Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Esperanza en Francisco I [Opinión]

LA REPÚBLICA | Héctor Lescano

Tal como nos hemos comprometido al iniciar esta comunicación quincenal, como militante de una corriente humanista cristiana que trabaja por los cambios políticos y sociales que en Uruguay llevan adelante los gobiernos del Frente Amplio que tenemos el honor de integrar, creo que corresponde pronunciarse con claridad acerca de la elección del cardenal Jorge Bergoglio al frente de la Iglesia Católica.

En apenas un mes, entre febrero y marzo de este año, dos noticias vinculadas al Vaticano sorprendieron a millones de seres humanos en todo el planeta, creyentes o no: por un lado la renuncia de Benedicto XVI. Por cierto este primer hecho ha pasado a un segundo plano sin restarle por ello trascendencia a un episodio histórico, prácticamente sin antecedentes en la historia de la Iglesia Católica. Como escribiera en una carta pública el joven Agustín Fregossi – lo cual comparto plenamente –, esta actitud revela una expresión muy fuerte de inteligencia y humildad y merece por tanto interpretarse con hondura.

No he tenido el honor de compartir en lo sustancial los contenidos teológicos que fundamentaran su Papado. Sabíamos que con Ratzinger, a un pastor carismático como Juan Pablo II le sucedía un conservador, con fuerte influencia en las posturas oficiales desde muchos años atrás.

A muchos de nosotros, especialmente latinoamericanos, nos hubiera motivado intensamente la elección del cardenal hondureño Oscar Rodríguez – eventualidad que fue muy seriamente analizada por el anterior cónclave – y a quien tuve el honor de conocer en su calidad de asesor del Movimiento de Trabajadores de América Latina, entre otras tantas actividades orientadas por su sensibilidad social.

Dicho lo anterior, debo confesar que no sufrimos el retroceso que muchos pronosticaron y que el mensaje de Ratzinger estuvo signado por una impresionante dimensión espiritual que contribuyó sin duda a la comprensión del significado de la fe. Creo que la retina del mundo guarda hoy la imagen del Papa alemán, de rodillas en Auschwitz, como uno de los alegatos más emblemáticos contra la violencia, el odio y el horror. Y estamos hablando de una renuncia al poder: espiritual o político, terrenal o trascendente. Y en consecuencia, esta renuncia – en un ejemplo que podría ser muy digno de imitar en cualquier circunstancia – refleja sentirse parte de un colectivo del que pueden surgir liderazgos con mayor capacidad y vitalidad.

En segundo lugar creo que la inmensa mayoría de cristianos y seguramente millones de seres humanos que no lo son, vivimos la elección de un obispo argentino – uno de los nuestros, como dijo Mons. Rodolfo Wirz – con la emoción de un gran acontecimiento histórico. Y también con una gran esperanza.

Tuvimos el honor de conocer al entonces padre Bergoglio en ocasión de seminarios que jóvenes demócrata-cristianos de América Latina – Judca– realizábamos con cierta frecuencia en el Colegio San Miguel en las afueras de Buenos Aires.

Bergoglio –entonces, ya superior de los jesuitas–, participó de toda una jornada de reflexión sobre el papel de los laicos y en particular de la juventud, en los duros momentos que vivía nuestro continente. Estoy hablando de casi cuarenta años atrás, muy poco tiempo antes de una nueva dictadura en el hermano país en 1976.

Ya he expresado públicamente que no sería sensato ni realista esperar que su acción pastoral impulse cambios y reformas necesarias en el campo doctrinal y teológico que muchos anhelamos para la renovación de la Iglesia de este tiempo que vivimos. En lo personal, he escrito en esta misma columna mi rechazo al aborto, fundamentado en el bien superior y sagrado de la vida desde la concepción, pero he adelantado opinión favorable a todas las demás iniciativas que establecen igualdad de derechos entre los seres humanos. Lo he hecho con el dolor de saber que estas posiciones no coinciden con la doctrina de una Iglesia de la que me siento parte.

Todos los actos y las expresiones simbólicos del nuevo Papa muestran una dirección muy positiva en el camino del compromiso con los pobres, en la lucha contra la corrupción y en defensa de valores humanitarios, fundamentales para sostener la paz en el mundo, que debe ser fruto de la justicia.

Sin recurrir a lugares comunes, la imagen de sencillez en todos sus actos, de fuerte contraste con expresiones de opulencia o vanidad, ha sido y sin duda será expresión dominante de un pastor carismático que puede jugar un papel fundamental hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia que representa.

Me dolieron mucho, francamente, algunas opiniones muy fuertemente críticas que he escuchado y leído de parte de compañeros con quienes comparto un camino de esperanza y de lucha, vinculados a eventuales acciones u opiniones del nuevo Papa en los duros años de violación de los DDHH en Argentina.

Muy sinceramente me siento parte de una columna de militantes cristianos de izquierda que hubiésemos deseado posiciones explícitas de firmeza y combate de las jerarquías de la institución eclesiástica frente a las atrocidades de los regímenes que padecimos.

Pero también soy parte de aquellos que agradecemos el aporte de la Iglesia solidaria y comprometida en la lucha por la recuperación democrática y en la acción social en el seno de los sectores más desprotegidos de la sociedad.

Como ha expresado gente con mucha más autoridad que quien suscribe, no podemos generalizar y son terminantes las opiniones que reivindican en toda esta materia al cardenal Bergoglio, entre ellos, nada menos que Adolfo Pérez Esquivel, Leonardo Boff, uno de los líderes de la teología de la liberación y el impresionante testimonio que termina de hacernos conocer el profesor Jorge Scuro.

En particular para los uruguayos, el cálido reconocimiento del Papa al joven sacerdote Gonzalo Aemelius, hasta hace muy poco al frente del tan trascendente proyecto del colegio Jubilar, significó una enorme alegría para el corazón y una motivación a la esperanza de que el compromiso cristiano se vincule cada vez más en los hechos cotidianos con los valores de la solidaridad y la opción preferencial por los pobres.