Iglesia al día

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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Jacinto Vera: Carta al Director de Búsqueda

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Sr. Director:

He leído, con sorpresa y atención, dos cartas de autoría de los Sres. Ariel Callorda y Gastón Pioli, publicadas en Búsqueda y en relación a la persona y trayectoria de Monseñor Jacinto Vera, primer Obispo de Montevideo.

Ambas notas aspiran, por cierto, a mostrarse documentadas, así como a echar sombras sobre la figura de Monseñor Vera. En tanto la del Sr. Callorda afirma, sin más, que no reconoce al Obispo “virtudes humanas” (sic) o “cristianas”, la del Sr. Pioli da alguna vuelta más en el camino a negarle, en suma, propósito “conciliador y reparador” alguno.

Jugué, en principio, con la posibilidad de detalladamente refutar ambas aseveraciones pero, examinando con mayor atención las notas, opté por el camino de simplemente rechazar, sin más, la opinión infundada e injuriosa que ambos despliegan.

Monseñor Vera fue, ya en vida y en este sentido, objeto de ataques dirigidos, sin mayores disfraces, contra la Iglesia Católica uruguaya desde los orígenes mismos de nuestro estado: situación sorprendente, por cierto, si consideramos que la Iglesia y el pensamiento católicos no tuvieron jamás en Uruguay ribetes de colonización de la vida civil, o intromisión de afanes ultramontanos. Fue la frívola necesidad de secularistas de pacotilla en cuanto a crearse un enemigo contra el que replicar los combates que tenían lugar en Europa en el siglo XIX la que llevó a la Iglesia al centro del debate político, haciéndola blanco de quienes nunca se detuvieron en pensar cuánto daño causaban a las misiones de caridad, compasión y alivio que esa misma Iglesia significaba en aquella sociedad tan primitiva y pobre.

A Monseñor Vera le cupo ser el centro de estos desatinos. La muerte de Enrique Jacobsen fue utilizada, sin miramientos, por quienes pretendieron forzar el entierro de un masón en un cementerio católico como forma de despojar a la Iglesia del servicio y la tierra que le eran propios desde los tiempos de la Colonia: que Monseñor Vera, a la sazón Vicario Apostólico, aceptara la inhumación, sujeta a la bendición de todas las tumbas (no la “exhumación” de Jacobsen, como se dice), así como la misma entrega del cementerio al estado (sujeta a la designación de un capellán) no bastó para saciar el afán agresivo y extremista de quienes lograron, finalmente, la unilateral secularización de los cementerios, dispuesta por decreto de la administración Berro.

Pero fue el afán de imponer a un religioso cercano a la masonería, a la sazón Senador de la República y allegado al círculo gobernante, lo que generó la crisis institucional en la que Monseñor Vera defendiera, para su prestigio, la libertad de la Iglesia en la designación de sus destinos eclesiásticos, en este caso el de Cura Párroco de la Iglesia Matriz. Y fue por esta defensa, que tanto y tan bien lo enaltece, que ese mismo gobierno, comprobadamente afecto a extremar todas las posiciones, fuera en el ámbito interno como internacional, terminara por disponer su destierro del país.

Que hoy tengamos que leer que la víctima de esa incalificable y desproporcionada pena de destierro era quien habría carecido de “afán conciliador y reparador”, cuando esa, y otras muchas, acciones de sus victimarios no hicieron sino precipitar al país en la crispación, la guerra civil y sus infinitos padecimientos es, cuando menos, un sarcasmo, y en nada sorprende que tamaño agravio haya sido recogido por el Gral. Venancio Flores como bandera de su Cruzada Libertadora en 1863.

Pero ese es un debate que no afecta a Monseñor Vera, desde que fue la misma administración sucesora de la de Berro, encabezada por Atanasio Aguirre, la que propuso al Santo Padre su designación como Obispo de Montevideo, tras su señalada participación en las tareas de alivio a las familias víctimas del sitio de Paysandú.

La vida y la obra de Monseñor Vera fue un ejemplo de entrega cristiana. A su acción debemos el auxilio espiritual, y muchas veces material, de aisladas poblaciones de lo que, por entonces, era un enorme desierto más que un país; la formación en artes y oficios de centenares de jóvenes; la venida al país de la orden salesiana y su impulso a la educación; el prestigio, en suma, de un clero militante y entusiasta, comprometido con la paz en una época signada por guerras civiles. Que hoy alguien le niegue ya no el merecido homenaje, sino sus mismísimas “virtudes humanas” no constituye un argumento, sino una despreciable afrenta.

Sé que la defensa de los valores más constantes, y en especial los trascendentes, que hacen de la civilización que vivimos un emprendimiento digno de ser vivido no goza hoy de buena prensa. Me consta que las guarangadas que hoy se toleran y festejan cuando son dirigidas hacia figuras santas y aleccionadoras como las de Monseñor Vera serían inmediatamente convertidas en un “casus belli” de ser insinuadas en relación a personalidades comprobadamente irrelevantes. Y me consta que esta ineludible situación cultural es la que llevará al silencio de muchos católicos ante expresiones como las de estas cartas.

El propósito de estas líneas no es, pues, el de abrir un debate de por sí imposible e inconducente, sino el de expresar que si bien hay católicos dispuestos a padecer en silencio tanta estulticia, también los hay dispuestos a proclamar en alta y clara voz aquella buena nueva que nos inspira, a defender a sus mejores testigos, así como a denunciar a quienes amanecen cada día abocados a la triste labor de hallar un árbol caído del que hacer sus pobres astillas.

Alvaro Diez de Medina