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La Iglesia en los medios Grandeza [Opinión – Cita Sacerdote de Montevideo]

EL OBSERVADOR |
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Quien tiene grandeza, hasta en las menudencias de la vida diaria encuentra ocasión para que respire su alma magnánima

Por Juan José García

Hace unos días estaba escuchando en YouTube una reflexión del Padre Mathías Soiza sobre el deber de perdonar siempre. En un momento, ante la posible obstinación de no hacerlo debido a la injusticia por el daño recibido, se encara con el oyente y, en un lenguaje coloquial desafiante, lo interpela diciéndole: “A la chiquita, no; en el amor se juega a lo grande”.

Además de volver a considerar la importancia del perdón, de hacerme cargo nuevamente del riesgo de no saber amar como corresponde, quizá el mayor fracaso a que estamos expuestos, volvió a sorprenderme la importancia de “jugar a lo grande”, la decisiva trascendencia que la grandeza tiene en la vida humana. “Magnanimidad”, la llamaban los antiguos: algo así como ánimo grande, alma grande. Una capacidad para estar más allá de las razonadas sinrazones en la que es posible enmascarar el propio ego, que suele empequeñecerlo todo.

En una época como la nuestra, en la que se puede constatar las inusuales dimensiones de los proyectos, de las construcciones, de las organizaciones, quizá por contraste resulte más llamativo aún cómo en esas magnitudes descomunales se esconden intereses de poco vuelo. Detrás que está siempre la pequeñez de una persona, cuya mezquindad se suma a la de otras, pudiendo así arruinar unos objetivos legítimamente ambiciosos.

Ni bien nos adentramos en las entretelas de muchas organizaciones, algunas con fines nobilísimos, en seguida resalta esa mentalidad injustamente llamada “pueblerina”, porque es patrimonio común de habitantes de las más urbes más populosas, por la que algunos de sus integrantes se enzarzan en luchas intestinas que solo consiguen empantanar las grandes realizaciones. No se piensa en los objetivos, en la consecución de los fines que esa organización se propuso, sino en el pretendido prestigio personal que se ve amenazado por la sombra que proyectan las cualidades, tantas veces innegables, del otro. Parece que se ha olvidado aquello tan elemental de que los triunfos se logran en equipo.

Sostiene un viejo refrán que “unos llevan la fama y otros cardan la lana”. Y aunque esa división no sea tan tajante en el relato muy conocido que traigo a colación, importa rememorar la sabiduría del refranero para ilustrar esa tendencia que a todos nos aqueja de desentendernos de lo que consideramos defectos ajenos, de los que “llevan la fama”. Se cuenta que un conferenciante advirtió a la audiencia que había que cuidarse “del pequeño argentino que todos llevamos dentro” y uno de esa nacionalidad que estaba entre el público replicó de inmediato: “¡Cómo que pequeño!”. Todos reímos cuando lo volvemos a escuchar, tal vez porque pensamos que no carece de fundamento. Pero quizá no deberíamos pasar tan deprisa sobre la moraleja que podría dejarnos si miráramos más a fondo, porque ¿quién pude decir sinceramente que nunca le ha dolido su “ego” sin que se hayan dado motivos de peso?
Patrimonio común de los mortales el egoísmo, con su innegable mezquindad. Lo que importa es no obviarlo, reconocerlo, para poner las cosas, la propia persona, en su sitio. También para desenmascarar tantas veces detrás de un cerril apegamiento a lo que podríamos invocar como incuestionables principios, las trampas de un “yo” que ha aprendido las artimañas con las que pretende escamotearse –aunque a los ojos de todos resulten tan evidentes como las triquiñuelas en las que ya desde niños nos vamos entrenando para que nos dejen hacer nuestros caprichos-.

Grandeza que en ocasiones habrá que demostrar en la capacidad de renuncia. Porque aunque de entrada no deberíamos abandonar la lucha por unos derechos personales que consideramos una obligación defender, a veces se presentan situaciones en las que esa puja tiene un límite. Si lo traspasáramos, no podríamos evitar un daño a otros que nada tuvieron que ver con esa situación injusta. Por eso el criterio para discernir qué deberíamos hacer no tendría que ser otro que evaluar qué bien aportamos con nuestra “defensa”. Momentos duros en los que la sabiduría podría consistir en “ocupar el lugar que nos dejan”, como hace años definía la humildad un buen amigo de Córdoba.

Quien tiene grandeza, hasta en las menudencias de la vida diaria encuentra ocasión para que respire a sus anchas su alma magnánima. Y así va generando a su alrededor una sana y sólida aspiración a esa aristocracia del espíritu que podemos encontrar en algunas personas, independientemente de su condición social, quizá modesta, y tal vez de la escasa notoriedad de los roles que ejerzan en su medio. Un anhelo imprescindible para estar a la altura de las circunstancias que nos toca vivir, y que únicamente lograremos dignificar asumiendo la responsabilidad intransferible que nos asigna el lugar donde estemos. Para no dejar que la pequeñez del propio yo esterilice la grandeza que todas las situaciones humanas en germen están posibilitando. Sólo desde ahí se origina la verdadera magnitud de las organizaciones; y también de los países, independientemente de sus dimensiones geográficas, porque no es otra que la magnanimidad de las personas que los integran.