Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

SEGUNDO DOMINGO DURANTE

EL AÑO, Ciclo “C”

19-20 de enero 2013

 

 

 

Introducción

 

Este domingo actúa como una bisagra: si bien por un lado abre hacia el tiempo durante el año, por el otro en él resuena un fuerte eco de Navidad-Epifanía-Bautismo, ya que el “signo” de las Bodas de Caná es la tercera manifestación epifánica de Cristo, junto con la de los Magos con su estrella y la del Bautismo[1].

En realidad el gran símbolo del amor esponsalicio entre Cristo y la Iglesia es el que da unidad a las tres ‘manifestaciones’ celebradas en Epifanía, en el Bautismo y hoy, a través de las Bodas Mesiánicas, cosa que ya hemos mostrado en nuestros subsidios de Epifanía y del Bautismo del Señor, a través de las antífonas correspondientes al Benedictus y al Magníficat de Epifanía[2]El gran patrólogo M. Simonetti ha publicado recientemente un estudio sobre los orígenes de estas antífonas del día de Epifanía en la liturgia ambrosiana, en textos que provienen del siglo 4º y cuyo tenor es el siguiente:

Hoy el celestial Esposo  ha unido a sí a la Iglesia: ya que en el Jordán  la  lavó de sus pecados. Se apresuran los Magos trayendo dones para las nupcias reales; y los convidados se alegran por el agua convertida en vino.El soldado bautiza al Rey, el siervo a su Señor, Juan al Salvador. El agua del Jordán se asombra; la paloma atestigua: resuena la voz paterna: “este es mi Hijo, en el cual me complazco, escúchenlo”[3].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 62,1-5

 

1.1.- Por amor a Sión no me callaré, por amor a Jerusalén no descansaré, hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante y su salvación, como una antorcha encendida (v.1). ¿Quién es el que habla? Podría ser Dios, que expresa su inquebrantable voluntad de llevar a buen puerto su proyecto salvífico, como también podría ser que hable el profeta, dando voz a su intenso deseo en favor de la salvación de Israel. En última instancia, ambas respuestas son complementarias: el profeta se coloca en plena sintonía con los proyectos del Señor: desea aquello que Dios desea (y a su vez, le pone en el corazón el desearlo): los desposorios entre Dios y su pueblo.

 

1.2.- A la vuelta del Exilio, en el momento en el que el profeta habla, la situación es semejante,- ¡para hablar con las imágenes del evangelio de este domingo! -, a la de las bodas de Caná, en las cuales no hay vino, ni entusiasmo, todo parece oscuro, pesado, sin sentido…  Dios, por medio del profeta impulsa a su pueblo a la alegría, al optimismo, a levantar la cabeza aguardando el momento de los desposorios, de la fiesta de bodas, del momento de amor pleno entre Dios e Israel, cuando el amor se transforme en gozo pleno y, por lo tanto, en alabanza, canto y celebración. Todo amor auténtico lleva, al menos implícita, la afirmación: “es hermoso que tú seas”.

¡He ahí el sentido de toda vida humana! Nacida de la fuente del amor gratuito de Dios está destinada a desembocar nuevamente en dicho amor. La tradición bíblica nos presenta el Cielo como una eterna liturgia de alabanza (Apocalipsis), a todo el universo transformado en un eterno aleluya, en un canto y en una alegre aclamación, no hay meta más alta que esta.

Al tener que enfrentar nuestras dificultades y desolaciones, que por cierto no faltan, tenemos que tener muy presente esta perspectiva. Este es el desafío que esta profecía nos propone…

La situación y la vida de la Iglesia de hoy no dejan de tener semejanzas con aquella Jerusalén abandonada y desolada de la que habla el profeta… Las injusticias y una violencia difusa, que todo lo invade, induce al miedo y al pesimismo…

¡Menos mal que ésta no es la palabra última, la última palabra! El amor de Dios nos ha regalado a la Palabra que se hizo carne, desposada eternamente con nuestra humanidad. Su presencia pone a salvo la fiesta de la vida: ¡la nuestra y la de la Iglesia toda! El banquete eucarístico es maravilloso y humilde anticipo del banquete de bodas del Cordero, realidad de fe que nos impulsa a levantar la cabeza, a pesar de todas las dificultades, con la mirada puesta en aquella fiesta en la cual gozaremos de una inimaginable plenitud de vida, porque el Señor pone en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye; y como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios (v. 5): ¡Amén, aleluya!

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 95[96],1-3. 7-10a. c.

 

2.1.- Digan a los pueblos: “El Señor es rey”. Esta exhortación del salmo 95 (v. 10),(…), en cierto sentido ofrece la tonalidad en que se modula todo el himno. En efecto, se sitúa entre los “salmos del Señor rey”, que abarcan los salmos 95-98, así como el 46 y el 92.

(…) En estos cánticos el centro está constituido por la figura grandiosa de Dios, que gobierna todo el universo y dirige la historia de la humanidad. También el salmo 95 exalta tanto al Creador de los seres como al Salvador de los pueblos: Dios afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente (v. 10). El verbo “gobernar” expresa la certeza de que no nos hallamos abandonados a las oscuras fuerzas del caos o de la casualidad, sino que desde siempre estamos en las manos de un Soberano justo y misericordioso.
2.2.- El salmo 95 comienza con una invitación jubilosa a alabar a Dios, una invitación que abre inmediatamente una perspectiva universal: cante al Señor, toda la tierra (v. 1). Se invita a los fieles a contar la gloria de Dios a los pueblos y, luego, a todas las naciones para proclamar sus maravillas (v. 3). Es más, el salmista interpela directamente a las “familias de los pueblos” (v. 7) para invitarlas a glorificar al Señor. Por último, pide a los fieles que digan a los pueblos: el Señor es rey (v. 10), y precisa que el Señor “gobierna a las naciones” (v. 10), a los pueblos (v. 13). Es muy significativa esta apertura universal de parte de un pequeño pueblo aplastado entre grandes imperios. Este pueblo sabe que su Señor es el Dios del universo y que los dioses de los paganos son apariencia (v. 5).

El Salmo se halla sustancialmente constituido por dos cuadros. La primera parte (vv. 1-9) comprende una solemne epifanía del Señor “en su santuario” (v. 6), es decir, en el templo de Sión. La preceden y la siguen cantos y ritos sacrificiales de la asamblea de los fieles. Fluye intensamente la alabanza ante la majestad divina: Canten al Señor un cántico nuevo, (…) canten (…), canten (…), bendigan (…), proclamen su victoria (…), cuenten su gloria, sus maravillas (…), aclamen la gloria y el poder del Señor, aclamen la gloria del nombre del Señor, entren en sus atrios trayéndole ofrendas, póstrense (…) (vv. 1-3, 7-9).

Así pues, el gesto fundamental ante el Señor rey, que manifiesta su gloria en la historia de la salvación, es el canto de adoración, alabanza y bendición. Estas actitudes deberían estar presentes también en nuestra liturgia diaria y en nuestra oración personal.

 

2.3.- En el centro de este canto coral encontramos una declaración contra los ídolos. Así, la plegaria se manifiesta como un camino para conseguir la pureza de la fe, según la conocida máxima: lex orandi, lex credendi, o sea, la norma de la oración verdadera es también norma de fe, es lección sobre la verdad divina. En efecto, esta se puede descubrir precisamente a través de la íntima comunión con Dios realizada en la oración.

El salmista proclama: Es grande el Señor, y muy digno de alabanza, más temible que todos los dioses. Pues los dioses de los paganos son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo (vv. 4-5). A través de la liturgia y la oración la fe se purifica de toda degeneración, se abandonan los ídolos a los que se sacrifica fácilmente algo de nosotros durante la vida diaria, se pasa del miedo ante la justicia trascedente de Dios a la experiencia viva de su amor.

 

2.4.- Pero pasemos al segundo cuadro, el que se abre con la proclamación de la realeza del Señor (vv. 10-13). Quien canta aquí es el universo, incluso en sus elementos más misteriosos y oscuros, como el mar, según la antigua concepción bíblica: Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra (vv. 11-13).

Como dirá San Pablo, también la naturaleza, juntamente con el hombre, espera vivamente (…) ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 19. 21).

Aquí quisiéramos dejar espacio a la relectura cristiana de este salmo que hicieron los Padres de la Iglesia, los cuales vieron en él una prefiguración de la Encarnación y de la crucifixión, signo de la paradójica realeza de Cristo.

 

2.5.- Así, san Gregorio Nacianceno, al comienzo del discurso pronunciado en Constantinopla en la Navidad del año 379 o del 380, recoge algunas expresiones del salmo 95:  “Cristo nace:  glorifíquenlo. Cristo baja del cielo: salgan a su encuentro. Cristo está en la tierra: levántense, cante al Señor, toda la tierra (v. 1); y, para unir a la vez los dos conceptos, “alégrese el cielo, goce la tierra” (v. 11) a causa de aquel que es celestial pero que luego se hizo terrestre” (Omelie sulla natività, Discurso 38, 1, Roma 1983, p. 44).

De este modo, el misterio de la realeza divina se manifiesta en la Encarnación. Más aún, el que reina “hecho terrestre”, reina precisamente en la humillación de la cruz. Es significativo que muchos antiguos leyeran el versículo 10 de este salmo con una sugestiva integración cristológica: El Señor reina desde el árbol de la cruz. Por esto, ya la Carta de Bernabé enseñaba que “el reino de Jesús está en el árbol de la cruz” (VIII, 5:  I Padri apostolici, Roma 1984, p. 198) y el mártir, san Justino, citando casi íntegramente el Salmo en suPrimera Apología, concluía invitando a todos los pueblos a alegrarse porque “el Señor reinó desde el árbol de la cruz” (Gli apologeti greci, Roma 1986, p. 121). (…)[4]

Segunda Lectura: 1ª carta a los Corintios 12,4-11

 

3.1.- Este domingo comenzamos a leer los capítulos 12 al 15 de la primera Carta a los Corintios, de los que seguiremos leyendo en los domingos subsiguientes. La lectura de hoy habla de los diversos dones del Espíritu Santo  que se dan en las comunidades cristianas. Los dones y los carismas son variados, pero todos provienen del mismo y único Dios  y brotan del amor único y unificador del Espíritu que el Hijo nos envía desde el Padre. Cada uno de los que ha recibido dichos dones está al servicio de la comunidad toda.

 

3.2.- Ni siquiera en la Iglesia se puede evitar que repercutan las posiciones políticas y las opciones sociológicas, ni que dejen de hacer sentir su influjo las leyes antropológicas. Sin duda se encontró san Pablo ante cierta “democratización” que no veía el hondo significado de los ministerios en la Iglesia. La distribución de estos ministerios no significa ante todo una escala de funcionarios que se disputan unos honores, ni se trata antes que nada de un cargo jerárquico meramente jurídico; se trata de unos dones que se conceden a uno o a otro para provecho de todos. El cargo que se recibe no es ante todo una investidura jurídica ni una concesión de poderes autoritarios, sino que cada cual llega a ser en la Iglesia, dentro de su rango y con su cargo, mediador y distribuidor de los dones cuya comunicación a los demás está encargado de asegurar. En la Iglesia, todos los ministerios son ministerios de servicio. San Pablo enumera distintas funciones que corresponden a otros tantos dones particulares. Seguidamente subraya que estos dones se distribuyen según la voluntad de Dios, pero que todos ellos proceden en su diversidad del mismo Espíritu Santo, y que todos colaboran a la creación única del pueblo de Dios.

 

3.3.- También aquí los trabajos del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, que versan sobre los obispos, sacerdotes y laicos, han tenido empeño en precisar estos distintos cometidos y ministerios. Si se ha podido denunciar cierto clericalismo, también es posible pronunciarse contra una falsa democracia. Por ejemplo, si en la celebración litúrgica hay que hacer un gran esfuerzo para subrayar la unidad de la asamblea, sin embargo no es uniformándolo todo ni cuidando de dejar que pase desapercibido el lugar donde se encuentra el celebrante ni, sobre todo, temiendo que éste asuma su papel de presidente, como se realiza lo que san Pablo acaba de enseñar. La presidencia del celebrante, litúrgicamente subrayada o por un emblema o por el lugar que ocupa, no es una presidencia ante todo jerárquica ni de superioridad, sino una presidencia ontológica. Por el celebrante pasa necesariamente toda la actividad ascendente de la asamblea, y por él pasan también todas las actividades descendentes por parte de Dios. En la liturgia, el primer celebrante es Cristo, y el sacerdote ocupa su lugar. No entender esto y reducir al sentimiento democrático de una región lo que debería ser signo de un determinado ministerio, no es adaptación sino confusión. Es preciso, por lo tanto, que sepamos admitir que el Espíritu distribuye a cada cual sus dones como quiere, pero siempre para provecho de todos[5].

 

 

Evangelio: san Juan 2,1-11(12)

 

4.1.- El don del vino nuevo se encuentra en el centro de la boda de Caná (cf. 2,1-12) (…)

A primera vista, el milagro de Caná parece que se separa un poco de los otros signos empleados por Jesús. ¿Qué sentido puede tener que Jesús proporcione una gran cantidad de vino -unos 520 litros- para una fiesta privada? Debemos, pues, analizar el asunto con más detalle, para comprender que en modo alguno se trata de un lujo privado, sino de algo con mucho más alcance.

Para empezar, es importante la datación: Tres días después había una boda en Caná de Galilea (2,1).

No está muy claro a qué fecha anterior hace referencia con la indicación del tercer día; pero precisamente por eso parece evidente que el evangelista otorga una gran importancia a esta indicación temporal simbólica que él nos ofrece como clave para entender el episodio.

En el PT, el tercer día hace referencia al día de la teofanía como, por ejemplo, en el relato central del encuentro entre Dios e Israel en el Sinaí: Al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos… El Señor había bajado sobre él en medio del fuego (Ex 19,16-18). Al mismo tiempo, es posible percibir aquí una referencia anticipada a la teofanía final y decisiva de la historia: la resurrección de Cristo al tercer día, en la cual los anteriores encuentros con Dios dejan paso a la irrupción definitiva de Dios en la tierra; la resurrección en la cual se rasga la tierra de una vez por todas, sumida en la vida misma de Dios. Se encuentra aquí una alusión a que se trata de una primera manifestación de Dios que está en continuidad con los acontecimientos del PT, los cuales llevan consigo un carácter de promesa y tienden a su cumplimiento. Los exegetas han contado los días precedentes en los que, según el Evangelio de Juan, había tenido lugar la elección de los discípulos (p. ej. Barrett, p. 213); concluyen que este tercer día sería al mismo tiempo el sexto o séptimo desde el comienzo de las llamadas; como séptimo día sería, por así decirlo, el día de la fiesta de Dios para la humanidad, anticipo del sábado definitivo descrito, por ejemplo, en la profecía de Isaías que se cita poco antes en el texto.

 

4.2.- Hay otro elemento fundamental del relato relacionado con esta datación. Jesús dice a María, su madre, que todavía no le ha llegado su hora. Eso significa, en primer lugar, que Él no actúa ni decide simplemente por iniciativa suya, sino en consonancia con la voluntad del Padre, siempre a partir del designio del Padre. De modo más preciso, la hora hace referencia a su glorificación, en que cruz y resurrección, así como su presencia universal a través de la palabra y el sacramento, se ven como un todo único. La hora de Jesús, la hora de su gloria, comienza en el momento de la cruz y tiene su exacta localización histórica: cuando los corderos de la Pascua son sacrificados, Jesús derrama su sangre como el verdadero Cordero. Su hora procede de Dios, pero está fijada con extrema precisión en el contexto de la historia, unida a una fecha litúrgica y, precisamente por ello, es el comienzo de la nueva liturgia en espíritu y verdad. Cuando en aquel instante Jesús habla a María de su hora, está relacionando precisamente ese momento con el del misterio de la cruz concebido como su glorificación. Esa hora no había llegado todavía, esto se debía precisar antes de nada. Y, no obstante, Jesús tiene el poder de anticipar esta hora misteriosamente con signos. Por tanto, el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de la hora y está interiormente relacionado con ella.

¿Cómo podríamos olvidar que este conmovedor misterio de la anticipación de la hora se sigue produciendo todavía? Así como Jesús, ante el ruego de su madre, anticipa simbólicamente su hora y, al mismo tiempo, se remite a ella, lo mismo ocurre siempre de nuevo en la Eucaristía: ante la oración de la Iglesia, el Señor anticipa en ella su segunda venida, viene ya, celebra ahora la boda con nosotros, nos hace salir de nuestro tiempo lanzándonos hacia aquella hora.

De esta manera comenzamos a entender lo sucedido en Caná. La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su “gloria”. La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres.

El marco del episodio -la boda- se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús. La promesa escatológica irrumpe en el presente. (…) En Jesús, de manera insospechada, Dios y el hombre se hacen uno, se celebran las “bodas”, las cuales, sin embargo -y esto es lo que Jesús subraya en su respuesta-, pasan por la cruz, por el momento en que el novio será arrebatado.

 

4.3.- [Consideremos todavía otro aspecto] del relato de Caná para sondear (…) su profundidad cristológica, la auto-revelación de Jesús y su “gloria», que se nos ofrece. El agua, que sirve para la purificación ritual, se convierte en vino, en signo y don de la alegría nupcial. Aquí aparece algo del cumplimiento de la Ley, que llega a su culminación en el ser y actuar de Jesús. No se niega la Ley, no se deja a un lado, sino que se lleva a cumplimiento su intrínseca expectativa La purificación ritual queda al fin y al cabo como un rito, como un gesto de esperanza Sigue siendo “agua”, al igual que lo sigue siendo ante Dios todo lo que el hombre hace sólo con sus fuerzas humanas. La pureza ritual nunca es suficiente para hacer al hombre “capaz” de Dios, para dejarlo realmente “puro” ante Dios el agua se convierte en vino: el don de Dios, que se entrega a sí mismo, viene ahora en ayuda de los esfuerzos del hombre, y con ello crea la fiesta de la alegría, una fiesta que solamente la presencia de Dios y de su don pueden instituir[6].

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

 

De la tierra sedienta[7]

ha manado una fuente,

que es capaz de saciar

 la sed de las naciones.

Del seno virginal,

como de una roca,

ha brotado una semilla,

que da sin cesar cosechas.

Graneros sin cuento

había llenado José [en Egipto],

pero se consumieron

en los años del hambre.

Una sola Espiga de la Verdad

ha dado un pan,y un pan celestial

que no se agota.

El pan que el Primogénito partió en el descampado se consumió y pasó,

aunque era mucho.

Ahora ha vuelto a partir  un nuevo pan, que ni las generaciones ni las razas

son capaces de agotar.

Se consumieron los siete panes que había partido, y también se acabaron los cinco panes que multiplicó.

Pero este único pan que ahora ha partido

ha conquistado a la creación; que cuanto más se distribuye,

más se multiplica[8].

También llenó las ánforas

con una gran cantidad de vino; pero lo escanciaron y se consumió,

aunque era mucho[9].

El cáliz que dio, en cambio,

contenía poca bebida; pero su poder era enorme,

ilimitado.

Es un cáliz que acepta

toda clase de vinos, pero el misterio que lleva dentro

es siempre igual a sí mismo.

Aquel único pan que partió entonces

no tiene frontera alguna; y aquel único cáliz que escanció

no tiene límites.

Aquel grano de trigo, que fue sembrado entonces[10],

a los tres días ascendió y ha llenado el granero de la Vida.

Es un pan espiritual,

igual que el que lo da; y da la vida, de un modo espiritual,

a los espirituales[11].

Cada cual, según fuera la medida

de su discernimiento, así percibía

al que es más grande que todos.

Sólo en su Padre

es perfecta la medida de su conocimiento,

que sólo Él sabe lo grande que es.

Los seres celestiales, en cambio,

igual que los terrestres, pueden sólo llegar a conocerlo

cada cual conforme a su capacidad.

Él, siendo el Señor de todo,

nos da todas las cosas; siendo el que enriquece a todos,

de todos toma prestado.

Él es quien lo da todo,

como que no tiene necesidad alguna; y luego lo vuelve a tomar prestado,

como si lo necesitara.

Él daba los rebaños de ovejas y de vacas,

como Creador; y luego pedía los sacrificios,

como si tuviera necesidad de ellos.

Él convirtió el agua en vino,

como Creador; pero luego bebió de él

como los pobres.

En la fiesta de bodas

hizo la mezcla con lo que Él poseía[12]: mezcló su vino y lo dio a beber,

allí donde no era más que un invitado[13].

pmaxalexander@gmail.com

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