Iglesia al día

" En este tiempo de pandemia, que dejó sin efecto o en suspenso tantos proyectos personales y colectivos... damos, en primer lugar, gracias a Dios por todo lo bueno que hizo surgir en los corazones de hombres y mujeres de nuestra tierra. En todo ello encontramos motivos de esperanza. "
Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios El dogma que libera [Opinión]

Semanario BRECHA |

ESCRITO POR: FEDERICO FRONTÁN*

Pensar en cristiano el tiempo presente nos enfrenta a un desafío que podemos plantear en la siguiente pregunta: ¿tienen los cristianos algún aporte específico a la lucha de los que quieren más justicia, más solidaridad, más amor, en la situación sociopolítica de América Latina? La respuesta tiene dos niveles de análisis. Primero, reflexionar sobre el lugar del cristiano como actitud existencial; segundo, el aporte propio que nace de esa postura y se expresa en las relaciones sociales.

La postura de un cristiano coherente está limitada por una doctrina obligatoria para todo cristiano. Juan Luis Segundo habló del “dogma que libera”, que puede entenderse como el sistema de creencias que dan sentido a la experiencia humana y a la fe inspirada en Jesús. El dogma liberador es lo que impide que se sea explotador y cristiano, racista y cristiano, discriminador y cristiano, homofóbico y cristiano, no caer en contradicción.

El aporte específico del cristiano coherente puede resumirse en la actitud crítica de toda absolutización de procesos e instituciones sociohistóricas. La denuncia y superación de los ídolos fue la actitud política de Jesús y de los profetas de Israel. El mismo Marx (gran conocedor de la Biblia) bebió en las fuentes de la patrística cristiana que denunció la diferencia entre opulentos y pobres como la apropiación por parte de los ricos de los bienes que el Creador había destinado al bienestar de todos.

La lucha social tiene antecedentes cristianos antes que marxistas; y antes que la patrística, el mismísimo Jesús inicia su compromiso con sus malaventuranzas (conjunto de improperios que comienzan con “¡Hay de vosotros!” y están dirigidos a las autoridades y a los ricos).

En su gesta divina por la experiencia sociohistórica de la humanidad, Jesús deja tras de sí, además de un sistema de creencias a la comunidad cristiana, una ontología, una ética y una praxis política. La critica de Jesús al tiempo que le tocó vivir fue tan comprometida que se animó a usar el formato: “¡Habéis oído que Moisés dijo (…) pero yo os digo (…)!”, y proponía lo nuevo en lugar de lo antiguo por el discernimiento de la ley.

En las maldiciones contra los burócratas del statu quo y los ricos, Jesús parece identificar la ética con una construcción política histórica: la del Reino. Que necesita creación más que acatamiento a la ley. Es decir, que debe luchar contra lo establecido para obtener actitudes que sintonicen con la voluntad del Dios de la vida en su proyecto de llevar a la tierra sus valores.

El problema de ruptura o continuidad atraviesa la vida de Jesús. Constituye un hecho histórico innegable que su vida y enseñanzas fueron tan contrarias y peligrosas para el poder establecido que terminaron en su asesinato. El compromiso con la actitud que permite discernir los signos de los tiempos, denunciar y combatir los ídolos, actuar contra la sacralización de la ley que representa a las instituciones que producen desigualdades estructurales, muestra que la fe de Jesús es actividad humana, no palabra sobrenatural.

De acuerdo a la ortodoxia, Jesús se hizo humano para poder morir porque tenía que pagar las deudas humanas a Dios con su dolor y sangre. No se hizo humano para vivir, sino para morir. Este es el imaginario que se impuso en la Iglesia. Esta teología de la muerte se afianzó en el Vaticano con el papa Juan Pablo II y empeoró con Benedicto XVI. La estructura institucional de la Iglesia Católica es extremista, defiende al orden vigente.

En el momento que dictaduras fascistas asaltaron América Latina, Juan Pablo II andaba persiguiendo comunistas por el mundo. Tenían el mismo objetivo. De hecho, la doctrina de la seguridad nacional se definía como defensa de la civilización occidental y cristiana. Después el anticomunismo no se orientó solamente contra los comunistas, sino contra el cambio. Es una agresiva postura ideológica que ha contado con la Iglesia y los creyentes para el éxito del conservadurismo. Los ejemplos sobran, el cardenal salesiano Obando y monseñor Cotugno han sido ejemplo de reaccionarios frente al cambio.

No es momento de papas conservadores, Francisco representa un paso adelante en una institución que tiene siglos de atraso. Lo mismo el arzobispo de Montevideo, Sturla (salesiano como Obando). Representan un freno mínimo a la connivencia ideológica de la legalidad vigente que se defiende con armas de destrucción masiva, financieras, mercantiles y la Iglesia Católica.

Ahora bien, ¿se justifica el optimismo ilusionado por esta coyuntura? Creo que no van a venir cambios estructurales (que es lo que un cristiano coherente reclama), por que el cambio no está dado por el carisma personal de algunos jerarcas. No es el carisma de algunos hombres (no puedo decir hombres y mujeres porque la discriminación de la mujer es una de las discriminaciones invisibilizadas en la Iglesia) lo que decide la agenda institucional. Los papas reaccionarios no actuaron solos, con ellos llegaron al poder grupos religiosos fundamentalistas que hicieron de la Iglesia lo que es actualmente; es decir que movieron los engranajes que vinculan el Vaticano con los confines de la cristiandad, produciendo una subjetividad resignada y conservadora entre sus miembros.

No aparece en las intenciones del papa Francisco desmantelar ese andamiaje y menos puede hacer el arzobispo de Montevideo. Se trata de una cuestión relacional y estructural que no puede ser resuelta con buenas intenciones de sujetos aislados o la prédica de valores. Aunque somos pesimistas de los resultados que la civilización occidental y cristiana va a traer, también lo somos en lo que respecta a la posibilidad de enfrentar esos resultados. Frente a eso podemos tomar de Jesús el concepto de pesimismo esperanzado. Tener acciones cuyo sentido no está en el cálculo del éxito, sino en la acción misma. Jesús no calculó su éxito o derrota, esa es la fuerza de su ejemplo. Su espiritualidad no viene de la afirmación del sistema vigente sino de las resistencias. El ateísmo del sistema vigente es condición de la praxis liberadora.

* Licenciado en filosofía. Investigador en temas de filosofía política.