Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas – Jueves Santo.

MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

JUEVES SANTO

24 de marzo 2016

Jesús habla con los discípulos y les lava los pies

[Mural, S. Angelo in Formis, Capua, Italia, hacia 1087

erigido por el abad de Montecasino Desiderius,

que elegido Papa tomo el nombre de Victor IV]

 

 

 

Introducción

 

0.1.- Esto es conmovedor. Jesús que lava a los pies a sus discípulos. Pedro no comprende nada, lo rechaza. Pero Jesús se lo ha explicado. Jesús –Dios– ha hecho esto. Y Él mismo lo explica a los discípulos: ¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes (Jn 13,12-15). Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es decir: “yo estoy a tu servicio”. Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. A veces estoy enojado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Como sacerdote y como obispo debo estar al servicio de ustedes. Pero es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñando. Pero también ustedes, ayúdennos: ayúdennos siempre. Los unos a los otros. Y así, ayudándonos, nos haremos bien. Ahora haremos esta ceremonia de lavarnos los pies y pensemos: que cada uno de nosotros piense: “¿Estoy verdaderamente dispuesta o dispuesto a servir, a ayudar al otro?”. Pensemos esto, solamente. Y pensemos que este signo es una caricia de Jesús, que Él hace, porque Jesús ha venido precisamente para esto, para servir, para ayudarnos[1].

 

0.2.- Jesús pasó la última tarde de su vida en Jerusalén en el círculo de sus discípulos, probablemente también en compañía de las mujeres que habían ascendido a la ciudad santa con él. ¿Fue esa tarde, la tarde de una fiesta pascual? Parece superflua la pregunta. Sin embargo, hay razones para establecerla. Y de la relación que se establezca entre el ambiente pascual y la cena de Jesús depende en gran parte la interpretación que se deba hacer del acontecimiento histórico de la muerte y resurrección del Señor.

Si de todos modos aceptamos que Jesús y sus discípulos se reunie­ron para celebrar una cena pascual, entonces conviene que recordemos los pormenores de esta celebración. En Num 9,13 se deja entrever la seriedad que reviste para un judío celebrar la fiesta: no celebrarla es como no pertenecer ya al pueblo. Según Ex 12,3, la fiesta debía ser una fiesta familiar. La inmolación y el ofrecimiento del cordero, que debía ser realizada por algunos de los miembros de la familia en representación de la comunidad, debía tener lugar en el atrio de los sacerdotes “entre las tardes”, es decir, en el tiempo que precedía al comienzo de la puesta del sol. (leer Ex 12,6).

La Haggada[2] pascual orientaba la celebración, en el sentido de la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 12,26s). Comer la carne del cordero, beber el vino, compartir el pan sin levadura, que debía recordar, sazonado con las hierbas amargas, la amarga miseria vivida en Egipto, constituían el ritual que debía ir acompañado de bendiciones y de la recitación de los salmos del Hallel[3].

 

0.3.- En la cena festiva, el ambiente estaba impregnado por el recuerdo alegre y confiado de la liberación, que tuvo siempre una eficacia esperanzadora en épocas difíciles. En estas circunstancias Jesús tenía conciencia de su muerte y habló de ella. Los textos de Mc 14,25 y Lc 22,18 constituyen una profecía de la muerte. Jesús expresa, ante la probabilidad de su muerte, la confianza y la confirmación de su mensaje del Reino. No es necesario señalar que en esta sentencia de Jesús hubiera otras intenciones que tener en cuenta. Es suficiente y fundamental pensar, al leer estos textos, la intención escatológica de Jesús, que él relaciona estrechamente con la convicción de la posibilidad de su muerte.

En estas circunstancias, Jesús ha realizado una verdadera interpretación teológica de su propia muerte, en un sentido salvífico, indisolublemente ligada con su proyecto del Reino de Dios. Y, de nuevo, en este contexto tiene una importancia muy grande la relación que Jesús establece entre su muerte, así interpretada, y los elementos de la cena: el pan y la copa de vino. Comer el pan y beber la copa constituyen algo completamente comprensible en el contexto de una cena judía, pero ahora esta acción tiene que ver con la interpretación de la muerte de Jesús, que él mismo ofrece. Jesús debió haber dicho otras cosas y debió haber compartido otros sentimientos con sus discípulos. Pero la tradición ha con­servado sus sentimientos ligados principalmente con la acción del pan y de la copa. En cuanto a la última, no sabemos con seguridad si en la cena pascual, en tiempos de Jesús, se utilizaba o no una sola copa, en un momento determinado, pues todos tenían sus propias copas. La tradición cristiana recuerda, en todo caso, la utilización de una sola copa como característica de la cena del Señor (ver1Cor 10,16).

 

0.4.- Las palabras de Jesús que nos han sido conservadas para comprender el sentido del pan y de la copa compartidos, implican pues una interpretación salvífica de su muerte, tanto en el sentido de expiación y de representación (“morir por”, “para el perdón de los pecados”), como en el sentido de una nueva alianza.

Jesús, que interpretó así su muerte y la relacionó intrínsecamente con los dones de la cena, le dejó a la comunidad de sus discípulos la posibilidad de vivir siempre la realidad de una nueva alianza con el Dios salvador, en el sentido del Reino definitivo que había anunciado. La relación entre alianza y Reino ya tenía una tradición importante, pero en la acción de Jesús adquirió una importancia trascendental y original para sus seguidores.

Hagan esto en memorial mío: Este mandamiento del Señor es verdaderamente sagrado para los seguidores de Jesús. La experiencia comunitaria vivida originalmente por los discípulos se convierte en algo posible en todos los tiempos para los cristianos. Se trata de entrar en el destino histórico de Jesús, que es la historia misma de Dios, su Reino, que acontece definitivamente en la manifestación suprema del amor.

Participar así en el destino del Maestro significa hacer, de manera insuperable, la fraternidad humana. La cena del Señor es la asunción, por parte de los cristianos, de lo que nos une más profundamente: la vida misma del Maestro, la historia del Hijo del Padre en la que participamos todos como hijos también y como hermanos los unos de los otros.

Y la cena Pascual cristiana fue originalmente una pascua judía. Para los cristianos es el modelo de la celebración eucarística, el modelo de la celebración del misterio de la Pascua. Cada uno de nosotros somos los protagonistas de la Cena del Señor. Y cuando celebramos hoy una comida juntos, tenemos que hacerlo con la mentalidad de Jesús, una comida que anticipa el reino de Dios, una comunidad dispuesta al servicio que la fortalece y enriquece, pero sobre todo una comunidad de todos los hombres unidos por el lazo más fuerte: el amor.

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Éxodo 12,1-8.11-14

 

1.1.- Esta lectura nos presenta algunas prescripciones concernientes a la celebración de la cena pascual hebrea. El texto toma en consideración tanto elementos propios de aquella noche tan especial y única, como lo es la noche de la salida de Egipto, como igualmente considera otros elementos de la ritualidad posterior, cosa que también sucede con los relatos de la Última Cena en el Nuevo Testamento.

 

1.2.- La noche de Pascua es un momento en el que tiene lugar un doble discernimiento:

+ En primer lugar queda en evidencia cuál es el verdadero Dios, y cuáles los falsos dioses. Al castigar a los primogénitos egipcios, Dios dice: Haré un justo escarmiento con todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. (Ex 12,12 corregido según el TM). Señor (YHWH) soy Yo, no los otros señores.

+ En segundo lugar se pone por obra una neta separación entre israelitas y egipcios. El signo distintivo y discriminante lo constituye la sangre del cordero inmolado con la cual se han marcado los postes y el dintel de la puerta de cada casa.

La noche de Pascua celebra, por lo tanto, el nacimiento del pueblo hebreo, liberado de la servidumbre a los falsos dioses y salvado de la muerte. Estas son igualmente las dos líneas maestras que describen adecuadamente cuanto sucede en la Última Cena de Jesús y en su celebración-actualización-memorial: la Eucaristía.

 

1.3.- En la Última cena Jesús celebra el supremo acto de entrega al Padre y a nosotros, e igualmente celebra su victoria sobre la muerte. Y lo hace con la fuerza de aquella sangre, -¡ya no la de un cordero!-, sino la suya, que clama con mucha más fuerza que la de Abel (leer Heb 12,24), sangre que abarca y llega a todas las generaciones que celebran la Eucaristía como memorial suyo: hagan esto en [memorial] conmemoración mía. Esta orden equivale a aquella otra del Éxodo: Este será para ustedes un día memorial y lo celebrarán como una fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán a lo largo de las generaciones como un rito perpetuo (Ex 12,14 según el TM)

Ninguna comunidad cristiana ni puede, ni debe, perder la memoria viva de su momento fundacional, cuando tuvo lugar su nacimiento, en la Pascua de Jesús. Cada Pascua actualiza nuestro haber sido liberados del yugo de la esclavitud hacia los dioses falsos, bajo la opresión de los ídolos de este mundo con sus falsos valores, para ser reinsertados en la corriente de Vida y Resurrección.

En este día especialísimo del Jueves Santo vivir la Eucaristía significa actualizar las promesas bautismales, renunciando al mal y a los falsos dioses para servir al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Permaneciendo en el ámbito de esa casa protegida por la Sangre del Codero, que es la Iglesia, nos libramos del castigo de Egipto, vale decir, de aquel mundo cerrado a Dios que no ha recibido la Buena Noticia que nos habla del inmenso amor del Padre, capaz de ofrecernos Vida y Resurrección en la Pascua de su propio Hijo, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 115 (116),12-13. 15-18

 

2.1.- (…) La tradición cristiana ha leído, orado e interpretado el texto [de este salmo] en diversos contextos y así se aprecia toda la riqueza y la profundidad de la palabra de Dios, que abre nuevas dimensiones y nuevas situaciones.

Al inicio se leyó sobre todo como un texto del martirio, pero luego, cuando la Iglesia alcanzó la paz, se transformó cada vez más en texto eucarístico, por la referencia al cáliz de la salvación.

En realidad, Cristo es el primer mártir. Dio su vida en un contexto de odio y de falsedad, pero transformó esta pasión —y así también este contexto— en la Eucaristía: en una fiesta de acción de gracias. La Eucaristía es acción de gracias: Alzaré el cáliz de la salvación.

 

2.2.- El salmo 115, en el original hebreo, constituye una única composición con el salmo anterior, el 114. Ambos constituyen una acción de gracias unitaria, dirigida al Señor que libera de la pesadilla de la muerte, de los contextos de odio y mentira.

En nuestro texto aflora la memoria de un pasado angustioso:  el orante ha mantenido en alto la antorcha de la fe, incluso cuando a sus labios asomaba la amargura de la desesperación y de la infelicidad. En efecto, a su alrededor se elevaba una especie de cortina gélida de odio y engaño, porque el prójimo se manifestaba falso e infiel. Pero la súplica se transforma ahora en gratitud porque el Señor ha permanecido fiel en este contexto de infidelidad, ha sacado a su fiel del remolino oscuro de la mentira. Y así este salmo es siempre para nosotros un texto de esperanza, porque el Señor no nos abandona ni siquiera en las situaciones difíciles; por ello, debemos mantener elevada la antorcha de la fe.

Por eso, el orante se dispone a ofrecer un sacrificio de acción de gracias, durante el cual se beberá en el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada, que es signo de gratitud por la liberación (v. 13) y encuentra su realización plena en el cáliz del Señor. Así pues, la liturgia es la sede privilegiada para elevar la alabanza grata al Dios salvador.

 

2.3.- En efecto, no sólo se alude al rito sacrificial, sino también, de forma explícita, a la asamblea de “todo el pueblo”, en cuya presencia el orante cumple su voto y testimonia su fe (v. 14). En esta circunstancia hará pública su acción de gracias, consciente de que, incluso cuando se cierne sobre él la muerte, el Señor lo acompaña con amor. Dios no es indiferente ante el drama de su criatura, sino que rompe sus cadenas (v. 16).

El orante, salvado de la muerte, se siente siervo del Señor, hijo de su esclava (v. 16), una hermosa expresión oriental para indicar a quien ha nacido en la misma casa del amo. El salmista profesa humildemente y con alegría su pertenencia a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a él en el amor y en la fidelidad.

(…)

 

2.4.- Concluyamos nuestra reflexión con las palabras de San Basilio Magno, el cual, en la Homilía sobre el salmo 115, comenta así la pregunta y la respuesta recogidas en el Salmo: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación. El salmista ha comprendido los numerosísimos dones recibidos de Dios: del no ser ha sido llevado al ser, ha sido plasmado de la tierra y dotado de razón…; luego ha conocido la economía de la salvación en favor del género humano, reconociendo que el Señor se ha entregado a sí mismo en redención en lugar de todos nosotros, y, buscando entre todas las cosas que le pertenecen, no sabe cuál don será digno del Señor. “¿Cómo pagaré al Señor?”. No con sacrificios ni con holocaustos…, sino con toda mi vida. Por eso, dice: “Alzaré el cáliz de la salvación”, llamando cáliz al sufrimiento en la lucha espiritual, al resistir al pecado hasta la muerte. Esto, por lo demás, es lo que nos enseñó nuestro Salvador en el Evangelio:  “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”; y de nuevo a los discípulos, “¿Pueden beber el cáliz que yo he de beber?”, significando claramente la muerte que aceptaba para la salvación del mundo» (PG XXX, 109), transformando así el mundo del pecado en un mundo redimido, en un mundo de acción de gracias por la vida que nos ha dado el Señor[4].

 

 

Segunda Lectura: 1ª carta a los Corintios 11,23-26

 

3.1.- Encontramos aquí el testimonio más antiguo de la celebración eucarística. Pablo transmite la tradición que él recibió de los discípulos de Jesús, al mismo tiempo que muestra que la eucaristía no es una celebración que recuerda un hecho pasado, sino que está abierta al futuro, a todos los tiempos, porque en ella anunciamos la muerte del Señor, la obra salvífica de Dios que se ofrece a todos, en todas las épocas.

La Pascua judía se llena, para los cristianos, con un nuevo sentido; como el texto del éxodo narraba la celebración litúrgica judía, Pablo muestra la celebración litúrgica cristiana como una nueva pascua, con el anuncio de la liberación bajo el signo de la sangre que ahora se ha transformado en pan y vino. Es el mismo rito de la alianza y de la reconciliación, con paralelos que permiten comprender la celebración cristiana desde el sentido de la Pascua judía:

+ la noche de la salida de Egipto//la noche de la Pasión

+ el cordero del éxodo//el cordero pascual

+ memorial de las pruebas del desierto//memorial del sacrificio de Jesús

 

3.2.- Pablo dirige su atención sobre todo a la asamblea y muestra como una celebración indigna de la Eucaristía desemboca en el menosprecio del Cuerpo (místico) de Cristo constituido por la asamblea y cómo ésta es el símbolo de la reunión, un día, de todos los hombres y mujeres en el Reino para constituir el Cuerpo de Cristo. Una comunidad dividida por el odio y el desprecio a los demás no puede dar testimonio de esa unión, es más bien un escándalo.

 

3.3.- Ustedes, cuando se reúnen, lo que menos hacen, es comer la Cena del Señor (1Cor 11,20).

Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no.[5]

Nosotros, ¿comprendemos el sentido de las palabras de Cristo cuando participamos de la Cena del Señor? Con sencillez y humildad, a la luz de nuestra experiencia cotidiana, creo que ni siquiera podamos atrevernos a decir un quizás no, sino un simple y redondo: ¡no, no las entendemos! Que estos mal entendidos ocurrían desde los primeros tiempos nos lo testimonian tanto san Pablo en la Primera a los Corintios 11, como san Juan con el lavatorio de los pies. (Jn 13).

¿De qué palabras se trata? Nada menos que aquellas del Señor Jesús:

Que la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía. (1Cor 11,23-24).

 

 

Evangelio: San Juan 13, 1-15

 

4.1.- Jesús antes de partir de esta vida, quiere que sus discípulos comprendan, con un gesto simbólico[6] que significa su misión: el lavatorio de los pies es la expresión del compromiso por el servicio a la comunidad que se le ha encargado. Es muy significativo que en el lugar en que los evangelios sinópticos colocan la Última Cena, Juan, sin decir una palabra sobre esta cena, describe el signo más transparente del amor y del servicio, porque cuando había llegado la hora, en el momento en que su misión termina, Jesús quiere demostrar su compromiso definitivo con la humanidad por medio del servicio.

El lavado de los pies era un gesto que en la antigüedad mostraba acogida y hospitalidad; de ordinario lo hacía un esclavo o una mujer, la esposa a su marido, los hijos o las hijas al padre un gesto de deferencia o de consideración excepcional para con los huéspedes. Jesús rompe con la tradición: no pide ayuda. Él, que preside la cena y dentro de ella, realiza el lavatorio de los pies, demostrando que no hay alguno mayor que pudiera ser el primero; la comunidad de sus discípulos se conforma en la igualdad y en la libertad como fruto del amor; y el Señor se convierte en el servidor, porque la verdadera grandeza no está en el honor humano sino en el amor que transforma a los hombres y mujeres en la presencia de Dios en el mundo. Dicho gesto se comprende bien dentro de la teología de la encarnación del mismo Juan y también en el sentido de la misma en Pablo (cfr. Flp 2,5-8). Pero el gesto no apunta simplemente a presentarnos una teología propia de Juan, puesto que no es difícil encontrar en la otra tradición evangélica, la de los sinópticos, la misma inspiración naturalmente no dramatizada: por ejemplo, en Lc 22,27, en el contexto de la cena, nos son transmitidas palabras muy significativas de Jesús en el mismo sentido: Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve.

Por otra parte, el mismo relato indica que el lavato­rio de los pies es un medio por el cual los discípulos “tienen parte con” su Maestro (Tendrás parte conmigo: 13,8), lo que nos hace comprender que dicho gesto pertenece al cuerpo general de los preceptos destinados a los discípulos como comunidad cristiana, aunque no sea difícil referirlo a la actitud de quienes son asociados a la misión del Maestro en cuanto tal.

 

4.2.- Estaba cenando con sus discípulos, nos dice el evangelista Juan que se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura. Minuciosamente nos describe la escena porque cada uno de estos detalles revelan el verdadero sentido de la acción que Jesús va a ejecutar: el verdadero amor se traduce en acciones concretas de servicio. Cuando se dice que Jesús dejó el manto se expresa cómo deja de lado su vida, la vida que él da por sus amigos.

Luego toma un paño, como el que usaban los sirvientes que es, por lo tanto, símbolo del servicio.

Jesús niega la validez de los valores que el mundo ha creado; al ponerse de rodillas ante sus discípulos, Jesús, Dios entre los hombres, destruye la imagen de Dios creada por la religión:

Dios recupera su verdadero rostro con el servicio. Dios no actúa como un soberano celestial, sino como un servidor del hombre ya que el Padre al no ejercer dominio ninguno, sino que al comunicar vida y amor, no legitima ningún poder ni dominio. Lo que Dios hace por el hombre es levantarlo a su propio nivel; Jesús es el Señor, pero al lavar los pies a los suyos haciéndose su servidor, les da también a ellos la categoría de señores. Su servicio por tanto elimina todo rango porque en la comunidad que él funda cada uno ha de ser libre; son todos señores por ser todos servidores, y el amor produce libertad.

 

4.3.- Sus discípulos tendrán la misma misión: crear una comunidad de hombres y mujeres iguales y libres porque el poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder, ya que la grandeza y el poderío humanos no son valores a los que él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar.

Pedro rechaza que el Señor le lave los pies lo que indica que éste no ha entendido la acción de Jesús. Él piensa en un Mesías glorioso, lleno de poder y de riqueza y no admite la igualdad. Aún no sabe lo que significa amor, pues no deja que Jesús le manifieste la grandeza de su amor y su medida: igual que yo he hecho con ustedes, háganlo también ustedes (Orden de reiteración equivalente a aquel de: hagan esto en memoria mía. después de la Institución de la Eucaristía) La medida de nuestro amor a los demás es la medida con que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible, se puede hacer realidad si nos identificamos con él. Deberíamos poder decir como Pablo: No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

En cuanto a su significado, hay que repetir hasta el cansancio y con el mismo entusiasmo que este relato del evangelio de Juan nos transmite un mensaje verdaderamente central de la existencia en Jesucristo: la vida del Maestro ha sido un testimonio constante de la inversión de valores que hay que establecer para poder hacer parte del Reino de Dios. Hay que dar la vida, ponerla a los pies de los demás; no es el poder, ni la dignidad accidental, ni ningún otro motivo de dominación lo que constituye el secreto de la verdadera sabiduría de Dios. El gran valor que ennoblece al hombre es el de tener la disposición permanente para servir. Jesús lo ha proclamado, según el evangelio de Juan, por medio de un cuasi-sacramento, de una mimesis profética, de una parábola en acción que tiene fuerza incomparable:

Por amor al Padre y por amor a nosotros el Maestro se ha convertido en un esclavo: Tanto es así que morirá la muerte de los esclavos condenados al suplicio de la cruz: No he venido para ser servido sino para servir y dar mi vida en rescate por una multitud

El sentido profundo de la vida toda del Maestro es ser Servidor. Este ‘mundo al revés se convierte en el secreto para edificar un mundo muy distinto, cuya razón de ser no nos pudo ser revelada sino por el mismo Dios.

No celebramos el lavatorio de los pies simplemente para recordar un episodio interesante y conmovedor de la vida de Jesús, sino para reconocer en una expresión prácticamente sacramental la única manera que existe de llegar a ser dignos y auténticos discípulos del Maestro.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

El mundo visible proclama la bondad de Dios, pero nada la proclama tan claramente como la venida de Dios ente los hombres. Sabemos que aquel que era de condición divina, tomó la condición de servidor. No es que se rebajó en dignidad, sino que aumentó y engrandeció su amor hacia la humanidad. Y el tremendo misterio que hoy se cumple nos permite ver las consecuencias de dicho abajamiento: ¡el Salvador les lavó los pies a sus discípulos!

Realmente, al asumir el Dueño de todo el universo los rasgos de nuestra humanidad, se revistió de la condición de servidor, y nos lo ha mostrado con esa manera tan característica del actuar de Dios en la Encarnación, levantándose de la mesa. Aquel que provee la subsistencia de todos los seres que moran bajo el sol, está sentado entre los Apóstoles; el Maestro, entre los esclavos, la fuente de la sabiduría, entre los ignorantes; el Verbo, entre hombres sin instrucción; el autor de la sabiduría, entre iletrados. Aquel que da su alimento a todo viviente, toma su alimento sentado a la misma mesa que sus discípulos, y aquel que provee su alimento al entero universo, [en esa mesa] recibe también él su alimento.

No sólo se conformó con hacer a sus servidores el inmenso favor de sentarse a comer con ellos. Pedro, Mateo y Felipe, seres de esta tierra, están sentados con él, mientras que Miguel, Gabriel y toda la multitud de los ángeles lo rodea respetuosamente. ¡Cosa realmente admirable! Mientras los ángeles se mantienen temerosamente a prudente distancia, los discípulos comparten con él la mesa con total familiaridad.

Ni siquiera esa maravilla es suficiente, sino que, así dice el Evangelio, se levantó de la mesa. Aquel al que la luz envuelve como un manto, se despoja del manto que lo envolvía; aquel que ciñe el cielo de nubes, ciñe su cintura con un delantal; el que hace correr las aguas de los lagos y de los ríos, va vertiendo el agua en un recipiente. Aquel ante el cual se postran el cielo, la tierra y los abismos, lava, arrodillado, los pies a sus discípulos. El Señor del universo lavó los pies de sus discípulos. ¡Eso para nada disminuye su dignidad, sino que muestra su gran amor hacia nosotros!

Por inmenso que fuera ese amor, Pedro no olvida que se trata del Señor de majestad. El hombre al que su ardor impulsa siempre a creer, su impetuosidad lo lleva a reconocer con precisión la realidad. Los otros discípulos, no por indiferencia sino por temor, se dejaron lavar los pies sin decir palabra. Pero el respeto le impidió a Pedro permitírselo hacer, y por eso le dijo: ¿Tú, Señor, quieres lavarme los pies? ¡Tú, Señor, jamás me vas a lavar los pies a mí! Pedro habla con mucha rudeza. Dice bien, pero ignorando la manera cómo actúa Dios; rehúsa por espíritu de fe; pero después obedecerá de todo corazón. Los fieles cristianos debemos obrar de idéntica manera: sin obstinarnos en nuestras decisiones, cediendo a la voluntad de Dios.

Si bien Pedro expreso su opinión muy humanamente, luego se arrepintió por amor a Dios. Cuando el Salvador constató su reticencia, más fuerte que la del más resistente de los yunques, le dijo: Si yo no te lavo, no podrás compartir nada conmigo. Fíjate que el asunto era grave y fíjate cómo quebró la reticencia de Pedro. Mostrándose todavía más rudo que él, lo increpó con un tono demoledor: excluía a Pedro de su compañía para lograr que triunfara la voluntad de Dios sobre la obstinación de Pedro.

Entonces Pedro, el hombre bueno y admirable, rápido en expresar su opinión, se mostró igualmente rápido en arrepentirse. Habiendo captado la dureza de las palabras a él dirigidas, se mostró todo entero en su arrepentimiento: ¡No sólo los pies, sino las manos y la cabeza!, [como diciendo:] “Purifícame totalmente, lávame todo entero, para que pueda decir como David: ¡Lávame y quedaré más blanco que la nieve!”[7]

 

pmaxalexander@gmail.com

[1] Papa Francisco, Centro Penitenciario para Menores “Casal del Marmo”: 28-03-2013

[2] Es decir, el ordenamiento de la celebración pascual judía.

[3] Leer Mt 26,30.

[4] Benedicto XVI, Catequesis del 25 de mayo del 2005. Acortada y adaptada.

[5] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia 2. Este último párrafo cita de mi artículo en Soleriana 28(2007)224-225.

[6] Nuestros hermanos, los cristianos de los primeros siglos, discutieron incluso si el lavatorio no era un “sacramento”; sin duda que es un “sacramental”. San Agustín decía del gesto del Lavatorio que en su tiempo: “lo que no se hacía con las manos (es decir: lavar los pies), se realiza con el corazón”. En la tradición bautismal pascual el obispo de Milán, san Ambrosio, lavaba los pies a los catecúmenos recién bautizados antes de que entraran a la tierra prometida, anticipada en cada Eucaristía, ya que iban a participar por primera vez en ella.

[7] Severiano de Gábala, Homilía para el lavatorio de los pies, traducida de: Revue des Études byzantines, 1967, pp. 227‑229. Severiano nació en la segunda mitad del s. 4º y murió, después del 408, reinando Teodosio «hijo suyo por el bautismo» (Genadio, De viris illustribus, 21). Obispo de Gábala (ciudad de Siria), famoso por su gran talla como predicador y enemigo de san Juan Crisóstomo hasta tal punto que llega a defender desde el púlpito su deposición; conocedor erudito de las Escrituras que interpreta según el método más rigurosamente literal de la escuela antioquena. Genadio nos habla de una Exposición de la Epístola a los Gálatas, obra desaparecida. En las ‘cadenas’ (catenae) bíblicas se conservan fragmentos de un comentario de Severiano a todas las epístolas de san Pablo, en el que no sólo comenta el texto, sino que, a veces, plantea discusiones teológicas. Su obra exegética existía en dos recensiones. De Severiano se conservan unos treinta sermones, casi todos entre las obras del Crisóstomo. Se le atribuyen otros sermones que se conservan en árabe, copto y siriaco, pero su autenticidad no ha sido plenamente demostrada. Es de notar la importancia de Severiano por lo que respecta a la homilética occidental. [Datos biográficos tomados y adaptados de: Enciclopedias GER]

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