Iglesia al día

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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios El cura cebador

Semanario BRECHA |

phoca_thumb_l_1482DANIEL STURLA, nuevo Arzobispo de Montevideo

Los primeros gestos del nuevo arzobispo de Montevideo siguen generando expectativas y muchas preguntas. ¿Cuál será su accionar en el futuro? ¿Cuál será su programa de gobierno en la Iglesia Católica de la capital? Una mirada a sus antecedentes llevaría a pensar que si continúa, como es esperable, con los mismos lineamientos de su acción como superior de los salesianos, no habría que esperar cambios abruptos en el rumbo de la Iglesia. Lo dijo poco después de asumir: “Lo mío no es ser un revolucionario, es una Iglesia más cercana ”, Lo suyo, dicen quienes lo conocen, es mover a medida que se avanza. Ante todo, el nuevo arzobispo es “un cura tranquilo ”, Con esa misma tranquilidad, dice, recibió la noticia de su nombramiento, publicada pocos días después en L ‘Osservatore Romano. “No me hacía mucho la cabeza”, se confiesa. Pero aun así, su designación despierta expectativas de renovación alentadas incluso por figuras que otrora comulgaron con la llamada teología de la liberación. Entre los que se regocijan están los curas que pisan el barro y trabajan cerca de los humildes. Los que se baten, con sus herramientas y criterios, por la dignidad de los pobres, los que luchan contra la proliferación de la pasta base. La euforia renovadora cunde entre los críticos de la jerarquía de las últimas décadas. Pero también se extasían quienes colmaron de elogios esa etapa reaccionaria, filointegrista, encabezada por Nicolás Cotugno. Por todos lados, el sentimiento común es de exaltación.

El estilo de Sturla se aparta mucho del de su antecesor. La nueva cara visible de la Iglesia capitalina le devolvió -sostienen varios de los hombres clave de la curia consultados por Brecha- “humanidad” al arzobispado. Tuvo gestos de proximidad con la gente y envió señales de cambio al interior de la Iglesia para indicar que quiere encontrar la manera de responder a los desafíos que hoy se le plantean a la institución católica. Una primera señal fueron sus declaraciones sobre el bautismo de hijos de parejas homosexuales (“Nadie puede negarle (a un niño) el bautismo porque tenga dos papás o dos mamás ”, dijo, con una apertura impensable tiempo atrás), luego su disculpa por los actos de discriminación hacia la comunidad gay, y sus apreciaciones sobre la recientemente aprobada ley de regulación de la venta de marihuana: “Está claro que el fracaso de lo que se hace actualmente es muy grande y algo al respecto hay que hacer ”, Y un año atrás, en entrevista con Brecha, reclamó: “Que realmente se pueda saber dónde están los restos de los desaparecidos, qué es lo que ha pasado con algunas situaciones que están todavía en la oscuridad, que pueda intervenir la justicia y que pueda haber un perdón final”. Al margen de los gestos públicos, que algunos pueden atribuir a una estrategia para fijar su figura, actitudes como las relatadas podrían indicar que Sturla está dispuesto a tomar firmemente las riendas de la institución eclesiástica poniendo límites a los desatinos de los últimos quince años.

El nuevo arzobispo supo lidiar cotidianamente con la tragedia: la muerte de sus padres durante la adolescencia, más tarde la de su hermano Martín -presidente de la Cámara de Representantes durante el gobierno de Lacalle- y, más acá en el tiempo, la de su hermana. Hechos que lo golpearon pero nunca lo tumbaron. Hombre de clase media alta, ingresó a la congregación salesiana a los 19 años. Ascendió peldaño a peldaño, llegando a ser el primero -“inspector”- entre sus pares salesianos. Como un presagio de lo que vendría, volcó su atención a los jóvenes más humildes de los barrios carenciados de la capital. Pero nunca perdió el contacto con los suyos: desde el liceo Juan XXIII sintonizó con el sentir de jóvenes pudientes. Pero a la vez Sturla era capaz de tomar el volante y aparecer, súbitamente, en Jardines del Hipódromo o el barrio Cuarenta Semanas. Hasta que un día una madre desesperada le pidió que fuera a visitar a su hijo recluido en el penal de Libertad. A la entrada, la custodia le ordenó: “Padre, desnúdese”. A la vuelta Sturla no ocultó a sus pares la impresión que le había causado la orden de la guardia. Pero nunca dejó de ir. Es más: luego agregó el Comcar a su recorrido por los bordes de la sociedad. En sus continuas visitas a las cárceles sedimentó su opinión sobre la baja de la edad de imputabilidad, un juicio que en plena campaña electoral no pasó desapercibido.

Y es que, por su apellido, a Sturla se lo suele asociar con el Partido Nacional. De hecho, a la misa de su proclamación como nuevo obispo auxiliar de Montevideo asistió la máxima dirigencia de esa colectividad política, ocupando las primeras filas. También había colorados y frenteamplistas, pero los nacionalistas se sintieron en estado de gracia. Atisbaban en él la esperanza blanca, presumiendo que su influencia renovaría a una Iglesia que, en cualquier caso, sería adversaria al oficialismo. Pero al mismo tiempo no fueron pocos los frenteamplistas que, en espejo, celebraron a voz en cuello el advenimiento de un arzobispo criollo. Los comunistas, sin ir más lejos, se entusiasman con una posible reencarnación de aquella relación de cercanía que en el preludio de la dictadura supieron tener con monseñor Par- teli. Las dos tribunas de la política autóctona celebraron al unísono haber conseguido un aliado dotado de capital simbólico. Pero quizá tampoco sea exacto que Sturla juegue explícitamente para uno de ellos: hace tiempo que en el centro de ex alumnos salesianos el arzobispo reúne a jóvenes de todos los partidos políticos para hablar de fe y política. Su reunión con José Mujica -algo a lo que formalmente no estaba obligado- denota capacidad de diálogo, una virtud que el nuevo jefe de la grey quiere imprimir a su mandato. Antecedida por un guiño al presidente -su “ejemplo de austeridad” es “estupendo ”, dijo en declaraciones al semanario Búsqueda-, la cita se inscribe en una nueva lógica.

LA ESCUELA DE LA CALLE. Si es fiel al estilo que lo ha caracterizado, Sturla no producirá hechos espectaculares. Tomará decisiones. Buscará, en consonancia con los lineamientos del nuevo papa, que las ovejas descarriadas vuelvan al rebaño, que los fieles se acerquen nuevamente. Pero todo indica que también apuntará a una forma más colegiada de gobierno, abierta a la participación de la sociedad, reactivando espacios que con Cotugno se habían constreñido. Algunos mensajes ya dio. Empezando por una frase que insinúa horizontalidad: “La Iglesia es la rueda del mate compartido con el mejor cebador”. Decidido a cultivar un lenguaje llano y comprensible para todo el mundo, a imagen y semejanza de los nuevos tiempos que soplan en el Vaticano con el advenimiento del papa Francisco -nombramiento que en su momento celebró con rezos y un prolongado llanto-, Sturla parece decidido a emprender reformas. Para hacerlo, este cura de 54 años con formación en derecho civil, teología, filosofía y ciencias de la educación tiene la “escuela de la calle” montevideana, su caminar en los barrios, su escucha y su capacidad de diálogo. Para muchos esto no alcanza; será insuficiente dada la velocidad de los cambios. Para otros podría ser la forma de sentar las bases para abrir las puertas a la renovación, a otras ideas, otras miradas. Para los más pesimistas será la manera de cambiar algo, de manera superficial, para que todo quede como está. Habrá que analizar cada nombramiento, cada gesto, cada decisión, para saber. Y aun, para creer.