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La Iglesia en los medios Feministas, conectadas y jóvenes: las nuevas brujas modernas [opinión – menciona a la Iglesia]

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Por Florencia Pujadas.

Esta nota es un acto de herejía. Si se hubiese escrito hace unos siglos, es probable que no hubiese visto la luz y que terminara en cenizas. ¿La razón? Está a punto de leer que las brujas están de moda. Y no porque su imagen vaya a aparecer esta noche en los festejos de Halloween, ni en la nueva película de Maléfica. Ya hace un tiempo que las brujas dejaron de ser un disfraz. La imagen de aquellas mujeres demonizadas por la cultura occidental y reprimidas por la Iglesia es una reivindicación del movimiento feminista que busca cambiar los roles en esta sociedad.

Las nuevas brujas no se esconden ni tienen miedo de contar sus experiencias con el mundo esotérico. Tienen una vida social activa, se divierten, salen a bailar, hablan de sexualidad y de feminismo. Puede que vivan con sus gatos, sí, pero no lo hacen en pueblos perdidos sino en grandes ciudades. Se sienten orgullosas de autodefinirse como brujas y están conquistando nuevos mercados en la moda. «Nos estamos redefiniendo, escuchando nuestra voz», dice Belén Senlle, una conocida tarotista argentina. Y son las que buscan respuestas del futuro en prácticas milenarias.

Un nuevo giro. Las brujas modernas son veinteañeras y treintañeras que creen en el tarot, se tiran las cartas y saben cuál es su carta natal. Compran libros para armar sus propios altares -con velas y distintos elementos- en sus cuartos y están atentas a los cambios lunares. También creen en la conexión de los planetas con la energía y los ciclos del universo esotérico con la menstruación. En las redes sociales siguen cuentas de bloggers y tarotistas que llegan a los miles de seguidores y hacen reportes diarios sobre cómo influyen los cambios planetarios en el humor de cada una. En sus casas guardan sus propios mazos y les gusta experimentar con el poder de las velas. No tienen por qué ser tarotistas ni expertas en la historia de la brujería. Son mujeres que encuentran en la historia de las brujas una nueva forma de posicionarse en un mundo de cambios. Buscanreescribir las reglas, los roles y volver a conectarse con prácticas milenarias que volvieron a resignificarse.

Para entender a las brujas modernas es necesario hacer un repaso por una historia cargada de mitos, leyendas y persecuciones. La creencia en la brujería es parte de la cultura desde las primeras sociedades. Ya en la antigua Roma y en Grecia se creía que había dos tipos de magia: la buena era practicada por funcionarios estatales y la mala, por las hechiceras. Los archivos clásicos muestran que las personas creían que ellas tenían la capacidad de transformarse en animales, podían volar y hacían trucos para su beneficio. También decían que se reunían por las noches para dañar a otros, una idea que siglos más tarde impulsó la caza de brujas.

Esta histórica persecución coincidió con el nacimiento de la imprenta en 1439, una de las grandes revoluciones del mundo occidental. Entonces, la Iglesia creía que las brujas eran mandadas por el Diablo y se obsesionó con borrarlas del mapa. Lo hizo apoyada en El martillo de las brujas, un libro que se distribuyó en Europa como una suerte de Biblia. Los jueces lo usaban para sentenciar a las mujeres y los cazadores para justificar los asesinatos masivos.

Las reglas eran simples: cualquiera podía acusar de brujas a las mujeres que no iban a misa demasiadas veces y a las que nunca faltaban. También a las que se reunían muchas veces con una amiga y a las que llevaban una vida solitaria. A las descaradas y a las puritanas. Básicamente, se podía acusar a quien quisieran y tenían un desagradable destino. Eran arrestadas, desnudadas, rapadas y analizadas en búsqueda de las marcas del Diablo (cualquier mancha, irregularidad o cicatriz servía como prueba). También tenían que pasar por una prueba de baño que consistía en tirarlas al mar y ver qué pasaba. Si se hundían, eran inocentes; si flotaban, eran brujas. Con estas técnicas se lograba controlar a las mujeres.

En el libro Calibán y la bruja, Silvia Federici explica que la caza de brujas sirvió en la transición del feudalismo al capitalismo para instalar un nuevo régimen en la división sexual del trabajo. Los efectos de la persecución fueron claros: la mujer se quedaba en el hogar, se encargaba de cuidar a los niños y de seguir las reglas. Por miedo, se acostumbraron a decir que sí y a respetar las órdenes de sus maridos, la Iglesia y el Estado. A pesar de que la caza se extendió durante el siglo XVI, sus consecuencias permearon la sociedad hasta la actualidad. Solo hay que analizar la imagen de las brujas en la cultura occidental para entender cuánto influyó en la construcción de los estereotipos modernos. En el diccionario, la palabra aún está vinculada con sinónimos como «arpía» y «bicho».

La primera mujer en cambiar su contenido semántico fue la sufragista estadounidense Matilda Joslyn Gage en su ensayo Woman, Church and State en 1893. «Cuando en lugar de brujas decidimos leer mujeres, comprendemos mejor las atrocidades cometidas por la Iglesia contra esa porción de la humanidad», dice en un trabajo escrito con perspectiva de género. Este cambio conceptual fue visto con recelo hasta que, con el paso de los años, se convirtió en un símbolo de la represión de las mujeres. Ahora, en 2019, el lema «Somos las nietas de todas las brujas que no pudieron quemar» se repite en marchas para reivindicar la imagen de la mujer libre, pensadora e independiente. El recuerdo de la cacería se convirtió en una nueva forma de empoderarse y el acercamiento con el universo esotérico es cada vez más grande entre las mujeres feministas. Pero, claro, son bien distintas a aquella imagen que se repitió en las películas y libros clásicos de las brujas.

El perfil de la nueva bruja. Las brujas modernas son estudiantes, trabajadoras, que viven en las ciudades occidentales y tienen una activa vida social. Su imagen es bien diferente al recuerdo que queda en la memoria colectiva, y es fácil explicarlo con un ejemplo. En la mayoría de las películas como Temporada de brujas, un éxito protagonizado por Nicolas Cage, se muestra a las brujas como mujeres cargadas con una energía oscura, malas intenciones y cierto odio por la sociedad. La mayoría, incluso, son protagonistas de películas de terror. Pero la imagen de la bruja moderna es distinta. Y en las nuevas series y películas de Netflix, como El mundo oculto de Sabrina, el cambio es notorio.

Esta hechicera se presenta como una versión del personaje de Sabrina, la icónica bruja adolescente de los 90 que vivía con sus tres tías y un gato. Y es mucho más moderna. La bruja adolescente es antipatriarcal y antirracista. Tiene enemigos, sí, pero muestra sororidad con sus compañeras. También tiene un estilo de vestir marcado y novio. Así, muestra que las brujas modernas no se visten con largas túnicas, no usan sombreros en punta ni andan sobre una escoba como creían en la antigüedad. Tampoco se identifican con la imagen promovida por los clásicos de Disney ni con los disfraces que se usan en Halloween. Son mujeres que caminan por la calle con remeras que dicen «Bruja moderna» y compran en las tiendas más trendy. Porque ningún diseñador pudo resistirse al hechizo de las brujas, que hoy eligen encajes, transparencias y reivindican su adoración por el negro.

Unidas con la moda. La relación de la alta costura con el tarot viene de lejos: uno de los primeros en mostrar su devoción por las brujas fue Christian Dior. El diseñador francés solía tirarse las cartas antes de tomar grandes decisiones y usaba referencias directas al universo esotérico en sus colecciones. Pero la obsesión con la brujería tiene unos pocos años. El año pasado, Moschino sorprendió con diseños que tenían referencias directas a los juicios de brujería en Salem. Y Alexander McQueen presentó una colección en honor a Elizabeth Howe, una británica que fue declarada culpable y asesinada durante la caza en 1692. El vínculo entre la moda y el mundo esotérico también alcanza desde diseñadores como Jean Paul Gaultier hasta las tiendas uruguayas como Corazón del Sur, Nuevo Reino y Black and Liberty.

Este año, la inspiración también llegó a las colecciones de accesorios. La diseñadora Clare Waight Keller se inspiró en los signos del zodíaco para una serie de joyas con Givenchy; la australiana Perks and Mini creó una bolsa con la inscripción «Apoyá a tu bruja local», y Morgana Sanderson dedicó una colección entera a la brujería en Barcelona. Tiene sentido: la moda siempre fue una forma de manifestarse y mostrar una postura frente a un tema o, en este caso, la reconfiguración de una imagen histórica. «Es un homenaje a esas mujeres que han estado privadas de libertad, censuradas, ignoradas o señaladas con el dedo», dijo la diseñadora Teresa Helbig en la presentación de una colección inspirada en las brujas. Hay quienes dicen que esta tendencia es una moda pasajera, pero los analistas aseguran que la influencia es más profunda que una estampa en una remera.

Un estilo de vida. El acercamiento de los más jóvenes -y sobre todo de las mujeres- al universo esotérico está provocado por distintas razones. Según la American Psychological Association-, los millennials son la generación más propensa a sufrir estrés y necesitan encontrar nuevas respuestas. Viven en un mundo dominado por la prisa, con constantes cambios y una incertidumbre por el futuro que los lleva a buscar su camino en las disciplinas de autoconocimiento. De a poco, van dejando los mitos y los miedos de lado para reencontrarse con las técnicas milenarias. «Es una nueva forma de decir ‘esta soy yo’. A las brujas las quemaron por tener intuición y decir cosas que no se querían escuchar. Hoy estamos acá, queremos ver hacia dónde vamos y decir lo que nos pasa», dice Valeria Fernández, más conocida en la moda y en Instagram como Vale Valuchi. Esta diseñadora y profesora de yoga se autodefine como bruja y amante de los astros, y tiene una historia que se repite entre los millennials. «Yo tuve una crisis existencial cuando tenía 30 años. Fui a una tarotista para que me orientara, ella me tiró las cartas de Osho y me ayudó. Ahí descubrí que el tarot es un acto de repensar, imaginar. Es como si vieras todo por primera vez», dice. Y no es la única.

Desde Buenos Aires, la tarotista Belén Senlle cuenta que el universo esotérico sirve para entender de dónde somos, a dónde vamos y cómo queremos mostrarnos. «Habla de la identidad personal y de todos. No hay una única forma de conectarse con el tarot, pero hoy nos estamos animando nosotras, las mujeres, a reescribir lecturas y encontrarnos», dice Belén. La argentina se encontró con el tarot casi que por casualidad (aunque no cree en estas coincidencias). «Estaba caminando por Corrientes y vi un librazo tirado. Lo agarré, me metí a comprar un mazo de cartas y empecé a experimentar», cuenta. Ahora, ocho años más tarde, da sesiones de tarot en Buenos Aires y es la protagonista de talleres para la tienda multimarca Objeto Único Distinto en Montevideo. «Empezamos a trabajar juntas porque estamos en sintonía. Nos entendemos y es un espacio increíble», dice Camila González Jettar desde la tienda.

El perfil de Belén también sirve para ver cómo se muestran las brujas modernas. Es activa en las redes sociales -la cuna de esta tendencia-, donde tiene más de 13.000 seguidores; la mayoría son mujeres. «Estamos creando nuevos códigos, barriendo creencias y mostrando cómo queremos ver el mundo. Montevideo está empezando a ser un semillero, está por llegar el boom. El año que viene estoy segura de que se van a ver los cambios. Hay otra conexión», dice. Quizás el tiempo le dé la razón.