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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios El párroco de Casavalle que intenta ser un “signo de esperanza” en un barrio sufriente

EL OBSERVADOR |

Por Magdalena Cabrera

Ricardo Villalba está a cargo de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe desde hace poco más de un año; asegura que se enamoró del barrio

D. Battiste

En Casavalle, sobre la calle Leandro Gómez a tres cuadras de Avenida San Martín, se alza una pequeña torre de cemento con una cruz en su extremo superior, que aunque de lujosa no tiene nada, sobresale entre los rancheríos que la rodean. Se trata de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, una pequeña capilla de ladrillos y techo a cuatro aguas, que en su interior –marcado por la sencillez y el cuidado al detalle– cuenta, como no podía ser de otra manera, con una importante imagen de la virgen mexicana, adornada entre cortinas y plantas.

Junto a ella es el lugar que su párroco, Ricardo Villalba elige para sacarse una foto. “Ella es nuestra patrona”, comenta y se posa a su lado. “A veces llegamos a tener celebraciones de 60 personas, que para lo que era antes es bastante. Incluso, alguna vez hemos llegado a llenar la capilla. Es verdad que al ser chica, se llena enseguida, pero eso estimula mucho”, expresa con ilusión.

Villalba tiene 47 años y desde hace un año y pocos meses vive en Casavalle, luego de un planteo que le realizó el cardenal Daniel Sturla. Los padres Dehonianos, que durante años hicieron misión en la zona, dejaban la capilla y esta pasaba a manos de la diócesis.

En aquel entonces, Villalba vivía en Pocitos, en la parroquia San Juan Bautista, aunque hacía casi cinco años que viajaba todos los días hasta Casavalle, dado que también es el director del liceo Jubilar Juan Pablo II. “Cuando Sturla me propuso venirme para acá, para mí realmente fue una alegría”, señala. Por un lado, necesitaba asentarse en una parroquia. “Con el tema del liceo no estaba arraigado en ningún lado, iba a la parroquia a dormir”, explica. Por otro, hacía tiempo que conocía el barrio y se había enamorado de él. “Es un barrio con muchas carencias, pero después que conocí otros lugares, me di cuenta que como este no hay. Es como el amor, hay algo que te atrae y no sabés por qué”, manifiesta.

La primera vez que Villalba pisó Casavalle fue en 1998, cuando estudiaba la carrera de Educador social. Por aquel entonces, no pensaba en ser sacerdote, pero comenzó a trabajar en Casa de todos, una de las comunidades del Padre Cacho, un sacerdote que a fines de la década de 1970 decidió irse a vivir a un rancho de lata en pleno Casavalle para ayudar a los más pobres y que hoy está en proceso de canonización.

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“Ahí hice contacto con parte de la realidad del barrio, fui conociendo gente y haciendo amistades. Después que me desvinculé de la obra del Padre Cacho, igual seguí en contacto con la gente y cada tanto venía a tomar unos mates, a visitar a las familias”, cuenta el sacerdote.

Así fue hasta que en 2013 asumió la dirección del liceo Jubilar. “Cuando agarré todavía no era sacerdote, estaba recién ordenado diácono (paso previo al sacerdocio). Me propusieron la dirección del Jubilar un tiempo antes de la ordenación sacerdotal. Fueron muchas cosas juntas. No sabía si emocionarme o llorar”, recuerda y se le dibuja una sonrisa en el rostro.

Aceptar el desafío del Jubilar le dio otra cintura para moverse en el barrio y para llegar a más gente. Fue entonces que en 2016, Sturla le propuso hacerse cargo de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Hoy vive allí junto a Luis Ferrés, un joven diácono que está a meses de ordenarse sacerdote. El sacerdote Mauro Fernández los visita los fines de semana para encargarse de la parroquia de Aires Puros.

Una misión

D. Battiste

El martes cuando El Observador visitó la parroquia, Villalba se encontraba en el salón parroquial jugando un partido de ping-pong junto a tres adolescentes. “Jueguen bien que esto sale en ESPN”, les dijo entre bromas. Al rato, llegó el padre de uno de los chicos. Venía de trabajar. Con ropa y zapatos amarillos de construcción todos salpicados de pintura, soltó la mochila agarró una paleta y se puso a jugar un partido contra su hijo, invitado por el sacerdote.

“Nosotros nos hemos propuesto que la parroquia sea un ambiente sano. Un lugar donde seas bien recibido, donde no se te juzgue, donde se te escuche con respeto y si tenés necesidad de llorar, puedas desahogarte, que te vamos a contener. Un lugar para compartir en familia y para poder perdonar al otro. Yo quiero que la parroquia sea un lugar para sanar”, comenta.

Por esta razón, con la gente que viene por la parroquia “trabajamos mucho sobre cómo ser signos de esperanza para tanta gente desesperanzada”, agrega. Advierte que para llegar a la gente y cumplir esa misión “hay que caminar”. “Es un trabajo bien artesanal. Es agarrar el mate, el termo y salir. Vas a visitar a una familia a cinco cuadras, y entre que vas y venis, te encontrás con seis historias inesperadas, de gente que te sale al encuentro y te cuenta sus historias. Acá descubrís mundos muy extremos”, cuenta Villalba.

Explica que ante estas situaciones no hay “fórmula para progresar en la vida que valga” porque nuestros esquemas no son los mismos que utilizan ellos.

“Lo primero que uno tiene que hacer –sea cura o sea lo que fuere– es escuchar con todo el corazón. Hay una necesidad terrible de hablar”, manifiesta.

Actualmente, su vida gira más que nada en torno al liceo. A las 7.30 llega al Jubilar y vuelve a la parroquia a eso de las 17 horas, a seguir con actividades y atendiendo a la gente. Entre ellas, a las 18 celebra misa. Ferrés, que llegó hace dos meses a Casavalle, es quien últimamente se encarga más de salir a recorrer.

“Es un barrio con muchas carencias, pero después que conocí otros lugares, me di cuenta que como este no hay. Es como el amor, hay algo que te atrae y no sabés por qué”, Villalba

“Esto es muy intenso. A veces estás acá y decís tengo una hora para comer, pero te sentás y te tocan timbre. Es una persona que quiere hablar con el sacerdote, al rato pasa otra que te pide algo para comer o que le des una mano con alguna cosa. El espectro de lo que te encontrás es muy amplio. No te aburrís nunca”, asegura.

Por esto mismo, los sacerdotes tienen que “estar en los dos frentes”. Salir a recorrer el barrio, pero también estar en la parroquia. “Si salís, la gente después te demanda de que no estás acá para atenderlos, pero si te quedás acá, te dicen que nunca te ven caminando”, señala Villalba.

Más allá de esto, aclara que su misión no es cubrir necesidades materiales, sino transmitir el mensaje de Jesús para llevar esperanza a ese barrio tan sufriente. “A veces nos encontramos con situaciones que son realmente pesadas de llevar”, se lamenta.

Recuerda la primera vez que escuchó descargar una metralleta en la esquina de la parroquia. Era de noche. “Chuku, chuku, chuku, chu. Fue una ráfaga, tres o cuatro segundos”. A lo único que atinó fue a asomarse a la ventana para ver que había pasado, pero “todo era silencio, ni los perros se escuchaban”. Al otro día, los vecinos le comentaron sin alteración que debió ser alguien que pasó y descargó la metralleta sin más.

El sacerdote describe a la gente del vecindario como “gente áspera, gente muy luchadora, que tuvo que aprender a sobrellevar la situación de pobreza que siempre marcó la zona”. “Hay mucha gente honesta, que la lucha y todavía tiene que cargar con el peso del estigma”, subraya.

Para describir la cruda vida en Casavalle, Villalba piensa cada una de las palabras que utiliza, pero nunca pierde la paz. Y cuando se le pregunta si no es desanimante estar envuelto las 24 horas del día en ese barrio, contesta: “Es parte de la misión que uno elige. Yo no llegué acá por elección personal. Llegué hasta acá porque como cristiano un día le dije a Jesús que quería ir a dónde él quisiera”, afirma. “Si mi misión es llevar el mensaje de Jesús a quienes han perdido toda esperanza, este es el lugar ideal, es un lugar privilegiado: helicópteros todos los días, situaciones violentas, hambre, tiroteos”, añade.

“Tanto Luis, como Mauro y yo estamos felices de estar acá. Sentimos que vale la pena, que estamos dando todo. Bueno –hace una pausa– no sé si todo, todo, todo, pero lo más que podemos dar, lo estamos dando”, concluye.