Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

EPIFANÍA DEL SEÑOR 


05/06 de enero 2013

 

 

 

La Triple Epifanía de Cristo:

homenaje de los Magos; Bautismo en el Jordán; Bodas de Caná

[Ilustración. Reichenau, hacia 1050]

 

 

Introducción

 

Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: Hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; Hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; Hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya.

(Epifanía, Antífona del Magníficat)

 

0.1.- La “trama escondida” de la Epifanía

Solemos enfocar esta hermosa fiesta centrándola en la manifestación de Cristo a los pueblos paganos que vienen a adorarlo anticipadamente en la persona de los Magos venidos de Oriente, lo cual es correctísimo y está además basado en lo que, por ejemplo, pedimos en la oración colecta de este día, pero, a su vez, muy limitado…, ya que al mirar  con atención la imagen que preside este subsidio y rezar la antífona que la encabeza[1]  es posible descubrir la mirada contemplativa de las Iglesias de Oriente, de las que hemos heredado la fiesta de Epifanía. Esta fiesta no es para ellas una especie de ‘deslucida repetición de la Navidad’, sino, todo lo contrario, es la gloriosa triple-única manifestación de Cristo, Esposo de la Iglesia, para cuyas bodas (¡anticipadas en la Encarnación, celebradas en la Pascua, consumadas en la escatología!), los [Reyes]-Magos traen sus dones, siendo el vino de Caná  el encargado de alegrar a los invitados  al banquete de bodas del Cordero[2] (Ap 19,9),  regalándoles así la sobria-ebriedad del Espíritu.

 

0.2.- En Jerusalén la estrella ciertamente se había ocultado. Después del encuentro de los Magos con la palabra de la Escritura, la estrella les vuelve a brillar. La creación, interpretada por la Escritura, vuelve de nuevo a hablar al hombre. Mateo  recurre a superlativos para describir la reacción de los Magos: Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría (Mt 2,10). Es la alegría del hombre al que la luz de Dios le ha llegado al corazón y que puede ver cómo su esperanza se cumple: la alegría de quien ha encontrado y ha sido encontrado.

Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron (2,11). En esta frase llama la atención la falta de san José, que es el punto de vista desde el cual Mateo escribió el relato de la infancia. Durante la adoración a Jesús encontramos sólo aMaría su madre. Todavía no se ha hallado una explicación del todo convincente para esto. Hay algún que otro pasaje del Primer Testamento en el que se atribuye a la madre del rey una importancia particular (p. ej.  Jr 13,18). Pero quizá esto no es suficiente. Probablemente esté en lo cierto Gnilka cuando dice que Mateo pretende traer  a la memoria el nacimiento de Jesús de la Virgen y describe a Jesús como el Hijo de Dios (p. 40).

Ante el niño regio, los Magos adoptan la proskýnesis, es decir se postran ante él. Éste es el homenaje que se rinde a un Dios-Rey. De aquí se explican los dones que a continuación ofrecen los Magos. No son dones prácticos que en aquel momento tal vez hubieran sido útiles para la Sagrada Familia. Los dones expresan lo mismo que la proskýnesis: son un reconocimiento de la dignidad regia de aquel a quien se ofrecen. El oro y el incienso se mencionan también en Isaías 60,6 como dones que ofrecen los pueblos al Dios de Israel[3].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 60,1-6

 

1.1.- La lectura de Isaías nos ubica en el período sucesivo a la vuelta del exilio en Babilonia. El país ha sido parcialmente reconstruido, la vida en Israel ha resurgido, pero entre mil y una dificultades y obstáculos.  ¿Será este el plan de Dios? ¿Qué Israel tenga “que-ir-tirando”? ¿Y a dónde fueron a parar las promesas proféticas de un futuro radiante y luminoso? El problema de Israel durante este período era el de tener que soportar una existencia ‘gris’, insignificante, pobre, marginal…

La Palabra de Dios aclarará el sentido de la situación actual abriendo nuevas perspectivas. Fue precisamente en el período del pos-exilio cuando Israel fue tomando más clara conciencia de estar llamado a una misión universal, en función y a favor de todos los pueblos.

 

1.2.- El profeta ve a todos los pueblos como envueltos en una densa niebla, en  tinieblas. Una sola ciudad  brilla luminosa en medio de tanta oscuridad: ¡Jerusalén! Esa luz,- que es la de Dios, la de su presencia radiante[4]  y transfiguradora, la de su Palabra -, es la que reverberando en ella se refleja(rá) sobre el mundo entero[5].

Israel no debe creer que es insignificante, que resurja de su anonadamiento, de su desaliento, dejándose iluminar por la gloria del Señor, entonces todos los pueblos serán iluminados por su luz y  reconociéndose deudores suyos volcarán sobre ella sus tesoros[6].

 

1.3.- Nuestra Madre, la Iglesia, nos propone esta lectura para la fiesta de la Luz que es Epifanía: lo hace porque desde Israel brilla la luz de los pueblos, que es Cristo. A través suyo Jerusalén ha iluminado verdaderamente al mundo entero. Cristo es la luz de todos los pueblos, nos lo recuerda el Concilio Vaticano II,  y  la Iglesia desea ardientemente, anunciando el Evangelio a toda criatura, iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo que resplandece sobre el rostro de la Iglesia (LG 1).

 

1.4.- Concluyamos puntualizando tres aspectos.

Primero: la promesa de Dios jamás es engañosa. Su plan de salvación permanece y prosigue su obra a través de todas las circunstancias: oscuras o luminosas, hermosas u horripilantes. No sabemos cómo se realizará la Palabra, pero sí sabemos que se realizará. Por eso es necesario confiar siempre en Dios y confiarnos a Él.

Segundo: cuando Dios llama (a una persona o a un pueblo), lo hace para provecho de todos. La vocación no es un fin en sí mismo, sino que inserta al llamado (individuo o pueblo) en un proyecto que lo supera. La misma Iglesia no tiene su finalidad en ella misma, sino que escomo un signo e instrumento de la unión entre el hombre y Dios, y de la unidad de todo el género humano (LG 1).

Tercero: tal como lo expresa muy bien la citación conciliar el proyecto de Dios es la unidad de la familia humana, la fraternidad universal. El horizonte definitivo de la historia se cumple en la Jerusalén nueva, la Ciudad en la que Dios habitará junto a todos los hombres viviendo armoniosamente.

 

 

Salmo responsorial: Salmo 71(72)

 

2.1.- (…) Comienza, el salmo, con una intensa invocación coral a Dios para que conceda al soberano el don fundamental para el buen gobierno: la justicia. Esta se aplica sobre todo con respecto a los pobres, los cuales, por el contrario, de ordinario suelen ser las víctimas del poder. Conviene notar la particular insistencia con que el salmista pone de relieve el compromiso moral de regir al pueblo de acuerdo con la justicia y el derecho… Del mismo modo que el Señor rige el mundo con justicia (leer. Sal 35, 7), así también debe actuar el rey, que es su representante visible en la tierra -según la antigua concepción bíblica- siguiendo el modelo de su Dios.
2.2.- Si se violan los derechos de los pobres, no sólo se realiza un acto políticamente incorrecto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, porque el Señor es el tutor y el defensor de los pobres y de los oprimidos, de las viudas y de los huérfanos (leer Sal 67, 6), es decir, de los que no tienen protectores humanos…

 

2.3.- Después de esta viva y apasionada imploración del don de la justicia, el Salmo ensancha el horizonte y contempla el reino mesiánico-real, que se despliega a lo largo de las coordenadas del tiempo y del espacio. En efecto, por un lado, se exalta su larga duración en la historia. Las imágenes de tipo cósmico son muy vivas: el paso de los días al ritmo del sol y de la luna, pero también el de las estaciones, con la lluvia y la floración.

Por consiguiente, se habla de un reino fecundo y sereno, pero siempre marcado por dos valores fundamentales: la justicia y la paz (ver v. 7). Estos son los signos del ingreso del Mesías en nuestra historia. Desde esta perspectiva, es iluminador el comentario de los Padres de la Iglesia, que ven en ese rey-Mesías el rostro de Cristo, rey eterno y universal.

 

2.4.- Por otro lado, el salmista define también el ámbito espacial dentro del cual se sitúa la realeza de justicia y de paz del rey-Mesías. Aquí entra en escena una dimensión universalista que va desde el Mar Rojo o desde el Mar Muerto hasta el Mediterráneo, desde el Éufrates, el gran “río” oriental, hasta los últimos confines de la tierra, a los que se alude citando a Tarsis y las islas, los territorios occidentales más remotos según la antigua geografía bíblica (…). Es una mirada que se extiende sobre todo el mapa del mundo entonces conocido (…)

 

2.5.- Según una característica propia de los poemas mesiánicos, toda la naturaleza está implicada en una transformación que es ante todo social: el trigo de la mies será tan abundante que se convertirá en un mar de espigas que ondean incluso en las cimas de los montes. Es el signo de la bendición divina que se derrama en plenitud sobre una tierra pacificada y serena. Más aún, toda la humanidad, evitando o eliminando las divisiones, convergerá hacia este soberano justo, cumpliendo así la gran promesa hecha por el Señor a Abraham: él será la bendición de todos los pueblos de la tierra (v. 17; ver Gn 12, 3).

 

2.6.- La tradición cristiana ha intuido en el rostro de este rey-Mesías el retrato de Jesucristo. En su Exposición sobre el salmo 71, sanAgustín, interpretando precisamente este canto en clave cristológica, explica que los desvalidos y los pobres, a los que Cristo viene a ayudar, son “el pueblo de los creyentes en él”. Más aún, refiriéndose a los reyes, a los que el salmo había aludido antes, precisa que “en este pueblo se incluyen también los reyes que lo adoran, pues no han renunciado a ser desvalidos y pobres, es decir, a confesar humildemente sus pecados y reconocerse necesitados de la gloria y de la gracia de Dios, para que ese rey, hijo del rey, los liberara del poderoso”, o sea, de Satanás, el “calumniador”, el “fuerte”. “Pero nuestro Salvador ha humillado al calumniador, y ha entrado en la casa del fuerte, arrebatándole sus enseres después de encadenarlo (leer Mt 12, 29); él “ha librado al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector”. En efecto, ninguna otra potencia creada habría podido hacer esto: ni la de un hombre justo cualquiera, ni siquiera la del ángel. No había nadie capaz de salvarnos, y he aquí que ha venido él en persona y nos ha salvado”[7].

 

 

Segunda Lectura: Efesios 3,2-3.5-6

 

3.1- Esta lectura nos habla del carácter de “revelación” que asume el plan de Dios. El “misterio” que se ha dado a conocer a Pablo es el plan salvífico que estaba escondido desde la eternidad en Dios. Su revelación es una decisión libre de Dios, fruto del amor que tiene al hombre. Es la salvación que se realiza en Cristo y por Cristo. Pablo afirma que en el tiempo presente se da una más profunda penetración del misterio de Dios. El proceso de penetración del plan de salvación con frecuencia sigue un camino lleno de dificultades como lo demuestra la misión apostólica de Pablo. La Iglesia está siempre en camino hacia este conocimiento y ha de saber intuir los signos de Dios.

 

3.2.- En Pablo la visión del misterio de Cristo se ha ido profundizando en el curso de las experiencias misioneras. Ha sufrido en su carne el problema de la unidad de la Iglesia. La Iglesia tiene hoy una sensibilidad peculiar en el tema de las relaciones con las otras religiones porque su misión es manifestar al mundo la salvación de Dios.

En tiempo de Pablo los griegos dividían a los hombres en griegos y bárbaros, y los judíos, en judíos y gentiles. También en nuestros ambientes hay la inclinación a dividir la humanidad en dos partes según el gusto de cada uno. No usamos la misma terminología que los griegos y judíos, pero vivimos la misma realidad. Hoy la Iglesia no está comprometida por la tensión entre judíos y gentiles, pero hay otras tensiones y divisiones. No podemos olvidar que la revelación del plan salvífico de Dios continúa siendo el centro y el punto de referencia de la vida de la Iglesia[8].

 

 

Evangelio: San Mateo 2,1-12

 

4.1.- De las tres manifestaciones de Cristo [Caná, Bautismo, Magos], celebradas conjuntamente en la fiesta de Epifanía por las Iglesias de Oriente, en la liturgia romana y en nuestra piedad prevaleció la de los Magos, sin duda porque los creyentes hemos entrevisto que este recorrido de vida, guiado  por una estrella, reflejaba nuestra propia historia.

 

4.2.- La estrella que los Magos siguieron hasta Jerusalén brilló para ellos en un cielo tachonado de estrellas en su oriente lejano, probablemente no se distinguía de las demás estrellas ni por su luz ni por sus dimensiones. Tal vez era como las demás estrellas, pero era la estrella del Mesías. Era una estrella desconocida, jamás vista. ¡Se habían visto tantas! ¡Tantas  conocían! Muchos vieron esa estrella en el cielo. Muy pocos le hicieron caso. Solamente tres la siguieron, y sin embargo brillaba igualito que las demás. Los tres dejaron su patria y su familia, afrontando los riesgos de un viaje largo y peligroso para seguir  a esa pequeña estrella que ellos no habían iluminado, que podía desaparecer en cualquier momento, y que, en una de esas, era una estrella como todas las demás.

 

4.3.- Partieron y se aventuraron, como en otros tiempos lo hizo Abrahán, sin saber a dónde dirigirse… Y lo que tenía que pasar, pasó…: la estrella, la pequeña estrella, se escondió, y los Magos, los tres magos quedaron solitos y desamparados, lejos de su patria, lejos de la meta de su viaje. Otros se habrían acobardado, habrían dado marcha atrás, pero la fe que ardía en sus corazones no se lo permitía. Para ellos este camino tenía una sola dirección: hacia adelante…

Pertenecen a esa clase de personas de las que habla la Carta a los Hebreos, aquellos creyentes que dejando su patria para responder al llamado de Dios, no sabrían volver atrás porque oscuramente aspiran a una patria mejor (Heb 11,15-16).

 

4.4.- Renegar de la estrella habría significado un peso insoportable para ellos, ya que gracias a ella habían conocido el llamado de Dios y habían comenzado a responder a él. No podían ser como los demás Magos, aquellos que se habían quedado tranquilamente en su tierra, ocupados en sus asuntos, sin enfrentar riesgo ninguno… Además, se sentían como marcados, llevaban la marca indeleble de la estrella, que como les obligaba-libremente a seguir y a proseguir.   Continuaron su viaje, fatigoso y penoso, sin la estrella, en una tierra desconocida, hasta Jerusalén, la ciudad santa, relicario y custodio de las más santas tradiciones,… obligados a preguntar, pensaban que allí podrían recibir nuevas indicaciones.

 

4.5.- Se consultaron los libros, se encontraron otras informaciones. Para los demás esas profecías eran otras tantas profecías, entre tantas otras, claro-oscuras y ambiguas como todas las demás. Habían sido los únicos en seguir la estrella, fueron los únicos en hacerle caso y en beneficiarse de la luz de las profecías relativas a ese pequeñísimo e insignificante pueblillo llamado Belén,…, eso porque las profecías, al igual que todos los demás signos que Dios envía están siempre envueltos en los pañales  de la ambigüedad, para que logren ser iluminados por los corazones bien dispuestos, tocados por la gracia y el amor de Dios.

 

4.6.- Su historia es nuestra historia, es la historia del creyente que responde a la llamada de Dios que le llegó en medio del barullo y la confusión de nuestro mundo y que, no obstante las tinieblas y las noches del Espíritu que deba atravesar, persevera en su camino.

Muchísimas veces,- ¡la gran mayoría! -, Dios se esconde y se revela escondidamente a aquellos que llama a su servicio, y se muestra justito,- en tanto y en cuanto baste -, como para dar el primer paso en la dirección a seguir, como a los Magos, en la oscuridad, en la fidelidad y en la fe, hasta el encuentro,…, cara a cara[9]

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

«Los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino»[10].

 

«Reconozcamos, amadísimos, en los Magos que adoran a Cristo las primicias de nuestra vocación y de nuestra fe y celebremos con el alma alborozada el comienzo de nuestra -feliz esperanza. Entonces fue cuando comenzamos a entrar en posesión de nuestra herencia eterna. Entonces se nos abrieron los misterios de la Escritura que nos hablan de Cristo, y la verdad (…) difundió su luz sobre todos los pueblos. Veneremos este día santísimo, en que  se manifestó el autor de nuestra salvación, y adoremos omnipotente en el cielo al que los Magos veneraron recién nacido en la cuna. Así como ellos ofrecieron al Señor dones sacados de sus tesoros con una significación mística, del mismo modo saquemos también nosotros de nuestro corazón dones dignos de Dios. Aunque Él distribuye todo bien, sin embargo, busca el fruto de nuestro trabajo. El reino de los cielos no es de los que duermen, sino de los que velan y trabajan en los mandamientos de Dios. Si no invalidamos los dones hechos por Él mismo, mereceremos, por los bienes que nos ha dado, recibir los que nos ha prometido»[11].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Ver igualmente: Hoy la Iglesia, purificada de sus pecados en el río Jordán, se une a Cristo su Esposo, corren los magos con dones a las bodas del Rey y el agua cambiada en vino alegra a los invitados. Aleluya. (Epifanía, Antífona del Benedictus)

[2] Si empleamos esta mirada profundamente bíblico-litúrgica podremos, además, redescubrir la unidad de las tres próximas ‘pascuas semanales’: Epifanía, Bautismo del Señor y del segundo domingo durante el año, que en los tres ciclos quieren ser un eco-prolongación de Epifanía  El domingo 2º durante el año se refiere aun a la manifestación del Señor, celebrada en la solemnidad de la Epifanía, por la perícopa tradicional de las bodas de Caná y otras dos, tomadas así mismo del Evangelio de san Juan (Leccionario reformado por el Vaticano II, notas preliminares, Nº 105)

[3] J. Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Buenos Aires 2012 (Traducción  J. Fernando del Río), pp. 111-112

[4] ‘Presencia radiante y luminosa’, en griego = epifanía.

[5] Los Padres hablaban del misterio de la Iglesia como ‘myseterium lunae’, es decir, de la Iglesia como la Luna que refleja la luz del Sol que es Cristo.

[6] Mira, Señor, los dones de tu Iglesia que no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo, tu Hijo, al que aquellos dones representaban y que ahora se inmola y se nos da en comida. Esta oración sobre las ofrendas de la misa de Epifanía nos muestra lo que jamás hay que olvidar: la eucaristía consiste no en que nosotros aportemos algo que no hayamos recibido del Señor, sino en el alegre y gozoso reconocimiento de haberlo recibido todo de Dios y de presentarlo ante Él gozosa, reconocida y agradecidamente. Ante el inmenso Regalo que nuestro Dios y Padre nos hace, su Hijo Jesucristo, surge espontáneo el deseo de regalarnos mutuamente, lo que se concretiza ‘cuasi sacramentalmente’ en los regalos gratuitos que en este período solemos hacer a aquellos que nada deben agradecernos, los niños, porque no se los hicimos nosotros, ¡los trajeron los reyes!, y tampoco son pago por haberse  portado bien, porque si son pago no son regalo, igual que Jesús es un regalo regalado regaladamente por nuestro Abba… Según la interpretación tradicional los reyes-magos  al traer oro, incienso y mirra reconocieron en el Niño a Dios (incienso) a la humanidad en toda su nobleza (oro) y en toda su mortal fragilidad (mirra), es decir que homenajean en Él lo que Él quiso hacerse para nosotros al inmolarse y dársenos como “fármaco de resurrección” (san Ignacio de Antioquía).

[7] San Agustín, Esposizione sul salmo 71, 14:  Nuova Biblioteca Agostiniana, XXVI, Roma 1970, pp. 809. 811. Todo este texto está formado por extractos de: Juan Pablo II, audiencias generales del 1º y del 15 de diciembre de 2004.

[8] Adaptado de P. Franquesa, Misa Dominical 1990, 1 y tomado de www.mercaba.org

[9] Adaptado y traducido de: J. Goldstein, Harmoniques évangéliques, París 1976, pp. 39-43.

[10] San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo. Tomado de www.mercaba.org

[11] San León Magno, Homilía tercera sobre la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, 4 (traducción de Manuel Garrido Bolaño en San León Magno. Homilías sobre el Año Litúrgico, Madrid 1969, pp. 128-129 [BAC 291]). León, que ostenta el título de Grande sobre todo por su contribución teórica y práctica al afianzamiento del primado de la Sede Apostólica romana, fue Papa de Roma entre 440 y 461, en el momento histórico en que el Imperio Romano se quebraba en Occidente ante el empuje de las invasiones bárbaras.

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