Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DURANTE

EL AÑO,

Ciclo “C”

15 de Setiembre

 

“Si una mujer pierde una moneda, acaso no enciende una lámpara…”

[Espejo de la salvación. Alemania, siglo 15]

Introducción

 

“Cristo no es él, en sí mismo, nuestra meta. Él es el Camino. Él es nuestro guía en el camino hacia la vida eterna, es decir, hacia el Padre. Sin deseos de ser provocativo, me atrevería a decir que algunas veces Cristo ha ocupado un puesto un tanto demasiado grande en nuestra cristología. En el Evangelio no es su persona la que ocupa el centro de su enseñanza. ¡Lo es el Padre! Sobre todo en el Evangelio de Marcos, Jesús no habla de sí mismo, no se proclama a sí mismo. Proclama el Reino de Dios hablando de Dios. Hablando de su Padre.

El corazón de las enseñanzas de Jesús tenemos que buscarlo en las parábolas, y la inmensa mayoría de las parábolas hablan del Padre. Jesús quiere enseñarnos qué clase de Padre es Dios. No hay duda de que la gran paradoja,- o, mejor dicho, la gran ironía -, está en que por lo general leemos las parábolas como si ellas hablaran de nosotros (lo que no deja de ser una manifestación de lo egocéntricos que podemos ser). Leemos las parábolas para encontrar en ellas enseñanzas morales, para averiguar cómo actuar. En la parábola del hijo pródigo, por ejemplo, no se trata, en primer lugar, del hecho de volver a Dios después de haber pecado,- es claro que ese mensaje se halla implícito en la parábola, pero como un consecuencia -, sino que nos habla del amor de Dios y de su misericordia hacia nosotros. Podríamos afirmar lo mismo de la mayoría de las parábolas”[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Éxodo 32,7-11. 13-14

 

1.1.- Moisés está en la cumbre del Sinaí, allí Dios le ha entregado las tablas de la alianza, mientras allá abajo, en el valle, Israel sucumbe a la tentación de hacerse un dios palpable, tangible y concreto, un toro de oro al que adorar. Estalla la cólera del Señor-YHVH, lo que da lugar a un impensado enfrentamiento  entre Dios y Moisés. Dios propone destruir a Israel para crear un nuevo pueblo a partir de los descendientes de Moisés, pero éste se opone rechazando decididamente dicha propuesta. ¡Maravilloso espectáculo de un ser humano que enfrenta, victoriosamente, a Dios! Por supuesto que necesitamos saberlo: es el Señor mismo quien inspira secretamente tal resistencia, pues desea ser vencido y convencido,-  ¿si esto no es amor, qué es?-, por la tenacidad y la fe de Moisés.

 

1.2.- El episodio es importante ya que nos revela el  auténtico rostro de Dios. Al fin y al cabo el asunto es el siguiente: ¿qué  es lo que prevalece en Dios, su cólera o su fidelidad? ¿Su justa aversión al pecado puede inducirlo a anular sus promesas, o es que éstas mantienen su validez pase lo que pase, contra viento y marea? De hecho Moisés le recuerda al Señor las promesas hechas a los patriarcas, a través de las cuales se ha comprometido solemnemente con Israel. Si Dios anulara su compromiso habría que concluir que no era una instancia definitiva sino condicionada, y que, substancialmente, la fidelidad de Dios a sus compromisos depende de la fidelidad del ser humano a los suyos. De ser así la suerte de Israel, destruido en el desierto, debido a su propia infidelidad, sería ejemplar, pero de modo negativo: Dios habría destruido al pueblo que había puesto su confianza en Él.

 

1.3.- Este episodio nos anuncia el evangelio,- ¡la buena noticia!-, de que no es así: en Dios la promesa goza siempre de precedencia, prevaleciendo sobre todo lo que se le oponga. Es importante notar cómo el pecado de Israel se da en el contexto del don de la Alianza: que lo sepa Israel, y con él, todos nosotros, que el don de la Ley  ya muestra a Dios inclinando la balanza a favor de la misericordia.  No se trata para nada de un pacto entre iguales, en el que cada uno tiene idénticos derechos y deberes, que sólo funciona si cada uno cumple con su parte: Dios se ha comprometido con una fidelidad total que no depende de la fidelidad de Israel. La Alianza está colocada desde el vamos bajo el signo de la gracia.

Moisés lo ha comprendido, y por eso le opone resistencia a Dios. Su experiencia no le ha enseñado a conocer un Dios despótico sino salvador, a un “tirano” inflexible sino fiel. Preciosa revelación que recorre todo el Primer Testamento y que  encuentra cabal expresión en ese estribillo que los salmos repiten tan frecuentemente: porque su amor es eterno, porque  eterna es su misericordia.

 

 

Salmo Responsorial: Salmo [51]50,3-4. 12-13. 17. 19

 

2.1.- (…) “Es significativo, ante todo, notar que, en  el original hebreo, resuena tres veces la palabra «espíritu», invocado de Dios  como don y acogido por la criatura  arrepentida  de  su pecado:  Renuévame  por dentro con espíritu firme; (…) no  me  quites  tu santo espíritu; (…) afiánzame con espíritu generoso (vv.12. 13. 14). En cierto sentido, utilizando un término litúrgico, podríamos hablar de una «epíclesis», es decir, una triple invocación del Espíritu que, como en la creación aleteaba por encima de las aguas (leer Gn 1, 2), ahora penetra en el alma del fiel infundiendo una nueva vida y elevándolo del reino del pecado al cielo de la gracia.

 

2.2.- Los Padres de la Iglesia ven en el «espíritu» invocado por el salmista la presencia eficaz del Espíritu Santo. Así, san Ambrosio está convencido de que se trata del único Espíritu Santo «que ardió con fervor en los profetas, fue insuflado (por Cristo) a los Apóstoles, y se unió al Padre y al Hijo en el sacramento del bautismo». (…). San Ambrosio, observando que el salmista habla de la alegría que invade su alma una vez recibido el Espíritu generoso y potente de Dios, comenta: «La alegría y el gozo son frutos del Espíritu y nosotros nos fundamos sobre todo en el Espíritu Soberano. Por eso, los que son renovados con el Espíritu Soberano no están sujetos a la esclavitud, no son esclavos del pecado, no son indecisos, no vagan de un lado a otro, no titubean en sus opciones, sino que, cimentados sobre roca, están firmes y no vacilan» (…)

 

2.3.- Con esta triple mención del «espíritu», el salmo 50, después de describir en los versículos anteriores la prisión oscura de  la culpa, se abre a la región luminosa  de la gracia. Es un gran cambio, comparable a una nueva creación: del mismo modo que en los orígenes Dios insufló  su  espíritu  en la materia y dio origen a la persona humana (leer Gn 2, 7), así  ahora el mismo Espíritu divino  crea de nuevo (Sal 50, 12), renueva, transfigura  y transforma al pecador arrepentido, lo vuelve a abrazar (cf. v. 13) y lo hace partícipe de la alegría de la salvación (v. 14). El hombre, animado por el Espíritu divino, se encamina ya por la senda de la justicia y del amor, como reza otro salmo: «Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres  mi Dios. Tu espíritu, que es bueno, me guíe por tierra llana» (Sal 142, 10).

 

2.4.- Después de experimentar este nuevo nacimiento interior, el orante se transforma en testigo; promete a Dios «enseñar a los malvados los caminos» del bien (cf. Sal 50, 15), de forma que, como el hijo pródigo, puedan regresar a la casa del Padre. Del mismo modo, san Agustín, tras recorrer las sendas tenebrosas del pecado, había sentido la necesidad de atestiguar en sus Confesiones la libertad y la alegría de la salvación.

Los que han experimentado el amor misericordioso de Dios se convierten en sus testigos ardientes, sobre todo con respecto a quienes aún se hallan atrapados en las redes del pecado. Pensamos en la figura de san Pablo, que, deslumbrado por Cristo en el camino de Damasco, se transforma en un misionero incansable de la gracia divina. (…)”[2].

 

 

Segunda Lectura: 1Timoteo 1,12-17

 

3.1.- Pablo recuerda ante el discípulo la prehistoria de su propio apostolado. En ella aparecen las persecuciones, los insultos y las blasfemias de Pablo. Es lógico que en ella Pablo se confiese pecador…, pero lo más admirable es el tiempo en que el verbo está redactado, un presente: Yo soy el primero (el peorde ellos, dice nuestro Leccionario en el v. 15). Pablo no se detiene aquí. No quiere darnos lecciones de humildad. Generosamente piensa en los que le seguirán a él y a Timoteo. No quiere que admiremos su comportamiento ni sus virtudes, sino la manifestación de la misericordia de Dios en él. (Ciertamente distinto de la hiperbólica descripción de méritos y milagros en tantas biografías de santos). La misericordia de Dios conmigo, nos dice Pablo, es una simple muestra de lo que hará también con ustedes (ver el v.16)[3].

 

 

Evangelio: san Lucas 15,1-32 (ó, más breve: 15,1-10)

 

Nota previa:

Aquellos que lo deseen podrán encontrar un comentario a la parábola del “Padre pródigo en amor” en el subsidio correspondiente al 4º domingo de cuaresma “C”, 09/10 de marzo 2013. A dicho subsidio remitimos. En esta oportunidad nos abocaremos sobre todo a reflexionar acerca de las otras dos pequeñas-grandes parábolas de la amorosa prodigalidad de Dios: la de la oveja y dracma perdidas.

 

4.1.- Después del humanarse de Jesús, Dios sola y únicamente puede sernos relatado por Jesús: encon ypor su vida Jesús de Nazaret ha-relatado-Dios, tanto así que sólo se puede ir al Padre a través suyo, sólo se puede conocer al Padre, conociéndolo a Él (Cf Jn 14,6). Más aun, podemos afirmar que Jesús haevangelizado Dios, en el sentido que ha transformado al Padre  en LA Buena Noticia en favor de los hombres: Al narrarnos a Dios con su propia vida, Jesús ha enjuiciado todas las imágenes de Dios que los seres humanos nos fabricamos con nuestras manos, juzgando todas las proyecciones humanas que frecuentemente atribuyen a Dios el rostro de un Dios hecho a imagen y semejanza nuestra, que nos amaría “únicamente si nosotros somos buenos”…[4]

 

4.2.- Jesús es puesto en la picota: este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.  Escribas y fariseos se escandalizan porque suponen que al recibir a los pecadores Jesús se hace de alguna manera cómplice de su pecado, aprobando su conducta. Todavía más problemático es el hecho de comer con ellos: comer con alguien es en todas las culturas, y lo es especialmente en la bíblica, expresión de gran familiaridad y de plena comunión. Todo esto significa el no respeto de las reglas de pureza legal. Si al menos los pecadores hubieran  vuelto al camino recto, obedientes a la Ley, no habría problema… No es lo que piensan nuestros escribas y fariseos: lo que ven es que los publicanos y pecadores se acercan a Jesús para escucharlo.

 

4.3.- La perspectiva de Jesús,- que es en todo fiel a la perspectiva más profunda del Primer Testamento[5], es que nos encontramos ante el HALLAZGO de algo,- ¡mejor dicho, de alguien! -, que se había extraviado, que estaba perdido y ha sido encontrado.

Cuando se produce un encuentro auténtico, de esos que permiten respirar a boca llena la novedad de Dios, irrumpe irrefrenable como un vendaval, un inmenso gozo y una alegría indescriptible: Jesús quiere contagiarnos el gozo   de Dios su Padre que se pone a dar “tumbas carnero” por la alegría de haber encontrado “una moneda” [entre “diez”], o “una oveja” [entre “cien”],  tratando de mostrar en la desproporción cuantitativa la inmensa y desproporcionada alegría que sólo un amor desmedido,- ¡sin medida! -, como el del Padre, puede tener: cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”. Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador… Jesús nos está confidenciando que su corazón se viste de fiesta coda vez que un hermano, una hermana, suyos se dejan encontrar: habrá más alegría en el Cielo, donde ‘Cielo’ equivale a decir Dios: ¡habrá más alegría en Dios…! La alegría de Jesús es reflejo fidelísimo de la alegría del Padre, alegría que debería contagiarnos a nosotros al descubrirnos tan amados…

Los únicos que logran no se ponerse a dar saltos de alegría  son aquellos que creyéndose “justos” piensan que “no necesitar convertirse”, cosa que equivale a no necesitar ser  sanados/salvados por el puro y gratuito amor del Padre…

Llegados a este punto Jesús siente que estamos medianamente preparados para aceptar y tratar de entender a la reina de las parábolas, la del Padre pródigo en amor, quedando boquiabiertos y asombrados ante el Padre que nos invita a entrar a su corazón en fiesta….: Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Ocurre siempre, ésa es la verdad, que al hallar lo que habíamos perdido, estrenamos un nuevo caudal de alegría, y nos resulta más grato hallar lo perdido, que no haber perdido lo que diligentemente custodiamos. No obstante, esta parábola es más bien una ponderación de la misericordia divina que la consignación de una costumbre humana; y expresa una gran verdad. Abandonar las cosas grandes y amar las cosas pequeñas es propio de la potestad divina, no de la codicia humana: pues Dios llama al ser lo que no existe y de tal forma va en busca de lo perdido, que no desatiende lo que deja; y de tal suerte encuentra lo perdido, que no pierde lo que estaba guardado. No se trata, pues, de un pastor terreno, sino celestial; y esta parábola tomada globalmente no está calcada sobre ocupaciones humanas, sino que encubre misterios divinos. El mismo factor numérico lo pone en evidencia, cuando dice: Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una… Ya ven cómo este pastor se ha dolido de la pérdida de una oveja como si todo el rebaño que tenía a su derecha hubiera derivado hacia su izquierda; y por eso, dejando las noventa y nueve, va tras de esa única, la busca, para encontrar a todas en esa única, para reintegrarlas todas en una.

Pero expliquemos ya el secreto de la celestial parábola. Ese hombre que tiene cien ovejas es Cristo. El buen pastor, el pastor piadoso que en una única oveja, es decir, en Adán, había personificado toda la grey del género humano, colocó a esta oveja en el ameno jardín de Edén, la colocó en verdes praderas. Pero ella se olvidó de la voz del pastor, al dar oídos a los aullidos del lobo, perdió los corrales de la salvación y acabó toda ella llena de letales heridas. En busca de ella se vino Cristo al mundo, y la halló en el seno de un campo virginal.

Vino en la carne de su nacimiento e izándola sobre la cruz, la cargó sobre los hombros de su Pasión y, en el colmo de la alegría de la resurrección, la llevó mediante la ascensión colocándola en lo más elevado de la mansión celestial. Reúne a los amigos y vecinos, es decir, a los ángeles, y les dice: ¡Felicítenme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.

Se felicitan y se congratulan los ángeles con Cristo por el retorno de la oveja del Señor, ni se indignan de verla presidirles desde el mismísimo trono de la majestad, pues la envidia fue ahuyentada del cielo con la expulsión del diablo: ni era posible que el pecado de envidia penetrara en las mansiones eternas por medio del Cordero que había quitado el pecado del mundo. Hermanos, Cristo nos buscó en la tierra: busquémosle nosotros en el cielo; él nos condujo a la gloria de su divinidad: llevémosle nosotros en nuestro cuerpo con toda santidad: Glorifiquen —dice el Apóstol— y lleven a Dios en su cuerpo. Lleva a Dios en su cuerpo aquel que no carga con pecado alguno en las obras de su carne[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[2] Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia del 4 de diciembre 2002. Abreviada y adaptada.

[3] La Biblia día a día, comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas, Madrid 1981, p. 340. Adaptado de mercaba.org.

[4] Este § está inspirado en E. Bianchi, Evangelo della domenicawww.monasterodibose.

[5] Comparar, por ejemplo, el Sal 119(118),2 con 119(118),176 en dónde se contraponen: Dichoso el que guardando sus preceptos lo busca de todo corazón que después de una larga y amorosa contemplación de la Palabra-Ley, termina suplicando en el último versículo: me extravié como oveja perdida, busca a tu siervo que no olvida tus mandatos. ¡Buscamos a Dios (v. 2) porque primero fuimos hallados/buscados por Él (v. 176)!

[6] Pedro Crisólogo, Sermón 168, PL 52, 639-641. Pedro fue obispo de Rávena. 380-449 ó 458. De él se conocen unos 170 sermones, que le valieron el ser llamado Crisólogo, “palabra-de-oro”. Existen dos fuentes principales de información sobre su vida. La más directa y fidedigna la constituyen sus Sermones. Pedro no es un teólogo propiamente dicho, sino un pastor. Vive en la época de las luchas cristológicas, y ello se deja traslucir en las consideraciones soteriológicas y eclesiológicas frecuentes en sus homilías. En 1698 fueron trasladadas las reliquias del Crisólogo a la catedral de Ímola. En esta ocasión se suscitó una oleada de devoción al santo. El papa Benedicto XIII lo declaró, en 1729, Doctor de la Iglesia.

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