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La Iglesia en los medios La cuadratura del círculo [Editorial]

EL OBSERVADOR |

Meterse con la conciencia del prójimo es, potencialmente, jugar con fuego, a riesgo de quemarse hasta el tuétano

Estaba visto. Cualquier persona con un poco de sentido común en el magín hubiera podido preverlo. La legalización del aborto ha traído consigo una avalancha de objeciones de conciencia, es decir, de médicos que se niegan a interrumpir el embarazo arguyendo razones éticas y/o convicciones religiosas. Los que defendieron, y en el Parlamento votaron, la ley en vigencia, debieron haber supuesto que un número no pequeño de profesionales de la medicina se negarían a realizar lo que, con toda lógica, consideran un homicidio. Como bien dijera hace unos años el entonces presidente de la República doctor Tabaré Vázquez, un oncólogo de gran prestigio, el aborto no es un acto médico. Y si se adopta ese punto de vista, no hay razones válidas para obligar a un facultativo a cumplirlo. Por otra parte, la objeción de conciencia es un instituto universalmente aceptado; en España, por ejemplo, muchísimos jóvenes lo utilizan como forma de evitar el servicio militar obligatorio. Logran con ello que se les dedique, en el lapso en que debieron cumplir esa obligación legal, a tareas sociales de otra índole. Mucho más sensato es anteponer ese recurso cuando se pretende que un médico, en vez de aliviar dolores y salvar vidas, como establece el milenario juramento hipocrático, destruya una vida que apunta en el vientre de su madre. De pronto, los que celebraron, llevados por un poco comprensible entusiasmo libertario, la ley de marras, se encuentran hoy con que en todo el país parecen ser muchos más los profesionales que se resisten a cumplir tan infame tarea que los que se muestran dispuestos a llevarla a cabo. ¿Cómo reacciona el gobierno ante este problema, que, como decíamos, era perfectamente previsible? Pues bien; por boca del subsecretario del Ministerio de Salud Pública, Leonel Briozzo, exige que los reacios a acatar las disposiciones vigentes ofrezcan una “justificación real” de su actitud. Lo que equivale, más o menos, a pedir la cuadratura del círculo. ¿Qué “justificación real” puede darse cuando alguien se niega a hacer algo porque sus convicciones éticas se lo impiden? ¿Firmar un papel, exhibir la constancia de bautismo si se es católico o algo que certifique la adhesión a una comunidad religiosa en otros casos? ¿Y qué pasa con los ciudadanos que, sin argüir religiosidad alguna, se oponen al aborto por razones puramente racionales, de carácter filosófico? No hay “justificación real” posible en estos casos, y en los miles de casos intermedios que pueden presentarse. O sea, que Leonel Briozzo está coaccionando, y de alguna forma amenazando, a quienes se amparan en razones de conciencia para sostener su negativa a interrumpir gratuitamente un embarazo. Ello ha provocado reacciones cada vez más hostiles hacia el jerarca, y hay ya hay más de 100 médicos que pretenden llevar el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Incluso la Universidad de la República ha reaccionado con vehemencia. El doctor Justo Alonso, profesor titular de la Clínica de Ginecotología, ha enviado al Ministerio una severa carta sosteniendo la improcedencia de convocar a los ginecólogos, como se ha hecho a través de esa cartera, para discutir los alcances de las medidas vigentes. El Frente Amplio, por su parte, ha señalado, a través de algunos de sus portavoces, que las “justificaciones” exigidas por Briozzo serán muy difíciles de instrumentar, pero que “algo hay que hacer”. Pero, señores, ¿hacer qué? ¿Es que existe alguna forma válida de forzar la conciencia de una persona y obligarla a hacer lo que no quiere? Y si existiera esa forma, ¿es válido emplearla? Llegados a este punto, solo pueden hacerse dos cosas: una, admitir la objeción sin rechistar, y la otra, derogar esta malhadada ley y restablecer los equilibrios, admitiendo lo evidente: que un aborto equivale a un homicidio. Don Leonel Briozzo deberá moderar sus bríos y comprender que no hay más cera que la que arde. Meterse con la conciencia del prójimo es, potencialmente, jugar con fuego, a riesgo de quemarse hasta el tuétano.

Lincoln r. maiztegui casaslinmaica@hotmail.com