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La Iglesia en los medios Es un amigo y el orfebre de confianza del Papa Francisco

EL PAÍS |

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A metros de la plaza San Martín se encuentra el negocio-taller de Adrián Pallarols, y el golpeteo del martillo sobre el cincel acompaña amablemente el discurrir de la visita. Desde el exterior se aprecia en gigantografía una de sus tantas fotos junto al papa Francisco. En una de ellas se lo ve en un momento de oración en Santa Marta.

«El padre Jorge». Así llama Adrián al Sumo Pontífice. Son amigos desde hace una década cuando solicitó una audiencia para hacerle llegar un cáliz a Benedicto XVI y la historia se continuó con llamadas coloquiales e intercambio de anécdotas sobre la historia de arte. Jorge Mario Bergoglio lo casó, bautizó a su hija Francesca (que hoy tiene 5 años) y bendijo su taller. En una de las fotos se ve al entonces arzobispo rodeado de herramientas. El pasado 1° de septiembre en el Partido Interreligioso por la Paz, el Papa lo llamó primero.

«Después me entero que aparentemente se había cambiado de protocolo, estaban los 60 jugadores más importantes de los últimos 20 años del fútbol y sin embargo me llamó a mí primero, me saludó y presentó ante el mundo mi trabajo», dice a El País aún con un dejo de incredulidad, como viviéndolo desde afuera.

«La platería más fina de lo que es la criolla no está en Argentina sino en Uruguay» Agradecido, Adrián Pallarols confeccionó un cáliz especial para el Papa argentino que le entregó en mayo de 2013, tras exhibirlo en la Iglesia de San Cayetano y en la Catedral de San Patricio de Nueva York, de la que hoy es el orfebre oficial en lo que es su restauración y que Francisco probablemente reinagurará en 2015. Se trata de una pieza que describe como sencilla, pero que demanda 300 horas de trabajo.
«Yo creo que el valor más grande que tengo de él sobre mí es la confianza que me tiene», dice Adrián sobre la amistad con Francisco y ejemplifica: «Como cardenal recibía regalos muy caros que no usaba. Es una persona despojada que hace carne el dolor de los demás y que no quiere nada para él. Entonces todo lo que era de plata me lo traía, yo le hacía algunos agregados, lo ponía en un estuche y lo exhibía. Cuando el objeto se vendía, con ese dinero él compraba comida, ropa y frazadas y los llevaba a la villa. Durante muchos años lo ayudé silenciosa y discretamente con eso».

Con respecto al cáliz que él le regaló, este año le picó la curiosidad: «En un momento me dije `yo he sido tu cómplice para vender regalos, qué habrás hecho con el mío`. Si antes recibía regalos ahora recibe toneladas y hay una subasta permanente de eso en el Vaticano y cuando le consulté curiosamente sobre el cáliz, me dijo: `La verdad no estoy seguro`. Pero una semana después, como tengo muchos amigos ahí pude saber que el cáliz está en una cómoda dentro de su habitación y me sentí como premiado. Ese despojo constante no llegó a tanto. Esto se lo guardó, lo cual es un regalo para el alma».

Siete generaciones

El número mágico se agiganta a raíz de la magnitud preciosista del trabajo. La formación de Adrián combina la escuela mecánica técnica con la Escuela Nacional de Bella Artes, pero tiene una raíz profunda en el acervo de una familia de prestigiosos orfebres porteños de origen catalán. Hoy, a los 42 años, lleva 29 en ese mundo al que se vinculó con «un proceso natural».

Empezó de pequeño «cebando mates, haciendo mandados y barriendo el taller» de su padre, Juan Carlos Pallarols, junto a quien fue hacedor de varios de los bastones presidenciales argentinos. A los 27 años ya dirigía un equipo de gente que lo duplicaba en edad. «Continuar una tradición (se logra) por vocación y disfrutando de lo que hacés en el día a día. Pero nunca pensé ni un minuto en qué debía de hacer para seguir con una herencia de ningún tipo. Lo que disfruto, lo que me hace bien, es hacer cosas con las manos, es como una terapia para mí».

Adrián se autodefine como un «perseverante» y hace 8 años comenzó a forjar un camino de autor en el que asegura que el apellido no fue garantía de nada. Su metal favorito de trabajo es la plata a la que toma como «un lenguaje, un abecedario para contar mil historias diferentes». Asegura que para ser orfebre se necesita «transitar y enlazar dos caminos», el primero es formarse y dominar la técnica, y el segundo tiene que ver con la sensibilidad, de inspiración cotidiana, para «dar cuenta del mundo que te rodea».

Continuador de una tradición, con sólo 42 años, Adrián Pallarols lleva 29 creando en plata, y desde hace una década mantiene una estrecha amistad con Jorge Bergoglio a quien le regaló un cáliz papal bien argentino. El artista abrió a El País los secretos de su taller en el microcentro porteño, días después de que presentara en Roma la escultura de un árbol de olivo que erigió como símbolo del Partido Interreligioso por la Paz. «La platería criolla más fina no está en Argentina sino en Uruguay», afirma.

«La platería más fina está en Uruguay»

Adrián Pallarols se siente heredero del estilo de platería fina portuguesa e italiana que se instaló en América a partir del siglo XV. Él se detiene para hacer mención especial a la orfebrería oriental. «La platería más fina de lo que es la platería criolla no está en Argentina sino en Uruguay, si buscás los aperos más decorados no están en la orilla argentina. El estilo rioplatense uruguayo es un estilo más refinado, de un cincelado más minucioso y de hecho son los que generan como una moda clásica de lo que son los monogramas con ornatos y flores de oro y unos entrelazados de una delicadeza te diría francesa. Entonces si vos querés hacer un trabajo de alta gama no hay otra opción que remitirse a la platería uruguaya».