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La Iglesia en los medios El segundo cardenal de nuestra patria: Columna de Lincoln Maiztegui Casas

EL OBSERVADOR |

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DANIEL STURLA ARZOBISPO DE MONTEVIDEO

Sturla ha hecho méritos para la distinción que sobre él ha recaído. Ha sido un pastor abierto, accesible y en contacto con la gente

Desde el 4 de enero de este año 2015, por decisión de su santidad el papa Francisco I, Uruguay cuenta con el segundo cardenal en su historia. El arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla, fue elevado a la dignidad cardenalicia y lo anunció el propio papa en el Angelus de la fecha señalada. Lo primero que hay que aclarar es lo que significa ser cardenal en la Iglesia Católica: es un cuerpo que tiene como objetivo asesorar al Sumo Pontífice cuando este lo requiera, y que posee la enorme responsabilidad de elegir a su sucesor en caso de fallecimiento, renuncia o imposibilidad de continuar de este. Va de suyo que el ingresar en el Colegio Cardenalicio es el máximo honor a que puede aspirar un sacerdote católico, aparte, claro está, de ser designado papa.

Uruguay, que tiene bien ganada la fama de país laico con preponderante influencia masónica, solo había tenido, hasta el momento, un solo cardenal: monseñor Antonio María Barbieri (1892-1979), quien ocupara la dignidad de arzobispo de Montevideo entre 1940 y 1976, fue doctor en Teología, directivo del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay y personalidad apreciada y respetada en todos los ámbitos de la cultura nacional en aquellos años.

Daniel Sturla Berthouet, quien nació en Montevideo el 9 de julio de 1959 y fue promovido a la señalada calidad de cardenal junto a otros 19 religiosos procedentes de 14 naciones ha tenido, en general, un perfil menos intelectual que el de su predecesor. Motivado principalmente por la problemática social, este sacerdote salesiano, huérfano desde los 16 años, fue consagrado el 21 de noviembre de 1987, accedió al arzobispado el 11 de febrero del 2014 sustituyendo al renunciante monseñor Nicolás Cotugno (nacido en 1938; no se puede, según las normas internas de la Iglesia, mantener el cargo después de los 75 años) y se dedicó intensamente a trabajar en asentamientos y a aliviar, hasta donde ello es posible en este mundo, las desdichas de los más necesitados. Proveniente de una familia de tradición blanca, su hermano, Héctor Martín Sturla (1953-1991), fue abogado, docente universitario y presidente de la Cámara de Diputados. ¿Dejará Daniel Sturla, en su nueva condición, sus abnegadas labores sociales? Sinceramente, no lo creemos; de hecho, las siguió desarrollando desde el arzobispado de Montevideo.

Algunas voces, desde Argentina, se han levantado cuestionando la designación de nuestro compatriota; el argumento es deleznable: sostienen que Uruguay es el país con menos católicos de América Latina. Más allá de que el dato, en términos proporcionales, resulta altamente discutible, parece que los que así razonan creen que la dignidad de cardenal es una distinción al país y no a la persona individual; o sea, que aunque Sturla, o Juan de los Palotes, fuese el único sacerdote católico en todo el Uruguay, podría, si se lo merece a juicio del Sumo Pontífice, ser designado miembro del Colegio Cardenalicio. Y vaya si este compatriota, del que tan orgullosos nos sentimos católicos y no católicos, ha hecho méritos para la distinción que sobre él ha recaído. Como digno miembro de la feligresía de San Juan Bosco (1815-1888), ha sido un pastor abierto y accesible, siempre en contacto con la gente, consolando a unos, reforzando las debilidades del otro y festejando con alegría los logros de todos. Cuando asumió la titularidad de arzobispo de Montevideo, el mismo 11 de febrero del 2014, celebró una misa que tuvo una selecta concurrencia: el presidente de la República José Mujica; el expresidente Luis Alberto Lacalle; el senador y candidato presidencial del Partido Colorado, Pedro Bordaberry, y altas jerarquías de las comunidades judías y protestantes. Sin duda esto debe haberlo llenado de satisfacción, pero tengo para mí que, sin menospreciar a nadie, se sentía en ese momento (como seguramente se siente ahora mismo) mejor rodeado de sus pobres y dolientes, a los que ha dedicado su vida. Sea como sea, es un orgullo para Uruguay, más allá de convicciones y credos, contar con un integrante del Colegio Cardenalicio. Enhorabuena, entonces, cardenal Daniel Sturla.