Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DURANTE

EL AÑO, Ciclo “C”

30 de agosto – 1º de setiembre

 2013

 

 

 

Introducción

 

En el Evangelio de este domingo (Lc 14,1.7-14), encontramos a Jesús como comensal en la casa de un jefe de los fariseos. Dándose cuenta de que los invitados elegían los primeros puestos en la mesa, contó una parábola, ambientada en un banquete nupcial. Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que los convidó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a este”… Al contrario, cuando seas convidado, ve a sentarte en el último puesto» (Lc 14,8-10). El Señor no pretende dar una lección de buenos modales, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Insiste, más bien, en un punto decisivo, que es el de la humildad: El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (Lc 14,11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la postura del hombre en relación con Dios. De hecho, el «último lugar» puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla. Por eso Cristo mismo «tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente (Cf. Deus caritas est 35).

Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que no invite a su mesa a sus amigos, parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolverle el favor (cf.Lc 14,13-14), para que el don sea gratuito. De hecho, la verdadera recompensa la dará al final Dios, «quien gobierna el mundo… Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podamos y mientras él nos dé fuerzas» (Cf. Deus caritas est 35). Por tanto, una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: Amigo, sube más arriba (cf. Lc14,10); en efecto, el verdadero bien es estar cerca de él[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Eclesiástico 3,17-18. 20. 28-29 (3,19-21. 30-31)

 

1.1.- Nota sobre el texto de la Primera Lectura:

 

1.1.1.- “Hasta finales del siglo 19, el Eclesiástico era conocido sólo en un texto en lengua griega; el prólogo antepuesto por alguien que se proclamaba nieto del autor hablaba de versión de un original hebreo,traducción realizada «con muchas vigilias y ciencia en el año 38 del rey Ptolomeo Evergetes» (132 a.C). Pero se estimaba que esto era en realidad una ficción literaria para atribuir mayor autoridad a la obra a través de una paternidad más antigua y solemne y una referencia a la lengua sagrada de la Biblia. Pero en el año 1896, en la genizah («sacristía») de la sinagoga de El Cairo, salían a la luz preciosos fragmentos de un texto hebreo del Sirácida en una copia de los siglos X-XI.

 

1.1.2.-  La intrincada situación textual:

Se reconstruían así dos tercios del texto original hebreo (1.108 vv. de los 1.616 del texto griego). Pero la aventura textual del Sirácida había de continuar. En 1955 Qumrán revelaba dos fragmentos muy preciosos del siglo 1º a. C, que contenían, respectivamente, 6,20-31 (2Q 18) y parte del capítulo 51 (11Q Ps a) del libro. En 1964, en Masada, la famosa fortaleza herodiana del mar Muerto, que se hizo célebre por la desesperada resistencia zelota contra los ejércitos de ocupación romanos, se descubría un rollo hebreo del 100-70 a. C, que contenía Si 39,27-32; 40,10-19; 40,26-44,17. De esta manera el prefacio resultaba veraz, si bien la coincidencia entre los dos textos, por motivos de versión y de transmisión textual, estaba muy lejos de ser perfecta. Entre otras cosas, no se debe olvidar que del Eclesiástico, además de la versión de la Vulgata (que es la de la Vetus latina de un texto griego decadente), existe una importante versión siriaca que depende de un texto a veces diverso tanto del hebreo conocido como del griego. Por tanto, una situación notablemente intrincada, que exige particular esfuerzo por parte del crítico textual: en cada versión es necesario especificar a qué texto nos atenemos[2].

 

1.1.3.- Justamente es esa la dificultad que debemos tomar en cuenta al considerar el texto que ofrece nuestro Leccionario, que no es exactamente el pensado por los liturgistas como eco anticipado  y preparatorio de la perícopa evangélica de este domingo. Las diferencias más notables se dan entre los vv. (17)19b,  (18)20c-d y 28(30);  el v. 20c-d fue simplemente  omitido en nuestro Leccionario, por tratarse de un agregado del texto griego pero incluido en la versión litúrgica “típica latina”, y que por tanto debería estar igualmente en nuestra traducción litúrgica. Las palabras omitidas son como un eco anticipado de Mt 11,25[3]. Hasta la numeración de los versículos difiere, en el texto ofrecido por nuestro Leccionario del Cono Sur y la del Leccionario Litúrgico en latín, de la cual ofrecemos una “traducción de trabajo” y cuyo texto va en nota. Creemos que en estos casos el texto bíblico traducido a nuestros idiomas debería tomar en cuenta la versión base para ofrecerlo correctamente. El texto subrayado y el puesto en cursiva en la columna de la derecha, corresponde a las variaciones-omisiones del texto de la columna izquierda, la de nuestro Leccionario:

 

LECCIONARIO DEL

CONO SUR

TRADUCCIÓN DEL

LECCIONARIO LATINO[4]

17 [19] Hijo mío, realiza tus obras con modestia y serás amado por los que agradan  a Dios [Texto hebreo].

 

 

18 [20] Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor

del Señor,

 

 

 

 

 

20 [21] porque el poder del Señor es grande

y Él es glorificado

por los humildes.

 

28 [30] No hay remedio para el mal del orgulloso, porque una planta maligna ha echado raíces en él.

[Texto hebreo]

 

29 [31] El corazón inteligente medita los proverbios

y el sabio desea tener un oído atento.

 

19 Hijo mío, realiza tus obras con dulzura (ó mansedumbre) y serás amado más que un hombre generoso[Texto griego y Vulgata]
20 Cuanto más grande seas, más humilde tendrás que ser, y encontrarás gracia a los ojos del Señor.

Muchos son los soberbios y orgullosos, pero [Dios] revela sus misterios a los humildes [Cf. Mt 11,25],
21 porque grande es el poder del Señor
y es glorificado por los humildes.

30 No tiene remedio la mísera reunión de los orgullosos, ya que el mal ha echado sus raíces en ellos.[Texto griego y Vulgata]

 

31 El corazón sabio entiende los enigmas [de los sabios],

tener un oído atento es el mayor anhelo del sabio

 

 

1.2.- Dediquémosle ahora un poco de atención a nuestra Lectura, que es el resultado de la composición de dos textos del capítulo 3 del Sirácida, en sus vv. 17-18. 20 (19-21) que se refieren a la humildad y la mansedumbre/dulzura,  combinados con los vv. 27-28 (30-31) acerca de la sabiduría de la escucha y la miseria del orgulloso. Los cuatro elementos tienen un denominador común: el de la correcta relación con la propia persona. Humilde es aquel que no pierde la conciencia de sus propios límites y posee una mansedumbre-dulzura  característica (cf. Mt 11,29 y 26,45); es una persona  que no intenta imponerse con agresividad o violencia. Es sabio quien no presume de saberlo ya todo, consciente de las riquezas que existen más allá de su persona, poniéndose en atenta actitud de escucha: quien sabe escuchar accede desde ya a olvidarse de sí mismo. Prestarle atención a los pobres y necesitados es otra de las maneras de mostrarse atento y abierto, olvidado de la propia persona.

 

 

 

1.3.- El Sirácida nos señala de este modo como paso y camino conducente a la felicidad la capacidad de atención humilde hacia los demás y sus necesidades. Ella nos permitirá ponernos en plena armonía con Dios, que nos responderá con las efusiones de su gracia y descubriremos que puede que también los demás reaccionen hacia nosotros con idénticas muestras de benevolencia y apertura, colmándonos con una paz que el egoísta jamás experimentará. ¡Sería aconsejable para comprenderlo más plenamente, animarse a leer todo el capítulo 3 del Eclesiástico!

 

Por el contrario, todo aquel que obra impulsado por el deseo de poner en evidencia las propias riquezas (sean del tipo que sean), enorgulleciéndose y pavoneándose, no dejará de suscitar hostilidad y antipatía. Para lograr vencer las resistencias y reticencias con las que tropezará no dejará de recurrir a la agresividad y a la violencia, con su correspondiente cuota de arrogancia. No descubre ninguna necesidad de escuchar a nadie: ¡ni a Dios ni a los seres humanos, ciego para las necesidades de los que lo rodean!

 

La enseñanza que nos proporciona esta página del Sirácida es importante: podemos llegar a envanecernos e inflarnos tanto, que terminamos por invadirlo todo (Cf. 1Cor 1,31), sofocándolo todo y terminando por sofocarnos a nosotros mismos, no permitiéndole a Dios que nos insufle su santo Espíritu: No tiene remedio la mísera reunión de los orgullosos, ya que el mal ha echado sus raíces en ellospero el corazón sabio entiende los enigmas [de los sabios], tener un oído atento es el mayor anhelo del sabio.

 

 

 

 

 

Segunda Lectura: Hebreos 12,18-19. 22-24

 

 

 

2.1.- El monte Sión, sobre el que está edificado Jerusalén, es para el pueblo de Israel, y también lo es para los cristianos (Apocalipsis) la figura de la ciudad celestial. Este párrafo dice con imágenes imponentes todo lo que descubre la persona que se convierte a Cristo y entra en la Iglesia. Con el bautismo entra en la familia de Dios, de los santos y de los ángeles. Tiene acceso a ese centro misterioso donde se decide el destino del mundo, y encuentra a Jesús mismo.

 

En la conversión, uno puede tener la experiencia de esto y casi tocar con las manos estas verdades, pero no debe olvidarlo cuando, después, sobrevengan el cansancio, la desilusión y las pruebas. En el mundo actual es urgente que los cristianos sean testigos ante los hombres de la existencia de ese mundo distinto (nuevo), diverso y joven, bello y pacífico en el que Cristo nos introdujo con su muerte y su resurrección.

 

Jesús es el que posibilita el acceso a ese mundo nuevo. Para expresar esta novedad, la lengua griega tiene dos adjetivos: uno con que indica un nuevo género de vida y otro que expresa la juventud del ser.

 

La Nueva Alianza fundamentada en Cristo es a la vez un género nuevo de vida y una formidable irradiación de juventud. El creyente en este Mediador tiene que llenar de «verdad» y de “vida” estas palabras[5].

 

 

 

 

Evangelio: san Lucas 14,1. 7-14

 

 

3.1.- Las reflexiones de Jesús, con ocasión de la  invitación a una comida son dos: la primera se refiere a la tendencia casi instintiva que nos empuja a ocupar los primeros puestos en los banquetes, y, la segunda, a la gratuidad que debe regir dichos convites.

 

Todos buscan ocupar los puestos de honor, los que “otorgan medalla”. Si no te pones en cartelera, si no aparentas o apareces en  escena, no eres ni existes. Los medios de comunicación masiva han potenciado enormemente dichos deseos, desde siempre presentes en el corazón humano. Esta actitud tiene como resultado alejar al ser humano de sí mismo (lo ‘aliena’), alejándolo al mismo tiempo de Dios, que habita en las profundidades de su corazón. No se atiende a la propia realidad más profunda sino que se termina por depender de las apreciaciones de los demás. Esto lleva a ‘desperfectos’ en todos los campos (pensemos, para citar un ejemplo, en algún artista que sólo trabajara buscando el éxito), pero sobre todo produce ‘desperfectos’ graves en la vida espiritual. Hasta se puede llegar a abandonar la fe si esta no asegura los primeros puestos, convirtiendo a la fe en un trampolín para ponerse en evidencia, para ocupar puestos de importancia (aunque fuera sólo a los propios ojos y en secreto), para ser admirados por los demás (baste recordar las enseñanzas  de Jesús sobre los fariseos de todos los tiempos que usualmente se hallan entre las personas más ‘religiosas’), pero al proceder de esta forma se destruye la sustancia misma de la fe.

 

 

 

3.2.- El dicho de Jesús, todo el que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado, no sólo se hizo célebre sino que nos permite captar el núcleo de la enseñanza evangélica. En presencia de Dios todo ser humano se encuentra situado en el lugar justo y adecuado, y la mano del Señor realiza la elevación de los humildes y la humillación de los soberbios (Ver Sal 113,7 y 1 Pe 5,5-6), tal como lo canta María. Pero es necesario advertir que la humildad  es una virtud muy difícil de ser vivida y que además corre el riesgo, si no es correctamente entendida,  de suscitar actitudes contrahechas y hasta perversas, generando búsqueda de méritos y terminando por propiciar comportamientos que justamente son los que Jesús condena. Es mejor hablar de humillación-abajamiento, ya que sólo si aceptamos las humillaciones que provienen de nosotros mismos, de los demás y de Dios, podremos descubrir nuestra propia indigencia y, aceptándola, llegar a atisbar, con verdad, lo que significa la humildad evangélica.

 

 

 

3.3.- Jesús, dirigiéndose,- ¡y esta es su segunda reflexión!-, a quien lo recibe, le recomienda: cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos más ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Para cualquiera de nosotros, lo normal es invitar a personas con las que estamos unidos por vínculos de amistad, amor o parentesco, que a su vez nos devolverán la invitación! Jesús nos revela el “loco” pensamiento  de un Dios desconcertante, que reserva los mejores lugares en el banquete del Reino, para los últimos, para los pobres (Lc 13,30). Por eso, si queremos ser sus discípulos, debemos expulsar de nuestras vidas la perversa lógica comercial del ‘intercambio’, de la ‘reciprocidad’, del ‘doy-para-que-me-den’ (Cf. Lc 6,30. 35). La vida de Jesús se desarrolló de acuerdo a dicha ‘lógica-ilógica’, tal y como lo cantan las Bienaventuranzas y el Magníficat y tal como,lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó en una ocasión Jesús: te bendigo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños (Lc 10,21). Por algo Jesús concluye sus recomendaciones con una de sus bienaventuranzas: ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!

 

 

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

 

 

Clama, hermanos, la divina Escritura diciéndonos:»Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (Lc 14,11). Al decir esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia. El Profeta [David] indica que se guarda de ella diciendo: Señor, ni mi corazón fue ambicioso ni mis ojos altaneros; no anduve buscando grandezas ni maravillas superiores a mí. Pero ¿qué sucederá? Si no he tenido sentimientos humildes, y si mi alma se ha envanecido, Tú tratarás mi alma como a un niño que es apartado del pecho de su madre (Sal 130,1s).

 

Por eso, hermanos, si queremos alcanzar la cumbre de la más alta humildad, si queremos llegar rápidamente a aquella exaltación celestial a la que se sube por la humildad de la vida presente, tenemos que levantar con nuestros actos ascendentes la escala que se le apareció en sueños a Jacob, en la cual veía ángeles que subían y bajaban.

 

Sin duda alguna, aquel bajar y subir no significa otra cosa sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube. Ahora bien, la escala misma así levantada es nuestra vida en el mundo, a la que el Señor levanta hasta el cielo cuando el corazón se humilla. Decimos, en efecto, que los dos lados de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, y en esos dos lados la vocación divina ha puesto los diversos escalones de humildad y de disciplina por los que debemos subir.

 

Así, pues, «el primer grado de humildad» consiste en que uno tenga siempre delante de los ojos el temor de Dios, y nunca lo olvide. Recuerde, pues, continuamente todo lo que Dios ha mandado, y medite sin cesar en su alma cómo el infierno abrasa, a causa de sus pecados, a aquellos que desprecian a Dios, y cómo la vida eterna está preparada para los que temen a Dios. (…)

 

«El duodécimo grado de humildad» consiste en que el monje no sólo tenga humildad en su corazón, sino que la demuestre siempre a cuantos lo vean aun con su propio cuerpo, es decir, que en la Obra de Dios, en el oratorio, en el monasterio, en el huerto, en el camino, en el campo, o en cualquier lugar, ya esté sentado o andando o parado, esté siempre con la cabeza inclinada y la mirada fija en tierra, y creyéndose en todo momento reo por sus pecados, se vea ya en el tremendo juicio.

 

Y diga siempre en su corazón lo que decía aquel publicano del Evangelio con los ojos fijos en la tierra:Señor, no soy digno yo, pecador, de levantar mis ojos al cielo (cf. Lc 18,13). Y también con el Profeta: He sido profundamente encorvado y humillado (Sal 37,7ss y 118,107).

 

Cuando el monje haya subido estos grados de humildad, llegará pronto a aquel amor de Dios que siendoperfecto excluye todo temor (1Jn 4,18), en virtud del cual lo que antes observaba no sin temor, empezará a cumplirlo como naturalmente, como por costumbre, y no ya por temor del infierno sino por amor a Cristo, por el mismo hábito bueno y por el atractivo de las virtudes. Todo lo cual el Señor se dignará manifestar por el Espíritu Santo en su obrero, cuando ya esté limpio de vicios y pecados[6].

 

 

 

pmaxalexander@gmail.com

 


[1] Benedicto XVI, Ángelus 29 de agosto 2010.

[2] Artículo tomado de G. F. Ravasi, Diccionario de Teología Bíblica, copiado y algo adaptado de: Biblia Clerus Nos 3120-3121.  El subrayado y negrita, son nuestros.

[3] Ver Traduction Oecuménique de la Bible,- édition intégrale -, Ancien Testament, París 1984, nota i a Si 3,18.

[4] Este es el texto latino: Fili, in mansuetudine opera tua perfice et super hominem datorem diligeris.

Quanto magnus es, humilia te in omnibus et coram Deo invenies gratiam. Multi sunt excelsi et gloriosi, sed mansuetis revelat mysteria sua. Quoniam magna potentia Dei solius, et ab humilibus honoratur. Synagoge superborum non erit sanitas, frutex enim peccati radicabitur in illis et non intellegetur. Cor sapientis intellegitur in sapientia, et auris bona audiet cum omni concupiscentia sapientiam.

[5] Adaptado de Eucaristía 1989,41. Tomado de www.mercaba.org

[6] San Benito Abad, Regla de los monjes, capítulo 7º: La humildad, selección. Entre las obras del gran papa San Gregorio Magno (540-604 d. C.) -uno de los Padres de la Iglesia occidental- se halla el Libro de los Diálogos. En este libro Gregorio relata la vida de varios santos de la península itálica venerados en su época. El segundo Libro de su obra lo dedica enteramente a San Benito, nacido en Nursia (Umbria, Italia) hacia el año 480 d. C. San Gregorio Magno pudo informarse sobre la vida del monje y abad Benito a través de varios de sus discípulos directos. Siendo Benito unjoven estudiante en Roma, decide cambiar radicalmente su vida haciéndose monje. Una hermana suya, de nombre Escolástica, ya había sido consagrada a Dios desde su infancia. Al inicio de su nueva forma de vida, Benito habita enuna cueva de la región montañosa de Subiaco, lugar donde más tarde establecerá varios monasterios con numerosos discípulos. Finalmente se traslada a la región de Montecasino, donde funda un nuevo y célebre monasterio, en el cual reside hasta su muerte. Allí crece su irradiación espiritual, y escribe la conocida Regla de los monjes que a lo largo de los siglos tendría amplísima difusión. El abad Benito muere santamente rodeado de sus discípulos alrededor del año 547 d. C. Biografía adaptada de  www.sanbenito.org.ar


 

Print Friendly, PDF & Email

Páginas