Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios En el discurso de Francisco I La maldición del estereotipo

LA REPÚBLICA |

En el momento en que leí las palabras finales del telegrama que Francisco I le enviara a Cristina Fernández de Kirchner hace unas semanas -“Que Jesús la bendiga y que la virgen santa la cuide”- tuve algo así como un “dejá vu” luminoso y feliz.

Por el amplio ventanal del salón de primer año A de la Escuela 101 entraba todo el sol de la tarde invernal y frente al pizarrón y de espaldas a nosotros la señorita Nelly, con su guardapolvo tableado, escribía “Papá trabaja. Mamá me cuida”.

La señorita Nelly quizás no lo sabía, ya que seguramente pensaba que solo estaba enseñándonos a leer y a escribir (y lo hacía muy bien), pero estaba además, con la elección de los personajes y sus roles, enseñándonos el funcionamiento del mundo. De su mundo y el mundo que tanto ella como el sistema educativo y nuestras propias familias nos legaban. Un mundo que funcionaba (o fingía funcionar) de ese modo desde hacía cientos de generaciones. Un mundo que, en ese aspecto, se pretendía imperturbable, en el que los hombres trabajan y las mujeres cuidan.

Los hombres trabajaban… ya que la palabra trabajo se aplicaba, esencialmente, a las tareas que realizaban los hombres. Y como trabajaban, decidían. Manejaban el dinero, tenían la palabra, definían lo que se hacía y lo que no, elaboraban las leyes, hablaban por la radio, dirigían, bendecían, desfilaban, hacían el asado los domingos y, en mi experiencia de niño de 6 años, discutían en el café de Don Mónico acerca de las virtudes del colegiado o de lo que pasaría en el Consejo de Gobierno después de la muerte de Herrera.

Las mujeres cuidaban… Y además de cuidar, se ocupaban de muchas otras cosas que las mantenían atareadas desde la mañana hasta la noche. Pero lo que ellas realizaban no era trabajo real: eran “labores”.

Había muchísimas mujeres, como la propia señorita Nelly o sin ir más lejos mi mamá, que además cuidar y realizar “labores”, trabajaban en el sentido en que lo hacían los hombres y la misma cantidad de horas, pero en la realidad que parecía importar sucedía lo mismo que me hacían deletrear en el pizarrón: las mujeres cuidaban.

Lo que realmente contaba no era la realidad, sino el estereotipo. El deber ser ya asignado.

El estereotipo es aquello a lo que hay que aspirar: un mandato que subyace.

No es extraño entonces que en una fórmula que es casi un ritual en sí misma, el papa Francisco continúe predicándonos el estereotipo sobre el cual se edificó su iglesia: el hijo de Dios, quien tiene capacidad de salvar y bendecir, es hombre; quien se encarga de los cuidados es mujer.

Y si estoy trayendo a colación las palabras de Francisco I (tan distinto a sus antecesores), no es para culparlo de la existencia del estereotipo, ni para enjuiciarlo por su transmisión, ya que los estereotipos en los cuales se fundan las inequidades de género viven y medran entre nosotros sin necesidad de un Papa que nos los inculque, sino para recordar lo importantes que son a la hora de imaginar realidades posibles.

Los estereotipos, y esa es la maldición que llevan consigo, son un obstáculo ideológico a la emergencia de realidades diferentes.

Parecería que la dificultad que ha tenido nuestro país para comenzar a instrumentar un Sistema Nacional de Cuidados a través del cual la sociedad quite de las espaldas de muchas mujeres tareas que les impiden desarrollarse, trabajar, asegurar su futuro, respirar tranquilas, disfrutar del ocio, tener ratos de felicidad, o lo que sea que quisieran hacer con ese tiempo que hoy están obligadas a dedicar a otros, son esencialmente de tipo económico-presupuestal. Y no sería extraño que así sea.
Pero sospecho que junto a, o por debajo de las razones económicas y presupuestales, podría estar operando la maldición que mencionaba más arriba: el estereotipo vigente entre nosotros sigue estableciendo que son las mujeres quienes cuidan. Se dice y se repite que ellas son quienes mejor lo hacen, que biológicamente están especializadas para hacerlo, que la maternidad misma -o su mera posibilidad- es como un tobogán que las lleva inevitablemente a ocuparse de los hermanos menores, los maridos, los hijos, los enfermos, los ancianos y todo lo que a su lado no esté funcionando bien. El sistema de ideas que opera a partir del estereotipo, niega la necesidad de un sistema como el propuesto, ya que la existencia de mujeres -si hicieran siempre lo que “deben” hacer: cuidar y cuidar bien-, debería bastar.
Y mientras la sociedad piense de esa forma, ¿es razonable esperar que en algún momento se hagan los esfuerzos necesarios o se destine el dinero suficiente como para que eso cambie?

El “cuco” del feminismo

En los últimos días el papa Francisco, en una serie de declaraciones en las que se distancia de lo que hasta hoy ha sido dogma inapelable, hizo referencia al dolor que le causa ver a las mujeres de la Iglesia sometidas a servidumbre y ha anunciado que tratará de instrumentar medidas que las incluyan en las estructuras de toma de decisiones de la institución.

Eso es muy auspicioso y, si llegara a cumplirse, realmente loable.

Sin embargo, no deberían pasarnos desapercibidas algunas señales de que todavía falta mucho para que la Iglesia Católica pueda convivir en paz con los cambios necesarios.

Al mismo tiempo que cuestiona la validez de reducir la función social de la mujer a la maternidad (algo que parece bastante obvio), Jorge Bergoglio se ha sentido obligado a aclarar que “como reacción a esto hay otro peligro, en la dirección opuesta: el de promover un tipo de liberación que, para ocupar el espacio sustraído al varón, abandona lo femenino”.

Esto no es nuevo. No es la Iglesia la primera institución que después de reconocer como válido un postulado planteado inicialmente por el feminismo, se ve en la necesidad de advertir que el feminismo es peligroso.

Pero lo interesante es el tipo de palabras elegidas, ya que a los espacios que van ocupando las mujeres el Papa los considera “sustraídos a los hombres”, es decir robados y malhabidos.

No fue un final feliz. Plantear que existen espacios sociales que las mujeres solo pueden ocupar si se los roban a sus legítimos dueños, no es la mejor forma de demostrar ni solidaridad ni respeto.