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Noticeu El Arzobispo de Montevideo animó a los jóvenes a ser reflejos de la luz y el calor que vienen de Dios

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El Arzobispo de Montevideo, Mons. Daniel Sturla, invitó a los 600 jóvenes que participaron, el Domingo 7,  de la 36ª Jornada Nacional de la Juventud en Montevideo, a ser reflejos de la luz y del calor “que viene de Dios” y, por lo tanto, “manantiales que no se agotan porque están unidos a la fuente inagotable del amor de Dios”.

Tras reconocer el loable servicio que prestan muchos grupos de jóvenes católicos en busca de dignificar la vida de tantos excluidos,  el Arzobispo les advirtió que todo lo que hacen no sirve de nada si no “saben unir el amor que entregan en tantas actividades, al Amor que da sentido a todo lo que hacemos, que es Jesús”. “Porque el amor nuestro se agota Entonces se nos puede agotar el amor si no estamos unidos a aquel que es el Amor inagotable, aquel que es la fuente del Amor,  la fuente de la verdadera Vida, ¡y ese es Jesucristo, el Señor!”, puntualizó. “Haciendo todo lo que hacemos, y amando a Jesús, ahí sí nos transformamos en esa luz que es capaz de disipar toda oscuridad y toda tiniebla, que es capaz de devolver la dignidad perdida al otro, no sólo porque lo trato bien, no sólo porque encuentra también a Dios”, destacó Mons. Sturla.

El Arzobispo invitó a los jóvenes a ser como “la luna que refleja una luz que no es propia, y que ahí encuentra su gozo!”. “Todos nos hacemos reflejo del amor inagotable de Dios, y somos no soles que iluminan por sí mismos, sino luna llena, como decían los padres de la Iglesia que tenía que ser la Iglesia. La luna no tiene luz propia; refleja la luz del sol. Y esa es su alegría, poder reflejar una luz más grande”, enfatizó.

 HOMILÍA DEL ARZOBISPO DE MONTEVIDEO EN LA 36ª JORNADA NACIONAL DE LA JUVENTUD

Este viernes pasado se celebraba la memoria litúrgica, la fiesta de Madre Teresa de Calcuta. Entonces me invitaron las Hermanas Misioneras de la Caridad a ir a celebrar la misa al Hogar de Ancianas que tienen allí en el barrio Borro, allí, detrás de los Palomares. El día anterior me llamaron y me dijeron: “monseñor, ¿no tendrá problema? Hay una señora que quiere bautizarse, confirmarse y tomar la primera comunión”… Porque cuando uno lo hace de adulto… ¡todos los sacramentos juntos! “No, ¡ningún problema!”, les dije.

Allí me fui el viernes contento de tener que bautizar a un adulto. Y cuando voy de camino, en las últimas cuadras, veo jóvenes que iban para allí. “Ustedes tienen pinta de ser de Castores…”, les dije. “Sí”, me contestaron. Bueno, es que otras veces me los he encontrado en ese lugar… Y cuando llego a la casa de las Misioneras de Madre Teresa, entro, y veo a dos muchachos que yo conocía de un grupo de los que salen a dar de comer de noche, del grupo Sembradores. “¿Ustedes acá?” “Claro” –me dicen- “porque la que vas a bautizar es una señora que hasta hace un año estaba en la calle. ¡Y estuvo treinta años en la calle!”.

Ahí en breve me empezaron a contar algunas cosas y después me enteré de algo más. Una señora que andaba con el pelo largo, largo, largo y todo sucio, sucio… y que vivía entre cartones, y que vivía rodeada de ratas, y con gatos y que había costado mucho poder entrar en contacto con ella. Era imposible la vida que llevaba, pero si le hablaban se escapaba o los echaba. Pero al final fueron haciendo camino, y una vez fueron con una hermana de la Caridad a visitarla, y otra vez…, y al final, aceptó. “¿Cómo te llamás?”. “María”. Cuando después quisieron sacarle los documentos no aparecía una María con la edad de ella, hasta que, por las huellas dactilares, pudieron obtener su identidad. Ni siquiera se llamaba María, tenía otro nombre.

Y esta persona ahora estaba limpita, pelo corto, una linda mujer, mayor, y hacía un año estaba sin identidad, sin saber ni cómo se llamaba, abandonada, dejada de todos, mirada de costado. Estos jóvenes fueron capaces de hacer diálogo, de hacer contacto, de llevarla. El bautismo, la confirmación, la primera comunión, la presentación a la Virgen Santísima, como es la tradición cristiana con los recién bautizados, ¡estuvo precioso! Después me contaron que la noche en que finalmente lograron que María fuera al Hogar, se quedaron Chespi –que quizá muchos conocen, y que es de ese grupo de Luceros, y dos de los jóvenes…- se quedaron allí, haciendo guardia…, no sabían qué podía pasar, capaz que en algún momento… Y ahora es –me decían las hermanas- de las que más colabora. Y después de la misa había una fiestita, y yo fui al comedor de las ancianitas. Ella estaba ayudando. Y me decían las otras viejitas: “¡qué buena compañera que es María, qué buena que es, cómo ayuda!”.

¡Se imaginan qué notable esto! Darle dignidad, identidad… pero darle lo más grande que tenemos: hacerla, por el bautismo, hija de Dios, miembro pleno de la Iglesia. Darle el gozo más grande, que es poder estar en comunión con Jesús.

Acá entre ustedes, hay cantidad de chicos, chicas, que hacen montañas de cosas buenas. De hecho en los talleres había dos de los grupos que salen a hacer esto mismo, no solamente a dar de comer, a rezar con la gente, a darles un abrazo, a decirles que tienen una vida digna.

Y había también un taller de oración, precioso, y había taller de música… Y muchos de ustedes son animadores de oratorio, o dan catequesis, o hacen misiones… Hubo misiones a fin de año, siempre hay en el verano, también en el invierno… Misiones, acá en Montevideo, el Pachacutí por todo el interior que hicieron los jesuitas, y otros… es decir, cantidad de acciones a través de las cuales se manifiesta el amor de Dios. “La plenitud de la ley es el amor” decía la segunda lectura, ¡fantástico!

Pero miren, todo esto no les sirve de nada, no les sirve de nada a ustedes si no saben unir el amor que entregan en tantas actividades, al Amor que da sentido a todo lo que hacemos, que es Jesús. Porque el amor nuestro se agota. No sé si recuerdan la Jornada de Maldonado; había habido un paro de distribución de combustible. Muchos de los que fuimos tuvimos problema para cargar la nafta.  Bueno, con nuestro amor pasa eso. Llega un momento en que se nos agota, y a veces, todas estas cosas buenas que hacemos puede ser que nuestros padres y abuelos las hubieran hecho… “Ah, cuando yo era joven…” ¿Y ahora qué? Entonces se nos puede agotar el amor si no estamos unidos a aquel que es el Amor inagotable, aquel que es la fuente del Amor,  la fuente de la verdadera Vida, ¡y ese es Jesucristo, el Señor!

Me encantó escuchar hoy las referencias a Jesús: “es por él que salimos de noche a dar de comer; es por él que atendemos chicos en un oratorio o en un hospital, o que recorremos tantos barrios, es por él que hacemos misiones o damos catequesis, es por él que hacemos tantas y tantas cosas… Por eso tenemos que decírselo: Jesús, te amamos, te amamos a ti, y te encontramos a ti en aquellos más pobres, que más necesitan. El padre Cacho…, ¿saben quién fue? Fue un sacerdote que se metió en un barrio… no porque quería servir a los pobres, quería ir a encontrar a Cristo. Y allí encontró a Cristo.

Ojalá que todo lo que hagamos nosotros esté movido por este amor, este Amor inagotable, capaz de llenar el corazón y de ser una fuente de gozo y de alegría que nada ni nadie nos podrá quitar, ¡el amor de Jesús! Y haciendo todo lo que hacemos, y amando a Jesús, ahí sí nos transformamos en esa luz que es capaz de disipar toda oscuridad y toda tiniebla, que es capaz de devolver la dignidad perdida al otro, no sólo porque lo trato bien, no sólo porque encuentra un amor humano, sino porque encuentra también a Dios.

Entonces nosotros todos nos hacemos reflejo del amor inagotable de Dios, y somos no soles que iluminan por sí mismos, sino luna llena, como decían los padres de la Iglesia que tenía que ser la Iglesia. La luna no tiene luz propia; refleja la luz del sol. Y esa es su alegría, poder reflejar una luz más grande. ¡Ojalá que esta pueda ser también nuestra alegría! ¡Mira qué regalo que Dios me ha hecho, qué regalo me hace el Señor que puedo ser como la luna que refleja una luz que no es propia, y que ahí encuentra su gozo! Entonces, queridos, que podamos ser así, reflejos de esa luz y de ese calor que viene de Dios, y por lo  tanto, manantiales que no se agotan porque están unidos a la fuente inagotable del amor de Dios.

Seguimos nuestra eucaristía en este Santuario donde generaciones de uruguayos han venido a adorar al Señor, a adorar al Santísimo. ¿Ven aquella custodia enorme que está allí? Ahí se pone la hostia grande y así miles de jóvenes de este país han adorado a Jesús, y hoy también lo siguen haciendo. Y los primeros jueves de mes los jóvenes son invitados a adorar al Señor en este Santuario. Ese Jesús que vemos en los pobres y en los que sufren, lo vemos ahora en la hostia santa. Y el Señor nos invita a comulgar, a recibirlo a él, y recibiéndolo a él, a recibir esa fuerza y esa alegría que sólo Jesús puede dar.

 

 Fuente: Quincenario «Entre Todos» Nº 338