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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Guzmán Carriquiry: “Francisco es el mejor Papa posible en este momento histórico para la Iglesia y para el mundo”

PERIODISTA DIGITAL |

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Guzmán Carriquiry (Montevideo, 1944) fue noticia hace unos días por ser el protagonista de una de las travesuras del Papa Francisco, cuando hizo desviar su coche tras una visita al dentista para visitar a su amigo desde hace cuarenta años, el secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, que no es otro que Carriquiry. Este uruguayo cortés y de sonrisa franca probablemente sea el laico con el puesto de «más responsabilidad» dentro del Vaticano, y estos días se encuentra en Gipuzkoa de vacaciones junto a su mujer -ambos tienen raíces vascas-, invitados por el obispo de San Sebastián.

Carriquiry desvela para DV cómo fue la visita inesperada de su amigo Francisco, al que también asesora. Desde el salón de casa de José Ignacio Munilla, repasa los logros y los retos de su pontificado y de la Iglesia en general. «El Papa nos dice que hablemos claro». Él no tiene pelos en la lengua

– ¿Qué siente uno cuando el Papa en persona se presenta sin previo aviso en su oficina?

– El Papa había ido al dentista y le dijo a su acompañante: «Vamos a saludar a Carriquiry». El chófer le advirtió que había que avisar a la Secretaría de Estado, a la gendarmería vaticana y a la policía italiana. Pero Francisco soltó: «No, soy el Papa, Dios nos cuida. Vamos». Yo estaba en mi oficina. Suena la puerta y aparece el Papa sin previo aviso y me salta: «Doctor, ¿tiene un rato para conversar conmigo?». Yo le respondí en tono jocoso: «No, mire, no está en mi agenda, vuelva usted mañana». Estuvimos conversando y le dije: va a ser la primera vez que no vaya a unas Jornadas Mundiales de la Juventud desde 1984, pero voy a estar en Loyola pidiéndole a San Ignacio por usted. Y efectivamente, lo cumplí.

– ¿De qué hablaron?

– Conversamos unos cuarenta minutos, sobre todo de temas de América Latina. Situaciones candentes allí como la de Venezuela, en la que hasta el expresidente Zapatero está pidiendo que la Santa Sede se incorpore en la mediación. También del proceso de paz en Colombia. Y muchas otras cosas más que no puedo desvelar. Pero al acabar la charla le dije: quédese a tomar un café con mis colaboradores. Y allí se instaló con su estilo directo, sencillo y cordial. Francisco ha superado toda esa distancia que la presencia de la autoridad del Papa ponía de por medio en relación con la gente. Así como me vino a visitar, mañana me llama por teléfono. Francisco se vincula con la gente de una manera extraordinaria.

– ¿Tiene usted línea directa con el Papa?

– Yo no tomo la iniciativa, la toma él, pero de vez en cuando me llama por teléfono a mi oficina o a mi casa. A veces no estoy en casa y se pone a hablar con mi esposa, a quien también conoce muy bien. Ella le pregunta: «¿Quiere dejarle algún mensaje a Guzmán? y él responde: «No, llamé para charlar un rato con su marido, no más». A mí no me gusta presumir de que soy amigo del Papa. Tenemos una relación de más de 40 años, antes de que fuera obispo, incluso. Cuando venía a Roma, la primera noche siempre cenaba en mi casa. Tenemos una relación muy intensa. Además, mi mujer y yo teníamos la convicción espiritual de que estaba destinado a ser Papa. Lo dijimos a muchos amigos en la curia romana, y así fue.

– ¿Ve a Francisco con fuerzas para acometer reformas de calado?

– Sí, por ahora han sido tres años impresionantes y sorprendentes en ese sentido. Hay un aprecio por su persona que desborda totalmente los límites de la iglesia católica. A veces los más lejanos, se sienten más cercanos. Y en cambio algunas oposiciones vienen desde adentro. Pienso que estamos viviendo un tiempo de interpelación evangélica muy fuerte dentro de la Iglesia. El Papa es como si quisiera desestabilizarnos de nuestros acomodos mundanos, aburguesados, para exigirnos vivir un cristianismo muy exigente en el encuentro y seguimiento de Jesucristo. Ha cambiado estilos del ejercicio del ministerio, formas de comunicación, está cambiando estructuras de gobierno en la curia romana, ha imprimido mayor transparencia y sencillez, ha sido muy riguroso en muchas cosas y se ha transformado en tres años en el líder mundial de mayor autoridad moral.

– ¿Y eso le puede estar granjeando enemigos dentro de la propia curia?

– Bueno, con cambios tan profundos en tan pocos años se pueden suscitar, en católicos honestos, perplejidades y desconciertos. Pero siempre respetando la figura del sucesor de Pedro. Esto, hay que distinguirlo de posiciones más viscerales de pequeños grupos reaccionarios, pero que difunden mucho sus voces a través de las redes mediáticas. Estos, no obstante, representan a sectores ultraminoritarios, porque lo que apreciamos es que los pueblos están con el Papa.

– ¿Está usted de acuerdo con la línea aperturista marcada por Francisco?

– Por supuesto, soy colaborador suyo y estoy totalmente de acuerdo. Hay una forma de oposición que es la más insidiosa, y es aquella que trata de contraponerlo a sus predecesores. A San Juan Pablo II y a Benedicto XVI. En los sectores más reaccionarios exaltan a sus predecesores para denigrar al Papa actual, pero muchos sectores progresistas exaltan a Francisco para denigrar a los anteriores. En cualquier caso, no son problemas mayores.

– Además de Francisco, usted ha trabajado con más Papas.

– Empecé trabajando siete años al servicio de Pablo VI. Por lo tanto, he trabajado al servicio de cinco pontificados a lo largo de 44 años. No sé si es un título de mérito (risas). Alguien dice que es un «gran aguante de un laico en un ambiente muy clerical» (carcajada).

– ¿Qué opina de la propuesta del diaconado para las mujeres?

– El Papa acaba de formar una comisión de estudio. Está insistiendo mucho en el papel y la responsabilidad de la mujer dentro de la Iglesia. Ya lo habían hecho Juan Pablo II y Benedicto cuando hablaban del ‘genio femenino’ y del ‘carisma femenino’. A Francisco le interesa muchísimo sentir la presencia y el protagonismo de las mujeres en la Iglesia, y esto va en esa línea. Ahora bien, si alguien piensa que las diaconisas serán el primer escalón para llegar al sacerdocio de las mujeres se equivoca totalmente. Las diaconisas en la antigüedad prestaban muchos servicios, pero no era el primer grado para la ordenación.

– Entonces, ¿dentro de unos años no veremos a una mujer presidiendo una eucaristía?

– Yo no soy profeta, pero creo que no va por ahí la cosa en absoluto. Francisco jamás ha sugerido una hipótesis semejante.

– Como asesor suyo que es, ¿qué le aconseja al Papa Francisco?

– Él sabe bien lo que tiene que hacer. Ciertamente ha tenido palabras muy fuertes contra el clericalismo para destacar la importancia del valor de los laicos en la misión de la Iglesia, asumiendo todas las responsabilidades que sean necesarias. Hablamos de los laicos que juegan su fe, claro, que la verifican en la vida política, cultural, social o económica. Ese también es un punto de insistencia muy fuerte del Papa.

– ¿Cree usted que con el Papa actual se han abierto las ventanas del Vaticano, como él mismo pretendía?

– Eso de abrir las ventanas ya lo decía Juan XXIII. En este caso, había necesidad de establecer una relación más inmediata de los pastores con la gente. El Papa insiste muchísimo en la proximidad de los pastores en la vida de la gente, en sus alegrías y sus sufrimientos. Una proximidad que tiene que jugarse especialmente con los más pobres, los más sufridos y los más excluidos. Francisco trae de América latina ese amor preferencial por los más pobre, muy propio del Evangelio, que en la Iglesia de América adquirió una consistencia real y muy significativa. Y en eso está.

– ¿Qué diferencias aprecia entre Benedicto y Francisco?

– Benedicto es un doctor de la Iglesia, un santo y sabio académico de enorme altura intelectual. Uno de los grandes europeos de nuestro tiempo, pero quizá le faltaba ese nivel de comunicación a nivel popular. Benedicto imaginaba el futuro de la Iglesia como el de unas ‘minorías creativas’ en medio de un mundo muy secularizado, sobre todo en Europa. En cambio, Francisco habla de la Iglesia como pueblo de Dios. Tiene un contacto con ‘su pueblo’ mucho más inmediato, directo y penetrante.

– Se llegó a rumorear que una de las razones por las que Benedicto dimitió fue porque no se veía con fuerzas para combatir un lobby gay que, supuestamente, había en el Vaticano. ¿Cree que Francisco ha tomado cartas en ese asunto?

– Decir que renunció por eso me parece muy superficial y absurdo. Es un misterio por qué renunció, pero no creo que fuera por eso. Francisco siempre dice, «no me gustan los lobbys dentro de la Iglesia, sean masónicos, gays, por el dinero, o por la carrera eclesiástica». Pero quiero recordar las palabras del Papa actual: «¿Quién soy yo para juzgar a un gay?».

– ¿Qué retos esperan aún al Papa en su pontificado?

– Hay uno muy grande que es Europa. ¿Cómo afrontar la crisis de esta Europa secularizada, muy descristianizada y deprimida política y económicamente? Francisco no ha visitado aún los grandes países europeos. Ha empezado a acercarse a Europa por las periferias: Albania, Bosnia, Georgia. Pensamos que puede venir a Portugal el próximo mayo. A veces la llama «la nona Europa» (la abuela Europa), en el sentido de que no genera demográficamente. Tampoco aporta ya grandes corrientes políticas, culturales ni económicas como antaño. La visión del Papa sobre Europa es muy crítica, porque quiere que redescubra lo mejor de sí. ¿Cómo se entiende, por ejemplo, la cultura vasca sin esa tradición católica que estuvo presente desde su origen? Nos falta una generación como las de los Adenauer, De Gasperi, Schuman… a la altura de la exigencia de nuestro tiempo.

– ¿Qué nota le pondría hasta ahora?

– (Risas). ¿Quién soy yo para poner una nota al Papa? Pero creo que lo está haciendo muy, pero que muy bien. Creo, además, que es el mejor Papa posible para este momento histórico. No sólo para la iglesia, sino para el mundo. De ahí su envergadura de líder mundial.

– ¿Cuál considera que ha sido su mayor acierto hasta ahora?

– El resurgimiento católico que estamos viviendo. La Iglesia estaba algo deprimida, y con Francisco ha vuelto a resurgir mediante su testimonio y ministerio.

– ¿Y su mayor desacierto?

– (Carcajada). Él es muy crítico consigo mismo. Su fuerza es su espontaneidad, habla con mucha libertad, sin tener discursos escritos en la mano. Habla con los periodistas inmediatamente, y a veces esa espontaneidad lo traiciona en algunas respuestas, que podían haber sido más precisas.

– ¿Por ejemplo declaraciones del tipo «no hay que tener hijos como conejos», que en algunos sectores como el de las familias numerosas no sentaron del todo bien?

– Una de las críticas más profundas que Francisco le hace a Europa es que no genera hijos. Por otro lado, ha elogiado muchas veces a las familias numerosas. En ese caso, quiso explicar que hay que regirse por una paternidad responsable.

– ¿Y está usted de acuerdo con la declaración de: «Quién soy yo para juzgar a un gay»?

– Sí, porque antes que nada uno se enfrenta a la persona, y toda persona merece sumo respeto. Sabemos perfectamente que hay una historia de humillaciones y de violencias que han sufrido las personas con orientación homosexual. El Papa confirma la necesidad de un exquisito respeto a todas las personas, incluidos los gays, por supuesto. Sin embargo, se ha manifestado crítico con el matrimonio homosexual o igualitario, o la difusión de la ‘Teoría del Gender’ (sobre la perspectiva de género), que la Iglesia rechaza con muy serias razones.

– ¿En un futuro los homosexuales tendrán más cabida en el seno de la Iglesia?

– Por supuesto que sí. El Papa siempre señala que las puertas de la Iglesia siempre han de estar abiertas, sin exclusiones. Todos tienen cabida en la Iglesia siempre que tengan apertura a sus enseñanzas y procuren vivir en su comunión.

– ¿Y qué hay de los divorciados vueltos a casar?

– El Papa habla en ‘Amoris Latitiae’ de la necesidad de acompañarlos en su camino de revisión de vida, de discernir las situaciones vividas y de integrarlos en las comunidades cristianas. No hay cambios en la doctrina, pero sí un subrayado especial por no dejar abandonado a nadie en una situación difícil.