Iglesia al día

" En esta noche resuena la voz de la Iglesia: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!». Es otro “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! "
Papa Francisco

Noticeu La alegría del reencuentro y la gratitud al reiniciarse las visitas a las cárceles 

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El Cardenal Sturla en la cárcel de Punta de Rieles tras la Misa de Navidad

Luego del receso de verano la pastoral penitenciaria reinició sus visitas a las cárceles de Montevideo. Es el momento del reencuentro. Un reencuentro que es motivo de alegría compartida. Alegría de los agentes pastorales que reinician una actividad que han abrazado con el entusiasmo de quien se siente llamado por el Señor a servir en el mundo de la cárcel; alegría, también, por el reencuentro con personas a quienes visita desde tiempo atrás y que ya forman parte del universo de sus afectos.

Por su parte, las personas privadas de libertad no disimulan la alegría que les provoca el reinicio de las visitas. Algunas expresan que las extrañaban y, otras, que temían que no volvieran a realizarse. Como telón de fondo: un sentimiento de gratitud que pone en evidencia una corriente de afecto hacia los agentes pastorales.

Nos interesa particularmente destacar las características del reencuentro entre las personas privadas de libertad y los agentes pastorales, por cuanto ponen de manifiesto el tipo de relación que se ha ido construyendo, fruto de una concepción sobre la forma de comunicarse.

Hay un primer propósito de la visita que es el encuentro de persona a persona, en un plano de igualdad y reciprocidad. Con mucha frecuencia ese encuentro entraña el desafío de que la persona privada de libertad vaya descubriendo el sentido de su propia dignidad. Una historia de marginación le ha negado, a la mayoría de ellas, no solo sus derechos sino también su pertenencia social y su identidad personal, por lo que la sociedad, finalmente, las ha condenado dos veces: primero a la marginación y luego a la cárcel.

Esa no conciencia de la propia dignidad constituye un obstáculo para lograr que las personas privadas de libertad inicien y consoliden un proceso de humanización que les permita desplegar toda su potencialidad, no solo en el plano de sus derechos y de sus capacidades, sino también en el plano de sus responsabilidades personales y sociales.

La primera tarea, entonces, de los agentes pastorales es entablar un vínculo signado por el reconocimiento recíproco. En definitiva, el ser humano solo es capaz de reconocerse como persona cuando alguien lo ha reconocido como tal. Somos capaces de decir “yo”, cuando alguien, antes, nos ha dicho “tú”.

Y a la persona privada de libertad se le dice “tú” cuando se le escucha, cuando se manifiesta interés por lo que dice, cuando se genera un espacio que le permite contar su historia e ir construyendo identidad, cuando se lo mira con respeto, cuando se intenta compartir su dolor y su soledad, cuando se realizan esfuerzos por superar los prejuicios, cuando se le anuncia que Dios la ama y que tiene un proyecto para cada una de ellas, que no pasa por la cárcel sino por el ejercicio responsable de su libertad.

Es un “tú” que no avasalla. Un “tú” que desde el respeto a su dignidad inviolable, abre un camino de búsqueda de identidad y de proyecto personal que, sin imposiciones, debe ser transitado por la propia persona privada de libertad. Se trata de una construcción personal libremente asumida. En definitiva, como decía Sartre: “Cada hombre es, lo que hace con lo que hicieron de él”.

Es, además, un “tú” que surgido de la abundancia del corazón, es capaz de conmoverse y generar una proximidad sanadora.

Y, finalmente, es un “tú” con un profundo sentido evangelizador, conforme aquella afirmación de Pablo VI de que la evangelización empieza por hacer “pasar al hombre de condiciones menos humanas a condiciones más humanas”. Una humanización que para ser completa deberá incluir el descubrimiento de la Verdad sobre la filiación divina y el amor infinito de Dios, cuya manifestación suprema es la encarnación de Jesús.

Por todo lo expuesto, el encuentro entre los agentes pastorales y las personas privadas de libertad les hace participar —a unos y a otros— en una dinámica evangelizadora y a compartir la alegría del Evangelio.

Quizás sea esto lo que explica la alegría del reencuentro.

Por José María Robaina

Fuente: http://icm.org.uy/la-alegria-del-reencuentro-la-gratitud/