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La Iglesia en los medios Hosanna en las Alturas [Opinión]

EL OBSERVADOR |

Por Carlos Loaiza Keel – Máster en Tributación y máster en Derecho Empresarial (Harvard Law School – Centro Europeo de Estudios Garrigues); profesor de Tributación Internacional de la Universidad de Montevideo; Twitter: @cloaizakeel.

Es como un sueño. Los picos, las agujas, la nieve, los perfiles mágicos e impensados aparecen y desaparecen como fogonazos cuando la luz del amanecer dibuja ese anillo extraordinario de ocres, grises, negros, marrones, rojos, blancos y azules de intensidades que con el paso de las horas del día mutan como la piel del camaleón.”*

Llegar volando a La Paz siempre es una experiencia conmovedora. Antes de poder atisbar esa urbe abismal, incrustada en la orografía extrema y adornada por el majestuoso Illimani, el espectador se topa con el frío y árido Altiplano.

Desde el aire, se divisan los demás nevados, bellos, hieráticos, en soledad: el Mururata, el Huayna Potosí y el Illampu. Y a medida que el aeropuerto se acerca, comienza a aparecer la interminable ciudad de El Alto, donde hoy respira más de un millón de personas, y donde se alzan misteriosamente, como hongos, decenas de torres de iglesia de singular estilo germánico, llamando poderosamente la atención.

Hace poco más de 30 años, El Alto era una minúscula población satélite, en el techo de la tradicional y elegante La Paz. Su población no superaba las 80 mil personas, casi toda proveniente de las zonas rurales que circundan al lago Titicaca, en la frontera con el Perú. Allí donde emergieron y se desarrollaron sofisticadas civilizaciones precolombinas, como Tiwanacu, de la que luego hubo de alimentarse el Imperio inca.

A aquella ciudad llegó Sebastian Wilhelm Obermaier Mayer en 1978, proveniente de Caracas, donde había permanecido por una década a solicitud del cardenal Julios Döpfner.

Obermaier nació en Rosenheim, Alemania, en el año 1934. Sus padres, que siempre procuraron vivir bajo los preceptos de la fe católica, participaban activamente de las actividades parroquiales, en las que el joven Sebastian se mostraba muy interesado. Era un niño aplicado, y avanzó rápidamente en sus estudios en el Realschule.

Pero el fin de la segunda guerra mundial trajo consigo un terremoto particular para los Obermaier. En 1949, con 54 años de edad, falleció su padre, y Sebastian, que recién había recibido su título de bachiller, se vio obligado a tomar las riendas de su vida y decidir su futuro. Pese a verse en la necesidad de trabajar sucesivamente como minero, vendedor de quesos, carpintero, cadete, mozo en un restaurante y obrero en una fábrica de hierro, Obermaier sentía en su interior una fuerte pulsión. Una vocación imposible de desoír, que lo llevó a tomar la decisión más relevante de su vida: abrazar el sacerdocio.

El 29 de junio de 1959, con tan solo 24 años y luego de culminar su preparación en filosofía y teología en el seminario de Freising, Sebastian Wilhelm Obermaier Mayer se ordenó como sacerdote diocesano.

Su primer destino fue Ebersberg, como vicario en la parroquia de San Sebastián, a la que siguió la de San Agustín y la de los Catorce Santos Amigos del Socorro. Pero su llamada era aún más fuerte. Su alma buscaba cumplir un propósito más alto: la misión.

Luego de varios años en Venezuela, en 1978, año en que su madre se despidió de este mundo, llegó a Bolivia. En su nueva parroquia, Villa Adela, se concentró antes de nada en aprender la lengua aimara, para comunicarse fluidamente con sus habitantes. Y de inmediato comenzó a ocuparse de lo más urgente: El Alto era entonces una zona extremadamente deprimida, que no cubría los servicios más básicos de sus habitantes. “Por los primeros ocho años, actué como doctor, extraje dientes, traje niños al mundo. Y no porque supiera bien cómo hacerlo, sino porque debía hacerlo”, recuerda hoy (A missionary priest becomes a master builder in a booming Bolivian Metropolis, por Sara Shahriari, en CS Monitor, 1o de junio de 2010).

Desde entonces, Obermaier ha construido un centro médico donde se proveen servicios sanitarios y dentales, al que se han ido sumando, a partir de la Fundación Cuerpo de Cristo, un hospicio que recibe a víctimas de abuso sexual, un asilo de ancianos de bajos recursos y el segundo centro más importante de Bolivia para el tratamiento de personas infectadas con el virus VIH. Todo ello sin olvidar el sinfín de escuelas, donde se imparte catequesis.

Claro que la tarea de Obermaier no culmina en lo estrictamente social. “Cuando llegué a Bolivia tenía una visión clara”, repite Obermaier, “no voy a construir iglesias”. “Celebrábamos misa en la sala de mi casa”.

Pero la población creció, y el sacerdote alemán vio la necesidad de llevar a Dios a cada rincón de esta efervescente y nueva ciudad, que ya superó a La Paz como segunda ciudad más poblada de Bolivia, después de Santa Cruz de la Sierra. Así fue que Obermaier emprendió progresivamente la construcción de docenas de templos católicos de una impactante arquitectura, que recuerda la Baviera alemana.

“El Alto se ha formado por inmigrantes de zonas rurales, que han perdido sus raíces”, acota Obermaier, “que encuentran en la Iglesia un refugio espiritual en medio de una nueva cultura, y evitan así el crimen, la violencia, el alcoholismo o la depresión”.

Lo que Sebastian Obermaier ha construido en El Alto es para muchos inverosímil. No parece razonable que un solo hombre haya inspirado y llevado a cabo tamaño cambio. Pero basta escuchar atentamente sus palabras, recogidas por Shahriari, para conocer la fuente de esa energía interminable: “No deberían estar interesados en mí, porque hago lo que haría cualquiera en mi lugar: hago lo que puedo”. l

* Carlos D. Mesa Gispert, “Elegía a mi ciudad y un poema”, en carlosdmesa.com.