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La Iglesia en los medios El Dios de Manini [opinión]

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Por Javier Zeballos

Se lo encasilla en un partido militar pasando por alto su estrategia de captar el voto católico del Partido Nacional, justo lo que le ha dado más resultado.

Las interpretaciones para explicar el irresistible ascenso de Manini Ríos aluden a intereses corporativos de la familia militar, al uso de su comandancia en el Ejército para impulsar su candidatura o a los errores del gobierno, peros encasillar a Cabildo Abierto solo como un Partido Militar lleva a no percibir su apuesta para crecer.

La profecía lanzada por su candidato a vice, que presenta a Manini como mesías enviado por Dios para salvar la patria ha sido tomada en broma. Pero su proclama, en apariencia delirante, busca aliñarse seriamente con su estrategia electoral.

Porque lo que se olvida del Vía Crucis escenaificado por el Manini reciente (posa de víctima cuando protege a los victimarios) es clave para entender el crecimiento vertiginoso de Cabildo Abierto.

Se trata de un posicionamiento religioso atrincherado en un Catolicismo Intransigente destinado a impactar sobre el electorado del Partido Nacional, el partido con más votantes católicos, como indican todos los estudios según la autoidentificación religiosa de los votantes.

Conversación en la catedral

El 18 de mayo de 2016, 2017 y 2018, por orden de Manini, el Ejército realizó una misa en la Iglesia Matriz oficiada por el Arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla. Según la crónica del diario El País, «la convocatoria para la misa se realizó por el sistema de mensajes del Ejército, que cubre a unos 1.500 oficiales y jerarcas. Una vez comenzada la ceremonia, el departamento de Comunicación del Ejército cubrió el evento y tomó fotos, como si se tratase de un acto oficial».

La nota agregaba que el propio Sturla «inauguró una capilla en el Hospital Militar y que en ese hospital, además, se formó un departamento de asuntos religiosos, bajo el mando del sacerdote católico Genaro Lusararián, aunque las autoridades afirmaron que la propuesta estaba a estudio, al igual que la entrega de biblias y bendiciones a soldados que participan de misiones de paz, aunque «solo si el oficial lo desea», esgrimían.

Este año no hubo misa pero la reunión con el Cardenal no faltó a la cita, solo que se realizó el 27 de setiembre en la Arquidiócesis, en plena recta final de la campaña electoral en el marco de otros encuentros con presidenciables.

Manini declaró a la salida que «existen muchas coincidencias entre los objetivos de su Partido y los de la Iglesia» y prometió que «desde Cabildo Abierto brindaremos apoyo a la iglesia en su labor».

Tampoco hay que olvidar la postura mediática de Sturla en favor de Manini cuando fue criticado por Julio María Sanguinetti por hacer proselitismo religioso en el Ejército. El ex presidente había criticado a Manini por su video institucional, horas antes de la Navidad de 2017, en el que se dirigía a todos los integrantes de la Fuerzas Armadas, creyentes y no creyentes, llamándolos a tener presente «el recuerdo de aquel que vino al mundo con un mensaje de paz y cuya muerte en la cruz marcó un antes y un después en la historia de la humanidad».

Ante la acusación de Sanguinetti, Sturla defendió al general como parte de la libertad religiosa ante la «mentalidad anacrónica» de algunos que la consideran enemiga de la laicidad y dijo en una entrevista en el programa Tendiendo Puentes, de Radio Oriental, que «pareciera que se levantaran los muertos, es como una urticaria que a algunos uruguayos les da cuando la Iglesia se hace presente en el ámbito público, cuando esto es esencial a toda manifestación religiosa». Tal gesto no deja de llamar la atención en un Arzobispo que ha sido cuidadoso en sus posturas, muy diferente a su antecesor Nicolás Cotugno, pero que despliega una nueva comunicación mediática de la Iglesia.

La nueva alianza

Es posible que, a la vez que Lacalle Pou y Talvi reconocen que quieren una coalición con Manini y están dispuestos a negociar sus fuertes condiciones, el Cardenal Sturla también vea una alianza con este catolicismo autoritario como una suma de apoyos para una iglesia que busca ganar terreno en el espacio y la vida pública, combatiendo al país laico que la mantiene en el ámbito de lo personal y privado.

La vieja ultraderecha uruguaya siempre estuvo ahí. Reducida tras la derrota de la Dictadura y camuflada en los partidos tradicionales, fue acumulando descontento con el fracaso de dirigentes partidarios que durante años asumieron la defensa de los intereses militares a la vez que expresaban un tinte católico moderado. Javier García y Penades no resisten tal competencia y Novick, que emergió apuntando a ese nicho, es el gran derrotado de antemano.

Ese es electorado que hoy sigue a Manini, a tal punto que según un promedio de encuestas, le ha quitado al menos un 8 % al PN en comparación con 2014. Ahora, con el liderazgo de un «hombre fuerte», esta ultraderecha se envalentona y saca pecho. Ese es el electorado que hizo crecer a Cabildo Abierto independientemente de que logre captar votantes colorados tras el fracaso político de Bordaberry o logre morder algo de electores de los sectores más vulnerables que había captado Pepe Mujica.

El objetivo de esta ultraderecha es ampliar su base social «militar» apostando a otro manejo simbólico. Fantasea con el poder autocrático basado en la «moral» como fachada de un orden económico, social y político que restablezca la cadena de mando de la estructura militar transmutada a toda la sociedad en función de los intereses más conservadores. Es un intento restaurador, una reacción a los múltiples avances democráticos, plurales, diversos y de inclusión social, por eso apunta directo contra la agenda de derechos y a la igualdad de género pero se suma a la amputación de los Consejos de Salarios.

La cruz invertida

Pero este mesianismo católico revestido de compromiso político cristiano, para colmo, pretendidamente artiguista aunque esté en sus antípodas, desemboca en una pregunta inevitable ¿Cuál es el Dios de Manini?

Para responderla hay que retrotraerse al Catolicismo Intransigente del Papa Pio IX quien asumió en 1846 y se vio rodeado por las revoluciones democráticas que estallaron en Europa en 1848. Al ser proclamada la República Romana dirigida por Mazzini, de fuerte prédica anticlerical, el Papa rechazó plegarse al sentimiento nacional y unirse al combate contra la dominación austríaca. Por el contrario, huyó de la ciudad bajo la protección de los ejércitos franceses, napolitanos y españoles y bendijo la campaña militar contra la República que le permitió recuperar su poder en 1850.

Según lo consignan los propios historiadores eclesiales, en su cruzada contra el liberalismo y el mundo moderno, intentó contrarrestarlos revitalizando la religiosidad católica. En 1854 proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción y en 1864 condenó todos los «errores» del mundo moderno mediante el Syllabus, que incluía la proscripción del liberalismo, el racionalismo y la ciencia, así como la renuncia de la Iglesia a reconciliarse con el progreso. En 1869-70 reunió el Concilio Vaticano I, en el que hizo aprobar el dogma de la infalibilidad papal.

Para colmo, tuvo que enfrentar el auge del anarquismo y de las ideas socialistas cimentadas por el marxismo con la Primera Internacional que aglutinó al incipiente movimiento de los trabajadores. Su Catolicismo Intransigente fue uno más de los muchos intentos de parar la historia pero todo lo que pretendió frenar siguió avanzando.

El Dios de Jesús no habita en los templos (ni en los cuarteles)

Para confrontar esta concepción ultramontana del catolicismo de derecha basta una de las voces más autorizadas y comprometidas que ha tenido el cristianismo en nuestro país, la del Padre Luis Pérez Aguirre, alguien que supo hacer síntesis de lo mejor de las corrientes que emergieron del Concilio Vaticano II y del compromiso con los pobres que trasuntaron las Teologías de la Liberación en nuestro continente.

Perico, en su libro Anti-confesiones de un cristiano (Editorial Trilce, 1988) repasó los aportes de varios teólogos que remiten a la esencia del cristianismo original y a su dinamismo transformador, e incluso revolucionario, frente a un catolicismo conservador difusor de un Dios todopoderoso, atemorizante y castrador.

Así nos recuerda que la idea de Dios con la que el movimiento de los primeros cristianos rompió todas las opiniones religiosas por entonces aceptadas, enfrentó furtivamente al Dios, o los dioses, que legitimaban la explotación y la pobreza, y más, confronta aún a quienes utilizan el nombre de Dios para legitimar semejante falta de justicia.

Con Ernest Bloch aseñala a una iglesia que anula al Dios creador y libre en favor de un Dios cerrado que es instrumento ideológico manipulado por las religiones. Y resalta que, por el contrario, el Dios de los cristianos inauguró un nuevo culto transformado en contenido y forma porque es un Dios diferente, un Dios liberador que va aboliendo la antigua religión y sus manifestaciones externas (sacerdocio, templo, sacrificios) porque Jesús no predica ritos ni ofrendas y su mandato es que no ofrezcas nada al poder clerical.

Porque aquel cristianismo no hablaba de un Dios abstracto sino de un Dios concreto que habita en el ser humano. Lo quita del más allá de los cielos para implicarlo en la tierra, y lo hace combatir por la Justicia, la igualdad y la libertad, que es la mejor forma de honrar a ese Dios, tal como decía Christian Duquoc «A Dios se lo honra allí donde se hace libre a los hombres» (y a las mujeres, es bueno agregar ahora para no quedarnos anclados en aquel lenguaje liberador pero machista y poco inclusivo).

Pérez Aguirre se pregunta acerca de si el cristianismo original era estrictamente una religión, para afirmar que «nuestra convicción es que el cristianismo es una revolución que explota en medio de lo religioso introduciendo una idea del absoluto que hace añicos el concepto clásico de religión. Y esto llevó a autores como Scarpit a afirmar que, por más extraño que parezca, la revolución cristiana es laica y anticlerical».

Y fue más lejos aún: «Y esto es lo que podríamos llamar, si la palabra no fuese demasiado ambigua, una suerte de materialismo introducido por el cristianismo como una cuña en el ambiente religioso, una desconfianza en toda idealización religiosa. Por eso este materialismo cristiano elevará el amor real como objeto tangible, humano, a orientación suprema de la acción de todo creyente».

En otra parte de su obra, Pérez Aguirre rescata a Dietrich Bonhoeffer, el teólogo alemán antifascista que fue preso y murió fusilado por los nazis, quien afirmaba que «Creer en un Dios todopoderoso y omnisciente es creer de una manera religiosa, inaceptable para un cristiano».

Así, escribía Bonhoeffer en la cárcel antes de que lo mataran: «Hemos aprendido a ver los grandes acontecimientos de la historia desde abajo, desde la perspectiva de los inútiles, los sospechosos, los maltratados, los sin poder, los oprimidos, los despreciados, en una palabra, desde la perspectiva de los que sufren».

Y esto nos obliga hoy, tanto a creyentes como a increyentes sin tabúes, (como quien esto escribe), a poner en primer plano que lo más importante para la vida de un cristiano es su compromiso humano y su comportamiento directamente atado a su praxis histórica antes que a una creencia que opere como justificación de una sociedad injusta como la que el Dios de Manini viene a restablecer.