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La Iglesia en los medios Fuera del clóset de la religiosidad

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Oleada verde y escaparate antiderechos en Argentina.

En su cambio de estrategia, los grupos provida incluyeron dentro de su discurso la idea de “salvar” a la mujer gestante, y ya no sólo al “niño por nacer”. Foto: Afp, Alberto Raggio.
El discurso “provida” ya no apareció escoltado por sotanas, sino representado por “gente común”. La vergüenza de pertenecer a un colectivo pacato y anacrónico se transformó en el orgullo de levantar una bandera nuevamente legitimada. Y el triunfo de la retórica feminista fue notorio en esta conversión estratégica: frente al pañuelo verde, se pusieron el celeste.

Aborto dos puntos. Evitar la vida. Sacar el derecho a vivir. Terminar con su vida. El punteo se lee en una pizarra que pasa en plano corto en algún segundo del video que expone la Fundación Grávida en su página de Facebook. Tienen casi veintiséis mil seguidores y una misión: “Ayudar y acompañar a la mujer embarazada/madre en dificultad para fortalecerla en su maternidad. Dignificar la maternidad y la paternidad. Promover el respeto y cuidado de la vida desde su concepción”. En su misión, la persona gestante no es más que el envase de aquello que importa. En la pizarra, en cambio, es directamente invisible. La figura del feto aparece como único sinónimo posible de la vida: “el niño por nacer”.

Grávida cuenta con 1.100 voluntarios y cada lugar gestiona su subvención. Están en 20 provincias y 57 localidades urbanas y rurales de la República Argentina. Tiene una línea de emergencia por la que atiende “riesgos de aborto” y ofrece acompañamiento y escucha a la “mamá necesitada”. Insiste en que la posibilidad de cambio y evolución está “en ellas mismas”.

Diana Flores de Castillo es cofundadora de Grávida y el 17 de abril expuso en la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación, del lado de los autodenominados provida. Fueron casi tres meses (abril, mayo y junio) de debate y exposiciones públicas en los plenarios de las comisiones Legislación General, Familia, Legislación Penal y Salud. Pasaron por allí 738 personas: mitad a favor del derecho al aborto, mitad en contra. Cada una tenía siete minutos para hablar. Luego respondían preguntas. En todas las audiencias primó el respeto y la escucha. Fue la antesala de la primera votación y un modo de instalar el debate en la agenda pública: durante todo ese tiempo –y luego también, hasta pasado el 8 de agosto, con la votación en la Cámara de Senadores– se levantaron los “martes verdes” en las calles linderas al Congreso, con actividades coordinadas por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, charlas, recitales y pañuelazos por doquier. Pero las acciones directas despertaron a las bestias. Las intervenciones antiderechos (antiaborto) comenzaron a hacerse más agudas y su presencia en las calles también creció.

A TRAVÉS DEL ESPEJO. La profundización del debate en el Congreso hizo que las posturas antiderechos tuvieran que salirse del clóset de la religiosidad y el conservadurismo clásico. El discurso “provida” ya no apareció escoltado por sotanas, sino representado por actores y actrices de la sociedad civil: “gente común”. La vergüenza de pertenecer a un colectivo pacato y anacrónico se transformó en el orgullo de levantar una bandera nuevamente legitimada. Y el triunfo de la retórica feminista fue notorio en esta conversión estratégica. Cuando ya no se pudo esconder la estadística de muertes de personas gestantes por abortos clandestinos, la consigna se transformó en “Salvemos las dos vidas”. La persona gestante apareció entonces lo suficientemente tácita como para no ser prioridad y lo suficientemente marcada como para saberse que está ahí. Con ese discurso seductor para las mentes indecisas, los sectores antiderechos lograron no sólo reinstalar su sentido común, sino también legitimar sus prácticas militantes. Se organizaron públicamente, ocuparon las calles, crearon consignas, pasearon por programas de televisión, hicieron banderas y hasta se colgaron un pañuelo celeste como símbolo de su defensa de la vida. Los chistes no tardaron en llegar: “Yo hago ravioles, ella hace ravioles”, ilustraron los memes en las redes sociales, recordando la escena de la película Esperando la carroza, en alusión a la copia del pañuelo verde de la campaña.

El pañuelo celeste fue creado en 2001 por la organización Mujeres por una Nación Diferente, que, presidida por Marta Rodríguez, ayudaba en Plaza de Mayo durante la crisis. Pero en 2018 la Ong Más Vida, con Raúl Magnasco a la cabeza, presentó la nueva versión del pañuelo celeste, esta vez como símbolo de la lucha antiaborto y con la inscripción “Salvemos las dos vidas”. Fue el broche de oro para presentarse como una identidad política homogénea: una estética, un eslogan, acciones organizadas y ecos mediáticos.

En las recomendaciones generales del Comité para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, conocido como Cedaw, por sus siglas en inglés, se señala expresamente a los estados la necesidad de derogar las disposiciones legales internas que penalicen el aborto. En América Latina el aborto es legal sólo en Cuba, Ciudad de México, Uruguay, Puerto Rico, Guyana y Guayana Francesa. En esos países vive apenas 3 por ciento de las personas con capacidad de gestar de entre 15 y 44 años. El 97 por ciento restante vive en países con leyes de aborto restrictivas. No casualmente, frente a un proceso de secularización respecto del catolicismo, el evangelismo comenzó a cobrar fuerza en todo el continente en los últimos años.

“Los movimientos de antilaicidad del Estado están, de nuevo, queriendo tomar espacios de poder político y eso está articulado con el avance de los derechos de las mujeres”, afirmó la venezolana Luz Patricia Mejía, ex comisionada y presidenta de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y actual secretaria técnica del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará, de la Oea, en diálogo con la periodista y activista argentina Florencia Alcaraz. “Tienen un patrón común: la organización, con muchísimos recursos, fondos que están moviendo a nivel internacional dramáticamente. Sus temas son los mismos de la agenda de género: negar la participación política de la mujer, cuestionar la cuota, negar la paridad, impedir la legalización del aborto e irrumpir en el principio de Estado laico”, amplió Mejía.

Estos movimientos construyen y se apropian de las herramientas convertidas en paradigmas de época. Por un lado, el discurso feminista: la libre determinación, el cuidado de la vida y los cuerpos, los derechos humanos como abono para una postura que, más silenciosa que bulliciosamente, sostiene también las banderas de la familia tradicional, la castidad o la maternidad obligatoria, pero que prefiere anclar su discurso público en las bases del pensamiento de un hombre nuevo, con restricciones. Por otro lado, el uso de la ciencia y la tecnología con el fin de sensibilizar al ciudadano desprevenido: el ultrasonido como canal de construcción del sujeto y, en esa línea, la subjetivación del feto, para darle sentido al embrión y con ello un carácter moral y jurídico. Claro que el feto será siempre varón, excepto si se le agrega un moño y el epígrafe “Ni una menos”.

REVÉS POPULAR. En el cortometraje El grito silencioso, de 1984, se muestra a un médico que sostiene un bebé de plástico mientras en un televisor, a su costado, se muestra un supuesto aborto en tiempo real: es Bernard Nathanson, y gran parte de los estudiantes de las escuelas secundarias de los ochenta y los noventa fueron marcados por aquel discurso y aquellas imágenes. “El mito antiaborto se afianza con la aparición de la ecografía. La imagen del feto es la representación clásica que se define socialmente como ícono de la persona, la familia, la nación, el origen, la vida y el futuro”, dijo la periodista Amanda Alma el 10 de mayo de 2018 en la audiencia por la ley de interrupción voluntaria del embarazo en la Cámara de Diputados. Florencia Alcaraz, por su parte, lo definió como una estrategia gore: la representación sanguínea e invasiva –a pesar del conocido uso del Misoprostol y el aborto ambulatorio como método recomendado por la Organización Mundial de la Salud– y, con ella, el efecto naranja mecánica. No se convierte en un posicionamiento político, sino corpóreo: aparecen el asco, la repulsión, la culpa como agenciadores de pensamiento.

Bien lo sabe Mariana Rodríguez Varela, creadora de “el bebito”. Una militante en contra del derecho al aborto que se dio a conocer por repartir bebitos de plástico como símbolo de su defensa de “la vida”. Varela es hija del fiscal de Estado de la provincia de Buenos Aires Alberto Rodríguez Varela, abogado defensor de Rafael Videla, presidente de facto de la última dictadura militar argentina. También entiende del miedo como vector de conducta Facundo Segovia Barcena, el médico anestesiólogo de La Rioja que, poco después de la votación positiva de la Cámara de Diputados, publicó en Facebook: “En mi guardia los abortos se harán sin anestesia”. En ese momento era trabajador del Hospital de la Madre y el Niño y secretario general de la Asociación Anestesiológica Riojana.

La empatía profesional, humana y médica se ejerce con la construcción de ese significante vacío (el bebé-feto-niño por nacer), funcional al asistencialismo y la caridad cristianos que no exigen compromiso posterior. El niño por nacer tiene prioridad por sobre el niño nacido. A la vista queda en casos como el de la niña de 11 años de la provincia de Tucumán embarazada producto de una violación y obligada por el Estado a continuar con la gestación, a pesar de entrar en el marco de los abortos no punibles.

Desde que el 7 de diciembre de 1998 el ex presidente Carlos Menem lo decretó, el 25 de marzo se celebra en el país el Día del Niño por Nacer. En esa fecha, los grupos antiderechos aprovechan para posicionarse públicamente, y en la movilización de 2018 Rodríguez Varela irrumpió con un feto enorme de papel maché en plena acera. Era el bebito gigante; lo llevaban en un carro amarrado transversalmente y en posición semivertical. Marcharon por las calles del centro porteño hasta que en un momento uno de los participantes levantó una pancarta con la frase “Yo quiero ser ingeniero”. La viralización en redes por medio de memes y consumos irónicos no tardó en llegar. Esa acción logró que, mediante la risa, la parodia y el ridículo, se resquebrajara por primera vez la hasta entonces intocable figura del feto. Ahora también era objeto de burla.

La nueva estrategia eclesiástica en la avanzada antiderechos que caracteriza al país y al continente, y que se ancla no sólo en un modo de respuesta a la profundización de las luchas feministas, sino también en el retroceso regional en materia de conquistas sociales y derechos humanos, se basa en el entrelazamiento de justificativos religiosos y científico-bioéticos de definición de los fetos-embriones como personas jurídicas y sujetos de derecho desde la concepción. Y, en ese sentido, implica la necesidad de dejar de lado la falsa visión acerca de los actores religiosos como sujetos únicamente supeditados a la esfera de lo privado: es preciso entenderlos como sujetos políticos de las sociedades contemporáneas. Ni abstractos ni de papel maché, ni locos del bebito.