Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Viernes Santo.

TRIDUO PASCUAL DE LA PASIÓN

Y RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

25 de marzo 2016

 

Jesús muere en la Cruz

[Cimahue 1302]

 

 

Introducción

 

0.1.- Queridos hermanos y hermanas

No quiero añadir muchas palabras. En esta noche debe permanecer sólo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva.

Queridos hermanos, la palabra de la Cruz es también la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús. Esta noche hemos escuchado el testimonio de nuestros hermanos del Líbano: son ellos que han compuesto estas hermosas meditaciones y oraciones. Les agradecemos de corazón este servicio y sobre todo el testimonio que nos dan. Lo hemos visto cuando el Papa Benedicto fue al Líbano: hemos visto la belleza y la fuerza de la comunión de los cristianos de aquella Tierra y de la mistad de tantos hermanos musulmanes y muchos otros. Ha sido un signo para Oriente Medio y para el mundo entero: un signo de esperanza.

Continuemos este Vía Crucis en la vida de cada día. Caminemos juntos por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús, que nos ama tanto. Es todo amor[1].

 

0.2.- Tanto en el Gólgota como en Getsemaní, Dios experimenta humanamente la ausencia de Dios, el silencio de Dios, y también experimenta esa sed febril y vacía, que en la actualidad, todos nosotros bien conocemos. En el Gólgota como en Getsemaní, entre el Hijo y el Padre, entre Dios y Dios, se eleva algo así como un muro opaco, la angustia del hombre, su soledad, su desesperado orgullo y la sed de aquel que, al mismo tiempo, se aísla y muere. En el Gólgota como en Getsemaní es como si Dios tomara partido a favor del hombre y contra Dios, como si Dios fuera, paradojalmente, ateo.

Pero en ese instante, para ti y para mí, para todos nosotros, por poco que se abra nuestro corazón, ese viejo, angustiado y rebelde corazón, la voluntad humana de Jesús se abandona con infinita confianza a la voluntad del Padre. En ese mismo instante, en esa obediencia soberanamente libre, queda al desnudo la tragedia de nuestra libertad. En el Huerto de los Olivos la oración de Jesús se corona con un “tú” lleno de amor, al final de la torturada y sufrida frase que termina por ser totalmente confiada: No lo que yo quiero, sino lo que quieres. Y en el Calvario, Jesús crucificado se entrega confiadamente al Padre: Padre, a tus manos entrego mi espíritu. Y terminándolo de decir, expiró.

Y todo se revierte. Todo el sufrimiento y toda la desesperación humana, que se interponían entre Dios y Dios, son asumidos y como consumidos en la unidad del Padre y del Hijo: el infierno y la muerte son devorados, como una ridícula gota de odio en la concavidad de fuego de la divinidad. La muerte cambia de signo, se convierte en una etapa de una metamorfosis, las puertas del infierno se hacen trizas y la luz del Tabor allí penetra. Del corazón traspasado de Jesús, brotan el agua y la sangre, transidos por el Espíritu; el agua del bautismo y la sangre de la Eucaristía. Porque son tres los que dan testimonio: el agua, el Espíritu y la sangre, y los tres dan un testimonio unánime.

De ahora en más, la Vida, la luz y el Aliento provienen no de un Dios exterior, extraño, como demasiado pleno y demasiado pesado que nos aplastaría, sino de un Dios crucificado, para siempre presente en nuestro infierno interior, en ese espesor asfixiante, de horrores, de angustias en nosotros y entre nosotros, y el infierno se transforma en Iglesia. La luz de la Vida brota de este Dios ahuecado por el amor, para que el otro sea. El Inocente se deja asesinar para ofrecer la vida a los asesinos. Nadie queda excluido, puesto que Dios se nos junta en la peor de las exclusiones. ¡Más bajo y más hondo que nuestra vergüenza y nuestro desespero, no está ya la nada, sino el Crucificado cuyos brazos están siempre abiertos! Para salvarnos de la nada, Dios se anonada en su locura de amor, no perdiendo su divinidad, sino mostrándonos lo que verdaderamente es una locura de amor.

Tantas veces estamos tentados de abandonarnos a la desesperación, tantas otras de dejarnos caer en el vacío, disolviéndonos en la nada. Brotan entonces de nuestros labios las palabras del salmo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y él está ahí, más cercano a nosotros que nosotros mismos. Basta que en él, con él y guiados por él susurremos, como niños extraviados: Padre, a tus manos entrego mi espíritu. ¡Y entonces una vida que sube de más allá de nuestra vida-muerta nos invade. El velo del templo se rasga, salimos de nuestras tumbas y entramos en la ciudad, resucitados![2]

 

 

De una meditación para el Viernes Santo

del trapense Christian de Chergé,

“testigo de la fe”, asesinado en Argelia,

junto con sus compañeros monjes

 

El Varón de dolores

 

El [canto de los salmos del] gran Hallel se concluye mientras se va de camino hacia Getsemaní; al apurar hasta el fondo el cáliz compartido Jesús saboreará la amarga borra que se halla en el fondo de la copa. Afuera reinan las tinieblas de la noche…, la más larga noche de la historia, [noche] de la tristeza por el pecado, [noche] por la obtusa torpeza del pecador.

Los discípulos se adormecen, como en cada anochecer. En el silencio del Padre, solamente velan el Hijo bien amado y el hijo de la perdición. Aparejado por esta hora en oración, atravesada por la sangre y por el fuego, el Hijo del Hombre se prepara para recibir el beso de Adán. Para que esta hora pueda perdurar hasta la consumación de los siglos, es necesario que se cumpla toda entera esta “Pascua tan deseada”, es necesario que el Sacerdote sea al mismo tiempo el Cordero para el sacrificio.

En las tinieblas se vislumbran algunas antorchas acercándose, pero la Luz del mundo las ha precedido. Muy pronto se hará de día y brillará la Luz sin ocaso… Del Sanedrín al pretorio, del Empedrado del Gábata al Gólgota, de estación en estación, es esta la postrera peregrinación del Mesías atravesando esta ciudad que sólo existe para él, en medio de esta Pascua instituida en honor suyo.

Sus jueces se condenan a sí mismos ultrajando sus juicios: Caifás se escandaliza, Herodes se divierte, Pilato se desentiende; uno de ellos se lava las manos, los otros suponen que las tienen limpias.

La muchedumbre que lo ha entronizado solemnemente, lo escolta ahora “fuera de los muros”. Le bastó con cambiar de estribillo: ayer era “Hosanna” y hoy “Crucifícalo”. Y las piedras del camino continúan mudas, porque así estaba escrito de ellas.

Todo comenzó en un comedero de animales, allí el recién nacido abría los brazos en cruz para recibir a todos, en la lobreguez del Calvario, con total libertad, el Hombre nuevo vuelve a abrirlos para darlo todo: Padre, en tus manos entrego mi espíritu.

Concluyen de este modo “los asuntos del Padre” [de los que debía ocuparse], concluyen de la misma forma que comenzaron, en la obediencia. Llegada al final de su carrera, a la Palabra que buscó abrirse camino para llegar a todos los corazones, sólo le queda un grito para abrir a todos, el corazón de Dios

Los curiosos que pasan presienten una estabilidad nueva e inusitada que [si bien] los atrae, [por otro lado] se les escapa: uno de los crucificados permanece anclado en el pasado ya crucificado; para el otro se entreabren las puertas del Reino.

Al pie de la Cruz la Iglesia toma la posta: “Stabat Mater”.

Truenos y terremotos… “el Varón de dolores” permanece erguido, clavado en el cielo, como el ancla en la orilla.

Brota el agua, el soldado ha abierto el costado, después los ojos se cierran. En la sangre que corre, María vuelve a contemplar Caná y su vino, -¡el mejor!-, guardado hasta el final. Llegó la Hora de la muerte de su Hijo, la de las bodas de la muerte y de la Vida. El sepulcro está sellado. Dios habita la muerte. Pero en el corazón abierto de su Madre habita, desde ya, la esperanza, habita la Vida.

 

 

A modo de pequeña nota bíblica

 

La liturgia nos propone el relato completo de la pasión según san Juan. Una de las características del Jesús joánico durante la pasión es la de la soberanía. Jesús se presenta como el hombre libre que camina hacia su muerte con plena conciencia. La cruz no lo agarra desprevenido. Habría podido escapar, pero se deja atar porque da su vida para que todos tengan vida (Jn 18,1-19,42).

El profeta Isaías en la 1ª lectura (52,13-53,12) nos habla del servidor sufriente. Desfigurado el servidor es despreciado, abandonado por todos. Es condenado a la muerte. Ahora bien, no era culpable, nos dice Isaías. Al contrario, es a causa de nuestras faltas como ha llegado a esta situación. Pero lo que aparecía como un oprobio se ha convertido en una exaltación. Será elevado. Cuando su vida parecía acabar en un fracaso y en soledad, llevaba el pecado de las muchedumbres. Su vida da fruto, verá su descendencia. Será colmado.

Los primeros cristianos leyeron la pasión de Jesús a través de esta figura profética (del servidor). Así el cuarto evangelio muestra perfectamente cómo la muerte de Jesús en la cruz no es un fracaso, sino el lugar de la elevación y la glorificación. De forma semejante la carta a los Hebreos (2ª lectura: Heb 4,14-16; 5,7-9) habla de los sufrimientos de Jesús, que conoció la prueba cuando resulta que no había pecado. Se convierte así en la salvación eterna para todos los que le obedecen[3]

 

 

CRUCIFIXIÓN Y SEPULTURA DE JESÚS: PALABRA Y ACONTECIMIENTO EN EL RELATO DE LA PASIÓN

 

Los cuatro evangelistas nos hablan de las horas en las que Jesús sufre y muere en la cruz. Concuerdan en lo esencial del acontecimiento, pero con matices diferentes en los detalles. Lo singular en estas narraciones es que están llenas de alusiones y citas del Antiguo Testamento: la Palabra de Dios y el acontecimiento se compenetran mutuamente. Los hechos, por decirlo así, están repletos de palabra, de sentido; y también viceversa: lo que hasta ahora había sido sólo palabra —a veces palabra incomprensible— se hace realidad, y sólo así se abre a la comprensión.

Tras este modo particular de narrar hay un proceso de aprendizaje de la Iglesia naciente, y que ha sido determinante para que ésta llegara a formarse. En un primer momento, el que Jesús acabara en la cruz era sencillamente un hecho irracional que ponía en cuestión todo su anuncio y el conjunto de su propia figura. El relato sobre los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35) describe el camino que hicieron juntos, su conversación en la búsqueda común, como un proceso en el que la oscuridad de las almas se va aclarando poco a poco gracias al acompañamiento de Jesús (cf. v. 15). Aparece con claridad que Moisés y los Profetas, que “toda la Escritura”, habían hablado de los acontecimientos de esta Pasión (cf. v. 26s): lo “absurdo” manifiesta ahora su más profundo significado. En el acontecimiento aparentemente sin sentido se ha abierto en realidad el verdadero sentido del camino humano; el sentido ha conseguido la victoria sobre el poder de la destrucción y del mal.

Lo que aquí se resume, en un largo coloquio de Jesús con dos discípulos, fue para la Iglesia naciente todo un proceso de búsqueda y maduración. A la luz de la resurrección, a la luz del don de un nuevo caminar en comunión con el Señor, se tuvo que aprender a leer el Antiguo Testamento de modo nuevo: «En efecto, nadie se había esperado un final del Mesías en cruz. O quizás, ¿se habían solamente ignorado hasta aquel momento las correspondientes alusiones en la Sagrada Escritura?» (Reiser, Bibelkritik, p. 332). No fueron las palabras de la Escritura lo que suscitó la narración de los hechos, sino que los hechos, en un primer momento incomprensibles, llevaron a una nueva comprensión de la Escritura.

Así, la concordancia que se encuentra entre hecho y palabra no solamente determina la estructura de los relatos del acontecimiento de la Pasión (y de los evangelios en general), sino que es constitutiva para la misma fe cristiana. Sin ella no se puede entender el desarrollo de la Iglesia, cuyo mensaje recibió, y recibe todavía, su credibilidad y su relevancia histórica precisamente de esta trabazón entre sentido e historia: donde este lazo se deshace, se disipa la misma estructura básica de la fe cristiana.

En la narración de la Pasión se encuentran intercaladas múltiples alusiones a textos veterotestamentarios. Dos de ellos son de fundamental importancia, porque abrazan e iluminan teológicamente, por decirlo así, todo el arco del acontecimiento de la Pasión: son el Salmo 22 e Isaías 53. Echemos por tanto ya desde ahora una rápida mirada sobre estos dos textos, que son básicos para la unidad entre palabra de la Escritura (Antiguo Testamento) y acontecimiento de Cristo (Nuevo Testamento). El Salmo 22 es el gran grito angustiado del Israel que sufre al Dios que aparentemente permanece en silencio. La palabra «gritar», que después tiene una importancia central en el relato sobre Jesús en la cruz, sobre todo en Marcos, caracteriza, por decirlo así, el tono de este Salmo. Comienza inmediatamente diciendo: «A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza». En los vv. 3 y 6 se sigue hablando de este gritar. Se deja oír toda la pena de quien sufre ante el Dios aparentemente ausente. Aquí ya no basta un simple llamar o implorar. En la extrema angustia, la oración se convierte necesariamente en un clamor.

Los versículos 7-9 hablan del escarnio que circunda al orante. Este escarnio se convierte en un desafío a Dios y, así, en una afrenta todavía mayor al desdichado: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere». El sufrimiento indefenso es interpretado como prueba de que Dios no ama verdaderamente al afligido. El versículo 19 habla del echar a suertes sus vestidos, como ocurrió de hecho a los pies de la cruz.

Pero el grito de angustia se transforma después en una profesión de confianza, más aún, en tres versículos se anticipa y se celebra la gran acogida que ha obtenido. Ante todo: «Él es mi alabanza en la gran asamblea, cumpliré mis votos delante de sus fieles» (v. 26). La Iglesia naciente es consciente de ser la gran asamblea en la que se celebra la acogida de quien implora, su salvación: la resurrección. Siguen después otros dos elementos sorprendentes. La salvación no se limita solamente al orante, sino que se convierte en un «saciar a los desvalidos» (v. 27). Y, más aún: «Volverán al Señor hasta de los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos» (v. 28).

¿Cómo podía la Iglesia naciente dejar de intuir en estos versículos, por un lado, el misterioso banquete nuevo, el «saciar a los desvalidos», que el Señor le había dado en la Eucaristía? Y, por otro, ¿cómo no ver allí el acontecimiento insospechado de la conversión de los pueblos del mundo al Dios de Israel, al Dios de Jesucristo; es decir, que la Iglesia se formaba con gente de todos los pueblos? La Eucaristía (la alabanza: v. 26; el saciar: v. 27) y el universalismo de la salvación (v. 28) aparecen como la gran acogida de Dios, que responde al grito de Jesús. Es importante tener siempre presente la amplia gama de acontecimientos contenidos en este Salmo para entender por qué tiene un papel tan central en la narración de la cruz[4].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron.

¡Conducen a la muerte precisamente al Autor de la vida! Pero su pasión, que tenía por meta nuestra salvación, acabaría por tener —por virtud divina y gracias a un designio providencial que supera con mucho nuestra comprensión— un resultado diametralmente opuesto al que imaginaban los judíos. En realidad, la pasión de Cristo era algo así como un lazo tendido al poder de la muerte, ya que la muerte del Señor era el principio y la fuente de la incorruptibilidad y de la novedad de vida.

Mientras, avanza él llevando sobre sus espaldas aquel madero sobre el cual iba a ser crucificado, condenado ya a la pena capital, aunque siendo completamente inocente. ¡Y eso por nuestra causa! Realmente tomó sobre sí las penas con que la justicia que procede de la ley conmina a los pecadores, haciéndose por nosotros un maldito, porque dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un árbol». Y los malditos éramos todos nosotros, nosotros que nos negábamos a obedecer a la ley divina. En realidad, todos habíamos pecado mucho. Y por nuestros pecados fue tenido por maldito quien no conoció el pecado, para liberarnos de la antigua maldición. Bastaba, en efecto, que por todos padeciera uno solo, el cual, siendo Dios, está por encima de todos: con la muerte de su cuerpo, procuró la salvación de todos los hombres.

Cristo, pues, llevó la cruz que ciertamente merecíamos nosotros, no él, si tenemos en cuenta la condena de la ley. De hecho, así como anduvo entre los muertos no por él sino por nosotros, para reconducirnos a la vida eterna, una vez destruido el imperio de la muerte, así también cargó con la cruz que nos correspondía a nosotros, condenando en sí mismo la condena derivada de la ley. Por lo cual, en lo sucesivo todos los inicuos pondrán punto en boca, como cantamos en el salmo 106,42, porque el inocente ha sido muerto por los pecados de todos.

Más aún: de este comportamiento de Cristo podemos sacar motivos bastantes para estimularnos a emprender con mayor decisión la vida de santidad. No llegaremos efectivamente a la perfección y a la total unión con Dios, sino anteponiendo su amor a la vida terrena y proponiéndonos luchar animosamente por la verdad, tal como nos exhortan incluso las circunstancias actuales.

Bellamente lo expresó nuestro Señor Jesucristo: El que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. En efecto, tomar la cruz significa —según creo— ni más ni menos que renunciar al mundo por él y posponer —llegada la ocasión— la vida corporal a los bienes que esperamos, desde el momento en que nuestro Señor Jesucristo no se avergüenza de llevar la cruz, nuestra cruz, y de sufrir por amor nuestro.

Por consiguiente, los que siguen a Cristo están también con él crucificados: muriendo a su antigua conducta, son introducidos en una vida nueva conforme al evangelio. Por eso decía Pablo: Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Y nuevamente, como hablando de sí, dice de todos: Para la ley yo estoy muerto, porque la ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y a los Colosenses les dice: Si moristeis con Cristo a lo elemental del mundo, ¿por qué os sometéis a reglas como si aún vivierais sujetos al mundo? De hecho, la muerte del elemento mundano que hay en nosotros nos introduce en la conversión y en la vida de Cristo[5]

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Palabras al final del Via Crucis en el Coliseo: 29-03-2013

[2] O. Clement, El Crucificado tiene los brazos siempre abiertos, publicado en La Croix del 24 de marzo 1978. Traducido de www.citeaux.fr

[3] B. Escaffre, Evangelio de Jesucristo según san Juan (CB 146), Estella (Navarra) 2009, p. 35. Levemente adaptado.

[4] J. Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, – Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección-, (Traducción de J. Fernando del Río), Buenos Aires-Bogotá-México 2011, pp. 237-241

[5] San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 12: PG 74, 650-654). Cirilo nació en Alejandría en fecha desconocida, en el 403 tomó parte en la destitución de Juan Crisóstomo en el sínodo de la Encina y su inquina hacia Juan la mantuvo, al menos, hasta el 417. Parece haber sido de una crueldad poco refrenada en sus actuaciones contra judíos y novacianos, lo que lo llevó a chocar con Orestes, el prefecto imperial de la ciudad, y explica que se le imputara haber incitado al asesinato de la filósofa pagana Hypatia, despedazada en el 415 en las escalinatas de una iglesia por una turba de cristianos. A partir del 428, en que Nestorio fue consagrado obispo de Constantinopla, se opuso activamente a él, procediendo a contradecir sus tesis en una carta pascual (429). Aquel enfrentamiento, que pronto llevó al de las escuelas respectivas de Alejandría y Constantinopla, impulsó a Nestorio y a Cirilo a solicitar la intervención del papa Celestino. Un sínodo celebrado en Roma (430) condenó a Nestorio a la vez que aprobaba la teología de Cirilo. Ante la postura áspera de éste hacia su contrincante —que amenazaba con provocar el cisma en Oriente— el emperador Teodosio II convocó un concilio en Éfeso (431) en cuya primera sesión Nestorio fue depuesto y excomulgado. Cuatro días más tarde, la llegada de Juan de Antioquía provocó la convocatoria de un nuevo sínodo en el que se depuso y excomulgó a Cirilo. Teodosio, con vistas a evitar un conflicto, optó por declarar depuestos a los dos, encarcelándolos a ambos. Posteriormente permitió que Cirilo regresara a su sede mientras Nestorio marchaba a un monasterio de Antioquía. En su afán de perseguir el nestorianismo, Cirilo estuvo a punto de condenar entre el 438 y el 440 a Teodoro de Mopsuestia, que había sido maestro de Nestorio, si bien se declaró, estando en su lecho de muerte, contrario a tal medida. Falleció en el 444.

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