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La Iglesia en los medios Entrevista a Daniel Sturla en En Perspectiva

EN PERSPECTIVA.NET |

El cardenal y arzobispo de Montevideo profundizó en el documento Construyamos puentes de fraternidad en una sociedad fragmentada.

EMILIANO COTELO (EC) —La Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) presentó la semana pasada el documento titulado Construyamos puentes de fraternidad en una sociedad fragmentada. Su contenido generó polémica.

En un pasaje del texto se dice: “A pesar de las mejoras de los últimos años en los indicadores económicos y del impulso dado a políticas redistributivas que crearon condiciones para disminuir el número de familias en situación de pobreza, aún subsisten sectores que no han podido acceder a niveles de vida digna”.

Son 35 páginas estructuradas en tres capítulos. El primer capítulo se titula “Nuestra mirada sobre la realidad” y en él se efectúa un diagnóstico de la situación social del país en ocho apartados. El segundo se llama “Discernimos a la luz de la fe” y el tercero, “Tender puentes y construir fraternidad”.

Después de la conferencia de prensa en la que se divulgó este trabajo, a partir de una de las crónicas de televisión, el prosecretario de la Presidencia, Juan Andrés Roballo, le escribió al cardenal Daniel Sturla vía WhatsApp y le planteó sus discrepancias con el análisis. Roballo no solo transmitió su malestar a Sturla, sino también a otros integrantes de la CEU, según supo la producción de En Perspectiva.

Vamos al origen, al documento. ¿Cuál es el enfoque que hace la Iglesia católica? ¿Cómo quedó el vínculo con el Poder Ejecutivo?

Recibimos al cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo.

La CEU se reúne, por lo general, dos veces al año.

DANIEL STURLA (DS) —Sí, son dos reuniones anuales de cinco días, y en el medio, en agosto, porque una es en abril y la otra es en noviembre, hacemos una breve reunión de un día para algunas cosas más de urgencia.

EC —En esas ocasiones suelen reflexionar y después emitir documentos.

DS —Suele haber algún tema que se discute, algo sobre la realidad, se llama a algunos expertos, etcétera, y cada tanto se elabora un documento. Obviamente, eso lleva un proceso medio largo, porque no es que en una tanda de cinco días, en que hay muchos temas para tratar, se elabore un documento. Se dan pautas, se le pide a alguna persona que reúna los datos o que elabore un borrador, y después se va discutiendo hasta que se aprueba el documento.

EC —En particular este, ¿qué historia tiene?

DS —Hasta donde yo recuerdo, este surgió en la reunión de abril del año pasado, allí se resolvió hacerlo. Es un tema que nos preocupa desde hace tiempo. De hecho cuando las elecciones de 2014 en un breve documento que hicimos ya hablábamos de uno de los temas de la realidad que nos preocupaban, este de la fragmentación social; en el 2016 hubo un encuentro de laicos, el 34.º Encuentro Nacional de Laicos de todo el Uruguay sobre este tema, incluso con el título casi igual, Construyamos fraternidad en una sociedad fragmentada. Entonces se dijo: “los obispos tenemos que emitir algo como documento”. En abril se dieron pautas, se les entregaron a algunas personas, a expertos; en agosto se habló brevemente, y en noviembre estábamos en Roma en la visita ad limina, no tuvimos reunión propiamente de la Conferencia, pero en la visita ad limina leímos el primer borrador, le dimos una primera aprobación, pero los tiempos eran cortos porque estábamos visitando las distintas congregaciones y quedamos en que en abril lo publicábamos, ya más pulido, y votando y corrigiendo párrafo a párrafo.

EC —¿Un documento de este tipo se somete a votación o tiene que obtener consenso? ¿Cómo se maneja?

DS —Se somete a votación, en general; creo que en este caso fue todo por consenso, pero se somete a votación y como en toda votación es por mayoría. Nos manejamos siempre con la mayoría absoluta.

EC —Vamos al documento en sí mismo. El título ya fue mencionado: Construyamos puentes de fraternidad en una sociedad fragmentada. ¿Por qué lo encararon así, por qué esa presentación?

DS —Lo que la Iglesia busca es hacer una llamada de alerta a la sociedad uruguaya, a los católicos en primer lugar, y lo nuestro quiere ser en positivo, construyamos vínculos, puentes, fraternidad, eso es lo que queremos. Vemos que la sociedad uruguaya se ha ido fragmentando, dividiendo, sectorializando, y creo que esto es una preocupación común de los uruguayos. Nosotros decimos: estemos atentos porque es un proceso que viene de hace mucho tiempo y tenemos que buscar los modos de revertirlo.

EC —Yo mencioné que ustedes se detienen en ocho apartados, ocho áreas, al momento de realizar el análisis. Esos puntos son: “Las fisuras que poco a poco nos han ido separando”, “El trabajo”, “La familia”, “El desbalance generacional”, “El campo y la ciudad”, “El territorio”, “El acceso a servicios y el papel de la educación” y “La convivencia ciudadana”. Insisten en que se trata de una mirada “pastoral”, lo mencionan más de una vez. ¿Qué significa eso?

DS —Eso significa que nosotros no somos sociólogos, no somos políticos, no somos analistas económicos, es una mirada que hacemos como obispos. Lo de pastoral es porque el obispo es el pastor de la Iglesia que le es confiada, nosotros como obispos del Uruguay somos los pastores de esta Iglesia, entonces nuestra mirada es desde nuestra perspectiva de obispos atentos a la realidad de nuestra sociedad.

EC —Veamos cuáles algunas de esas señales, las que más preocupan, de un texto que es largo y al que podríamos dedicar un buen tiempo. ¿Cuáles mencionaría en este momento?

DS —Un tema que vamos viendo es: éramos una sociedad más de cercanías –esa expresión de Carlos Real de Azúa que por ahí decimos–, una sociedad que permitía el acceso y el progreso social, una sociedad en que compartíamos más, en la escuela, en el deporte, en el ómnibus, y de ahí se va haciendo una sociedad en la que hay sectores que quedan al margen. Ahí vemos el surgimiento de tantos asentamientos –que por supuesto son una realidad de hace 50 años– y en el otro extremo vemos los barrios privados. Y con eso no es que esté criticando a la gente de un lado o del otro, estamos constatando una realidad. Pero esa realidad que nos separa y nos disgrega va creando Uruguay distintos, que es a lo que tenemos que estar atentos, porque creemos que el ideal es una sociedad que se integra, en la que todas las personas tenemos igualdad de oportunidades, y después la diferencia estará, como dice la Constitución de la República del año 30, en los talentos y virtudes. Pero hay que tratar de favorecer sobre todo a aquellos que por su realidad económica, social, familiar, etcétera, son menos favorecidos.

EC —Ustedes no se detienen solo en factores internos que están influyendo en este cuadro, también toman en cuenta tendencias que vienen del exterior o que son originadas en los avances tecnológicos. Me refiero por ejemplo al capítulo sobre el trabajo.

DS —Hace como tres años compartí un encuentro con el ministro Murro en la sede de ACDE y ahí se habló justamente de la cultura del trabajo y cómo ha cambiado. Ha cambiado tanto que yo pienso –por ahí lo mencionamos– que los chicos hoy entran a un trabajo pero no es que ese trabajo sea el trabajo de su vida, sino que hay un cambio de perspectiva y de trabajo bastante común. Pienso hasta en una señal que es que tantos chiquilines que tienen la posibilidad de estudios universitarios cambian fácilmente de estudio, de facultad, pero para otros la realidad es mucho más dura, sus posibilidades son más escasas. Hay un ejemplo que para mí fue muy importante: ya hace unos cuantos años, unos 10 años, hicimos los salesianos –yo todavía no era obispo, estaba en la congregación salesiana– un encuentro con jóvenes de nuestras casas, en las que hay jóvenes de distinto nivel social. Para un joven exalumno del Juan XXIII la dificultad era “cómo elegir entre tantas opciones que tengo”, y para un joven que venía de la obra nuestra Tacurú el tema era “no tengo posibilidades de elección”. Ese es el punto, vemos que hay una diferenciación y tenemos que tratar de integrar a todos en una sociedad que dé posibilidades a todos sus integrantes.

EC —Teniendo en cuenta la sensibilidad política con que se encontró la declaración, aprovecho para preguntarle: ustedes dicen que se trata de un proceso que lleva “décadas” –esa expresión es textual–, entonces, ¿cuánta responsabilidad les corresponde a los gobiernos del Frente Amplio (FA)?

DS —Ese es un tema más político en el que no quisiera meterme. El llamado de los obispos es a decir: es una responsabilidad de todos los uruguayos y que tenemos que tratar de solucionar o aportar soluciones todos los uruguayos. Implica también un cambio de mentalidad, que es lo más difícil, pero ojalá lo podamos hacer. Y ahí viene cuando la esperanza llega a una sociedad y los líderes también son capaces de infundir esperanza a la sociedad. Ese es uno de los temas que también abordamos –quizás se le dé menos corte, pero que para mí es muy importante–, que entre nuestra problemática hay una que es de honda raíz espiritual, que tiene que ver con esa falta de sentido de la vida que muchos uruguayos tienen y que, entre otras cosas, para mí está en el origen de esa cuestión demográfica que tenemos que nos tiene que preocupar como nación, por razones sociales, económicas, pero que indica que hay una dificultad del uruguayo para amar la vida, para tener más esperanza, y por eso cuesta tanto, creo yo, que engendremos hijos y que nuestros chicos tengan esa alegría de vivir en este país.

EC —No es entonces una situación que se haya generado ahora, lleva años, es un proceso. De todos modos, incluyen algunas consideraciones sobre políticas llevadas a cabo desde 2005, cuando asumió el primer gobierno del FA.

DS —Ahí señalamos lo positivo que se ha dado. Ha habido un crecimiento económico en esa década, que ahora continúa en forma menos acelerada. Y por otro lado ha habido una política redistributiva del ingreso que está señalada, como está señalado también cómo ha disminuido la pobreza, incluso cómo ha disminuido la pobreza entre los niños, con los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) de la semana anterior a la salida del documento. Todos esos son indicadores positivos. Nosotros no hacemos una evaluación política de lo que ha pasado, decimos que ahí hay indicadores positivos, como hay otros que nos siguen preocupando, por ejemplo en el tema educativo.

EC —Ahí está. Yo decía que de hecho termina habiendo alusiones, consideraciones a propósito de políticas llevadas a cabo desde 2005, algunas elogiosas y otras discrepantes o críticas. Por ejemplo, ¿cómo podemos resumir lo que ustedes entienden a propósito de las políticas redistributivas? Tomo un párrafo en la página 24 del documento:

“Frente a las intervenciones sociales existentes o nuevas propuestas que se generen, sería saludable preguntarnos siempre si contribuyen a integrar y a fortalecer a los destinatarios de las mismas o sostienen y consolidan situaciones de exclusión aunque no sea ese su propósito. No se trata solo de dar o de trabajar para, sino de trabajar con y trabajar entre, abriendo cauces para encontrar sentido, recuperar la autoestima, la confianza en la posibilidad de construir con esfuerzo propio y apoyo de otros un destino distinto que haga posible una vida digna para todos”.

¿Se puede leer este párrafo como una crítica a algunas de las políticas sociales del Ministerio de Desarrollo Social, por ejemplo?

DS —Se podría, pero no es nuestro objetivo hacer una crítica directa a ninguna política concreta de un ministerio. Esto es una realidad que constatamos en el día a día en la sociedad civil, que es donde nosotros nos paramos, no en una actitud de políticos. Por eso para nosotros es tan importante la educación, porque ahí uno está dando herramientas a las mismas personas para salir adelante, y esto es clave.

Acá tenemos una figura ejemplar y única como fue el padre Cacho, y él no fue a dar, sino que fue a meterse entre la gente para desde dentro de la gente hacer tomar conciencia a las personas de su propia dignidad y darles los elementos para que las mismas personas salieran adelante. Yo anoche estuve en el Borro en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe porque estamos apostando fuerte al trabajo pastoral en esa zona. Allí se ordenó un sacerdote el domingo, Luis Ferrés, y ayer fue su primera misa y está destinado a esa parroquia. Es una apuesta importante para nosotros destinar gente joven y con mucha energía a ese barrio. Y hablando con la gente que estaba después de la misa me decía cosas hermosas del barrio: cómo se ayudan entre ellos, cómo hay una cooperación entre familias, cómo hay una preocupación por las situaciones más difíciles, cómo este año cuando se hizo el vía crucis en medio de los palomares de Aparicio Saravia se fue incorporando gente que está en una situación de enfrentamiento. Eso es construir desde dentro, la Iglesia lo hace desde la educación y desde su tarea pastoral. Ojalá todos comprendamos, como hay muchos otros que también lo hacen, que es desde dentro de la realidad y –hoy se usa esa expresión– empoderando a la gente que podemos salir adelante.

EC —No sé si es una crítica, pero en todo caso es un llamado de atención sobre el tono que entienden ustedes deberían tener las políticas sociales, por ejemplo.

DS —Pienso que sí, pero no es un llamado de atención solamente al gobierno, porque no nos dirigimos al gobierno, sino a la sociedad entera.

EC —Está bien, puede referirse a otras intervenciones sociales existentes o nuevas propuestas que se generen. Podría estar aludiendo a intervenciones de ONG, por ejemplo.

DS —Por supuesto.

EC —Veamos otro capítulo de políticas del gobierno. Sobre educación dicen en un momento: “En la educación, a las dificultades que genera trabajar con una población que mayoritariamente sufre carencias de diverso tipo, se suma la lentitud de gran parte de nuestro sistema para hacer reformas necesarias. No se acompañan así los acelerados cambios del mundo actual, y la educación en competencias hoy requeridas a las nuevas generaciones”.

DS —Ahí sí, pero si hay un tema en que la Iglesia tiene una experiencia fuerte es el tema educativo en este país. Y consideramos que hay una lentitud en las políticas educativas, querríamos que hubiera un mayor trabajar juntos. Para mí es ejemplar lo que desde hace años hace el INAU, que es trabajar en colaboración con las ONG –muchísimas de ellas son de la Iglesia–. A través de eso se ha creado una red social para aportar a los más vulnerables, no importa si lo hacen públicos o privados, lo que importa es que se haga bien. Pensemos en los CAIF y clubes de niños. Justamente ahí en el barrio de la Gruta de Lourdes un CAIF de una ONG católica en combinación con una escuela van a atender a los chicos de cuatro y cinco años que tienen dificultades para dar el paso después para entrar a la escuela. Ahí está el gran tema del primer año, en que muchos gurises ya encuentran una traba, entonces cómo capacitar a los chicos en combinación con la escuela y con acuerdo con INAU para que puedan entrar a los seis años a primer año y tener un buen desempeño. Eso es lo que decimos: ¿por qué no podemos seguir haciendo esos acuerdos? Se hacen en educación no formal, con algunas aperturas con la educación formal. En ese sentido tenemos que progresar, lo que nos tiene que interesar es sacar adelante a los chiquilines, sobre todo a los más vulnerables de zonas de riesgo. Ahí tenemos que trabajar juntos.

EC —Otro tema mirado con lupa: el documento habla de la dicotomía campo-ciudad, y lo hace en un momento particular: cuando se han hecho notar muy fuerte los reclamos de las gremiales rurales, cuando ha surgido el movimiento Un Solo Uruguay, el de los autoconvocados. ¿Ustedes entienden que en estos meses está más expuesta esa fractura?

DS —Creo que sí, pero yo estaba mirando los documentos viejos de la CEU, y hay uno, me parece que del año 98, sobre el tema de la realidad agropecuaria a raíz de toda una dificultad que se encontró en el país. Era un documento de la CEU específicamente sobre el tema. Acá se menciona también en orden de decir “no fragmentemos”. Creo que lo que más se dice, porque no nos metemos en ningún aspecto en particular, es “no encasillemos a las personas del campo y de la ciudad”, que es un tema que viene de nuestras raíces, pradera-puerto, es parte de lo que somos. Entonces tratemos de no encasillar y de buscar soluciones que partan de una experiencia de mirarnos como hermanos, como conciudadanos y no como enemigos o como que estamos del otro lado de la frontera.

EC —Me llamó la atención una autocrítica: “También reconocemos y pedimos perdón a Dios por la participación de cristianos en estructuras sociales injustas”. ¿Cómo es esto? ¿A raíz de qué viene?

DS —Tengo presente ese texto, pero no creo que lo hayamos hablado por una cosa en particular… A mí me gusta mucho decir: la Iglesia no es club de perfectos sino casa de puertas abiertas y a la Iglesia entra el que quiere, cuando quiere y como quiere. Entonces en la Iglesia hay cristianos que no han hecho las cosas bien, y eso no tiene nombre ni apellido.

EC —Leo el párrafo completo: “Muchos católicos a lo largo de la historia, movidos por su amor a Dios y al prójimo, han sido constructores de puentes en nuestra sociedad, contribuyendo a la integración en diversos campos de acción, tanto individual como comunitariamente. También reconocemos y pedimos perdón a Dios por la participación de cristianos en estructuras sociales injustas”.

DS —Sí, bien, es lo que hacemos.

EC —¿A qué alude? ¿A qué estructuras sociales injustas?

DS —La Iglesia ha sido muy crítica en los documentos sociales con el socialismo marxista y con el capitalismo liberal o capitalismo salvaje, como en algún momento se lo llamó. Ahí entra todo desde León XIII en 1891 hasta Francisco, hay una crítica fuerte a dos propuestas que nos parece que son equivocadas. Ahí la Iglesia trata de aportar desde su doctrina social aquello que entiende que es más conveniente para el hombre. Creemos que hay cristianos que de algún modo se han identificado, sobre todo entre nosotros, con ese capitalismo de tipo más “salvaje” y por eso pedimos perdón, pero no hay una referencia a nadie en particular.

EC —Después de escuchar en un informativo de televisión parte del contenido de este informe y también comentarios que usted hizo en una conferencia de prensa, se produjo una reacción de malestar en el Poder Ejecutivo. El prosecretario de la Presidencia, Juan Andrés Roballo, le envió a usted por WhatsApp un mensaje a título personal. En principio era una comunicación privada. Ustedes se conocen; ¿tienen buen diálogo?

DS —Tenemos buen diálogo, sí, nos conocemos desde hace años, no recuerdo desde hace cuándo, puede ser que nos hayamos conocido cuando el sínodo de la Iglesia en Montevideo, que fue por el 2005, me parece.

EC —Roballo y su familia son cristianos. Es más, creo que el mensaje no lo firmaba él solo, sino él y su familia.

DS —Sí, sí.

EC —¿Cómo tomó ese mensaje? ¿Cómo fue ese episodio?

DS —Mientras fue algo personal lo tomé bien. El mensaje comenzaba diciendo que se refería a mis declaraciones pero que no había leído el documento. Yo lo vi de mañana temprano, 7.30 de la mañana, porque el mensaje creo que era de la noche tarde.

EC —El mensaje le llegó en la noche de la conferencia de prensa.

DS —Exacto. Y lo que le manifesté al doctor Roballo fue: “Me parece que tenés que leer el documento, el documento toma cosas positivas de este último tiempo, no te guíes por los titulares de prensa”, una cosa así. Y él me respondió, yo le volví a responder, quedó en lo personal. Yo después fui a la radio, estuve en el programa de Almada y Lessa, y ahí expliqué más calmamente que en la conferencia de prensa, que siempre es más complicado. Pero después escuché lo de la conferencia de prensa y ahí también había mencionado los elementos positivos de este tiempo, al mismo tiempo que la realidad que nos preocupa como obispo, que es esta de la fragmentación y de cómo gente va quedando al margen y hay una cierta separación en la sociedad.

EC —El texto se conoció, el mensaje se divulgó. Roballo dice, por ejemplo: “Se denuncia fractura social, división del campo y la ciudad, infantilización de la pobreza, etc., etc. Relato muy parecido al de los autoconvocados, a una semana del informe del INE que da cuenta, una vez más, de la baja de la pobreza; se llegó a una baja histórica de la mortalidad infantil y se implementó un sistema de cuidados para los más desprotegidos, entre tantas cosas. La academia y los analistas internacionales hablan de la década de la inversión social luego de décadas de rompimiento del tejido social. Nadie del gobierno pretende que se lo felicite, nadie; pero en el análisis de la realidad y el mensaje de nuestros pastores en el informativo central de los medios de comunicación es incomprensible”.

DS —Yo no tengo mucho interés y no he querido discrepar públicamente con Roballo, porque fue un mensaje privado. Entiendo que Roballo escribió ese mensaje sin haber leído el documento, y creo que fue un error que se haya publicado el wasap, porque creo que el documento es ponderado, es un documento pensado, trabajado, que toma en cuenta distintos aspectos de la realidad del país y recoge incluso los datos del INE a los que Roballo hace mención. En ningún momento se habla de la infantilización de la pobreza; sí del problema. Lo mencioné en la conferencia de prensa; anoche la escuché para ver cuándo lo había dicho porque no lo tenía tan presente, y justamente, hablando de que había un progreso en ese sentido, y ante una pregunta, dije: “Es aquello que Juan Pablo Terra, hace muchos años, llamó infantilización de la pobreza”. Aunque ha habido un progreso en el Uruguay, eso sigue estando presente, y en los mismos datos del INE, hablando de cómo se ha progresado en ese sentido, también sigue siendo un problema. Uno lo constata visitando los barrios de nuestra ciudad.

EC —Roballo dice algo más, advierte que el título del documento puede asociarse con el eslogan “tendiendo puentes”, utilizado por el senador Luis Lacalle Pou justo en esos días, en la presentación pública del exdiputado Gonzalo Mujica, del FA, que se incorporó al Partido Nacional y al grupo del propio Lacalle Pou. ¿Sobre este punto llegaron a intercambiar?, ¿usted y Roballo llegaron a hablar de este tema?

DS —No. Reitero, creo que fue un mensaje equivocado, no quiero entrar en esa polémica, los obispos estamos muy lejos de querer conectarnos con ningún grupo político, y además esa expresión “tender puentes”, “construir puentes” es una expresión común del lenguaje. Nosotros la usamos para el Diálogo Social, una de las propuestas de la Arquidiócesis de Montevideo al Diálogo Social que convocó el presidente de la República se llamaba precisamente “construyendo puentes” o “tendiendo puentes”.

EC —¿En qué año fue eso?

DS —En 2016.

EC —Esa es su respuesta, no tiene nada de original ni nada vinculado con ningún sector, es una expresión hecha que ustedes tomaron, punto.

DS —La palabra pontífice, que se usa en la Iglesia pero que es también de origen romano, porque viene del latín, significa ‘hacer puentes”. Es una expresión tan común que me parece que no merece una respuesta. Y creo que fue un error.

EC —De algún modo, a partir de la difusión de ese mensaje de Roballo se instaló un debate a propósito de la Iglesia católica y su posicionamiento, los mensajes que debe o no debe dar en un país como el Uruguay, con una tradición laica tan fuerte. ¿Qué dice sobre esa parte de la discusión?

DS —Uno entra en la página de la CEU, hay un link a documentos y uno de documentos del año 68, de hace 50 años. En forma permanente los obispos de Uruguay hemos emitido documentos sobre la realidad del país. Hubo algunos documentos famosos, incluso años antes de esto, en el año 61, de monseñor Carlos Partelli, obispo de Tacuarembó, que incluso de antes del Concilio emitió un documento sobre la situación del agro que después se incorporó a las sesiones de la Cámara de Diputados o Senadores, se discutió, se habló, se lo alabó porque planteaba la realidad de la gente que vivía en el campo, sobre todo de los más pobres de la realidad rural. Escuché, pero tampoco lo puedo afirmar rotundamente, que a partir de ahí es que surge Mevir y toda la preocupación del doctor Alberto Gallinal por la situación de la vivienda insalubre rural; esto habría que comprobarlo. Es decir que hace muchos años que los obispos hablamos de la problemática social del Uruguay.

EC —¿Y qué han dicho con respecto a otros gobiernos? Se lo planteo a raíz de algunas otras reacciones que hubo de dirigentes del FA o de esta que llega de un oyente en este momento. Dice Gabriel: “Qué raro la Iglesia no fue tan crítica con otros gobiernos que obtuvieron pésimos resultados en lo social”. Usted se iba a los años 60. ¿Últimamente qué ha pasado en esa materia?

DS —Primero, la Iglesia no está siendo crítica con este gobierno, de ninguna manera. La Iglesia está planteando una problemática del país, de la nación, una problemática del Uruguay, y está llamando la atención a todos los actores sociales. Pero en primer lugar la Iglesia, como está dicho en el documento, se dirige a los católicos, a ellos está dirigido este documento, “estemos atentos, abramos los ojos a lo que nos está pasando”. Hay citas bíblicas, sobre todo aquella con la que termina el documento, que es la de Dios que le pregunta a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”, y la respuesta de Caín, después de haber asesinado a Abel, es: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. La Iglesia no critica a este gobierno, como no ha criticado otros gobiernos, la Iglesia hace la advertencia sobre distintas problemáticas sociales. Lo hizo en el 2002… tengo por aquí toda la lista de documentos de la Iglesia desde el 68 hasta ahora…

EC —Se vino con la lista completa. Podemos publicarla.

DS —Cómo no. Esto es la lista con algunos párrafos que tienen que ver con la situación social. Mirando rápidamente, el Día de los Trabajadores hay saludos en que se expresa, en el 99: “Ante la actual situación del sector agropecuario en nuestro país”; en el 2002, “Esperanza en tiempos difíciles. No queremos callar algunas de las situaciones que la debilitan, los rostros de la pobreza se multiplican y aparecen nuevas formas, unas que muestran el desamparo social de mucha gente, otras, las de quienes han perdido la ilusión de poder trabajar en nuestro país o de poder sostener dignamente una familia. Muchos compatriotas emigran buscando mejor suerte”. Estoy leyendo un párrafo de un documento del 2002, pero podemos ir hacia atrás y hablar también de mensajes de la época de la dictadura. La Iglesia tuvo problemas en ese momento con el gobierno, sobre todo uno famoso en el 75, cuando la Iglesia planteaba la amnistía y el gobierno requisó la publicación y ahí la Iglesia tuvo que transar suavizando el mensaje para poder publicar, si no, no se publicaba, pero que era un mensaje de esperanza para la ciudadanía en ese momento. Aparecen esos mensajes del año 86, primer gobierno de la democracia; del 83, “Solidaridad y esperanza. Llamado de la Conferencia Episcopal ante la situación del país”. En el sesquicentenario de la primera Constitución nacional, año 80, año del plebiscito, se dice: “Creemos que todos los hombres y en concreto todos los uruguayos tenemos siempre la oportunidad de revisar nuestros caminos, de renovarnos, rectificar los rumbos equivocados para asegurar una convivencia fraterna”. Y así podríamos seguir. La Iglesia habla porque entiende que tiene un compromiso con los católicos en primer lugar, y con la sociedad uruguaya también, de decir una palabra de llamado de atención fuera del ámbito político partidario.

***

EC —Este documento no es solo un retrato, no es solo un análisis, es también una propuesta. Ustedes realizan una serie de propuestas sobre cómo plantarse, sobre qué hacer ante esta situación.

DS —Sí. A la hora de las propuestas decimos que hay tres puntos: responsabilidad de todos, responsabilidad del Estado y una realidad que nos desafía como Iglesia. Quisiera subrayar esto de responsabilidad de todos, porque ahí está el punto clave del mensaje de los obispos: hacer tomar conciencia desde nuestra perspectiva como uruguayos a nuestra sociedad de que hay una situación que nos tiene que preocupar y que tenemos que tratar de superar. Decimos: “Hay dimensiones en el entramado social que para modificarse requieren la participación activa de toda la ciudadanía”. Ahí rescatamos el trabajo en redes que se da en algunos barrios, el trabajo que se da también en barrios vulnerables con la interacción público-privado; el caso típico que menciono y vuelvo a mencionar son los acuerdos del INAU con privados para la atención en tantos CAIF, clubes de niños, etcétera, que tendrían que ser un orgullo para el Uruguay. Y sobre todo un tema que toca lo espiritual: como sociedad necesitamos superar la indiferencia, el temor, la percepción de que es un problema de otros, para abrir caminos y espacios de encuentro que ayuden a superar distintas formas de aislamiento.

EC —¿Qué viene después de esto, entonces?

DS —Esto quiso ser un llamado de atención de la Iglesia desde su perspectiva, en el que también decimos cuáles son las cosas que nos interpelan; de ahí venía ese pedido de perdón a Dios y ese decir que estamos disponibles, como la Iglesia lo ha estado a lo largo de su historia, para ayudar en lo que tiene que ver con construir puentes, tender puentes, crear lazos de fraternidad entre los uruguayos. No es la polémica lo que nos interesa, y es una pena que se haya suscitado esta polémica. Por otro lado estas cosas han hecho que mucha gente se haya interesado en este documento y diga: “Opa, mirá, hay una situación que todos vemos, ¿qué podemos hacer?, ¿nos podemos sentir responsables de esta situación?”. Y desde la perspectiva de cada uno, desde la perspectiva del hogar, de los vecinos, de un barrio –obviamente, es muy distinto hablar de vecinos de un barrio en un barrio popular de Montevideo que en un barrio de edificios de apartamentos de la ciudad–, desde la perspectiva de las organizaciones deportivas, sociales: ¿qué podemos hacer para revertir?, ¿qué podemos hacer en la educación?