Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo.

VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DURANTE

EL AÑO,

Ciclo “C”

07-08 de setiembre 2013

Haz bien tus cálculos antes de empezar…

[Construcción de la torre, miniatura, hacia 1250, Morgan Library, Nueva York]

Introducción

 

0.1.- “(…) Si reflexionamos en el pasaje evangélico de hoy y escuchamos al Señor, que en él nos habla, nos asustamos. «Quien no renuncia a todas sus propiedades y no deja también todos sus lazos familiares, no puede ser mi discípulo». Quisiéramos objetar: pero, ¿qué dices, Señor? ¿Acaso el mundo no tiene precisamente necesidad de la familia? ¿Acaso no tiene necesidad del amor paterno y materno, del amor entre padres e hijos, entre el hombre y la mujer? ¿Acaso no tenemos necesidad del amor de la vida, de la alegría de vivir? ¿Acaso no hacen falta también personas que inviertan en los bienes de este mundo y construyan la tierra que nos ha sido dada, de modo que todos puedan participar de sus dones? ¿Acaso no nos ha sido confiada también la tarea de proveer al desarrollo de la tierra y de sus bienes? Si escuchamos mejor al Señor y, sobre todo, si lo escuchamos en el conjunto de todo lo que nos dice, entonces comprendemos que Jesús no exige a todos lo mismo. Cada uno tiene su tarea personal y el tipo de seguimiento proyectado para él. En el evangelio de hoy Jesús habla directamente de algo que no es tarea de las numerosas personas que se habían unido a él durante la peregrinación hacia Jerusalén, sino que es una llamada particular para los Doce. Estos, ante todo, deben superar el escándalo de la cruz; luego deben estar dispuestos a dejar verdaderamente todo y aceptar la misión aparentemente absurda de ir hasta los confines de la tierra y, con su escasa cultura, anunciar a un mundo lleno de presunta erudición y de formación ficticia o verdadera, y ciertamente de modo especial a los pobres y a los sencillos, el Evangelio de Jesucristo. En su camino a lo largo del mundo, deben estar dispuestos a sufrir en primera persona el martirio, para dar así testimonio del Evangelio del Señor crucificado y resucitado.

 

0.2.- Aunque, en esa peregrinación hacia Jerusalén, en la que va acompañado por una gran muchedumbre, la palabra de Jesús se dirige ante todo a los Doce, su llamada naturalmente alcanza, más allá del momento histórico, todos los siglos. (…) Pero si volvemos al Evangelio, podemos observar que el Señor no habla solamente de unos pocos y de su tarea particular; el núcleo de lo que dice vale para todos. En otra ocasión aclara así de qué cosa se trata, en definitiva: «Quien  quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ese la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre  haber  ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?» (Lc 9, 24-25). Quien quiere sólo poseer su vida, tomarla sólo para sí mismo, la perderá. Sólo quien se entrega recibe su vida. Con otras palabras: sólo quien ama encuentra la vida. Y el amor requiere siempre salir de sí mismo, requiere olvidarse de sí mismo.

 

0.3.- Quien mira hacia atrás para buscarse a sí mismo y quiere tener al otro solamente para sí, precisamente de este modo se pierde a sí mismo y pierde al otro. Sin este más profundo perderse a sí mismo no hay vida. El inquieto anhelo de vida que hoy no da paz a los hombres acaba en el vacío de la vida perdida. «Quien pierda su vida por mí…», dice el Señor. Renunciar a nosotros mismos de modo más radical sólo es posible si con ello al final no caemos en el vacío, sino en las manos del Amor eterno. Sólo el amor de Dios, que se perdió a sí mismo entregándose a nosotros, nos permite ser libres también nosotros, perdernos, para así encontrar verdaderamente la vida. Este es el núcleo del mensaje que el Señor quiere comunicarnos en el pasaje evangélico, aparentemente tan duro, de este domingo. Con su palabra nos da la certeza de que podemos contar con su amor, con el amor del Dios hecho hombre. Reconocer esto es la sabiduría de la que habla la primera lectura de hoy. También vale aquí aquello de que de nada sirve todo el saber del mundo si no aprendemos a vivir, si no aprendemos qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Sabiduría 9,13-19

 

1.1.- Los versículos elegidos como primera lectura, constituyen la última parte de una oración atribuida a Salomón que se encuentra en el capítulo 9 del Libro de la Sabiduría. Lectura que impulsa a hacer nuestra una exclamación del salmo responsorial:   Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sabio (¡o mejor: adquiramos la sabiduría del corazón!).  La sabiduría, en este contexto, es vista como la capacidad de conocer la voluntad de Dios, intuyendo aquello que le agrada y se conforma a su modo de obrar. Se trata de un asunto de gran importancia, ya que aquello que no le agrada, lleva a la perdición, ya que equivoca la meta y termina en el vacío: No busquen la muerte viviendo extraviadamente, ni se atraigan la ruina con las obras de sus manos (1,12).

Esta es la “razón” por la que la sabiduría “salva”, ya que gracias a ella los seres humanos pueden salvarse, si “sintonizan” con ella, obrando de acuerdo al querer del Señor, logrando que la vida humana entre en la dimensión divina, substrayéndose a la corrupción: Porque la justicia es inmortal (Sb 1,15).

 

1.2.- La percepción de los proyectos de Dios no forma parte del equipaje humano, no es cosa de la carne y la sangre. El designio de Dios está en los cielos, inalcanzable para los seres humanos, que cuanto mucho puede hacer conjeturas y formular ciertas suposiciones.

Lo más característico del ser humano, de acuerdo al libro de la Sabiduría, es el encuentro con sus límites, situación de imperfección que surge con toda claridad en su sujeción a la muerte,- lo que en él proviene de la tierra, a la tierra retorna – y en las ansiedades y angustias que amenazan a su misma dimensión espiritual, – la preocupación por satisfacer sus diversas necesidades le hacen casi imposible clarificar la verdad de las cosas- El ser humano se encuentra abocado en una lucha (que desemboca en derrota) con la muerte, y no logra hacerse una imagen global de las cosas, de su verdad última y definitiva.

 

1.3.- Se hace necesaria una libre y voluntaria manifestación de Dios: que Él conceda su Sabiduría que dé sus “razones” y que su Santo Espíritu nos otorgue el espíritu de sabiduría. Todo este movimiento no es del orden de la naturaleza, es puro don, no es necesidad, sino gratuidad. Henos aquí ante la oración: el encuentro de dos libertades que llevan al abrazo de la invocación escuchada: ¡apertura y don! Resulta evidente, por tanto, que nuestro texto forma parte de una oración: oré, y me fue dada la prudencia, supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría (Sb 7,7). Debemos estar plenamente convencidos de que el Padre no negará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan (Cf. Lc 11,13).

 

 

Salmo Responsorial: Salmo 89[90],3-6. 12-14. 17

 

2.1.- (…) [Este  salmo es] “una meditación sapiencial que tiene, sin embargo, el tono de una súplica. El orante del Salmo 89 pone en el centro de su oración uno de los temas más explorados por la filosofía, más cantados por la poesía, más sentidos por la experiencia de la humanidad de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta: la caducidad humana y el devenir del tiempo.

Basta pensar en ciertas páginas inolvidables del Libro de Job en las que se presenta nuestra fragilidad. Somos como «los que habitan en casas de arcilla, que hunden sus cimientos en el polvo y a los que se les aplasta como a una polilla. De la noche a la mañana quedan pulverizados. Para siempre perecen sin advertirlo nadie» (Job 4, 19-20). Nuestra vida sobre la tierra es como una sombra (Cf. Job 8, 9). Y Job sigue confesando: Mis días han sido más raudos que un correo, se han ido sin ver la dicha. Se han deslizado lo mismo que canoas de junco, como águila que cae sobre la presa (Job 9, 25-26).

 

2.2.- Al inicio de su canto, parecido a una elegía (vv. 2-6), el salmista opone con insistencia la eternidad de Dios al tiempo efímero del hombre. Esta es su declaración más explícita: Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una guardia nocturna (v. 4).

Como consecuencia del pecado original, el hombre vuelve a caer por orden divina en el polvo del que había sido tomado, como se afirma en la narración del Génesis: ¡Eres polvo y al polvo tornarás! (3, 19; Cf. 2, 7). El creador, que plasma en toda su belleza y complejidad la creatura humana, es también el que reduce elhombre a polvo» (v. 3). Y «polvo», en el lenguaje bíblico, es también la expresión simbólica de la muerte, de los infiernos, del silencio sepulcral.

 

2.3.- En esta súplica es intenso el sentimiento del límite humano. Nuestra existencia tiene la fragilidad de la hierba que despunta al alba; enseguida oye el silbido de la hoz que la convierte en un haz de heno. A la frescura de la vida muy pronto le sigue la aridez de la muerte (vv. 5-6; Cf. Isaías 40,6-7; Job14, 1-2; Salmo 102,14-16).

Como sucede con frecuencia en el Antiguo Testamento, a esta debilidad radical, el Salmista asocia el pecado: en nosotros se da la finitud, y también la culpabilidad. Por este motivo nuestra existencia parece que tiene que vérselas también con la cólera y el juicio del Señor: ¡Cómo nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación! Pusiste nuestras culpas ante ti… y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera (vv. 7-9).

 

2.4.- (…) Este Salmo sacude nuestras ilusiones y nuestro orgullo. La vida humana es limitada, aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, afirma el salmista. Además, el pasar de las horas, de los días y de los meses está salpicado por la fatiga y dolor (Cf. v. 10) y los mismos años se parecen a unsoplo (Cf. v. 9).

Esta es la gran lección: el Señor nos enseña a contar nuestros día» para que, aceptándolos con sano realismo, entre la sabiduría en nuestro corazón (v. 12). Pero el salmista pide a Dios algo más: que su gracia sostenga y alegre nuestros días, aun frágiles y marcados por la prueba. Que nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca arrastrarnos. Sólo la gracia del Señor puede dar consistencia y perennidad a nuestras acciones cotidianas: Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos (v. 17). Con la oración pedimos a Dios que un reflejo de la eternidad penetre en nuestra breve vida y en nuestro actuar. Con la presencia de la gracia divina en nosotros, una luz brillará sobre el devenir de los días, la miseria se convertirá en gloria, lo que parece no tener sentido adquirirá significado. (…)”[2].

 

 

Segunda Lectura: carta a Filemón 9b-10. 12-17

 

3.1.- La segunda lectura es de la carta a  Filemón, un escrito muy breve de Pablo mientras estaba en prisión, probablemente en Éfeso, hacia el año 55. Parece un escrito privado, sin relevancia doctrinal, pero que, no obstante, revela un temática enteramente cristiana. Mientras Pablo estaba prisionero, llega un esclavo, Onésimo, que había huido de la casa de su patrón, Filemón. El esclavo se convierte y Pablo entiende que ha adquirido con la libertad de los hijos de Dios, como se expresa en Gal 4,19, su libertad social. Si vuelve a su amo, según el sistema de entonces, debería sufrir un gran castigo. Pablo, sintiéndose responsable de su libertad humana, pide la misma libertad social que ha adquirido el esclavo con su conversión.

 

3.2.- Este pequeño escrito puede ser considerado como el manifiesto cristiano contra la esclavitud. Al cristianismo se lo ha acusado siempre de que no había hecho nada por abolir la esclavitud, pero en cierta forma es injusto. Pablo, en pocas líneas, pide al “dueño” de un esclavo que lo tenga como hermano. Es verdad que no hay una propuesta “jurídica” para aquellos momentos ante el terrible problema de la esclavitud. Pero aquí Pablo envía a Onésimo a su dueño Filemón, no para que se someta al rigor jurídico de la esclavitud, sino al calor humano y teológico de ser libre, por ser persona, por ser cristiano como Filemón y porque es hijo de Dios con todas las consecuencias. Es verdad que se debería haber hecho más a través de la historia del cristianismo contra esta lacra. Pero en la entraña misma del evangelio la esclavitud estácondenada.[3]

 

 

Evangelio: san Lucas 14,25-33

 

4.1.- Una vez más, como en los domingos anteriores, aparece explícita la perspectiva del camino. Un camino que Lucas concibe como reproducción del de Jesús, que es quien va delante marcándolo. Hacer este camino es ser discípulo de Jesús, renovándolo según las concretizaciones de Aparecida. Tres veces se repite la expresión, formando parte de una estructura de frase condicional. Nos hallamos efectivamente ante un texto en el que Lucas recoge tres condiciones para ser discípulo de Jesús.

En la formulación de las mismas nos encontramos de nuevo con el lenguaje desconcertante y agresivo, incluso “hiriente”, de Jesús.

Son formulaciones de choque, necesarias en una cultura cuyo vehículo prácticamente exclusivo de enseñanza era la palabra hablada y no el de la imagen, e imagen fugaz, como lo es la nuestra. ¿Qué mejor forma de facilitar la memorización que la frase contundente e hiriente? El que no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, a su propia vida, no puede ser discípulo mío. La traducción litúrgica ha tenido miedo y en vez de odiar ha traducido y no me ame más que a su padre…. No cabe duda que una frase como ésta tenía garantizada la memorización por lo monstruoso de su formulación. Pero una formulación así no es un fin sino un medio didáctico para conseguir un fin, que no es otro que el de dar vueltas y vueltas a la frase hasta lograr descubrir su sentido. Y este sentido no es el de una renuncia voluntariosa a los vínculos afectivos de la familia. Lo que Jesús pide al discípulo no es romper con la familia lo que le pide es una disponibilidad total y absoluta. Jesús enuncia incisivamente el principio de la disponibilidad, dejando para sus oyentes la especificación concreta de las consecuencias.

 

4.2.- El que no lleva su propia cruz no puede ser discípulo mío. Como formulación no se trata de ninguna metáfora. La crucifixión era la pena de muerte en Tierra Santa, en los tiempos de la dominación romana. Jesús habla del riesgo de su camino e invita al discípulo a correr ese riesgo.

 

4.3.- El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. El adiós a los bienes, a todos los bienes. ¡Ya lo creo que una frase así se le queda grabada a cualquiera! La formulación es de nuevo realista e hiriente. ¿Qué pasaría si el dinero dejara de ser el móvil de la actuación humana? Es justamente esto, ni más ni menos, lo que Jesús pide con esta frase. Una vez más nos hallamos ante un enunciado incisivo, que deja a los oyentes la especificación concreta de las consecuencias.

En estas condiciones no cabe duda que ser discípulo de Jesús no es un camino fácil. Nos lo recuerda Lucas cuando introduce en el texto la parábola de una persona que quiere construir una fortificación para proteger sus tierras y la parábola de un rey que va a emprender una guerra. La fortificación a construir es cara; la guerra a emprender, desigual (un ejército de diez mil contra uno que dobla sus efectivos). Es decir, en ambos casos se trata de empresas difíciles y problemáticas y que, por ello mismo, no se pueden afrontar a la ligera. Ser discípulo de Jesús es también una empresa difícil, que tampoco puede afrontarse a la ligera.

 

4.4.- Bajo la forma de condiciones del caminar cristiano lo que en realidad sigue ofreciéndonos el evangelista son nuevos rasgos de ese caminar. Estos nuevos rasgos son tres: absoluta disponibilidad, riesgo de muerte, el dinero no es ya la razón del ser y del actuar. La sola enumeración deja entrever su dificultad. Como ya vimos el domingo pasado, esta dificultad no es de orden extrínseco sino intrínseco. Los rasgos de hoy apuntan hacia tendencias muy arraigadas en la sicología de la persona. El mínimo esfuerzo y el repliegue en uno mismo, el instinto de vivir, la seguridad del dinero: tres tendencias que parecen muy naturales. De esto se concluye que el ser cristiano no se ventila en el orden de la moralidad sino en el de las estructuras y relaciones personales.

Estamos demasiado habituados a pensar que ser cristiano es cumplir los mandamientos, cuando este cumplimiento es en realidad tarea común del cristiano y del que no lo es. Ser cristiano presupone, por supuesto, ese cumplimiento; pero no se agota en él ni mucho menos se especifica por él. Ser cristiano es una forma diferente de ser persona, una forma que se ventila en el profundo e invisible ámbito de las estructuras sicológicas, tales como la necesidad de repliegue, el instinto de vivir y la seguridad[4].

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Nos toca ahora hablar de las renuncias. Tanto la tradición de los Padres como la autoridad de las sagradas Escrituras demuestran que son tres, renuncias que cada uno de nosotros ha de trabajar con ahínco en ponerlas por obra.

Mediante la primera despreciamos todas las riquezas y bienes materiales del mundo; mediante la segunda rechazamos las costumbres, vicios y pasiones de la vida pasada, tanto del alma como de la carne; mediante la tercera apartamos nuestra mente de todos los bienes presentes y visibles, para centrarnos exclusivamente en la contemplación de las realidades futuras y en el anhelo de lo invisible. Que estas tres renuncias deban ser actuadas paralela-mente, leemos habérselo ordenado el Señor ya a Abrahán, cuando le dijo: Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre.

Primero dijo: sal de tu tierra, esto es, de los bienes de este mundo y de las riquezas terrenas; en segundo lugar: sal de tu patria, esto es, del modo de vivir, de las costumbres y vicios del pasado, cosas todas tan estrechamente vinculadas a nosotros desde nuestro nacimiento, que se han convertido en parientes nuestros en base a una especie de afinidad y consanguinidad; en tercer lugar: sal de la casa de tu padre,esto es, de todo recuerdo de este mundo, que cae bajo el campo de observación de nuestros ojos. Ysaliendo con el corazón de esta casa temporal y visible, dirigimos nuestros ojos y nuestra mente a aquella casa en la que habitaremos para siempre. Lo cual cumpliremos cuando, siendo hombres y procediendo como tales, comenzaremos a militar en las filas del Señor guiados no por miras humanas, confirmando con las obras y la virtud aquella sentencia del bienaventurado Apóstol: Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo.

Por este motivo, de nada nos serviría haber emprendido con toda la devoción de nuestra fe la ‘primera renuncia, si no pusiéremos por obra la segunda con el mismo empeño e idéntico ardor. Y así, una vez conseguida ésta, podremos llegar asimismo a aquella tercera renuncia, mediante la cual, saliendo de la casa de nuestro primer padre, centramos toda la atención de nuestra alma en los bienes celestiales.

Así pues, mereceremos obtener la verdadera perfección de la tercera renuncia cuando nuestra mente, no debilitada por contagio alguno de concupiscencia carnal, sino purificada de todo afecto y apego terreno mediante un habilisimo trabajo de lima, a través de la incesante meditación de las divinas Escrituras y el ejercicio de la contemplación, se hubiere trasladado de tal modo al mundo de lo invisible que, atenta sólo a las realidades soberanas e incorpóreas, no advierta que está todavía envuelta en la fragilidad de la carne y circunscrita a un determinado lugar[5].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Homilía durante la Eucaristía en la catedral de san Esteban, Viena, 09 de setiembre 2007. Abreviada.

[2] Juan Pablo II, Audiencia General del 26 de marzo 2003. Adaptada y abreviada.

[3] Basado en www.dominicos.org (2007).

[4] Adaptado y complementado. Cf: A. Benito, Dabar 1989,45. www.mercaba.org

[5] Juan Casiano, Conferencias, Conferencia 3, cap 6-7: PL 564-567.  Juan Casiano (aprox. 350- † después del 432) Monje y escritor espiritual de gran influencia y transmisor de la doctrina ascética de Oriente en Occidente. Tras siete años en los desiertos de Egipto, viajó a Constantinopla, donde fue ordenado diácono, siendo allí uno de los discípulos predilectos de san Juan Crisóstomo. Al ser desterrado su mentor, Casiano se refugió en Roma, donde, al parecer, recibió el presbiterado. Cerca de Marsella fundó dos monasterios. Compuso sus Instituciones y sus famosas Conferencias o Collationes, que han figurado en todas las bibliotecas monásticas medievales. San Benito y muchos otros, se inspiraron en estos textos. Su doctrina fue causa de controversias  durante la crisis  semipelagiana. Eso hizo que sólo alguna Iglesia local, como la de  Marsella, lo venere como santo (23 de julio), ¡siendo, sin embargo, uno de los escasos santos Occidentales venerados también en Oriente!

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