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Papa Francisco

La Iglesia en los medios El hambre y la sed de justicia en los cristianos

EL PAÍS |

Un fragmento de Buscando a Dios en el siglo XXI (*)

Jesús hizo un llamado aquí y ahora a entender nuestra felicidad como un servicio a los demás, dice el filósofo José Arocena en un libro que reune sus columnas.

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Deberíamos preguntarnos permanentemente si nuestras acciones reflejan el hambre y sed de justicia al que se refiere Jesús en una de las bienaventuranzas. Sin duda, los seres humanos sentimos el hambre de justicia cuando tenemos experiencias en las que nos consideramos que hemos sido víctimas de injusticias. Pero, más allá de la legitimidad que pueda tener ese sentimiento, no es solamente a esa forma de hambre y sed de justicia a la que se refiere Jesús.

Las bienaventuranzas se dirigen a quienes sienten la sed de justicia para sí mismos, pero sobre todo para los demás. Cuando Jesús pronuncia esta palabra se está refiriendo a toda esa gente que lo rodea, es a ellos a quienes proclama bienaventurados. Él ha optado vivir como ellos; ellos son la compañía que eligió; son los enfermos, los pobres, los perseguidos, los que son víctimas de la exclusión. Sin duda ninguna, ellos tienen hambre y sed de justicia. Ellos no han conocido en sus vidas otra realidad que la injusticia. Miran a los poderosos, a los gobernantes, a los pontífices y a los sacerdotes con el respeto y el miedo que genera el poder absoluto, ya sea en nombre de Dios o del César.

Frente a esta bienaventuranza, que resulta difícil de llevar a la práctica, se pueden dar tres conductas que quisiera proponer a la reflexión: conformismo, impotencia, escepticismo.

Jesús termina esta bienaventuranza diciendo “porque serán saciados”. Frecuentemente se ha interpretado esta parte de la frase, afirmando que el hambre y la sed serán saciadas en la otra vida. Esta manera de entender las palabras del Maestro conduce directamente al conformismo y a la tranquilización de las conciencias. Da lugar a un razonamiento que justifica cualquier orden social por injusto que sea. La justicia deja de ser nuestro problema, el hambre y la sed se convierten en indiferencia, en esa actitud cómoda de mirar para el costado.

Esta conducta ha existido y en algunos casos ha sido alimentada con recomendaciones sobre la resignación cristiana. Los discursos sobre la posición que cada uno ocupa en la sociedad se orientan con frecuencia a afirmar que esa situación es un efecto del orden instituido y que de alguna manera expresa la voluntad del Creador. Ante eso, quienes han salido mal en la distribución de posiciones deberían resignarse porque tendrán su compensación en la otra vida. Pero es claro que Jesús se refiere a la justicia que debería guiar nuestras vidas, al hambre y la sed que debería ser un llamado aquí y ahora a entender nuestra felicidad como un servicio a los demás.

La exigencia de esta bienaventuranza es extremadamente dura. Es legítimo preguntarse por nuestra capacidad para llevarla a la práctica. Cuando uno escribe algo así, cuando habla de esta temática, surge inmediatamente esa pregunta: ¿estoy actuando en mi vida cotidiana intentando reflejar en ella el hambre y sed de justicia a la que se refiere Jesús? Es de tal dimensión la injusticia a todos los niveles de la vida humana, que resulta difícil percibir cuál es el aporte que cada uno, solo o en comunidad, logra orientar en la dirección de una humanidad más justa.

Este nivel de exigencia de la palabra de Jesús que anida en cada una de las bienaventuranzas, al mismo tiempo que debería despertar cada día la conciencia entumecida, nos lleva frecuentemente a plantearnos nuestra pequeña dimensión. No logro vivir manteniendo viva mi hambre y sed de justicia, y constato la pobreza del amor del que es capaz mi corazón tan humano. Pero esa constatación no debe quedarse en ese punto de impotencia. No estamos solos para renovar cada día el hambre y sed de justicia. Estamos con los demás, con quienes intentamos vivir permanentemente ese compromiso. (…)

Por un lado, el peor efecto de una palabra de Jesús que nos aparece como muy exigente sería que nos cruzáramos de brazos, que nos ganara la constatación de impotencia ante tanta injusticia que todos los días nos impacta. Es posible que cada uno desde su lugar en la vida, tenga una mirada impregnada de hambre y sed de justicia. Es posible porque no es simplemente un efecto de una conducta “moral”, sino del seguimiento de la palabra de Jesús en la confianza que da la promesa de su presencia.

Por otro lado, no estamos frente a una suerte de examen que medirá el grado de hambre y sed de justicia que podamos tener. No es algo medible. Es una actitud de aceptación del desafío, que implica salir del conformismo y que supone una apertura a la presencia de los otros y a la presencia de Jesús. Lo que importa es que cada uno logre en alguna forma inscribir en cada situación, en cada acto, el hambre y sed de justicia.

(*) Buscando a Dios en el siglo XXI (Trilce, 2014, 208 pesos) de José Arocena. El autor es filósofo y sociólogo y director de la revista Misión, dedicada a la Teología Pastoral.