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Noticeu Historias de atletas olímpicos: Cuando las medallas no llenan el “vacío”

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“Una vida sin grandes desafíos pierde interés”, afirma el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, en su columna semanal en el Diario “Cambio” en la que alude a historias de vida de atletas olímpicos, a quienes la estelaridad de sus galardones no les impidió tocar “fondo” una y otra vez, siendo finalmente rescatados al encontrar un sentido trascendente a su existencia y por los vínculos familiares. También se refiere a otras historias de atletas a quienes las adversidades no han logrado apagar sus sueños.

‘Todos competimos cada día”, recuerda el Obispo, al tiempo que asegura que cuando se afrontar los grandes desafíos “se relativizan las pequeñas molestias cotidianas”.

 

ATLETAS OLÍMPICOS

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

La clausura de los Juegos Olímpicos y su despliegue de destrezas corporales y mentales me sugiere unas breves reflexiones.

La antorcha olímpica encendida en la ceremonia de apertura es un elocuente símbolo. Se inspira en la intrépida hazaña de Prometeo, que según la mitología griega, se apodera del fuego divino para entregarlo a los humanos.

Con exigentes entrenamientos y pretensión de superar marcas, los atletas prolongan, de algún modo, la gesta prometeica, intentando desplegar al máximo sus habilidades, destrezas y técnicas corporales y mentales. Pero Prometeo, según la mitología pagó las consecuencias y quedó encadenado, al menos por un tiempo, por esa desmesurada audacia.

Michael Phelps, estrella de la natación y el atleta olímpico más condecorado de la historia, hace dos años estuvo al borde del suicidio. Su pericia atlética y su éxito le habían generado muchísima atención mediática durante la última década y los medios deportivos lo acosaban.

Pero por dentro Phelps se sentía vacío. El alcohol y las drogas lo llevaron a tocar fondo. “Pensé que lo mejor era poner fin a mi vida”. Sus medallas de oro no le daban consuelo. Un deportista amigo le alcanza el libro “Una vida con propósito”. Empezó a creer que “hay un poder por encima de mí y que tengo un propósito en este planeta”. Las medallas no pueden darme ese amor. Volvió a abrazar a su padre que lo había abandonado, formalizó la boda con Nicole y estalló de gozo cuando nació su hijo. Y hasta sueña con los próximos y últimos Juegos Olímpicos para compartir con su hijo. Las medallas de oro no colmaron su vacío. Necesitaba un vínculo religioso y la fortaleza de vínculos familiares para no chiflarse.

Otra historia asombrosa es la del argentino Santiago Lange, 54 años, oro en Vela. En la familia encuentra su fuerza. La motivación de representar al país con sus hijos fue el motor que lo empujó. “Si pedaleo o voy al gimnasio por mi cuenta, me agota. Pero si voy con ellos me dicen “Dale, estás viejo para esto”. Y eso me motiva. A su vez, sus hijos se veían motivados por el esfuerzo del padre: “Vemos como se entrena y eso nos empuja”.

El año pasado estuvo a punto de un derrumbe cuando le diagnosticaron cáncer de pulmón. Lo operaron y a los 10 días, pese al dolor, ya hacía 10 kilómetros de bicicleta diarios.

Destaco también en estas Olimpíadas la presencia de una delegación integrada exclusivamente por diez atletas refugiados: dos nadadores sirios, dos judocas del Congo, seis corredores de Etiopía y Sudán, etc. Las adversidades no ahogaron el sueño olímpico.

Entre los uruguayos la cosa es diferente. No son profesionales a tiempo completo. Alternan su jornada entre trabajo, estudio y entrenamiento, como Déborah Rodríguez, 23 años, que se perfila como una promesa, luego de participar en la prueba de 800 metros en atletismo, terminando en el puesto 6. Destacable también ha sido la trayectoria individual de Pablo Aprhamian, contador público y apasionado judoca. Emiliano Lasa se destacó en salto largo y se metió entre los 12 mejores del mundo.

Todos competimos cada día. Roberto Canessa, sobreviviente de los Andes, en su reciente visita a nuestra ciudad, dijo: “Cuando mi mujer se queja por esto o lo otro, yo le pregunto ¿por qué te quejás? ¿te falta la pasta de dientes? Entonces ella se ríe…”

Una vida sin grandes desafíos pierde interés. Cuando los afrontamos, se relativizan las pequeñas molestias cotidianas.

Columna publicada el viernes 19 de agosto de 2016