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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Fuera de agenda (Sobre la gestión privada de liceos públicos)

LA DIARIA |

Director de Educación asegura que en esta administración no está planteada la gestión privada de liceos públicos.

Juan Pedro Mir se define como un “maestro vareliano”. Entiende que las autonomías de los consejos desconcentrados de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) no son “repúblicas independientes”, sino “un espacio de disputa ideológica y política”. Está dispuesto a dar la batalla por cambios curriculares que eviten la desafiliación del sistema educativo. Habla de fortalecer el sistema público y sueña con integrar colectividades que formaron sus propias instituciones, como la judía y la armenia.

Afiliado al Frente Amplio (FA) desde los 14 años, en 2006 Mir se apartó del Partido Comunista y en 2008 pasó a integrar el Frente Liber Seregni. Se ha desempeñado como docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República, donde está terminando la licenciatura en Ciencias de la Educación. El 1º de marzo asumió como titular de la Dirección Nacional de Educación (DNE) del Ministerio de Educación y Cultura (MEC).

-Conoce de cerca la educación primaria y la educación superior, pero la DNE es un abanico muy amplio que abarca desde primera infancia a la educación de adultos.

-No tiene nada que ver, es otro nivel. Este país tiene algo muy particular que es la existencia de los entes autónomos de enseñanza. El lugar del MEC ha sido tradicionalmente un espacio de decoración en las políticas educativas, nunca fue un eje. A partir del gobierno del FA, en 2005, se asume la necesidad, que se ve plasmada en la Ley de Educación, de crear un sistema nacional de educación pública. Ahí entra el desafío político de articular autonomías. Por un lado, la política educativa de la ANEP es autónoma constitucionalmente, pero, por otro lado, la República establece parámetros que la sociedad elige sobre el destino de la educación. Eso que está tan claro en la política industrial, en la que el Ministerio de Industria [Energía y Minería] tiene ejes y convive con ANCAP y OSE, y no hay mayores conflictos, en educación constituye un conflicto político ideológico, sobre todo para la izquierda, que ha sido constructora del derecho de autonomía, porque fue su espacio natural de disputa ideológica. Lo que hoy la sociedad le exige a la educación es distinto de lo que exigía en 2005. Yo parto del programa del FA, pero nadie me puede impedir hacer política educativa; las autonomías no son repúblicas independientes La autonomía no puede ser un cheque en blanco para ninguna corporación ni para ningún sector profesional; es un espacio de disputa ideológica y política, en mi caso, como militante de izquierda, como republicano, en clave de una visión laica, de promotor de una agenda de derechos, de creación de resultados educativos.

-El presidente anunció algunos lineamientos en materia educativa: universalización de educación secundaria, sistema integrado de tres a 14 años, cambios en la currícula. ¿Cómo se implementarán?

-Desde el MEC y la DNE vamos a cumplir un rol claro en la construcción de una agenda y de un discurso de orientación educativa que signifique palabras, conceptos y acciones. No nos vamos a sentar a ver cómo pasa la película. No le vamos a decir a Primaria qué es lo que tiene que hacer, pero somos los primeros en afirmar que es necesaria la construcción de un marco curricular común, como se especifica en el programa del FA. Lo vamos a hacer elaborando documentos, convocando a negociar a los consejos desconcentrados y a los actores involucrados, generando espacios de investigación, articulando con organismos internacionales. Vamos a construir un fuerte discurso que defienda la articulación entre primaria y secundaria, vamos a apoyar las negociaciones presupuestales para que se destine dinero en función de proyectos de profesionalización docente.

-¿Cómo sería esa currícula común?

-Al MEC no le compete aprobar los currículums, pero sí opinar y marcar dirección y coordinación sobre el tema. El problema entre la articulación entre primaria y secundaria es uno de los más graves que enfrenta el sistema educativo uruguayo -así lo identifica el programa del FA-, porque son dos tradiciones totalmente diferentes: la tradición de primaria es de expansión, de cobertura total, mientras que hay una vieja tradición de secundaria de segmentación. La decisión de primarizar secundaria no es una decisión de hacer que secundaria sea primaria. Hay un efecto social que está ampliamente estudiado: se primariza secundaria en la medida en que se extiende y se universaliza; antes secundaria era para una elite. Ese programa tiene que establecer contenidos y competencias que no tienen que ver con el mundo laboral sino con las capacidades y habilidades del sujeto para comprender y entender un texto, para resolver problemas cotidianos, para inferir situaciones de la vida social. Hoy los programas están absolutamente estructurados en función de disciplinas y contenidos. El efecto perverso de la sobrecarga de los contenidos es que cada maestro y cada institución da lo que puede, y eso termina favoreciendo a los contextos que más tienen. Las tasas de desafiliación y de desaprobación en los sectores más pobres son infinitamente mayores que en los sectores medios y altos, y no solamente por el contexto. Hay un problema estructural del sistema. Los sectores medios recurren a un andamiaje para sostener ese fracaso escolar: psicopedagogos, mecanismos de apoyo a los que los sectores pobres acceden en menor medida. ¿Cómo nos imaginamos ese diseño curricular desde inicial a 14 años? Diciendo qué esperamos en los distintos campos de conocimiento. Que el muchacho que trabaja en sexto año en matemática, cuando llegue a primero de liceo, encuentre una continuidad del enfoque.

-¿Qué plazos prevén?

-Desde ahora hasta la construcción del presupuesto todos los actores nos tenemos que centrar en tener una hoja de ruta. Es una definición política del gobierno tratar de llegar al 6% del PIB [Producto Interno Bruto], que son cientos de millones de dólares extras al año en 2020, pero no para cualquier modelo educativo. No va a ser para más de lo mismo. Hay puntos nodales: salario docente, condiciones de trabajo, profundización del Plan Ceibal, articulación de los distintos actores. El dinero va a estar en función de metas, no va a ser porque sí. En los cinco años tenés que lograr efectos de impacto importantes. El FA no puede entregar el gobierno a las próximas autoridades, en 2020, manteniendo los índices de desafiliación que tenemos. Nada de esto se hace sin la negociación y la participación de los docentes. El grave error de la reforma de [Germán] Rama fue intentar imponer una agenda a partir de un grupo de expertos. En clave de izquierda, eso es imposible; no es la reforma de [Fernando] Filgueira, ni de [María Julia] Muñoz, ni de [Wilson] Netto, ni de nadie, es una línea estratégica. La gran omisión como fuerza política durante estos diez años fue no haber creado discurso sobre la calidad educativa: qué significa calidad de la educación en clave de izquierda.

-¿Consideran a las pruebas PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes, por su sigla en inglés) como un instrumento de evaluación?

-Sí. Hay un debate que se está dando a nivel regional sobre el valor de las pruebas PISA, pero no nos podemos autoengañar. Nosotros no vamos a trabajar para las pruebas PISA, no vamos a hacer modificaciones de maquillaje para que las pruebas den bien y para que la oposición no nos pegue. Eso sería terrible. Las pruebas PISA son un indicador pero tenemos que dar el debate. ¿Qué queremos que los muchachos aprendan? El perfil de egreso no me lo pueden dar la pruebas PISA; son un insumo internacional de comparación, pero no me pueden marcar la agenda. Tenemos que hablar mucho. Quiero escuchar qué dice, por ejemplo, Gerardo Caetano sobre cómo se imagina la necesidad de los uruguayos del futuro, quiero escuchar a [Roberto] Markarian, a mí me interesa incluso lo que dice la iglesia al respecto, como actor político. Y por supuesto, a los docentes.

-Decía hoy que hay que responder a una demanda que tiene la sociedad hacia la educación. En una columna que escribió en 2014 para Montevideo Portal hablaba de las demandas desmedidas hacia la escuela. ¿Cómo se articula entre esas dos cosas?

-Siempre repito una frase del sociólogo Francis Dubet: “La sociedad tiene que aprender a no pedirle todo a la escuela”. Yo no puedo cargar a la escuela con lo que no puede dar. La primera competencia educativa es la familia. No me puedo enojar con los profesores de secundaria si yo como familia lo que hago es denigrar al profesor. La formación inicial se hace en casa, con la leche de la mañana, cuando apago la tele y converso. ¿Qué le tengo que pedir a la escuela? Que enseñe a escribir, a leer y a comprender un texto, que pueda inferir, que enseñe a los chiquilines a manejar tres informaciones en una síntesis, que aprenda los racionales. La escuela pública no puede comprar el discurso de mercadeo de instituciones privadas que venden en televisión, que muestran niños felices caminando, corriendo en la calle, que saben todo y con padres sonrientes en la puerta. Si ése es el modelo, perdemos, porque la educación pública es un espacio político de integración social en el que se dan muchas cosas, y ahí es donde el discurso escolar tiene que fortalecerse. La escuela, el liceo y la UTU tienen que abrirse, pero ¿qué hacen hoy los padres para acompañarlos? Cuántas veces le preguntan a un chico de 13 años cómo le fue en el liceo?

-Los docentes plantean que su función ha sido desprestigiada y que en parte eso ha sido alimentado por el discurso de dirigentes políticos. ¿Cómo le parece que está valorada la figura del docente?

-Como actor político, creo que en estos diez años, fruto de contradicciones que tienen que ver con demandas presupuestales, con emergencias, con tabúes con respecto a la autonomía, con conflictos, la izquierda no ha logrado construir con los actores docentes un espacio de promoción del valor. No hemos sido felices, pero esto ha sido de a dos. Mi última intervención sindical fue en la asamblea del 27 de junio de 2008, cuando la asamblea general de maestros expulsó a dirigentes históricos de Ademu [Asociación de Maestros del Uruguay] por participar en el gobierno. Fue un juicio sumario, estalinista. Ahí yo dije: “Ésta no es mi trinchera”. Como actores políticos no lo supimos hacer, y creo que muchos referentes educativos sindicales tampoco han colaborado en eso.

-Vázquez reconoció el aporte que hace el sector privado.

-A nivel estatal de enseñanza básica, los uruguayos subsidiamos a la enseñanza privada, que no paga un impuesto municipal ni los aportes patronales por los que la ANEP paga millones y millones de pesos. No figura en el programa del FA, en ningún punto, pagar los vouchers.

-Pero Filgueira mencionó durante la campaña electoral la posibilidad de que un estudiante de enseñanza media superior pueda elegir dónde cursar diferentes créditos.

-Sí, él lo planteó. No está en el programa. No está planteado en la agenda política de esta administración el subsidio a la enseñanza privada más allá de lo que hoy está establecido.

-El presidente dijo que los trabajadores de instituciones privadas podrían tener apoyo para que su hijo estudiara allí.

-Eso preguntáselo a Vázquez. No está planteado en la agenda de esta dirección, en los documentos del FA ni en las líneas políticas planteadas por el presidente en su último discurso. En la DNE no hablamos de educación pública de gestión privada. Se habla de fortalecer la educación pública como espacio de integración laico donde se integran los que son diferentes. Yo sueño con que la comunidad judía vuelva a la escuela pública, cuánto ganarían las escuelas públicas si las comunidades judía y armenia volvieran a la escuela y al liceo público. Ésa es la política por la que yo estoy acá, no por seguir construyendo espacios paralelos que construyen segmentación social. En Uruguay, hablar de izquierda es hablar de la defensa de la educación pública. Lo otro es otra agenda, pero yo no me hago cargo de ella.
Amanda Muñoz