Iglesia al día

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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios El Observador, el matrimonio igualitario y la libertad [Opinión]

EL OBSERVADOR | Gabriel Pereyra @gabrielhpereyra |

Viejas reivindicaciones igualitarias son defendidas por algunos progres de la nueva ola que enarbolan la intolerancia como bandera.

En estas horas parece que alguien descubrió que el 13 de abril El Observador publicó un editorial en contra del matrimonio igualitario y entonces lo que yo llamo la horda, incluso la que lee pero se ve que lee poco porque no vieron esta nota en su momento, empezó a calificar y a señalar con esos dedos de cátaros con los que nacen los habitantes de estas tierras.

Y empezaron a increpar a algunos periodistas del diario para que dijeran públicamente si estaban de acuerdo o no con ese editorial, y a cuestionar que el editorial se publicara sin firma.

Uno no puede hacerse cargo de las toneladas de ignorancia que se destilan en la web, ni de los errores de concepto como creer que un profesional tiene la presunta obligación moral de pronunciarse sobre un editorial del medio en el que trabaja o no entender que un editorial (“la editorial”, según muchos) no tiene que llevar firma porque es la posición del medio. Evidentemente los que cuestionan esto no leen los editoriales de todos los diarios del mundo que tampoco llevan firma.

Quizás porque tengo un cargo que me permite hacerlo sin temor a autocensurarme, quizás porque aún me quedan restos de pasión que me empujan a darle batalla a ciertos comportamientos que están enraizando en el país donde crecerán mis hijos, les respondí a algunos que sentía que merecían respuesta indicándoles que estoy en contra de ese editorial del medio en el que trabajo.

Uno puede sobrevivir con esas diferencias porque así es el periodismo. En este diario hay colegas que creen que a los delincuentes hay que caerles con mano dura, pero el diario editorializó en contra de bajar la edad de imputabilidad penal. Y todos podemos convivir con esas diferencias porque en esta redacción se cultiva la libertad de pensar. Está la página editorial y está la página de información. Y en un diario serio y que se precia de independiente, tratan de no cruzarse.

En este diario hay editoriales contra el gobierno y columnas a favor del gobierno. Hace poco me dijeron de todo porque opiné que la de Eduardo Bonomi es de las mejores gestiones en Interior ¿Ven esas contradicciones de opinión muy seguido dentro de otros medios?

Pero lo que parece importante de las reacciones contra el editorial de marras es el tono y la impronta. En el país sopla un viento progresista que nos está poniendo a la altura de algunas naciones desarrolladas en eso de alcanzar ciertos derechos hasta ahora conculcados para algunas minorías. Los intentos de liberalizar el cultivo de marihuana, la ley de aborto y esta de matrimonio igualitario son ejemplos de ellos. Con la mayoría estoy de acuerdo. Con la mayoría el diario en el que trabajo está en desacuerdo.

Lo que llama la atención y debería invitar a la reflexión es cómo el país pudo alcanzar esos niveles de tolerancia en estas leyes con una tribuna progre tan intolerante.

No conformes con alcanzar esos objetivos por los que muchos pelearon años, se dedican a desacreditar a todo el que no piensa como ellos. Todo lo que no esté con estas viejas y en general oportunas reivindicaciones pero defendidas ahora por estos progres de la nueva ola, son fachos, energúmenos, esbirros del Opus Dei. Llevan la discusión al terreno moral y ahí es muy difícil discutir. Por si no lo saben aún, no se trata de buenos y malos, eso es en las películas.

Vamos a ser un país con leyes “progresistas” y con gente intolerante. Porque todas esas medidas, buenas o malas según quien las mire, tienen sentido que se desarrollen y lo harán plenamente si por encima de ellas prevalece un valor supremo, que estos progres que hacen del insulto y la descalificación su bandera de presentación se rifan; un valor que es el que me permite a mi escribir esta columna (como lo hago con otras columnas de opinión) sin siquiera mostrársela al director del diario: la libertad de opinar sin que te desacrediten por ello.