Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Exaltación de la Santa Cruz.

EXALTACIÓN DE LA  SANTA CRUZ

14 de setiembre 2013

 

 

Monte Nebo: La serpiente de bronce (escultura realizada en metal)[1].

 

 

 

Introducción

 

0.1.- La fiesta de la exaltación de la Cruz es tan importante que interrumpe el normal ciclo de los domingos [en este año 2013 las Misas celebradas el sábado 14 conmemoran este aspecto del Misterio Pascual], y para nuestros hermanos, los cristianos de Oriente, es más importante todavía, es prácticamente una segunda Pascua. La fiesta se originó entre ellos, en Jerusalén, para recordar la consagración de la basílica del Santo Sepulcro en el año 335, en la cual se veneraba el leño, que según venerable tradición, era el de la cruz de Jesús. Cuando en el 630 el emperador Heraclio logró recuperarlo, derrotando a los persas que lo habían sustraído, al recuerdo de la consagración se agregó el de su feliz recuperación. A partir de entonces la fiesta se extendió a la Iglesia latina. A nosotros, los cristianos del hemisferio sur, esta fiesta que cae en las puertas de nuestra primavera, nos brinda una excelente oportunidad de celebrar esta segunda Pascua en un momento en el que la vida rebrota con toda su fuerza y como que ‘resucita’…

 

0.2.- Para comprender adecuadamente la sabiduría de la Cruz es indispensable constatar que el camino de los hombres andaba desencajado, alejado de Dios, incapaz de romper el círculo de pecado. Y sólo el propio Dios podía romper ese círculo infernal. Y el Hijo de Dios se hace hombre, el propio Dios viene a vivir esa débil y confusa situación humana. Y la vive del modo como Dios vive las cosas: como un acto absoluto, pleno, constante, de amor. Vivir así, en este mundo nuestro lleno de mal y de pecado, significa acabar perdiendo. Y Dios pierde, ‘Dios muere’. Pero el círculo se ha roto, la fuerza del pecado no ha podido  con la fuerza del amor, aunque el precio que el Hijo de Dios ha tenido que pagar haya sido el precio más alto que pueda pagarse: su vida, su sangre. Y eso es la redención: la entrega absoluta del Hijo de Dios ha hecho que el pecado no domine ya definitivamente. El que cree en él, el que se acerca a la luz, ya no es reo de la condena por el pecado; el que cree en él, el que se acerca a la luz, después de la muerte hallará vida[2].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Números 21,4-9.

 

1.1.- En su peregrinar por el desierto  Israel se halla en aprietos. Agobiado por el cansancio y los peligros el pueblo de Dios cae en el tedio, la desesperanza, la desmoralización. Los lamentos de los israelitas revelan que su horizonte se  ha puesto oscuro y tenebroso: “nos encaminamos hacia la muerte, hacia la nada”. No acusan directamente a Dios (¡cosa demasiado peligrosa!), sino a Moisés, como si emprender el camino hubiera sido un capricho suyo. Se encuentran absolutamente desorientados, a tal punto que sienten nauseas y ese fastidio total denominado acedia. Se hace necesario un sacudón, que llega, providencialmente, por medio de las serpientes. Estas ponen en evidencia el veneno que el pueblo incubaba en su interior, veneno que al ‘reventar’ envenena… Quién se remuerde en este veneno, muere, ya que contra tal mordedura no hay remedio, a no ser que…

 

1.2.- El texto usa una expresión extraña, aunque sugerente: serpientes de fuego (v. 6; en el leccionario:serpientes abrasadoras). La expresión sin duda alude a que las víboras tenían color rojizo, o/y también, al hecho de que el ardor de sus mordeduras  quemaba.

La “quemazón” es el ‘instante’ en el que el pueblo se da cuenta que sus quejas y lamentos implican un comportamiento tan negativo que provoca la muerte. Piden, angustiados, la intercesión de Moisés, cosa que equivale a aceptarlo nuevamente en su rol de mediador en el plan de Dios, en  la alianza.

 

1.3.- La respuesta dada por Dios consiste en un signo. Para no  malentenderlo es bueno saber que en el antiguo Oriente la serpiente no sólo era considerada símbolo de muerte, sino también de vida[3] y salud, y eso es lo que en este caso el signo refleja. Todo el que miraba la serpiente de bronce quedaba sano. El signo ‘de vida’ reproduce en cierto modo[4] la causa de muerte, tanto por la forma (serpiente) como por el color.  Dios ordena a Moisés: fabrica una serpiente de fuego (v. 8. En el leccionario: serpiente abrasadora), es decir ‘color fuego’ vale decir de cobre y no de bronce (v. 9, que tiene un color amarillento)[5].

La presencia y la presentación de la serpiente de fuego sobre un mástil posibilita una verificación: el remedio viene expuesto y es ofrecido; pero al mordido-de-muerte se le exige algo a cambio: que mirándola transforme su visión llena de desconfianza en una mirada plena de fe en el Señor.  La serpiente de fuego en sí misma no poseía poder de sanación, a no ser el que Dios le confiere, ya que alzar los ojos hacia ella es un acto de fe en la palabra dada por Dios  a través de Moisés: en efecto, aquel que se volvía hacia ella [es decir, hacia la serpiente de cobre] era salvado, no por lo que contemplaba, sino por ti, el Salvador de todos(Sab 16,7).

 

1.4.- Allí, sobre el mástil, en aquella serpiente rojiza, vemos la causa de muerte transfigurada en causa de vida. Ha ocurrido una metamorfosis, no una abolición, una transformación, no una cancelación. Es imposible ‘saltearse’[6] el mal y la muerte. Pero si tengo fe, la muerte se transforma en vida, porque mirando aquel mástil [¡por supuesto Jesucristo en ese estandarte glorioso que es la Cruz!] descubro la gran equivocación en la que caigo cada vez que me dejo  llevar  por el tedio, el cansancio, la desesperanza, interpretando que las acciones de Dios me, y nos, conduce(n) hacia  el abismo de la nada, del mal y del absurdo.  Más todavía. Mientras las serpientes mortíferas son muchas, el signo que da vida es uno solo: de los muchos muertos a un único Salvador (ver Rom 5,15-16).

La serpiente de fuego se conservó en el templo de Jerusalén hasta los tiempos del piadoso rey Ezequías, quien para evitar las tentaciones de idolatría, la mandó destruir: hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta esos días los israelitas le quemaban incienso. (2 Re 18,4).

 

Segunda Lectura: carta a los Filipenses 2,6-11

 

2.1.- No podemos leer este texto sin sentir una gran emoción, una fuerte sacudida, una iluminación sobre el misterio de Cristo. Este himno es una joya por lo antiguo, por lo hermoso, por lo conciso, por lo inspirado. No pretende solamente dar una lección moral –tener los mismos sentimientos de Cristo– (2,5), sino una exposición profunda y poética del misterio de Cristo en su encarnación, su pasión y su exaltación.

 

2.2.- Hay toda una dramática realidad de anonadamiento que da vértigo, que parece no terminar nunca. El Hijo de Dios, despojándose de su gloria, se lanza a tumba abierta a los abismos más oscuros de la existencia humana. Es la antítesis liberadora de lo que pretendía el primer hombre, quien, siendo una pequeñez, quería subir hasta lo más alto del cielo de una manera directa.

Pero enseguida viene la verdad de la exaltación gloriosa. Porque se humilló tanto, hasta la muerte de cruz,Dios lo levantó sobre todo. El que se hizo siervo, será Señor y Salvador de todos. A ver si aprende el Adán y la Eva que somos: la gloria no es conquista, sino regalo y fruto del amor que se entrega; el camino hacia la gloria no es tan directo, sino que pasa por la cruz[7].

 

 

Evangelio: san Juan 3,13-17

 

3.1.- Más allá y por sobre todo recuerdo de hechos históricos, exaltar la Santa Cruz significa presentar juntas y conjugadas las dos caras del misterio pascual, la redención realizada por el Hijo de Dios. El Triduo Pascual nos las representa por separado, pedagógicamente (el viernes santo, la muerte en cruz; el domingo, la gloria de la resurrección), pero ambas constituyen un único e indivisible misterio de fe. Si Cristo no hubiera resucitado, nos recuerda y remacha san Pablo, vana sería nuestra fe. Unidad del misterio pascual que los primeros cristianos habían comprendido y asimilado, ya que durante siglos trataron de expresarlo en las artísticas cruces que veneraban, en las que no representaban al Crucificado, sino la desnuda cruz, confeccionada con materiales preciosos, como por ejemplo, de oro y adornada con piedras preciosísimas y embellecida de muchas otras maneras. En una palabra: era la Cruz exaltada, en cuanto instrumento de salvación y signo del amor más grande que imaginarse pueda, ya que al que se anonadó el Padre lo exaltódándole el-Nombre-sobre-todo-Nombre

 

3.2.- El texto elegido como evangelio para esta fiesta no es tomado de los relatos de la Pasión de ninguno de los cuatro evangelistas, como cabía suponer, sino que con sintética sabiduría de fe, nuestra madre, la Iglesia, ha elegido una suerte de preanuncio pascual, hecho por el mismo Jesús a Nicodemo, aquel  notable miembro del sanedrín que fue a verlo en plena noche, en secreto. Entre otras cosas nuestro hombre escuchó una revelación de Jesús algo enigmática: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo el que cree en él tengan Vida eterna. Haciendo referencia al texto de nuestra primera lectura (Num 21,4-9) Jesús le asegura que es necesario que el Hijo del hombre sea levantado. ¿Qué significa ese serlevantado?[8] Ciertamente  quiere decir ser ‘levantado-a-lo-alto’, y Jesús lo será sobre el madero de la cruz (Jn 8,28); pero significa igualmente ser ‘levantado-en-alto’ = glorificado por Dios (Jn 12,32; Filp 2,9-11). ¡Admirable expresión sintética que reúne en una misma y única expresión cruz y gloria: la Cruz señala el final de la existencia terrena de Jesús y, al mismo tiempo, manifiesta su identidad de Hijo bajado del cielo y luego elevado-glorificado nuevamente por el Padre!

 

3.3.-  No olvidemos, sin embargo, que en tiempos de Jesús la muerte en cruz era considerada por los judíosuna muerte infamante, reservada a los maldecidos por Dios (leer Dt 21,23; Gal 3,13), era el bárbaro suplicio infligido por los romanos a quien era considerado nocivo para el bien común. Así murió Jesús: suspendido entre cielo y tierra por haber sido, -así se pensaba -, rechazado por Dios y por los hombres, condenado por el poder religioso legítimo, como enemigo de la comunidad de los creyentes y por el poder imperial, como malhechor. Esta es la otra cara de la ‘exaltación’ que no debe ser olvidada: la Cruz no puede ser ‘domesticada’ transformándola en adorno o en un objeto más de consumismo religioso…

3.4.- Y, sin embargo, Jesús ha sabido cómo transformar la Cruz en un lugar glorioso, lugar en el que ha mostrado su amor a los hombres; amor hasta el extremo, hasta el fondo, hasta más-nopoder (Jn 13,1),lugar en el que murió por nosotros, para regalarnos la vida eterna y la salvación. Esto es así porque la Cruz no es el resultado de una casualidad o de una fatalidad ciega; todo lo contrario, esta muerte infamante ha sido la culminación de una existencia vivida en libertad y por amor a los hombres, porque únicamente el amor de Dios manifestado plenamente por Jesús pudo, y puede, transformar un instrumento de muerte en fuente de vida. Es en este sentido que Juan comenta contemplativamente,- ¡cosa muy característica en él! – : Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna…, para que el mundo sea salvado por medio de él. La Iglesia, haciéndose eco de esta mirada contemplativa de Juan, nos invita a elevar nuestra mirada, haciendo nuestras las tradicionales palabras de la antífona del aleluya: Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz has redimido el mundo.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Así pues, Cristo estaba en la tierra y estaba a la vez en el cielo: aquí estaba con la carne, allí estaba con la divinidad, mejor dicho, con la divinidad estaba en todas partes. Nacido de madre, no se apartó del Padre. Sabido es que en Cristo se dan dos nacimientos: uno divino, humano el otro; uno por el que nos creó y otro por el que nos recreó. Ambos nacimientos son admirables: aquél sin madre, éste sin padre. Y puesto que había recibido un cuerpo de Adán —ya que María había recibido un cuerpo de Adán, pues María desciende de Adán— y este cuerpo él habría de resucitarlo, se refirió a la realidad terrena cuando dijo: Destruyan este templo y en tres días lo levantaré. Pero se refirió a la realidad ‘ celestial, al decir: El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. ¡Animo, hermanos! Dios ha querido ser Hijo del hombre y ha querido que los hombres sean hijos de Dios. El bajó por nosotros; subamos nosotros por él.

Efectivamente, bajó y murió, y su muerte nos libró de la muerte. La muerte lo mató y él mató a la muerte. Y ya lo saben, hermanos: por envidia del diablo entró esta muerte en el mundo. Dios no hizo la muerte: es la Escritura la que habla; ni se recrea —insiste— en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para quesubsistiera…

Asumió, pues, la muerte y la suspendió en la cruz, librando así a los mortales de esa misma muerte. Lo que en figura sucedió a los antiguos, lo recuerda el Señor: Lo mismo que Moisés —dice— elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Gran misterio éste, ya conocido por quienes han leído la Escritura. Que lo oigan también los que no la han leído y los que, habiéndola leído o escuchado, la han olvidado. Estaba siendo diezmado el pueblo de Israel en el desierto a causa de las mordeduras de las serpientes, y la muerte hacía verdaderos estragos: era castigo de Dios, que corrige y flagela para instruir. Con aquel misterioso signo se prefiguraba lo que iba a suceder en el futuro. Lo afirma el mismo Señor en este pasaje, a fin de que nadie pueda interpretarlo de modo diverso al que nos indica la misma Verdad, refiriéndolo a sí mismo en persona. En efecto, el Señor ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce, la colocara en un estandarte en medio del desierto, y advirtiera al pueblo de Israel que si alguno era mordido por una serpiente, mirara a la serpiente alzada en el madero.

¿Qué representa la serpiente levantada en alto? La muerte del Señor en la cruz. Por la efigie de una serpiente era representada la muerte, precisamente porque de la serpiente provenía la muerte. La mordedura de la serpiente es mortal; la muerte del Señor es vital. ¿No es Cristo la vida? Y, sin embargo, Cristo murió. Pero en la muerte de Cristo encontró la muerte su muerte. Si, muriendo, la Vida mató la muerte, la plenitud de la vida se tragó la muerte; la muerte fue absorbida en el cuerpo de Cristo. Lo mismo diremos nosotros en la resurrección, cuando cantemos ya triunfalmente: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?

Mientras tanto, hermanos, miremos a Cristo crucificado para sanar de nuestro pecado[9].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Desde estas alturas Moisés contempló la Tierra Prometida, y después de él incontables peregrinos a lo largo de los siglos, entre ellos: Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

[2] Este último párrafo es  una adaptación de: J. Lligadas, Misa Dominical 1988/06. Tomado de www.mercaba.org

[3] El hecho de que las serpientes cambien totalmente de piel hacía suponer que  ‘renacían’ y volvían a la vida ‘rejuvenecidas’, ‘resucitadas’.

[4] Digamos que homeopáticamente, en realidad, técnicamente, se le dice ‘apotropaico’.

[5] El hebreo bíblico, como tampoco el griego o el latín, distinguen claramente entre el cobre y el bronce (que al ser una aleación de cobre con estaño) pierde su  cobrizo color ‘fuego’. ¡Estas imprecisiones en la traducción dificultan la comprensión de la imagen!

[6] ‘Pasar de largo’, ‘saltearse’, es el significado original de la  palabra hebrea  pesaj = pascua: Ex 12,13. 27.

[7] Caritas, Ríos del corazón,- Cuaresma y Pascua 1993, p. 142. Adaptado.

[8] ‘Levantado’, ‘exaltado’ ‘elevado-en-alto’: la palabra griega subyacente puede significar, simultanea y/o sucesivamente, todo esto.

[9] San Agustín de Hipona, Tratado 12 sobre el evangelio de san Juan (8.10-11 CCL 36, 125.126-127). Agustín nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia, hijo de un consejero municipal y modesto propietario. Estudió en Tagaste, Madaura y Cartago. Enseñó gramática en Tagaste (374) y retórica en Cartago (375-383), Roma (384) y Milán (384-386). Tras leer el Hortensio de Cicerón (373) inició su búsqueda espiritual que le llevaría primero a adoptar posturas racionalistas y, posteriormente, maniqueas.

Decepcionado del maniqueísmo tras su encuentro con el obispo maniqueo Fausto, cayó en el escepticismo. Llegado a Milán, la predicación de Ambrosio le impresionó, llevándole a la convicción de que la autoridad de la fe es la Biblia, a la que la Iglesia apoya y lee. La influencia neo-platónica disipó algunos de los obstáculos que encontraba para aceptar el cristianismo, pero el impulso definitivo le vino de la lectura de la carta del apóstol Pablo a los romanos en la que descubrió a Cristo no sólo como maestro sino también como salvador. Era agosto del 386. Tras su conversión renunció a la enseñanza y también a la mujer con la que había vivido durante años y que le había dado un hijo. Tras un breve retiro en Casiciaco, regresó a Milán donde fue bautizado por Ambrosio junto con su hijo Adeodato y su amigo Alipio. Tras una breve estancia en Roma — durante su permanencia en el puerto de Ostia murió su madre, Mónica — se retiró a Tagaste donde inició un proyecto de vida monástica. En el 391 fue ordenado — no muy a su placer — sacerdote en Hipona y fundó un monasterio. En el 395 fue consagrado obispo, siendo desde el 397 titular de la sede. Aparte de la ingente tarea pastoral — que iba desde la administración económica al enfrentamiento con las autoridades políticas, pasando por las predicaciones dos veces a la semana, pero en muchos casos dos veces al día y varios días seguidos — desarrolló una fecundísima actividad teológica que le llevó a enfrentarse con maniqueos, donatistas, pelagianos, arríanos y paganos. Fue el principal protagonista de la solución del cisma donatista, aunque resulta discutible la legitimación que hizo del uso de la fuerza para combatir la herejía, así como de la controversia pelagiana. Murió en el año 430 durante el asedio de Hipona por los vándalos.

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