Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a Lecturas del Domingo

DOMINGO DENTRO DE LA

OCTAVA DE NAVIDAD:

LA SAGRADA FAMILIA, Ciclo “C”

29-30 de diciembre 2012

 

 

 

Jesús en el Templo, en medio de los doctores

[Ilustración; monasterio de Reichenau, hacia el año 1000]

 

 

 

 

 

Introducción

 

Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Siguiendo los evangelios de san Mateo y san Lucas, fijamos hoy nuestra mirada en Jesús, María y José, y adoramos el misterio de un Dios que quiso nacer de una mujer, la Virgen santísima, y entrar en este mundo por el camino común a todos los hombres. Al hacerlo así, santificó la realidad de la familia, colmándola de la gracia divina y revelando plenamente su vocación y misión.

A la familia dedicó gran atención el concilio Vaticano II. Los cónyuges —afirma— “son testigos, el uno para el otro y ambos para sus hijos, de la fe y del amor de Cristo” (Lumen gentium, 35). Así la familia cristiana participa de la vocación profética de la Iglesia: con su estilo de vida “proclama en voz alta tanto los valores del reino de Dios ya presentes como la esperanza en la vida eterna” (ib.).

Como repitió incansablemente mi venerado predecesor Juan Pablo II, el bien de la persona y de la sociedad está íntimamente vinculado a la “buena salud” de la familia (cf. Gaudium et spes, 47). Por eso, la Iglesia está comprometida en defender y promover “la dignidad natural y el eximio valor” —son palabras del Concilio— del matrimonio y de la familia (ib.). (…)

Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios. Me dirijo de modo especial a los niños, para que quieran y recen por sus padres y hermanos; a los jóvenes, para que estimulados por el amor de sus padres, sigan con generosidad su propia vocación matrimonial, sacerdotal o religiosa; a los ancianos y enfermos, para que encuentren la ayuda y comprensión necesarias. Y a ustedes, queridos esposos, cuenten siempre con la gracia de Dios, para que el amor de ustedes sea cada vez más fecundo y fiel. (…)[1]

La familia está padeciendo una grave crisis de identidad. Y la familia cristiana, está asediada por una sociedad que como en todos los tiempos de decadencia  desconoce o combate los genuinos valores del humanismo, y en nuestro caso: del humanismo cristiano.

Nos estamos olvidando de que la familia sigue siendo el espacio libre para crecer en todos los aspectos, la célula vital de la sociedad, y el patrimonio espiritual de la humanidad. Ésta, al ignorarla, corre serio peligro de desencadenar un suicidio moral a escala mundial.

Frente a este momento histórico tan delicado, celebrar la fiesta de la Sagrada Familia, significa apostar una vez más a la vigencia y permanencia de la institución familiar como iglesia doméstica y verdadera obra de Dios.

El Adviento nos habló de una madre embarazada, María, y de su esposo José, que estuvo firme junto a ella. Y en la Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, el Hijo Dios. Hoy, la Iglesia festeja a los tres, como modelo de unión íntima con Dios y de estrecha comunión de amor entre ellos. Todo esto vivido en el mutuo respeto por el misterio de cada uno.

José, padre adoptivo de Jesús, hombre justo y soñador. No lo engendró, pero lo reconoció, lo entroncó con la familia de David y le otorgó identidad filial, a través de la silenciosa y elocuente homilía de su vida. María, reflejo del rostro materno de Dios, que aportó como madre la ternura de un Dios cercano que nos acaricia el alma. Y Jesús, que obediente al proyecto del Padre, es el portador del insondable misterio de nuestra salvación.

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

El domingo dentro de la octava de Navidad es la fiesta de la Sagrada Familia. El evangelio se refiere a la infancia de Jesús; las otras lecturas, a las virtudes de la vida familiar. Nos recuerda que el amor con el que el Dios Padre ha amado al mundo -hasta enviar a su propio Hijo para salvarlo- se manifiesta y se refleja en el amor que debe reinar en cada familia cristiana. El nacimiento de Jesús en una familia humana ilumina y fundamenta también este aspecto de la vida del hombre”. En cada uno de los tres ciclos existe la posibilidad de lecturas y salmo alternativos, en este ciclo el Evangelio es el de Jesús a los doce años “perdido y encontrado”.

Ofrecemos un breve comentario a las lecturas propias y a las posibles alternativas “a elección”.

 

 

Primera lectura: Primer Libro de Samuel 1, 20-22. 24-28

 

1.1.- Ana desea intensamente un hijo. Su esterilidad significa (para sus contemporáneos la sospecha de) una cierta maldición por parte de Dios; conlleva una cierta marginación social; genera el sentimiento de un profundo fracaso existencial. Ante semejante situación podemos vislumbrar la imagen de la intensa e insaciable sed de vida que late en el corazón de cada persona humana.

Ana no se resigna. Año tras año va en peregrinación al santuario de Silo con su marido, y allí pide y ruega al Señor. Su oración es escuchada, nace el niño, nace y Ana, tal como lo había prometido, lo consagra al servicio del Señor: Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y él me dio lo que le pedía. Ahora yo, a mi vez, se lo doy al Señor (vv. 27-28).

Hemos modificado la traducción que trae nuestro Leccionario para que quede más patente la “circularidad” del don[2]: Dios da-hace don a Ana, Ana da-cede-hace don a Dios.
1.2.- Todo don auténtico nace de la gratuidad, que no se fija en sí, sino en el otro / la otra. Y, sin embargo, todo verdadero don exige y pide reciprocidad, espera ser correspondido. ¿Por qué? ¿Acaso no es gratuito?¿En qué se diferencia, entonces, tal intercambio de un trueque comercial cualquiera? y,  si entramos en el ámbito religioso, ¿cuál es la diferencia respecto a una mentalidad religiosa mercantilista basada en el “te doy para, a mi vez, recibir”?

El don gratuito tiende a establecer una relación de reciprocidad, una relación en la cual el don suscita una respuesta al don, y así, sin parar, en una especie de un infinito “juego de tenis” (¡según el poeta Charles Pegúy esta es una buena imagen para intuir el don de amor recíproco en la Ssma. Trinidad en la que el Padre y el Hijo “juegan” algo similar a una partida de tenis con el Espíritu Santo, sin jamás apropiarse  el Uno del Otro en un don de  recíproco Amor!).  El amor desea comunión. Y si el otro responde a mi don con algo distinto a un don, entonces nada ha entendido, no ha acogido el don como don, la comunión es imperfecta, no estamos en sintonía.

He aquí la diferencia  entre una relación oblativa y otra mercantil: la primera desea la comunión profunda, la segunda busca la ventaja propia, o en el mejor de los casos, la recíproca – ¡dos cosas que en apariencia son semejantes, y  en realidad son harto distintas!

Ana vive dicha gratuidad, entrando plenamente en el “circuito” del don, y eso le permite una gran libertad, mostrándose sorprendentemente independiente en relación a un hijo que tanto se hizo desear y esperar. No se transforma en esclava del don recibido ni busca apropiárselo, o retenerlo para sí. La vocación de Samuel, importante para Israel, nacerá de este, su gesto de libertad y de gratuidad.

Esta familia es para nosotros un ejemplo ya que en ella las relaciones mutuas se encuentran libres de toda voluntad de posesividad. Una vez más constatamos que el hecho de servir al Señor libera de la esclavitud de los ídolos, incluidos los que surgen de las relaciones familiares que, de diversas maneras, pretendan remplazar la relación con el Señor, pudiendo, a veces, llegar a decepcionar y aun sofocar.

En la Sagrada Familia esta gratuidad del don es vivida en su máxima expresión. También nuestras familias y nuestras comunidades están llamadas a convertirse en íconos  trinitarios: “cosa imposible para los hombres” pero “posible para el Señor”; mostrémonos dispuestos a comprometernos totalmente en ello, y si así es, pidámoslo al Señor con la gran confianza y la incansable constancia de Ana, la mamá de Samuel.

 

 

Primera Lectura alternativa: Eclesiástico 3,2-6.12-14.

 

1’.1.- Vemos como Ben Sirá da consejos con la finalidad de fortalecer la familia: deberá estar sólidamente cimentada en la misericordia ya que es necesario honrar a su padre con el fin de obtener el perdón de las propias faltas. Mostrar misericordia hacia él para disolver  los pecados propios, ¡y el perdón de los pecados nos viene de Dios! Para obtenerlo es por tanto necesario haber aprendido a ser hijo. Dicho con otras palabras: para ser hijos de Dios, recibiendo de sus manos la gracia de la reconciliación, es necesario haberlo aprendido y practicado en el seno de la propia familia. La calidad de nuestra relación con Dios está directamente relacionada con la calidad de nuestra relación con los propios padres. Vemos ya en esta primera lectura que la misión educativa de los padres adquiere un gran relieve.

 

1’.2.- Esta lectura es un ‘comentario’ al cuarto mandamiento: honra a tu padre y a tu madre, para que tengas larga vida en la tierra que el Señor tú Dios te dará  (Ex 20,12; ver Lv 19,3; Dt 5,16; Ef 6,1-3). “Honrar” significa en la Biblia “asignar-a-cada-uno-el-peso-debido”, dándole el relieve adecuado, reconociéndolo por aquello que es. No indica un simple elevar a alguien por encima de los demás, -sea Dios o un ser humano-, sino ‘dejar-en-claro’ el ‘puesto’ que le corresponde en (nuestra) vida. No escapa a esta ley general la pareja humana gracias a la cual hemos llegado a la existencia. Este servicio, y el bien que nuestros progenitores nos  han hecho, impone un reconocimiento concreto que se traduzca en respeto, amor, obediencia y auxilio presuroso allí donde se hace necesario.

 

 

Segunda Lectura: Primera Carta de san Juan 3,1-2. 21-24

 

2.1.- En la 1Jn 1,5-7, pasaje paralelo al de nuestra Lectura, Juan exhorta a los cristianos a caminar en la luz, ahora los invita a meditar centrando su atención en su condición de hijos de Dios, (…) es decir hijos de la luzporque Dios es luz (1,5). Todo esto en una perspectiva marcadamente cristológica. Así pues los creyentes están llamados a contemplar con estupor (¡Miren!) el gran don que han recibido de parte de Dios, a contemplar el amor de aquel que ha eliminado la contraposición y la enemistad existente entre él y los hombres hasta hacerlos hijos suyos. En el cuarto evangelio, Juan había afirmado que Dios había manifestado su amor entregando a su propio Hijo – tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito (Jn 3,16; cf. 1Jn 4,10) -, pero en nuestro pasaje va aún más allá: el gran don de Dios se manifiesta en el hecho de que ha convertido a los hombres en hijos suyos.

 

2.2.- (…) El engendrado en sentido estricto es el Hijo unigénito, Jesucristo, pero si el creyente acoge al Hijo, si se adhiere a su Nombre, entonces experimenta que no es engendrado por una voluntad humana, y se abre a la generación por parte de Dios: como consecuencia, se convierte en hijo en el Hijo, hasta llegar a ser el hijo. (…)

Y Juan insiste: Somos llamados hijos de Dios, ¡y lo somos realmente! (1Jn 3,1a). Del mismo modo se lee en un texto judío:

“Amadísimos [de Dios] los hijos de Israel, que han sido llamados hijos de Dios. Pero un amor suplementario es que ellos sepan que son llamados hijos de Dios, como está escrito: Ustedes son hijos por el Señor su Dios (Dt 14,1)[3]

La realidad de la filiación divina es escandalosa, casi inconcebible para los hombres, los cuales pueden llegar a sentirse metafóricamente hijos de Dios, pero les resulta difícil pensar que lo son efectivamente. No larealidad es justamente estalos cristianos son ya desde ahora hijos de Dios, gracias al amor infinito de un Dios que elige convertir en hijos a quienes son pecadores miserables[4].

 

 

Segunda Lectura alternativa: Colosenses 3,12-21

 

2’.1.- En esta segunda lectura san Pablo adopta un punto de vista algo diferente al del Sirácida, ampliando el enfoque: conviene, sobre todo entre los miembros de una misma familia, soportarse los unos a los otros. “Soportarse”[5] en el sentido positivo de la palabra: dando pruebas de humildad, dulzura y paciencia los unos hacia los otros, dándose así apoyo en el ejercicio de la misericordia: sopórtense los unos a los otros yperdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. Resuena aquí todavía el Eclesiástico, pero dos nuevos argumentos amplían la perspectiva: Dios en persona es el modelo de las relaciones familiares (El Señor los ha perdonado, hagan ustedes lo mismo), y el ejercicio del perdón es el cimiento necesario y adecuado para una relación de amor auténtico (por sobre todo revístanse de amor, que es el vínculo de la perfección).  Por último,- ¡pero no en último lugar! -, la acción de gracias y la alabanza ofician de garantes de esa apertura de corazón, que permite dar cuerpo a la invitación de ‘vivir la unidad en el amor’. Dependemos los unos de los otros tal y como los miembros de un mismo cuerpo dependen mutuamente: pues todos formamos el Cuerpo de Cristo.

 

 

Evangelio: San Lucas 2,41-52

 

3.1.- Esta escena del evangelio, “el niño perdido”, ha dado mucho que hablar en la interpretación exegética. El relato tiene mucho que enseñarnos. Es la última escena de evangelio de la Infancia de Lucas y no puede ser simplemente un añadido “piadoso” como alguno se imagina. Desde el punto de vista narrativo, la escena de mucho que pensar. Lo primero que debemos decir que hasta ahora Jesús no ha abierto la boca  en estos capítulos (Lc 1-2). Siempre han hablado por él o de él. Esta es la primera palabra que Jesús va a pronunciar en el evangelio de Lucas. La última palabra será: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46). Lucas nos muestra con esta inclusión que abre y cierra todo su Evangelio la centralidad que el Padre misericordioso (Lc 15) tiene en su obra, sabiendo que con ese santo Nombre inicia Jesús, en Lucas, sus oraciones.

 

3.2. El marco de referencia: la Pascua, en Jerusalén, como la escena anterior del texto lucano, la purificación (Lc 2,22-40), dan mucho que pensar. Reducirla simplemente a una escena anecdótica para mostrar la “obediencia” de Jesús a sus padres, sería desvalorizar su contenido. Es verdad que estamos ante una escena familiar, y en ese sentido viene bien en la liturgia de este domingo. El que se señale a la edad de doce años remite al momento en que los niños judíos reciben su Bar Mitzvá (lo que significa=hijo del mandamiento, de la obediencia) y a partir de ese momento se los considera ya capaces de cumplirlos. A partir de su Bar Mitzvá se es ya adulto y responsable de sus actos y de cumplir con los preceptos[6]. Por  eso se nos muestra a Jesús discutiendo con los “los maestros” en el Templo, al “tercer día”. Sus padres –habla su madre-, estaban buscándolo angustiados. En todo caso, las referencias a los acontecimientos de la resurrección no deben dejar ninguna duda. Este relato, en principio, debe más  su simbología a la Pascua que a la anécdota histórica de la infancia de Jesús. Por eso mismo, la narración es toda una prefiguración de la vida de Jesús que termina, tras pasar por la muerte, en la resurrección. Esa sería una exégesis ajustada del pasaje, sin que por ello se cierren las posibilidades de otras lecturas originales. Si toda la infancia, mejor, Lc 1-2, viene a ser una introducción teológica a su evangelio, esta escena es la culminación.

 

3.3.- Las palabras de Jesús a su madre se han convertido en la clave del relato: ¿no sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre? [nuestro Leccionario traduce: de los asuntos de mi Padre] Recordemos la traducción que muchos hacen, y que es menos probable: ¿no sabían que debo estar en la casa de mi padre? El sentido cristológico del relato apoya la primera traducción. Jesús está entre los doctores porque debe discutir con ellos las cosas que se refieren a los preceptos que ellos interpretan y que sin duda son los que, al final, lo llevarán a la muerte y de la muerte a la resurrección. Es verdad que con ello el texto quiere decir que es el Hijo de Dios,  de una forma escondida y enigmática, pero así es. Es la primera vez que Lucas hace hablar al “niño” y lo hace para revelar qué hace y quién es.  Por eso debemos concluir que ni se ha perdido, ni se ha escapado de casa, sino que se ha entregado a una causa que ni siquiera “sus padres” pueden comprender totalmente. Y no se diga que María lo sabía todo (por el relato de la anunciación), ya que el mismo relato nos dirá al final que María: “guardaba todas estas cosas en su corazón” (2,51). Porque María en Lc 1-2, no es solamente María de Nazaret la muchacha de fe incondicional en Dios, sino que también representa a la Iglesia,  que confía en Dios y debe seguir los pasos de Jesús.

 

3.4.- Y como la narración de Lc 2,41-52 es muy rica  podemos  sacar otras enseñanzas posibles. Si hoy se ha elegido para la fiesta de la Sagrada Familia, deberíamos tener muy en cuenta que la alta cristología que aquí se respira invita, sin embargo, a considerar que el Hijo de Dios se ha revelado y se ha hecho “persona” humana en el seno de una familia,  viviendo las relaciones afectivas de unos padres, causando angustia, no solamente alegría, por su manera de ser y de vivir en momentos determinados. Es la humanización de lo divino lo que se respira en este relato, como en el del nacimiento. El Hijo de Dios no hubiera sido nada para la humanidad si no hubiera nacido y crecido en familia, por muy Hijo de Dios que sea confesado (cosa que solamente sucede a partir de la resurrección). Aunque se deja claro todo con “las cosas de mi Padre”, esto no sucedió sin que haya pasado por nacer, vivir en una casa, respetar y venerar a sus padres y decidir un día romper con ellos para dedicarse a lo que Dios, el Padre, le pedía: anunciar y hacer presente el reinado de Dios. Es esto lo que se preanuncia en esta narración, antes de comenzar su vida pública, en que fue necesario salir de Nazaret, dejar su casa y su trabajo… Así es como se ocupaba de las cosas del Padre, con el fin de llevarnos, algún día a la Casa del Padre, a las moradas que nos tiene preparadas allí, en la Casa de su Padre y de nuestro Padre…[7]

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

El niño Jesús que nos ha nacido y que, en los que lo reciben, crece diversamente en sabiduría, edad y gracia, no es idéntico en todos, sino que se adapta a la capacidad e idoneidad de cada uno, y en la medida en que es acogido, así aparece o como niño o como adolescente o como perfecto. Es lo que ocurre con el racimo de uvas: no siempre se muestra idéntico en la vid, sino que va cambiando al ritmo de las estaciones: germina, florece, fructifica, madura y se convierte finalmente en vino.

Así pues, la viña, en el fruto todavía no maduro ni apto para convertirse en vino, contiene ya la promesa, pero debe esperar la plenitud de los tiempos. Mientras tanto, el fruto no está en modo alguno desprovisto de atractivo: en vez de halagar al gusto, halaga al olfato; en la espera de la vendimia, conforta los sentidos del alma con la fragancia de la esperanza. La fe cierta y segura de la gracia que espera es motivo de gozo para quienes esperan pacientemente conseguir el objeto de la esperanza. Es exactamente lo que sucede con el racimo de Chipre: promete vino, no siéndolo aún; pero mediante la flor –la flor es la esperanza–, garantiza la gracia futura.

Y como quiera que quien plenamente se adhiere a la ley del Señor y la medita día y noche, se convierte en árbol perenne, pingüe con el frescor de aguas vivas y fructificando a su tiempo, por esta razón la viña del Esposo, que hunde sus raíces en el ubérrimo oasis de Engadí, esto es, en la profunda meditación regada y alimentada por la Sagrada Escritura, produjo este racimo pletórico de flor y de vitalidad, fija la mirada en quien lo plantó y lo cultivó. ¡Qué bello cultivo, cuyo fruto refleja la belleza del Esposo!

Él es en verdad la verdadera luz, la verdadera vida y la justicia verdadera, como se lee en la Sabiduría y en otros lugares paralelos. Y cuando alguien, con sus obras, se convierte en lo que él es, al contemplar el «racimo» de su conciencia, ve en él al mismo Esposo, pues intuye la luz de la verdad en el esplendor y la pureza de su vida. Por eso dice aquella fértil vid: «Mío es el racimo que florece y germina». Él es el verdadero racimo, que a sí mismo se exhibe en el madero y cuya sangre es alimento y salvación para cuantos la beben y se alegran en Cristo Jesús, nuestro Señor, al cual la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén[8].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Ángelus 27 de diciembre 2007. Abreviado y adaptado.

[2] La traducción del Leccionario es la siguiente: Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y él me concedió lo que le pedía. Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a él…

[3] Pirqé Abot 3,14.

[4] E. Bianchi, El amor vence a la muerte,- Comentario exegético-espiritual a las Cartas de Juan, Madrid 2010, pp. 102-103. Adaptado.

[5] (= anejoo) equivale a ‘soportar’ no en el sentido negativo de ‘aguantar a desgano’ sino ayúdense mutuamente a soportar sus cargas, cumpliendo así la Ley (de amor) de Cristo (Gal 6,2).

[6] Para nosotros el equivalente sería,- ¡o debería serlo! -, la  Confirmación.

[7] Tomado, con modificaciones, de: M. de Burgos Núñez, www.dominicos.org (2007). Cf. A. Müller, María en el acontecimiento Cristo, en: J. Feiner y M. Löhrer (editores),  Mysterum Salutis III- Manual de teología como historia de salvación -, Madrid 19802,  pp. 931-932.

[8] San Gregorio de Nisa, Comentario sobre el Cantar de los Cantares, Homilía 3: PG 44, 827-830. De san Gregorio de Nisa, ignoramos la fecha del nacimiento (no antes del 331) y de su muerte, pues perdemos su rastro tras el 394. Fueron su madre y, aún más, su abuela Macrina y su hermana mayor, Macrina la Joven, quienes transmitieron a Gregorio el legado de la fe. Sabemos asimismo que Basilio, su hermano, guió sus estudios. Gregorio ejerció por un tiempo la función eclesiástica de lector y debió pasar temporadas con los miembros de su familia que habían abrazado la vida monástica. Sin embargo abandonó el lectorado para dedicarse a la enseñanza de la retórica. Se discute si contrajo matrimonio con una tal Teosebia o si ésta fue una hermana más pequeña que vivió con él hasta su muerte. Sus confidencias en el “Tratado sobre la virginidad” sugieren que sí estaba casado. Su hermano Basilio, lo reintegró al servicio eclesiástico ordenándolo obispo. Gregorio, pese a sus dudas, recibió la ordenación para la sede de Nisa (Asia Menor) en el año 372.

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