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La Iglesia en los medios Educación: nadie quiere lidiar con los peores

EL OBSERVADOR |

La experiencia de los liceos públicos de iniciativa privada apelan a la discriminación positiva, tan defendida por sectores de la izquierda

+ Gabriel Pereyra @gabrielhpereyra

Durante el gobierno pasado se avanzó un montón en leyes que ampliaron los horizontes de libertad de la gente, sobre todo de aquellos considerados “diferentes”. Por eso cobró tanta fuerza el discurso que reivindicaba el respeto por la diversidad. La igualdad es un valor generalmente loable, deseable, pero hay ocasiones (como ocurre con todos los valores) que se convierte en algo negativo.Hay quienes en políticas sociales (la educación creo que es una de ellas) apelan a la llamada discriminación positiva, según Wikipedia: “El término que se da a una acción que, a diferencia de la discriminación negativa, pretende establecer políticas que dan a un determinado grupo social, étnico, minoritario o que históricamente haya sufrido discriminación a causa de injusticias sociales, un trato preferencial en el acceso o distribución de ciertos recursos o servicios”

.Tratar desigual a los desiguales es admitir la existencia de la diversidad, y lo diverso es contrario a igualar.El debate que se ha generado acerca de cuán positivas son las iniciativas de liceos públicos de iniciativa privada como El Jubilar o el Impulso de Casavalle, se puede encarar desde diversas ópticas. Una puede ser esta. La del respeto a la diversidad.Los detractores, y en particular algunas autoridades de la educación, enfatizan en que esos centros hacen una selección. O sea, hacen una discriminación: entran aquellos que se comprometen a aprovechar la posibilidad que le dan y que los padres se comprometan con la educación de sus hijos.Seguramente son bastante más los que cumplirían estas exigencias que los que finalmente ingresan, pero aún así deben ser una minoría, ya no en Casavalle, sino en muchos barrios de Montevideo, y no solo de la periferia.

¿Cuántos muchachos ingresan hoy con un compromiso de que el dinero que alguien –el Estado o una empresa o un señor- puso para que él estudie estará bien aprovechado, que no va a faltar, que respetará las normas mínimas de convivencia?¿Cuántos padres se molestarían en ir con sus hijos hasta el centro de estudios para dar la cara y decir que como el estudiante, su hijo, es un menor de edad, ellos son responsables, no solo de que se alimente, se bañe y no robe, sino también de que estudie?Quienes defienden la discriminación positiva deberían valorar estas experiencias que le permiten a una minoría salvarse de liceos que son un caos, donde ingresan en la lotería de que les toque un buen docente y que los que están agremiados no los usen de rehenes para dirimir sus problemas ideológicos con el gobierno de turno.¡Ah bueno, pero esos liceos se quedan con lo mejorcito y el resto tiene que bancarlo el Estado! Y sí, ¿no es que el Estado es el escudo de los más débiles? En el fondo tienen la misma actitud que estos nuevos centros -no quieren quedarse con los peores- aunque el Estado tenga obligaciones que el resto no.Seguro que muchos de quienes se oponen a estas iniciativas tienen un fundamento técnico respetable, pero me reservo el derecho a sospechar que algunos lo que quieren es ponerle peros a su obligación, existan o no estos liceos, de sacar a los más desprotegidos de la profunda ignorancia y desidia que generaron décadas de olvido y desprecio por la enseñanza pública.