Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Solemnidad de la Pascua de nuestra Señora

SOLEMNIDAD DE LA PASCUA DE NUESTRA

SEÑORA

15 de agosto 2013

LA DORMICION DE LA MADRE DE DIOS

(Icono de Teófanes de Creta.1546.

Monasterio Stavronikita. Monte Athos. Grecia)

Introducción

 

0.1.- A mediados del mes de agosto, a nueve días de la Transfiguración del Señor, nos vestimos de fiesta para celebrar la Pascua de Nuestra Señora, o, como nuestros hermanos los cristianos de Oriente la llaman: celebramos la Dormición de María, su Pascua. Vemos entonces que la elección del día 15 no es casual, sino que está en relación con la transfiguración, ya que en la asunción celebramos la transfiguración de María, en cuerpo y alma, “divinizada” totalmente como consecuencia de la Pascua de Cristo. En ello María nos es signo y preludio de nuestra propia transfiguración-divinización.

A lo largo del año, los cristianos vamos recorriendo los grandes momentos del caminar de María  como madre de Dios y discípula fiel del Señor. Llegamos hoy a la última etapa: su triunfo definitivo sobre  la muerte y la participación en cuerpo y alma de la gloria de la resurrección  a la que Dios nos llama en Cristo.

Pablo afirma en le segunda lectura que por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto. María, la mujer elegida por Dios para ser madre del Salvador de la humanidad, goza, la primera, de la gloria junto al Hijo de sus entrañas, como preanuncio de la felicidad que los seres humanos anhelamos con esperanza.

 

0.2.- El pueblo creyente, guiado por el sentido de la fe (= sensus fidei), intuyó, desde antiguo, la exaltación de la Virgen María en la Asunción, como queda patente en las obras de arte de las iglesias más recónditas. La declaración del dogma llegaría más tarde, en 1950:

La inmaculada y siempre virgen María, madre de Dios, acabado el curso de su vida terrena, fue asunta (¡Notar el pasivo divino!, fue asunta por Dios) en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Ella ha alcanzado la meta; los discípulos y discípulas de su Hijo seguimos recorriendo el camino. Confiando en su protección maternal y su ayuda, pidamos a María que guíe nuestros pasos en la vida: “Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos” y después de nuestra peregrinación “muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”, rezamos en la Salve.

 

 

Meditación ante el icono de la dormición de María

 

1.1.-La Asunción de la Virgen en tres tiempos.

La primera escena común a todos los iconos es la de la Virgen en su Dormición, revestida de su manto púrpura y con las tres estrellas de su triple virginidad, la Virgen descansa sobre un catafalco cuidadosamente adornado. A su alrededor, un mundo de personajes: ángeles que llevan luces e incienso, los apóstoles reunidos junto al féretro, con la mirada dirigida hacia la Virgen, con una expresión velada de melancolía y de esperanza. Ya al lado de los ángeles y de los apóstoles, una representación de padres y obispos de la Iglesia oriental.

Analizando el icono, algunos descubren las figuras de Pedro, Pablo, Juan y Tomás. Y entre los obispos parecen identificarse por sus nombres personajes legendarios como Dionisio el Areopagita y Timoteo.

En la misma escena otro elemento nos introduce ya en el misterio. En el centro aparece la figura de Cristo resucitado y glorioso. Junto a la línea horizontal, representada por el cuerpo de nuestra Señora, la toda santa, por su vestido purpúreo, aparece la verticalidad solemne y majestuosa de Cristo, el Señor. En sus brazos lleva una criatura vestida de blanco. Es una niña envuelta en pañales. Jesús, el Señor, el Hijo de María, acoge el alma de la Virgen; alma de niña, revestida del color blanco de la divinidad.

Merece la pena que nos detengamos a contemplar este detalle, ya que se constata que la imagen de Cristo que lleva a la Virgen en sus brazos como una niña, es exactamente el revés de la imagen de la Virgen Madre de Dios en el que María lleva en sus brazos al Hijo de Dios como un niño.

La Virgen Madre que lleva a Cristo en sus brazos como un niño, la Theotókos, es la tierra que acoge el cielo, la Madre que da su carne y su sangre al Hijo de Dios, la humanidad que recibe en la tierra la divinidad.

Pero Cristo, que en el icono de la Dormición acoge en sus brazos a la Virgen como una niña, es el cielo que acoge a la tierra, el Hijo que hace a la Madre partícipe de su gloria, la divinidad que recibe en el cielo la humanidad.

Se ha cumplido el misterio. Dios se hace hombre para que el hombre sea Dios. El cielo ha bajado a la tierra para que ésta suba al cielo. La Encarnación es el principio de la Salvación. La Ascensión de Jesús y su lógica continuación en la Asunción de la Virgen es el cumplimiento de las promesas, la profecía de la salvación realizada.

 

1.2.- Hay todavía iconos que se complacen en alargar la escena de la Dormición de la Virgen y de su acogida en el abrazo del Hijo, con lo que podríamos llamar el triunfo y  glorificación de nuestra Señora. En medio de grupos de ángeles, como en coros, se ve a la Virgen elevada al cielo en un círculo de gloria. El círculo es en todo semejante al de la Ascensión del Señor. Se ve a María llevada por los ángeles en volandas. El vestido de la Virgen es blanco, como aparece también en algunos iconos el vestido de Jesús. Con esta escena se traza un paralelismo entre la Ascensión y la Asunción, entre la gloria del Hijo y la Gloria de la Madre, designados a veces con el mismo nombre griego «analepsis».

 

1.3.-María icono de la Iglesia.

María es el icono de la iglesia. A su alrededor, en el símbolo de la Iglesia madre de Sión (el lugar “teológico” de la dormición de la Virgen es Jerusalén) se concentra la iglesia apostólica, la misma que encontramos en los iconos de la Ascensión y de Pentecostés, con las nuevas generaciones de pastores y discípulos del Señor. Los ángeles, (Iglesia del Cielo) están presentes. María es el icono, la figura femenina de esta Iglesia, llamada también a una dormición, a un tránsito glorioso que no deja de ser un paso por la muerte. Acogida en el cielo como criatura, glorificada en María, la Iglesia se contempla en la Virgen. Ella, la Virgen, es ya lo que nosotros seremos. Icono escatológico de la iglesia, certeza de su glorificación, parte del Cuerpo místico de Jesús reintegrado ya en la gloria. Morada de Dios y Jerusalén celestial, Mujer nueva; es la Esposa recibida por el Esposo en la gloria. Maria es la Iglesia glorificada.

La dimensión antropológica de la Asunción es evidente y llena de esperanza. El cuerpo yerto de la Virgen, suavemente orientado hacia lo alto, (…). La Virgen, acogida por Jesús como niña, es el símbolo de la humanidad nueva, de la nueva creación, esperanza de una pascua del universo, de los cielos nuevos y de la tierra nueva. María es tierra pascual, paraíso glorificado, carne transformada, inmortalidad prometida a todos los que en Cristo se dejarán transformar en humanidad nueva ya aquí en la tierra[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO TEOLÓGICO

 

2.1.- APERTURAS (para el misterio de la Asunción) DESDE LA BIBLIA Y DESDE EL JUDAÍSMO.
He aquí—a título de  ejemplo—algunas reflexiones que se han desarrollado a partir de la doctrina bíblico-judía.

2.1.1.- El pensamiento judío sobre el último destino del arca de la alianza.

La asunción es un postulado de la maternidad divina de María, según la carne. Dios no podía permitir la corrupción de aquel cuerpo que fue el arca viviente de su Hijo (ver Jn 1,14 y Gál 4,4). María, Arca de la Alianza: Permítasenos aludir a un tema más bien nuevo sobre esta cuestión. En efecto, parece ser que algo semejante intuyó el pensamiento judío poco antes y poco después de los tiempos de Jesús. El punto de partida lo constituyen los libros bíblicos, cuando hablan del arca de la alianza guardada en el templo de Salomón. El arca, como es sabido, era un templete de madera, dentro del cual estaban guardadas las dos tablas de la Ley que Moisés había recibido del Señor en el monte Sinaí, cuando se estipuló el pacto con el pueblo. En cuanto tal, el arca era considerada como el símbolo privilegiado de la presencia (hebreo: shekinah) de Dios en medio de su pueblo, como consecuencia de la alianza sinaítica.
La Biblia dice que cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, conquistó Jerusalén el año 597 a.C., sacó de allí todos los tesoros del templo de YHVH y los tesoros del palacio real e hizo pedazos todos los objetos de oro que Salomón, rey de Israel, había fabricado para el santuario de YHVH (2Re 24,13; cf 2Crón 36,10). Luego, en el asedio definitivo de 587, el mismo soberano incendió el templo y lo despojó de todos los objetos preciosos que servían al culto (2Re 25,9-17; cf Is 39,6).

¿Qué ocurrió con el arca guardada en el Santo de los Santos?

Muy  probablemente también ella fue saqueada. Sin embargo, sugiere C. Gancho, «se observa una especie de pudoroso respeto en el hecho de no mencionar el arca» entre los objetos profanados y robados.  En una obra más tardía, o sea 2Mac (s. II a.C.), se registra una piadosa tradición que refiere en términos más explícitos estas especulaciones sobre las peripecias que atravesó  el arca después de la destrucción del templo. Atendiendo a un oráculo divino, se dice, el profeta Jeremías se llevó el arca, con el tabernáculo y el altar del incienso; seguido por los deportados, se puso en camino hacia el monte Nebo, desde cuya cima había contemplado Moisés la tierra prometida En la montaña, Jeremías encontró una caverna, y depositó allí los objetos traídos del templo, tapando la entrada. Algunos de los que le habían seguido  volvieron para rastrear el camino, pero no lograron encontrarlo. Cuando se enteró de ello, el  profeta se lo reprochó diciendo: Ese lugar quedará ignorado hasta que Dios realice la  reunión de su pueblo y tenga misericordia de él. Entonces el Señor descubrirá todo esto y se manifestará la gloria del Señor y la nube, como se manifestó en tiempos de Moisés y como cuando Salomón oró para que el templo fuese gloriosamente santificado (2Mac 2,4-8).

En el Apocalipsis de Baruc 6,1-10 (apócrifo de finales del  siglo 1º a.C.) leemos que fue un ángel enviado por Dios el que se llevó aquellos objetos sagrados, confiándoselos a un lugar escondido de la tierra, antes de que los babilonios derribasen el templo.

(…)

El Apocalipsis parece recoger un eco de esta tradición cuando escribe: Entonces se abrió el templo de Dios, el que está en el cielo, y se vio en su templo el arca de su alianza (Ap 11,19).

De todas las voces que aquí hemos recogido se puede formular la siguiente conclusión, a titulo de hipótesis:

El arca, como signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, es incorruptible. Efectivamente, la alianza de Dios con Israel es eterna. Por eso el arca no puede perecer. Incluso después de la destrucción de Jerusalén y del templo, el Señor  cuida de ella hasta llegar a guardarla consigo en el cielo.

 

Fabulaciones ingeniosas, se dirá. Sin embargo, incluso a través de estos recursos del lenguaje humano Dios iba preparando a su pueblo para la comprensión de la figura de María. En adelante, ella habría de ser el arca de la alianza nueva y eterna de Dios con la humanidad. Con la asunción, según dice el profeta (Is 60,13, Vulgata), Dios glorifica el lugar en donde se apoyaron sus pies.

 

2.1.2.- Asunción: consecuencia de la unión perfecta de María con su Hijo.

La asunción es el efecto pleno de la unión de María con el Hijo en el orden de la fe. En la misa del 15 de agosto, antes de 1950, se leía Lc 10,38-42, que presenta a Jesús acogido en casa de Marta y de María. Marta está totalmente ocupada en las tareas domésticas, mientras que María está escuchando la palabra de Jesús, sentada a sus pies. Y Jesús dice: Marta, Marta, tú te preocupas y te apuras por muchas cosas y sólo es necesaria una. María ha escogido la parte mejor, que no se le quitará. Había una clara intención en la elección de este pasaje. María, la hermana de Lázaro, totalmente entregada a escuchar al Señor, es figura de María, la madre del Señor, abierta siempre a la escucha-obediencia a la palabra de Dios. Precisamente por haber acogido en todo momento esta palabra, María fue asunta al cielo, o sea, fue acogida ella misma por el Hijo en aquel lugar que él nos ha preparado con su muerte y resurrección: Voy a prepararles un lugar; y cuando me vaya y se lo haya preparado, volveré otra vez y los tomaré conmigo, para que, donde yo estoy, estén también ustedes (Jn 14,2-3). Por tanto, la asunción nos remite al misterio pascual. ¿Por qué resucitó Jesús? La Escritura responde que la resurrección —tanto de Jesús como de sus discípulos— no es un fenómeno puramente determinista, es decir, regulado por leyes químico-biológicas; en su raíz, es la consecuencia de una opción moral. Efectivamente, para Jesús la resurrección fue la respuesta del Padre a su obediencia: Se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo… y en su condición de hombre se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz… Por ello Dios lo exaltó  (Flp 2,7-9). Igualmente, para los cristianos hay resurrección si escuchan la voz del Hijo de Dios y creen en él. Dice así Jesús: En verdad, en verdad os digo que llega la hora, y es ésta, en que los muertos escucharán la voz del Hijo de Dios, y los que la escucharen vivirán… Llegará la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que obraron bien resucitarán para la vida, y los que hicieron el mal resucitarán para la condenación (Jn 5,25-29). Es voluntad de mi Padre que todo el que vea al Hijo y crea en él tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día (Jn 6,40). Y esto es lo que pasó con María. Ella participa de la resurrección de Cristo en cuanto que estuvo perfectamente unida con él, escuchando su palabra y poniéndola en práctica. Su misma maternidad carnal estuvo precedida y se hizo posible por el fiat, es decir, por el asentimiento libre que María prestara al ángel Gabriel cuando le anunció la propuesta que Dios le hacía. Pues bien, la asunción es la epifanía de la transformación tan profunda que la semilla de la palabra divina produjo en María, en la integridad de su persona. Decía Jesús: Mis palabras son espíritu y vida (Jn 6,63).

 

2.1.2.1.- La liturgia actual de la asunción, en la misa de la vigilia, sintetiza oportunamente la dimensión física y moral que María contrajo con Jesús. La primera lectura, sacada de I Crón 15,3-4.15-16; 16,1-2, tiene como tema el arca de la alianza, símbolo profético de la Virgen madre, que llevaría a Dios en su seno como arca de los tiempos nuevos. El paso evangélico de Lc 11,27-28 recoge la alabanza materna que una humilde mujer del pueblo tributó a Jesús: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron! En su respuesta Jesús desplaza el acento de esta bienaventuranza: Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican. Esto quiere decir que María atrajo las complacencias de Dios por haber llevado a Jesús en su corazón más aún que en su seno. Aquí está la raíz de su glorificación junto a su Hijo. Al convertirse en sede de la Sabiduría encarnada, se hizo partícipe de la inmortalidad de la incorrupción: un don, dicen los libros del PT, del que es dispensadora la Sabiduría, es decir, la acogida amorosa hecha a los designios de Dios expresados en las Escrituras (leer Sab 6,17-20; 8,17; Prov 8,35; etc.).

 

2.1.3.- María asunta, imagen de la iglesia futura. María asunta al cielo es la imagen escatológica de la iglesia. La glorificación final de María es una de las «grandes cosas» con las que Dios da señales a su iglesia. Es una prenda de lo que toda la comunidad de los creyentes está llamada a convertirse. Esta relación entre María y la Iglesia, incluso en lo que concierne a la asunción, puede encontrar su fundamento bíblico en las palabras que Jesús dirigió a su madre y a su discípulo amado desde la cruz: He ahí a tu hijo… He ahí a tu madre (Jn 19,26-27a). Con aquel testamento Jesús intentaba dar a María como madre a todos sus discípulos, representados en el discípulo presente junto a la cruz[2].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Hoy es introducida en las regiones sublimes y presentada en el templo celestial la única y santa Virgen, la que con tanto afán cultivó la virginidad, que llegó a poseerla en el mismo grado que el fuego más puro. Pues mientras todas las mujeres la pierden al dar a luz, Ella permaneció virgen antes del parto, en el parto y después del parto.

Hoy el arca viva y sagrada del Dios viviente, la que llevó en su seno a su propio Artífice, descansa en el templo del Señor, templo no edificado por manos humanas. Danza David, abuelo suyo y antepasado de Dios, y con él forman coro los ángeles, aplauden los Arcángeles, celebran las Virtudes, exultan los Principados, las Dominaciones se deleitan, se alegran las Potestades, hacen fiesta los Tronos, los Querubines cantan laudes y pregonan su gloria los Serafines. Y no un honor de poca monta, pues glorifican a la Madre de la gloria.  (…)

Hoy la Virgen, el tesoro de la vida, el abismo de la gracia—no sé  de qué modo expresarlo con mis labios audaces y temblorosos—nos es escondida por una muerte vivificante. Ella, que ha engendrado al destructor de la muerte, la ve acercarse sin  temor, si es que está permitido llamar muerte a esta partida luminosa, llena de vida y santidad. Pues la que ha dado la verdadera Vida al mundo, ¿cómo puede someterse a la muerte?

Pero Ella ha obedecido la ley impuesta por el Señor y, como hija de Adán, sufre la sentencia pronunciada contra el padre. Su Hijo, que es la misma Vida, no la ha rehusado, y por tanto es justo que suceda lo mismo a la Madre del Dios vivo. Mas habiendo dicho Dios, refiriéndose al primer hombre: no sea que extienda ahora su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre (Gen 3, 22), ¿cómo no habrá de vivir eternamente la que engendró al que es la Vida sempiterna e inacabable, aquella Vida que no tuvo inicio ni tendrá fin?

(…) Si el cuerpo santo e incorruptible que Dios, en Ella, había unido a su persona, ha resucitado del sepulcro al tercer día, es justo que también su Madre fuese tomada del sepulcro y se reuniera con su Hijo. Es justo que así como Él había descendido hacia Ella, Ella fuera elevada a un tabernáculo más alto y más precioso, al mismo cielo.

Convenía que la que había dado asilo en su seno al Verbo de Dios, fuera colocada en las divinas moradas de su Hijo; y así como el Señor dijo que El quería estar en compañía de los que pertenecían a su Padre, convenía que la Madre habitase en el palacio de su Hijo, en la morada del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios. Pues si allí está la habitación de todos los que viven en la alegría, ¿en donde habría de encontrarse quien es Causa de nuestra alegría?
Convenía que el cuerpo de la que había guardado una virginidad sin mancha en el alumbramiento, fuera también conservado poco después de la muerte.

Convenía que la que había llevado en su regazo al Creador hecho niño habitase en los tabernáculos divinos.

Convenía que la Esposa elegido por el Padre, viviese en la morada del Cielo.

Convenía que la que contempló a su Hijo en la Cruz, y tuvo su corazón traspasado por el puñal del dolor que no la había herido en el parto, le contemplase, a El mismo, sentado a la derecha del Padre.
Convenía, en fin, que la Madre de Dios poseyese todo lo que poseía el Hijo, y fuese honrada por todas las criaturas
[3].

pmaxalexander@gmail.com


[1] Tomado de: www.elarcadenoe.org/iconos/dormicion.htm  El arca de Noé. España. Complementado y adaptado.

[2] A. Serra, Asunción en: Nuevo Diccionario deMariología, Madrid 1988, pp. 260-261.Adaptado.

[3] San Juan Damasceno, Homilía 2 en la dormición de la Virgen María, 2 y 14. Adaptado de www.mercaba.org Juan Damasceno nació hacia el 650 de una familia noble árabe pero cristiana, estuvo con su padre al servicio de los califas, pero hacia el 700 (fecha discutida) se retiró al monasterio de San Sabas en las cercanías de Jerusalén. Ordenado sacerdote por Juan, patriarca de Jerusalén (705-735), Juan se consagró a la enseñanza, a la predicación y a la composición de sus numerosas obras. Murió en edad avanzada (hacia el 750) y fue muy estimado en la Iglesia bizantina (cf. concilio II de Nicea del 787) y, desde el siglo XII, también en la Iglesia latina. Fue declarado doctor de la Iglesia en 1890. Sus obras, conservadas en una tradición manuscrita muy abundante y traducidas pronto a otras lenguas, abarcan todos los campos de la teología. Tomado de monasterio.org.ar (2005).

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