesita primero es mucho trabajo para desenmarañar, entender cómo funciona y luego construir algo nuevo. Tenés la opción de María, la virgen, o Magdalena, la puta. No hay nada en el medio, todo te orienta hacia el mismo lugar… La culpa funciona como mecanismo de control. En ningún momento estamos libres del patriarcado, del sometimiento, ni de la culpa. Para mí, ser feminista tiene que ver con tomar conciencia de esto, saber dónde estamos paradas. Eso es lo fundamental. Después, hablar en términos teóricos es otro cantar…