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Papa Francisco

La Iglesia en los medios En Uruguay la República late [opinión – menciona separación Iglesia y Estado]

EL OBSERVADOR |
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Los partidos políticos en Uruguay son los actores fundamentales en el juego de la democracia

Llegó el día, 24 de noviembre de 2019, y por fin se celebró el esperado ballotage que nos debía develar quien será el próximo presidente de los uruguayos por los siguientes 5 años. Así, los candidatos Daniel Martínez, del Frente Amplio, y Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional, compitieron en una segunda vuelta electoral.

Si bien en una primera vuelta, venció en las urnas el candidato del Frente Amplio, Martínez, por 39,2 % de los votos frente a un 28,6 % de los votos obtenidos por Lacalle Pou, del Partido Nacional, la ingeniería político-partidaria uruguaya nos indicaba, que quien finalmente triunfaría en las urnas el pasado domingo, sería el candidato del Partido Nacional (en coalición con el Partido Colorado, Cabildo Abierto, Partido Independiente y Partido de la Gente).

Sin embargo, ya culminada la jornada electoral, el próximo presidente del Uruguay aún no tiene “rostro”, debido a que el resultado entre ambos candidatos con posibilidades de llegar a la presidencia, arrojó una diferencia muy reducida; así, Luis Lacalle Pou logró una ventaja de tan solo 28.666 votos frente al candidato oficialista Daniel Martínez, al mismo tiempo que una considerable cantidad de votos fueron observados (se estiman que unos 35.229), lo cual resultó en que la Corte Electoral, aun no pueda proclamar un ganador, y recién entre el jueves y viernes próximo, podremos conocer quién será el nuevo presidente de los uruguayos.

Algunos datos para entender a la pequeña gran república: en Uruguay los partidos políticos tradicionales, el Partido Colorado y el Partido Nacional (o Blanco) son partidos que anteceden a la misma formación de la nación uruguaya.  Y en Uruguay a partir del año 1918, se separó oficialmente la Iglesia del Estado nacional. Estos dos afortunados acontecimientos han configurado las bases de un sistema político uruguayo, que se diferencia del resto de los sistemas políticos de los hermanos latinoamericanos. Uruguay es, orgullosamente, un Estado laico y republicano hace más de cien años.

Los partidos políticos en Uruguay son los actores fundamentales en el juego de la democracia, así, los líderes no encarnan partidos, los partidos no desaparecen en poco tiempo, ni en décadas ni en centenas de años.

En Uruguay, la convivencia partidaria es la regla. Los últimos tres períodos presidenciales fueron gobernados por el Frente Amplio, partido creado en febrero de 1971, que vino a ocupar un espacio vacante de una izquierda más rotunda, mientras los partidos tradicionales contaban con sectores más socialdemócratas, más liberales o más conservadores, y así la izquierda más orgánica se plasmó en este nuevo Frente Amplio, que congregó diferentes fuerzas de la izquierda histórica uruguaya.

Uruguay nos presenta un claro sistema de partidos competitivo, con potentes fuerzas centrípetas, que alientan que las preferencias se alineen hacia el centro y que la polarización no provoque choques importantes entras las diferentes fuerzas. Durante las tres gestiones consecutivas de gobiernos Frentistas, los Partidos Colorado y Nacional lograron funcionar en coalición, en un Congreso donde como opositores, también se ocuparon de no trabar aquellas medidas que fueran destinadas al bien común, porque el bien común prima sobre los bienes particulares para los políticos uruguayos, de izquierda, de centro o de derecha.

Para muestra basta un sábado en la preciosa rambla de Montevideo. El sábado último, a un día de celebrarse el ballotage entre las dos fuerzas en pugna, en horas de la tarde, se congregaron militantes del Frente Amplio y del Partido Nacional, que, honrando ante todo a la democracia, comenzaron a cantar todos unidos el himno nacional. Banderas frentistas y blancas se mezclaban en un día de fiesta donde no faltaron los abrazos, los saludos y las conversaciones entre los militantes de los dos partidos que se enfrentarían al día siguiente.

Durante una campaña electoral, los partidos políticos uruguayos pueden reñir, con cierta pasión, para luego volver a comportarse como perfectos adversarios políticos, sin enemistades irreconciliables, y con plena conciencia que, si no se gobierna a través de consensos que superen los conflictos, pierden todos, hasta los que triunfan en las urnas.

En Uruguay hay pobreza, el déficit fiscal ronda en un 5% del PBI y la inflación en un 9%. En Uruguay la inseguridad se transformó en un flagelo de enormes y preocupantes dimensiones y pasó a ocupar un lugar central en la agenda pública. En Uruguay los trabajadores cobran magros sueldos y en Uruguay vivir es caro. Pero en Uruguay funciona la república, más allá de crisis económicas o coyunturas adversas, los ciudadanos se sienten ciudadanos y hacen valer sus derechos ciudadanos, los partidos políticos se sienten partidos políticos y no caen al precipicio tras un tropezón o dos o tres, ni pretenden que un “salvador de la patria” les prometa el paraíso, porque como sea y cuando sea, predomina la cordura y la mesura, y los partidos políticos seguirán siendo los actores centrales en la democracia uruguaya, sin recetas mágicas y con responsabilidad.

En Uruguay la alternancia en el poder es valorada, los líderes mesiánicos y corruptos generan temor, y los disensos se suelen transformar más tarde o más temprano en nuevos consensos. Los consensos vencen a los conflictos, porque en Uruguay valen las diferencias, y las diferencias existen para compartir puntos de vista, debatir, y lograr nuevos acuerdos.

En Uruguay, el Poder Legislativo no se paraliza ni delega poder en un Ejecutivo todopoderoso, porque en Uruguay no existe un Ejecutivo todopoderoso, porque existe el equilibrio de poderes, y funciona, con algunas fallas, pero funciona. En Uruguay existen solo dos poderes políticos, no tres, la Justicia se mantiene independiente del poder político porque así debe ser, y es. En Uruguay existe una Constitución Nacional que se respeta.

En Uruguay, se sufren penurias, se sienten los efectos adversos que impactan desde otras latitudes, se depende fuertemente de otras economías, y las crisis impactan generando problemas socio-económicos de gran envergadura, pero en Uruguay las Instituciones se respetan, porque en Uruguay hay República.

Luego de los resultados, aún inconclusos tras el ballotage, el discurso del candidato del Frente Amplio, transcurrió tras el grito de fondo de una multitud que vociferaba repitiendo con orgullo “Uruguay” y “el pueblo unido jamás será vencido”. Mientras el mismo Martínez manifestaba con lucidez, considerando la diferencia mínima de votos obtenidos entre unos y otros “queda claro, … con cualquier fuerza política que gane, … que tenemos la tarea histórica de buscar los entendimientos y las construcciones que nos permitan pensar en un solo país, en un solo Uruguay, gobernar para la gente…”. Por su parte, el candidato del Partido Nacional, que se presume ganador, manifestó “casi la mitad de la población votó a un candidato y la otra mitad y un poquito más, votó a otro candidato…” así, el próximo gobierno, prosiguió Lacalle Pou, “deberá gobernar para todos los uruguayos”. Les pidió por último a sus militantes, que, si se encuentran con un vecino del Frente Amplio, se saluden y revivan la maravilla vivida el último sábado en la emblemática rambla.

El final electoral aún es incierto, aunque una convicción profunda reina entre los uruguayos, más allá de diferencias o discrepancias de cualquier índole, en Uruguay la república late, fuerte, muy fuerte.

* Sandra Choroszczucha es polítóloga y profesora de la Universidad de Buenos Aires (UBA).