Iglesia al día

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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Fe, religión y valores [opinión]

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Por Claudia Amengual.

Estaba conversando con un grupo de alumnos y no sé cómo derivamos hacia el asunto de la fe. Fue una charla preciosa, como tantas. No pudo extenderse porque el ámbito de estudio impuso sus límites y hubo que retomar el trillo, pero sentí que habíamos sembrado una semilla que quizá germinaría más tarde, en la soledad del pensamiento. Hay veces en que la vida irrumpe en plena clase y nos desvía de lo importante a lo esencial. Entonces nos alejamos de las exigencias académicas y nos perdemos en disquisiciones que siempre bordean lo personal, el aspecto más humano de cada uno. Un rígido observador de las formas diría que es una pérdida de tiempo. Pero es todo lo contrario. Siempre y cuando esos desvíos valgan la pena en su contenido y no se diluyan en divagaciones vanas, ayudan a fortalecer los vínculos, iluminan la reflexión y, a la postre, redundan en beneficio del curso, que fluye con mayor armonía. No concibo de otro modo la docencia.

Entre los muchos prejuicios desde los que consideramos a los jóvenes está el de que no creen en nada. Y no es cierto. Quizá la juventud actual ―tomada en masa, como un conjunto de personas que atraviesa una etapa de la vida― esté alejada de aquel idealismo que elevaba la realidad por encima de sus posibilidades y la expandía hacia el anhelo de la utopía. Sin embargo, esta actitud desencantada no los exime de tener sus creencias.

En qué creen los jóvenes, o algunos jóvenes, es algo difícil de ponderar más allá de las estadísticas. Hay quienes profesan su fe vinculándola a una religión; otros que depositan la confianza en su propio potencial y unos cuantos que se sienten mareados por el dudoso concepto del éxito y, tironeados entre el deber y el querer, buscan a tientas algo a que aferrarse. En ningún caso he visto indiferencia; más bien perplejidad o búsqueda. Incluso un ligero abatimiento envuelto en apatía.

La cuestión es tan profunda que conviene desmalezar el terreno. Cosas muy distintas son la fe, la religión y la adhesión a un sistema de valores. A veces coinciden, aunque no siempre. Algunos dicen que no creen porque se les interpone una racionalidad abarcadora de todo el pensamiento y no avanzan en otras formas de la percepción. A esas formas no se llega a través de la razón, sino de la gracia, es decir, una especie de favor que se nos concede y que no siempre comprendemos. Esa gracia es la fe y explicarla es complejo. La sentimos como una virtud que se nos ha infundido y que nos da un marco existencial dentro del cual movernos. Quien no la tiene, pero la busca, no puede hacer más que esperar y desearla con vehemencia.

La religión, en cambio, implica la existencia de un dogma vinculado a una divinidad. Propone normas referidas a la conducta individual y social, y las viste con ciertas prácticas rituales que afianzan el sentido de pertenencia. Su cimiento es divino, pero su arquitectura es humana y, por lo tanto, falible. Es cierto que, cuando una religión se define desde los valores, uno espera que sus autoridades y sus practicantes observen un fiel cumplimiento. Pero la religión crece desde lo humano y, por lo tanto, es un error buscar perfección donde no puede haberla. De ahí que sobrevenga la desilusión y algunos confundan una crisis de religiosidad con una crisis de fe.

La adhesión a un sistema de valores puede provenir de un dogma religioso, aunque no siempre. También puede ser hija de una matriz cultural en la que se insertan las estructuras sociales donde se desarrolla el individuo. Así, la familia, la educación y los distintos sistemas normativos conforman un marco de referencia en el que vamos comprendiendo la distancia entre el bien y el mal ―y los matices intermedios―, y fortalecemos nuestros filtros de comportamiento. Nuestra catadura moral no se determina por nuestros deseos, sino por lo que hacemos a partir de ellos. Cuando adherimos a un sistema de valores, la primera responsabilidad es ante la propia conciencia.

Alguien puede ser un dechado de valores sin necesidad de estar tocado por la gracia de la fe ni adherir a religión alguna. Y viceversa. Pero cuando la fe, la religión y los valores coinciden de manera tal que, a pesar de las ineludibles imperfecciones, alguien se mantiene fiel a ellos y vive en consecuencia, estamos en presencia de un ser excepcional, una rareza. Liviano, firme y sereno, qué pleno ha de sentirse al experimentar tal coherencia.