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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios El obispo de Tacuarembó: el “loco suelto” que se preocupaba por el medioambiente, va a renunciar justo cuando está “de moda”

Julio Bonino el día de su primera comunión.

Julio Bonino el día de su primera comunión.

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PESE A QUE ESTÁ FELIZ POR LA ASUNCIÓN DEL PAPA FRANCISCO, JULIO BONINO SIENTE EL DESGASTE DE LOS ÚLTIMOS 40 AÑOS, EN LOS QUE LA IGLESIA CATÓLICA VIO CRECER LA “CORRUPCIÓN” INTERNA Y LA INCIDENCIA DE LOS GRUPOS MÁS CONSERVADORES

escribe Guillermo Draper

Julio Bonino va a renunciar. Tiene la carta que le enviará al papa Francisco en su escritorio, casi perdida entre papeles. Quiere renunciar porque en dos años cumple 70. Y siente que después de 25 años como obispo en Tacuarembó se repite, habla siempre de lo mismo. Cree que pasó mucho tiempo. Y además tiene cosas para decir de la Iglesia; buenas y malas. Y se las quiere decir al Papa.

Bonino va a renunciar y le parece un poco increíble que sea justo ahora. Él, que siempre tuvo problemas con la autoridad y que se juró nunca volver al Vaticano, se va a ir ahora que hay un Papa que le gusta. Después de décadas viendo cómo algunos sectores conservadores ganaban terreno, crecía la corrupción interna y los obispos eran tratados por Roma como “gerentes” de una multinacional, apareció Francisco. Y con el argentino, algunas de las razones que tiene Bonino para pegar el portazo se están diluyendo.

Pero igual se va a ir. No le importa que ahora es él quien está “de moda”. Que ya no es ese “loco suelto” que se preocupa por la “madre naturaleza”. Ese que no era tomado demasiado en serio por los otros obispos uruguayos cuando planteaba temas ecológicos. Bonino va a renunciar porque quiere “vivir la aventura de ser un viejo bueno”.

El personaje y la desi­lusión. Todavía recuerda aquella “noche nefasta” del 20 de setiembre de 2012 en que decidió dar un paso más. Seis meses antes había reclamado que se diera un debate sobre la conveniencia de la minería a cielo abierto, cuyo proyecto emblemático era entonces Aratirí, una empresa de capitales indios que tenía permisos de prospección en varios padrones del departamento. Los vecinos se preocupaban porque el proyecto parecía avanzar con aval del gobierno. Bonino decidió que ya no podía ser neutral. El 21 de setiembre difundió una carta abierta en la que expresaba su rechazo a la minería a cielo abierto y anunciaba que integraría la Comisión por la Vida y el Agua de Tacuarembó.

“A veces me pregunto por qué me meto en estos líos”, dice Bonino con la sonrisa pícara de quien miente. Porque en realidad lo sabe. Si se le pregunta tiene una respuesta que lo lleva a la década de 1950, a su infancia en el pueblo de Santa Lucía, una localidad de Canelones. Más precisamente hasta las orillas del río que lleva ese nombre, a donde iba con su perro a esperar ese “momento indescifrable” en que la noche ya no es noche y el día todavía no llegó.

El mayor de cinco hermanos —cuatro varones y una mujer—, Bonino prefería cazar luciérnagas en la plaza del pueblo, ir al monte o al río a pescar, antes que jugar al fútbol. Y si tiene que elegir un personaje de su infancia (aunque nadie se lo pregunte), menciona a su vecino, un peluquero de casi 90. “Ese tipo era un libro abierto. Leyó las obras de Julio Verne copiadas a mano”, recuerda.

Esa relación perduró hasta que cumplió 18 años. A esa edad, Bonino asestó un golpe duro a las aspiraciones de su vecino: había resuelto ser sacerdote. “¿Qué me estás diciendo?”, le preguntó con desconsuelo. Al igual que sus padres, quería que fuera ingeniero agrónomo. El vecino murió al mes de que ingresara al Seminario. El obispo cree que fue la tristeza.

La noticia también cayó como una bomba en su familia. En su entorno atribuyeron la decisión a un fracaso amoroso, creían que era un capricho pasajero.

Al rememorar lo que ocurrió entonces, el obispo de Tacuarembó entiende por qué pensaban así. Si bien había hecho la Primaria en un colegio de monjas, no iba a misa con asiduidad. Su período de mayor concurrencia fue, precisamente, cuando acompañaba a su novia de la adolescencia, una católica practicante.

Nunca mencionaba la posibilidad del sacerdocio. Hasta que en la tarde del 1º de mayo de 1965, Bonino pasó por la casa de su ex novia —habían dejado un par de meses antes— y le pidió a la familia que rezara por él. Tenía que decirles algo a sus padres, aunque no les comentó qué.

Su madre lo escuchó y lo desafió a que le contara a su padre. Uno de sus hermanos miraba la escena tapándose la cara con las dos manos.

—Con esas decisiones nunca vas a ser un hombre —dijo su padre.

—La decisión está tomada y no hay vuelta atrás —respondió Bonino sin ceder terreno. El 13 de mayo estaba en el Seminario Mayor Interdiocesano, donde se forman los sacerdotes.

Hoy dice que mintió, que no estaba tan seguro. Y lo dice sin sonreír. “Mis hermanos me decían que estaba loco. Yo también lo pensaba”, afirma el obispo. “Fue como que te agarraran de los pelos y te llevaran de un lado a otro y no pudieras explicar bien por qué”.

Asegura además que no “sabía nada de misas”, ni tenía un discurso altruista, de amor “a los pobres”. Aun así, en el pasaje por el Seminario casi no tuvo dudas. La única estaba relacionada concómo se veía a sí mismo, al “paquetito último de verdades” que todos los hombres tienen y no muestran a nadie. Ese “paquetito que si te lo llegan a descubrir los demás, pensás que no te van a querer”, explica.

Los pobres y la tortura. Cuando Bonino entró al Seminario en 1965, la Santa Sede estaba en ebullición. Ese año, el papa Pablo VI clausuró el Concilio Vaticano II, un proceso de discusión interna que duró tres años y que concluyó con una serie de propuestas para aggiornar a la institución. El actual obispo estaba entusiasmado con la visión más renovadora, de cercanía con los más necesitados. De ahí su desi­lusión con lo que pasaría en la Iglesia los siguientes 40 años.

Intentó ser fiel a esa visión de una Iglesia católica comprometida con los pobres. Su primer destino tras el Seminario fue Paso Carrasco, Canelones, aunque no en una parroquia. Vivía en una casa sin agua corriente que compartía con un cura depresivo, que se suicidó poco tiempo después de su llegada, e infinidad de garrapatas.

Y también tenía un perro, Satanás. “Cuando llegué a Paso Carrasco algunos vecinos no me querían, me hacían brujerías en la puerta de la casa. Entonces le puse ese nombre al perro. Yo salía a la puerta y gritaba: ‘¡Satanás, vení!’ y el perro venía”, recuerda entre risas.

Después de ser diácono, Bonino fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1974. No quiso invitar a nadie ajeno al barrio. Recibió como regalo un cáliz de vidrio y una orden de compra en un almacén que le permitió llegar a fin de mes.

Si bien simpatizaba con la Teología de la Liberación, el actual obispo de Tacuarembó no tenía ideología y pensaba que las denuncias de torturas “eran bolazos de los bolches”. Hasta que lo llevaron preso.

A pedido de una monja, escondió en su casa a un sindicalista que era buscado por los militares. Pero lo encontraron. “Solo me hicieron plantón durante cuatro horas, después me dieron una silla para sentarme”, dice. “Al gremialista lo dejaron parado mucho tiempo más”.

Bonino pasó una semana en un galpón que usaban los militares como centro de detención. Lo interrogaban dos veces por día. No sufrió torturas pero vio sus efectos en otros. Recuerda a un preso en particular, uno que tenía un ojo azul y otro verde. Cada vez que alguien se acercaba a hablarle, no importaba que fuera otro detenido, comenzaba a llorar por temor a que empezaran otra vez con los apremios físicos. Por las noches, Bonino se arrastraba hasta su colchón y le susurraba al oído el Himno a la Alegría.

La segunda vez que estuvo detenido fue apenas por un día. Aunque dice que sintió más miedo que en la primera ocasión porque pensó que esta vez sí lo torturarían. Un camión del Ejército paró frente a su casa en Paso Carrasco. Los soldados bajaron y se llevaron a Bonino y a un joven que se hospedaba ahí. El sacerdote no sabía que era integrante de un Comité de Apoyo a los Tupamaros.

“No quiero ser profesor”. Pese a que sufrió “bastante”, Bonino rememora ese pasado con cierta añoranza. En el living de su casa o en su amplio despacho en la Diócesis de Tacuarembó, sonríe y sus ojos celestes se entrecierran cuando cuenta sus peripecias para llegar a fin de mes.

También le gusta jactarse de sus enfrentamientos con las autoridades eclesiales. Uno de los choques más duros ocurrió porque lo querían trasladar a la catedral de Canelones. No estaba dispuesto a dejar el barrio para irse a un lugar de confort. “Nos enteramos que está diciendo que no a lo que se le propone”, le escribió una monja benedictina. “Siga adelante con estas ideas, el diablo está muy contento con usted”.

Lo hizo y consiguió que el traslado fuera a una parroquia en un barrio pobre de Las Piedras. Su derrotero sacerdotal lo llevó después a Santa Lucía, su pueblo natal, San Jacinto y Santa Rosa. Y de vuelta a Las Piedras, último destino antes de ser obispo.

El sacerdocio también lo llevó hasta Medellín, donde vivió un año. Dice que aceptó vivir en esa ciudad colombiana para evitar un viaje al Vaticano. Le habían ofrecido una beca de estudio a Roma y dijo que no, que prefería ir a un país de América Latina. Estaba pintando el techo en la casa de Paso Carrasco cuando tuvo algo parecido a una epifanía. “Si voy a Roma, voy a ser profesor. Y yo no quiero ser un profesor”, pensó.

Ahora se arrepiente. Cree que si tuviese más formación podría articular mejor las cosas que piensa y dejar testimonio de lo que ha hecho en la Diócesis de Tacuarembó. Con benevolencia hay quien afirma que tiene un razonamiento arborescente, pero él responde que no, que su manera de pensar “no tiene estructura”. “La gente me dice que soy una persona sencilla”, añade. “¡Es que no sabría ser de otra manera!”.

La militancia y la partida. El 15 de junio último, tres días antes de su publicación oficial, algunos medios adelantaron el contenido del documento escrito por el Papa sobre ecología, la encíclica Laudato Sí. En ella, Francisco expresa su preocupación por el daño que el hombre y su vida abocada al consumo ejercen sobre la naturaleza.

Bonino estaba encantado. El Papa “hizo algo con lo que nunca soñé”, dice.

En 1990, ni bien quedó al frente de la Diócesis de Tacuarembó —que tiene jurisdicción también sobre Rivera—, Bonino recorrió el departamento acompañado de una especialista en “geografía humana”. Poco a poco se empapó de la herencia indígena en el norte uruguayo (ver nota aparte) y la biodiversidad local. De la existencia del Acuífero Guaraní y la formación geológica Tacuarembó. Cuanto más se involucraba en esos asuntos, más incomprendido por sus colegas obispos se sentía. “Con esto del medioambiente yo era un loco suelto”, asegura.

Recién en 2012, cuando Aratirí estaba en el horizonte, logró que la Conferencia Episcopal Uruguaya incluyera en un documento oficial una mención al “cuidado” de los recursos naturales ante la llegada de “grandes proyectos agroindustriales y mineros”. Los obispos no fijaban una posición contraria a esos proyectos.

“La militancia”, opina Bonino, “es la única forma de enfrentarse al malón de las industrias extractivas en Uruguay”. Por eso, en setiembre de ese año se sumó a la Comisión por la Vida y el Agua de Tacuarembó. El obispo apoyó la recolección de firmas para prohibir la minería a cielo abierto. Su participación le dio legitimidad a la Comisión, opinan personas del ambiente político, académico y empresarial del departamento consultadas por Búsqueda.

El 13 de junio del 2013, el día que se presentaron las 13.000 firmas ante la Junta Departamental, el encargado de leer la proclama fue el obispo. Su discurso reclamó cuidar la “valiosa tierra” que recibió la humanidad y defenderla “de todo aquello que pueda dañar la posibilidad de que la encuentren sana los que vengan después”.

La militancia no se agotó con la minería a cielo abierto. “Sabemos cuál es la perspectiva del agua dulce en el mundo y lo que está pasando con nuestra agua en Uruguay, es por eso que entendemos que nos toca ser custodios de este bien tan preciado, sabiendo que en Uruguay, muchas veces las leyes van después de las realidades”, afirmó Bonino cuando la Comisión anunció, el 17 de abril, la primera Gran Marcha de las Comunidades en Defensa del Acuífero Guaraní.

Todas esas actividades vinculadas al medioambiente empezaron antes de que Francisco publicara su encíclica. Pero es ese documento el que puso “de moda” al obispo de Tacuarembó. “Hasta ahora era un loco que encabezaba las manifestaciones y defendía el Acuífero Guaraní”, dice. Después de Laudato Sí lo llaman periodistas de todo el país y “hasta el cardenal” le pide consejo, ironiza. “Quién iba a decir que yo iba a ser el referente a consultar por un documento del Papa”.

El problema es que su momento llega ahora que está con ganas de irse. Los 40 años posteriores al Concilio Vaticano II lo desgastaron. Y la llegada de Francisco no es motivo suficiente para quedarse.

Reconoce que el Papa argentino lo sorprendió. Lo conoció cuando era provincial de la Compañía de Jesús y le pareció “muy mandón”. Pero las cosas que ha dicho y hecho Jorge Bergoglio desde que es Francisco suelen emocionarlo hasta las lágrimas. “Nunca pensé que iba a ver esto. Lo esperaba al final de los tiempos. ¡Yo qué sé! Vamos a ver cuánto dura y qué le hacen, porque te podés imaginar los Bush del mundo cómo lo van a limpiar”, comenta.

Así y todo tiene escrita su renuncia. Después de conversar con Búsqueda durante casi tres horas, el obispo empezó a buscar algo entre el caos ordenado de su escritorio. Hasta que encontró la hoja membretada que le enviará pronto a Francisco.

“Con asombrosa rapidez los años han pasado, en su transcurso se fueron acumulando razones para renunciar, que cuando las manifestara, pensaba, serían contundentes para ser aceptadas”, dice la carta. “Tienen que ver con la experiencia y la forma en que se ha tratado a los obispos por la organización de la Curia Romana, y por la creciente desconfianza que fui sintiendo a lo largo de los años respecto a la gestión de los responsables de las decisiones de los nombramientos de obispos y arzobispos, la corrupción creciente y permitida, el apoyo a determinadas comunidades y grupos. Realidades que usted sin duda está tratando de revisar y encauzar”.

“Mi juicio negativo me llevó a decir: ‘Yo no piso más el Vaticano. Yo no voy a realizar más visitas ad limina, viviendo la realidad de ser tratado como un gerente menor de una sucursal de una multinacional”, relata. Y agrega más adelante: “Imagine el asombro y desconcierto que su elección como obispo de Roma y sucesor de Pedro ha significado para mí. Tengo dificultad para considerar que es cierto que el Señor haya podido poner a alguien que, en todo lo que cuestiono, abra posibilidades”.

Bonino esgrime también un argumento personal que le cuenta a todo el que lo quiera escuchar. Su hermano menor tiene síndrome de Down y el obispo pretende dedicar los últimos años de su vida a cuidarlo. Quiere conocer “la aventura de ser un viejo bueno” junto a su hermano, “haciendo el bien por las calles”. Esa, dice, es una experiencia “digna de ser vivida antes de partir”.