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La Iglesia en los medios Estudiantes universitarios y privados de libertad culminaron nuevamente un curso que demuestra los aprendizajes compartidos [de interés]

LA DIARIA |

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Estudiantes universitarios y privados de libertad culminaron nuevamente un curso que demuestra los aprendizajes compartidos
La explanada de la Universidad de la República (Udelar) estaba colorida y nutritiva ayer de tarde cuando se desplegó la feria-muestra “Sembrá integración, cosechá futuro”, una venta de productos agroecológicos cultivados en la Unidad Nº 6 del Instituto Nacional de Rehabilitación, Punta de Rieles. Era el cierre del año de la Pasantía Interdisciplinaria “Educación Acción en Contexto de Encierro”, un proyecto de extensión de la Udelar desarrollado por el Programa Integral Metropolitano, la Facultad de Agronomía y la Escuela de Nutrición. El trabajo se extendió durante seis meses y continuó las ediciones iniciadas en 2012. Esta vez involucró a siete docentes, 20 estudiantes universitarios y cerca de 80 personas privadas de libertad.

Acelgas, lechugas, rabanitos, remolachas, repollo, cebollas, nabos y perejil conformaban la cosecha que estaba a la venta; además, tenían en maceta plantitas de albahaca, ciboulette y tomate. Ese era el producto de las tres quintas de Punta de Rieles en las que trabajaron. Tenían, también, para la venta, macetas con plantas de jardín, y panificados. Los vendedores eran dos reclusos -el permiso de salida estaba restringido- y más de una decena de estudiantes y docentes. Hacía más de un mes que estaban trabajando para el armado de la feria, que “es un esfuerzo colectivo”, destacó Stefani Plada, estudiante de Trabajo Social pero que participa en el proyecto por ser docente de la Facultad de Agronomía. Plada destacó que se logró “una integración y una participación real de las personas privadas de libertad en lo que se proponía y se vio en el armado de la feria. Se discutió todo: el nombre, los precios, lo que se traía. Es posible que inviertan lo recaudado en un asado de fin de año, que dé cierre al trabajo compartido, y aprovechando también que se vienen las fiestas, explicó a la diaria Gianlucas Silva, uno de los reclusos.

La pasantía trabajó en dos trayectorias. En la trayectoria alimentaria y nutricional participaron integrantes de empendimientos como la panificadora y la galletería; se dictó un curso de buenas prácticas de manufacturas de alimentos y se logró coordinar con la Intendencia de Montevideo que fueran a la cárcel a tomar la prueba del curso de manipulador de alimentos, que fue aprobado por 60 personas. Entre ellas, Lucas Silva, de 23 años, que estaba en la feria-muestra; Lucas es “ranchero industrial”, su tarea consiste en servir las ollas de los emprendimientos productivos del establecimiento. En ella participaron cinco estudiantes universitarios.

La otra trayectoria es la de producción agroecológica, en la que participaron 15 estudiantes universitarios y unos cuantos reclusos. Al igual que otros años, se hizo en la cárcel el curso de Introducción a la Agroecología, pero este año hubo una novedad: no sólo estuvo dirigido a las personas privadas de libertad, sino también a los estudiantes universitarios, que cada vez son de más disciplinas.

la diaria dialogó con cuatro de ellos: Lucía Pereira, de Comunicación; Martina Sanguinetti, de Sociología (que se recibió en estos días); Fernanda de León, estudiante de Gestión Ambiental (Maldonado), y Álvaro Roslik, estudiante de Psicología.

Fernanda destacó que haber hecho el curso de manera conjunta facilitó la horizontalidad: “Estábamos todo el tiempo aprendiendo e intercambiando por ambas partes”. Con otras palabras lo dijo también Gianlucas, que contó: “Aprendí a trabajar la tierra, a cultivar, el tiempo [de crecimiento] de cada verdura, a trabajar en conjunto con universitarios; nosotros ayudamos en cosas que ellos no entendían, había cosas que no sabían hacer, que aprendieron porque lo vieron en la cárcel, y otras que nosotros no sabíamos. Aprendimos entre todos, fuimos muy buenos compañeros”.

Fernanda destacó que todos tomaban mate juntos y compartían el rato que estaban en la cárcel. “Siempre fuimos bien recibidos por ellos. Cuando me inscribí, me daba un poco de cuco entrar en este ambiente, ya que no había tenido una experiencia parecida; sin embargo, después te das cuenta de que esas cosas se te van, el trato es persona a persona, no importan las etiquetas que tengas”.

Martina valoró que aprendió de agroecología, del curso, pero más que nada de la práctica con los internos, “eso estuvo bueno porque te coloca en otro lugar, donde estás aprendiendo de ellos”. A Álvaro le sirvió para aprender conceptos y prácticas de agroecología “y para ver los temas vinculares que tienen las personas privadas de libertad con el mundo exterior, y ver sus diferentes realidades, subjetividades, lo carentes de derechos y de oportunidades que han estado toda su vida”. Sobre todo, destacó el hecho de “generar un vínculo no tanto desde el lado de estudiante sino desde el lado más humano”.

Para Lucía significó “otro espacio para conocer un ambiente que no conocía, poder seguir adquiriendo herramientas que te da el hecho de poder laburar en el terreno, o pensar en la práctica todo lo que sabés por la teoría”.
Amanda Muñoz