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Papa Francisco

Mons. Pablo Galimberti “El Dios escondido de los uruguayos”: Columna de Mons. Pablo Galimberti

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

Voy a referirme a algunos comportamientos que observo en personas que frecuentan poco o nada la iglesia. Son prácticas esporádicas que voy a llamar aproximaciones al Dios escondido o desconocido.

Este “Dios” al que correspondería quizás escribir con minúscula puesto que para muchos es el gran desconocido, está latente en la memoria de muchos uruguayos. Como silenciosa compañía o faro que asoma entre brumas y sombras. “Converso con el hombre que siempre va conmigo –quien habla solo espera hablar a Dios un día” escribió A. Machado.

A veces estas personas entran a una iglesia en días significativos, por ejemplo el Domingo de Ramos. La gente distingue bien entre el ramo que compraron en la vereda y el que fue bendecido. Y cuanta más agua moje el olivo, mayor es la sensación que la protección divina no les faltará.

Hay gestos veloces. Como hacer la señal de la cruz al pasar delante de la catedral, especialmente hombres que pasan en moto. Es una ráfaga de memoria hacia Alguien, un guiño que despierta el corazón en el correr de la jornada.

La historiadora Ana Ribeiro, en una reciente entrevista periodística, declaró ser “agnóstica”, es decir, una persona que con respecto a Dios no sabe qué afirmar. Sin embargo, en su mesa de luz, según dice la entrevista, está siempre un niño Jesús fluorescente, que es lo primero que pone en la valija cuando viaja. Dice que se lo dio una vecina a sus padres, para que la bendijera, curara y protegiera. Es que a los seis meses se tragó un prendedor y una medalla prendidos al babero y un médico llegó a desahuciarla.

El pasado 19 de abril y los días sucesivos el cerro del Verdún, en Minas, fue escenario de un río de gente, estimado en 50 mil uruguayos, que manifestó su fe. Muchos no sólo llegaron a la falda del cerro sino que también, armados de fe y coraje, escalaron a pie el pedregoso sendero hasta la cumbre. Allí los esperaba la imagen de la Virgen María, colocada en un templete desde los albores del siglo XX, donde los fieles entablan un silencioso y espontáneo diálogo.

Recuerdo escenas muy vivas de las veces que concurrí. Gente joven que como ofrenda a Dios y a la Virgen subían descalzos por la áspera ladera. Lo he visto también en Salto, durante las peregrinaciones a María Auxiliadora en Corralito.

La numerosa concurrencia al Verdún muestra tres rasgos de la religiosidad de muchos uruguayos. El primero es el hecho de “subir”, como señal de alterar el ritmo cotidiano de la vida en el llano. Rezar es “levantar” el corazón. Subir montañas es mucho más que turistear. San Benito, por ejemplo fundó su primer monasterio en Montecasino, a 520 metros de altura.

Un segundo rasgo es el gesto de agradecer, reconociendo que aunque debemos trabajar responsablemente, también es importante reconocer las oportunidades y bendiciones que Dios nos regala diariamente.

Un tercer rasgo es el sacrificio, palabra que significa “sacrum facere” (hacer o convertir algo en sagrado), es decir, hacer a Dios la “ofrenda” de algo propio. San Ignacio de Loyola rezaba: recibe mi memoria, mi entendimiento, mi voluntad…a mí dame tu amor, que eso me basta”. Otras personas lo expresan ofreciendo la fatiga de subir el cerro. En la forma que sea, es importante en cualquier cultura poner gestos y además cargarlos de significado. La verdadera religión es poner en las manos de Dios la propia vida, servirlo y no olvidarse del amor al prójimo.

Después de mi valoración positiva, procurando rescatar el “dios” escondido u olvidado de los uruguayos, planteo dos observaciones críticas.

Muchos uruguayos no se declaran ateos sino “agnósticos”, o sea, no saben. Pero uno los oye engancharse con pasión en otros temas -fútbol, política o platos voladores- opinando como “doctores” y no como “opinólogos”. El agnosticismo podría ser una posición cómoda.

Otras veces el comportamiento religioso esporádico puede responder a una doble estrategia: se quiere ser modernos y mundanos sin perder status en la sociedad competitiva. Por otro se aspira a la seguridad de un faro último de significado o un ancla en las tormentas de la vida. Sería una religión instrumentalizada.

Columna publicada en el Diario “Cambio”, el 26 de abril de 2013