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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Entre la agenda ecológica y la religiosidad postmoderna

EL PAÍS |

Guillermo Zapiola

No solamente en el Cinturón Bíblico deben estar algo desconcertados. Porque el problema de esta epopeya religiosa no consiste solamente en que se tome sus libertades con respecto al texto bíblico en que dice basarse.

Naturalmente, todo artista tiene el derecho de recrear el material que lo inspira: a lo largo de la historia lo han hecho los trágicos griegos, Shakespeare y la mitad de Hollywood. En pocos casos, sin embargo, ha sido posible distinguir tan fácilmente lo que una película debe a una determinada tradición narrativa, y la agenda (muy diversa) que el adaptador ha introducido en ella. Este Noé tiene poco que ver con la Biblia pero mucho con el universo creativo de Darren Aronofsky, de Pi a Requiem por un sueño y El cisne negro.

De hecho, su personaje titular (Russell Crowe) es un torturado antihéroe aronofskiano, que sufre visiones de un Apocalipsis inminente, y no parece muy seguro acerca de cuál es el destino que el Creador (único, vago nombre de la Divinidad que se pronuncia repetidamente en el film: nada de El, Elohim o Yahweh) tiene para él. Sabe que debe salvar a los animales. Está menos seguro con respecto a los seres humanos, y eso genera algún dramatismo en los tramos finales del film.

La noción original de los varios autores y el editor del Pentateuco (tarea compartida esta última con el Espíritu Santo) era la de la condena de una humanidad (los hijos de Caín) hundida en el mal, y la promesa de salvación a través de la raza de Set, de la que sin casualidad descenderían los semitas. El enojado Dios del Antiguo Testamento descargaba su ira contra idólatras, fornicarios y violentos, y salvaba a quienes “caminaban junto a él” para cumplir con el pacto del Edén.

El Creador de Aronofsky tiene en cambio otras prioridades. Aquí, los pecados de los Cainitas son el estropicio ecológico, la revolución industrial y la megaminería, y el Diluvio opera como una intervención de la diosa Gaia para que el mundo vuelva a ser “natural”: es decir, que no haya gente. En ello hay cierta contradicción: la Divinidad se enoja con lo que los hombres le están haciendo al medio ambiente, y el castigo es un desastre mayor.

Quizás haya que hablar de “épica religiosa de la postmodernidad”. Si, en los años cincuenta, y con todo lo que tenía de circense, el género era básicamente cristiano, los tiros apuntan hoy en otra dirección: ya Gladiador pudo utilizar la época anticristiana mayor en el Imperio Romano (el período de Marco Aurelio) para vender una agenda new age.

Pero no todo está mal. La ambientación destila una sugestiva extrañeza (algunas breves tomas, al principio, muestran de lejos contrucciones que lucen muy avanzadas, quizás contemporáneas). La presencia del fotógrafo Libatique, que ya le había salvado a Aronofsky trechos de su fallida El cisne negro, se hace notar en algunos paisajes impresionantes. Y tiene cierta grandeza trágica el Tubalcaín de Ray Winstone, un villano complejo que suscita incluso alguna simpatía (que se podría llamar “diabólica”) con sus arranques de rebelión prometeica.

Pertenece en cambio al terreno de los “placeres culpables” la interpretación que el film propone de los enigmáticos Nephilim del capítulo sexto del Génesis, que la película convierte en ángeles caídos, castigados por querer ayudar a la humanidad en el Edén, y que lucen como Transformers de la Edad de Piedra. En esos momentos el film funciona con la mezcla de encanto y ridículo de un “peplum” italiano de los sesenta, solo que más caro. Aceptémoslo: el elenco es competente.

NOÉ

FICHA

EE.UU. 2013. Título original: Noah. Dirección: Darren Aronofsky. Guión: Darren Aronofsky, Ari Handel. Fotografía: Mat-thew Libatique. Música: Clint Mansell. Intérpretes: Russell Crowe, Jenniffer Connelly, Emma Watson, Anthony Hopkins, Ray Winstone, Logan Lerman, Marton Csocas, Dakota Goyo, Douglas Booth.