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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Juegan con fe

EL PAÍS |
 
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FÚTBOL Y RELIGIÓN

Entre arengas y folklore, hay deportistas que se encomiendan a Dios antes de entrar a la cancha.

Lo sagrado une. Hoy, el aurinegro Fabián Estoyanoff y el tricolor Ignacio González se encomendarán al mismo Dios, minutos antes de dividir cada pelota como si fuera la última, como si se les fuera la vida en ello, en el clásico. Devoción compartida al servicio de intereses opuestos. La fe está muy vinculada a una pasión llamada fútbol que, de alguna manera, es otra forma -pagana- de religiosidad.

Debajo de la remera a rayas amarillas y negras, “El Lolo” lleva la fe impresa en su piel. El rosario que le regaló su abuela es ahora un tatuaje en el pecho que reproduce, tal cual, el original. Es la manera que encontró el veloz futbolista de Peñarol de sortear la prohibición de jugar con una cadenita, sin dejar su amuleto a un costado. Porque para Estoyanoff “siempre hay algo que pone cada cosa en su lugar”: Dios. Y cuanto más cerca esté, mejor.

Así lo siente desde niño, cuando su madre lo llevaba a misa o lo despertaba bien temprano para peregrinar hasta la Virgen de Lourdes. Una experiencia que lo marcó y hoy se cuela en su vocabulario cada vez que dice “Gracias a Dios”. Aunque su devoción más pasional se avivó en 2001, el año en que murió su abuelo, ese que lo hizo hincha de Peñarol, el que lo incentivó para que fuera futbolista, el que lo llevaba al estadio. La primera reacción ante tan devastadora pérdida fue la angustia y la depresión. El Lolo no quería entrenar, ni siquiera tenía ganas de seguir adelante con su carrera que, por aquel entonces, estaba en pleno auge. Pero la fe, dice, fue lo que le hizo recobrar el aliento. “Para mí, mi abuelo pasó a ser un ángel que me protege y cuida”.

Por eso, cada día antes de entrar a la cancha se detiene, se aferra a la imagen de su pecho y reza. En silencio, sin imponerle nada a sus compañeros, pide por él y por los demás. Pide, por sobre todo, por la salud de los que entran a dejarlo “todo” en la cancha.

Pide, promete y cumple, como una sucesión de hechos que, si bien no están ligados a su religiosidad, aclara, son prueba de la pasión con la que siente el deporte y la vida misma. Quizás el grado más colosal de esa fe mezclada con superstición fue cuando, junto a sus compañeros de plantel, caminó desde Montevideo hasta Florida para rendirle tributo a San Cono. Fue al término de la temporada 2003 y demoró 24 horas de travesía hasta la iglesia que lo esperaba de puertas abiertas para la ocasión. Al llegar observó que un montón de pelotas y remeras habían sido obsequiadas a este santo italiano, ícono de promesas futboleras.

En el otro vestuario, en el de “los contras”, otro devoto cristiano guarda sus fetiches. Los lleva en una cajita de metal, casi a escondidas, en la que convive algún rosario con estampitas y textos religiosos. Es que a Nacho González no le gusta “ostentar” ni demostrar su fervor religioso ante la multitud. No se persigna al entrar a la cancha, ni mira al cielo en cada festejo de gol. Le alcanza con ir a misa todos los domingos que puede, confesarse y leer, cada día, el Evangelio que le regaló el cura Guillermo Porras (famoso por haber casado a Luis Suárez, Sebastián Abreu y Walter Gargano).

Este enganche que hoy defiende la camiseta de Nacional llegó al fútbol casi por un cometido de fe. Su padre, miembro del Opus Dei, lo incitó a que jugase a la pelota como una demostración de que “es posible ser gente de bien dentro de este deporte”. Las tentaciones, la fama y, sobre todo, el dinero parecen ser los principales desafíos a los que se afronta un futbolista de elite, dice Nacho.

Pero también tuvo que enfrentar las bromas de sus compañeros cuando era un juvenil. En los picaditos en la playa o en las inferiores de Danubio, no faltaba el que le decía: “Qué hacés, cura” o “¿Cómo andás, padre?”. A lo que él reaccionaba con una sonrisa cómplice, ya acostumbrado a amainar las burlas en una casa en la que era el quinto de 11 hermanos.

Nacho estudió en el colegio católico Monte VI, por lo que desembarcó en el fútbol no solo proviniendo de una formación privada, sino también religiosa. Toda una rareza en un país donde lo que prima, también en el deporte, es la laicidad.

En Uruguay, no hay demasiados apóstoles recorriendo prácticas y vestuarios en busca de captar nuevos fieles, dicen los entrevistados. Ni siquiera de la archiconocida organización Atletas de Cristo, que también tiene sede en Montevideo. “Cuando jugué en Bélgica -recuerda Nacho- había muchos musulmanes que paraban el entrenamiento para rezar o que en el mes de Ramadán no comían en las horas de sol a pesar del desgaste físico del deporte”. En Ecuador y Brasil es frecuente que los estadios cuenten con capillas en los túneles antes de salir al campo de juego”.

Y en España, cuenta el centrocampista, “antes de los campeonatos todo el plantel recibe la bendición del cura de su ciudad, en un acto que es obligatorio”.

En el Parque Central una virgen decora el vestuario, aunque “no se le presta mucha atención”. Nacho prefiere aferrarse a su fe en forma individual, sobre todo cuando las cosas andan mal. “Puede que sea algo medio egoísta”, admite, “pero creo que es natural que uno reaccione así”. Le ocurrió al momento de ascender a Primera División, cuando se cuestionaba su futuro y se decía que su físico “no daba” con el ideal de futbolista.

Ahora, en una etapa más madura de su vida y su profesión (ya tiene 31 años), opta por pedir de todo: desde campeonatos hasta la salud de sus seres queridos. “El Evangelio dice que hay que pedir y yo me lo tomo al pie de la letra” (risas).

Clásico. En Uruguay no hay ningún equipo que pertenezca a una religión específica. El caso más cercano es Bella Vista, conocido como los papales y que adopta los colores del Vaticano, porque algunos de sus primeros integrantes fueron alumnos del liceo Maturana. En Escocia, sin embargo, el clásico de toda la vida tiene como protagonistas a los católicos del Celtic y los protestantes de los Rangers. Por estas latitudes, “la evidencia parece indicar”, dice el sociólogo Dante Steffano, “que predominan aquellos (deportistas) que son creyentes solo por momentos, de manera superficial, sin mucho compromiso”. Es que los rituales y, sobre todo las cábalas no religiosas, “son compulsiones que se realizan para disminuir la ansiedad y brindar mayor seguridad”, explica el psicólogo del deporte Damián Benchoam. Algo similar a los amuletos para la suerte que llevan los estudiantes antes de un examen; con la diferencia, dice, que se da ante cámaras.

En el clásico de hoy, en el Centenario, la figura más demostrativa de su fe en público es, sin dudas, Jorge Fossati. Tanto en su carrera de arquero como ahora en su rol de entrenador, el Flaco suele persignarse al ingresar al campo, besa su anillo, levanta los dedos índices en dirección al cenit a la hora del triunfo y debajo de su camisa mantiene guardadas medallas de vírgenes y un rosario.

Eso sí, Fossati no hace apuestas, no “negocia con Dios”. Es de los que entiende que los hechos positivos que le ocurren en la vida son obra divina y que, los malos, son parte de un aprendizaje también encomendado por “el Señor”. Es un apego que trae desde chico, de su formación en el colegio San Miguel en su barrio Goes.

“Voy a misa siempre, y si no puedo me bajo de Internet las homilías del padre Ernesto Popelka (radicado en México) o en la página web Magnífica que tiene el rezo diario”, dice. Incluso en las concentraciones suele escuchar misa, mientras otros optan por el PlaySation, conversar o simplemente dormir.

Es tal su devoción que su comportamiento ha sido objeto de críticas. Ocurrió cuando buena parte de la selección uruguaya lo acompañó a visitar a la Virgen de Lourdes, en un hecho que, él aclara, no era obligatorio y surgió en forma improvisada. O bien cuando declaró que un jugador homosexual “no debe estar” en una plantilla profesional, por lo que tuvo que comparecer ante la Justicia.

Pero su ocurrencia más arriesgada fue, a su entender, hacer explícita su adhesión en una cancha de Medio Oriente. Para su sorpresa, jamás fue insultado mientras dirigió en Qatar y Arabia Saudita. De hecho, cuando fichó para el equipo Al-Shabab (en 2010), recuerda que le aclaró al presidente del club: “Mire que yo soy católico y en mi valija me acompañan libros religiosos… si la aduana no me deja entrar algo, tampoco entro yo”. La respuesta lo dejó boquiabierto: “Entrenador: tengo tres Biblias en mi casa, le voy a regalar una. No se haga problema que aquí no le va a pasar nada”.

Sebastián Abreu, quien jugó en siete países diferentes, reconoce que siempre vivió su fe con mucho respeto, esté en el lugar en que esté. Incluso cuando defendió al Betar Ierushalaim, en Israel, el cual no participaba de la competencia local algunos sábados santos. El Loco, de todas formas, no exterioriza su devoción dentro de la cancha. Ni siquiera pide por campeonatos ni partidos, porque no mezcla “religión con fútbol”. En su caso el apego es hacia la Virgen del Verdún, una “cuestión familiar” por haber nacido en Minas. Casi no va a la iglesia, una tradición que practicó en México pero que “por diferentes circunstancias” lo alejaron de la institución. Hoy, básicamente, lleva la estatuilla consigo, igual que los tatuajes, y lee salmos que lo identifiquen con hechos de la vida terrenal.

“En el deporte tenés que jugar bien y hacer todo para poder rendir de la mejor manera”, dice. “No tiene que ver con la fe ni pedir para ganar un campeonato, porque de hecho en cada cuadro habrá quien pida para triunfar y es imposible que todos ganen”.

Esa confusión entre fe y obtención de resultados es una de las dificultades con la que los psicólogos deportivos deben lidiar, explica Benchoam. Es el caso de jugadores que “no pueden observar su rendimiento en forma objetiva”.

Es que lo que suceda hoy en el Centenario dependerá del que juegue mejor o, al menos, del que haga más goles. En la previa hay quienes se encomiendan a Dios en cada equipo. Hay quienes arman sus santuarios y quienes llevan en silencio su fe. Todo un clásico en el fútbol.

Un arquero, diez jugadores y la presencia divina

En el vestuario de Racing no falta la virgen de Lourdes. Jorge Contreras es el encargado de llevar la estatuilla a cada lado en que el equipo juegue y es él, el experimentado arquero de 42 años, quien incita a los devotos del plantel a encender velas en tributo los 11 de cada mes. La fe en Contreras se despertó a los meses de haber nacido su hijo. Fue hace seis años, cuando al pequeño le detectaron hidrocefalia (acumulación excesiva de líquido en el cerebro). Desde entonces, el golero fue armando en su hogar una repisa con santos y vírgenes, y aprovecha la imagen que lleva al club para inspirarse en la arenga previa a cada partido. Claro que él no es el único arquero aferrado a la religión. Sebastián Abreu recuerda que, en el Botafogo, Jefferson es quien se encarga de dirigir las oraciones del equipo; Cláudio Taffarel es uno de los referentes de Atletas de Cristo; y el propio Jorge Fossati fue, en sus tiempos de futbolista, un ferviente católico encargado de defender el arco.

“Se puede considerar que la figura del golero es muy influyente para el resto de los compañeros”, explica el psicólogo deportivo Damián Benchoam, “no solo por el rol que ocupan, sino porque al llegar a primera división son personalidades seguras de sí mismas”. Quizás no haya en el fútbol una imagen más bíblica que la del arquero, con los brazos abiertos, debajo de los palos, esperando atajar el tiro penal.

La religión de la pelotita

Religión y deporte eran una misma cosa. Al menos en tiempos en que los mayas competían al juego de pelota, los japoneses practicaban sumo vinculado al sintoísmo y los griegos adoraban a los dioses en las competencias del Olimpo. Pero todo eso cambió, dice el sociólogo Dante Steffano, desde que el deporte se secularizó a mediados del siglo XIX. Uno de los hechos más notorios de este proceso fue la extensión de plazas de deporte (con ideas de democratización) impulsadas por José Batlle y Ordóñez. Con el correr de los años, el fútbol se fue convirtiendo, a prueba de ceremonias, cábalas e identificación colectiva, explica el académico, en una pasión por sí misma. Por lo que “no sería exagerado afirmar que hay una nueva religión pública llamada deporte”. En Argentina existe una iglesia en homenaje a Diego Maradona, en donde la Navidad se festeja el día de su nacimiento. Por estas orillas, el documental Manyas recrea historias de hinchas auriengros que crearon en sus casas verdaderos santuarios. Todo sea por un gol.

Atletas de Cristo

Un modesto local en el Centro de Montevideo oficia de iglesia, cada lunes, para los Atletas de Cristo en Uruguay. Son en su mayoría futbolistas, en actividad y retirados, que se congregan para “tener una relación con Dios, por medio de Jesús”. Se trata de la archiconocida organización evangelista que surgió en Brasil hace 30 años y que, dentro de sus principales exponentes, tiene a Kaká, Donato Gama da Silva y el colombiano Radamel Falcao. Si se busca en Internet, varios artículos señalan al salteño Edinson Cavani como otro de los célebres fieles. Pero el delantero uruguayo se define como un “atleta para Cristo, y no `de` Cristo”. Puede que sea una simple cuestión semántica, lo cierto es que declinó hablar con Domingo sobre “religión” para zanjar la duda. De los casi 50 participantes que se juntan cada lunes en el local de Montevideo (el público es rotativo por lo que no se pueden precisar con exactitud los integrantes en el país), ninguno alcanza la taquilla de los exponentes mundiales. De hecho, el presidente de la agrupación, Hébert Dos Santos, se unió en 1999 cuando jugaba en Tacuarembó. Ahora él y el resto de “experimentados” llevan un mensaje de ánimo a los más jóvenes, “respaldados por el testimonio de vida y la Biblia”, pero aun así no se definen como religiosos.