Iglesia Católica Conferencia Episcopal del Uruguay

Departamento de Liturgia

Comentarios a las Lecturas del Domingo

VIGESIMOPRIMER DOMINGO DURANTE EL

AÑO,

Ciclo “C”

24-25 de agosto 2013

 

 

Entrar por la puerta estrecha

 

 

 

Introducción

 

La liturgia de [este domingo, al igual que los anteriores,] nos propone una palabra de Cristo iluminadora y al mismo tiempo desconcertante. Durante su [definitivo y] último camino hacia Jerusalén, uno le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y Jesús respondió: Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo, muchos pretenderán entrar y no podrán.

¿Qué significa esta puerta estrecha? ¿Por qué muchos no lograr entrar por ella? ¿Se trata tal vez de un paso reservado sólo a algunos elegidos? De hecho, este modo de razonar de los interlocutores de Jesús, mirándolo bien, es siempre actual: siempre está al acecho la tentación de interpretar la práctica religiosa como fuente de privilegios o de seguridades. En realidad el mensaje de Cristo va exactamente en la dirección opuesta: todos pueden entrar en la vida, pero para todos la puerta es estrecha. No hay privilegiados. El paso a la vida eterna está abierto a todos, pero es estrecho porque es exigente, requiere empeño, abnegación, mortificación del propio egoísmo.

Una vez más, como en los domingos anteriores, el Evangelio nos invita a considerar el futuro que nos espera y al cual nos debemos preparar durante nuestra peregrinación terrena. La salvación, que Jesús obró con su muerte y resurrección, es universal. Él es el único Redentor e invita a todos al banquete de la vida inmortal. Pero con una única e igual condición: la de esforzarse en seguirle e imitarle, cargando, como Él hizo, con la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos. Única y universal, por lo tanto, es esta condición para entrar en la vida celestial. El último día –recuerda además Jesús en el Evangelio- no seremos juzgados según presuntos privilegios, sino según nuestras obras. Los agentes de iniquidad serán excluidos, mientras que serán acogidos cuantos hayan realizado el bien y buscado la justicia, a costa de sacrificios. No bastará por lo tanto declararse amigos de Cristo jactándose de falsos méritos: Hemoscomido y bebido contigoy has enseñado en nuestras plazas. La verdadera amistad con Jesús se expresa en la forma de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos amigos; éste es el pasaporte que nos permitirá entrar en la vida eterna[1].

 

 

COMENTARIO BÍBLICO

 

Primera Lectura: Isaías 66,18-21

 

1.1.- En las palabras de nuestra primera lectura se entrecruzan dos planos,- Israel y los pueblos -, que tienden a sobreponerse, planos que no siempre es posible, ni resulta fácil, distinguir.

El profeta nos proyecta hacia el futuro escatológico, al momento de la plena realización del plan de Dios. Se trata de un movimiento inverso al de Babel-Babilonia (Gen 111-9), en el que la división-confusión de las lenguas será eliminada por Dios, ya que todos los pueblos, al hablar un mismo y único idioma, volverán a encontrarse en comunión; todo este movimiento universal nuestro profeta lo describe mediante el uso de dos verbos:

(1)  ‘venir’Entonces, yo mismo vendré a reunir a todas las naciones y a todas las lenguas [en Jerusalén], y ellas vendrán y traerán como ofrenda agradable a Dios a los Israelitas dispersados entre las naciones.

(2) ‘ver’todas las naciones y lenguas verán la [imponente y] gloriosa manifestación de Dios. Todo este movimiento tiene como catalizador una misteriosa señal, (sobre la cual nada se dice); señal que se llevará a cabo a través del envío de supervivientes enviados a las naciones a anunciar la gloria del Señor[2]Dicho anuncio culminará en una dimensión cultual, ya que de entre ellos tomaré sacerdotes y levitas, dice el Señor.

 

1.2.- Estos anuncios son de gran trascendencia, ya que  levantan el velo, permitiéndonos atisbar el maravilloso proyecto que Dios tiene reservado para la humanidad: La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol [Pablo] espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y «le servirán como un solo hombre» (Sofonías, 3,9) (Nostra Aetate 4), a lo que hace eco el Evangelio de hoyvendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.

Israel no existe para sí mismo, la Iglesia no existe para sí: todo está al servicio del Reino de Dios.  Cuando el Vaticano II afirma que la Iglesia enriquecida con los dones de su Fundador, (…) observando fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y de abnegación,  constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino (Lumen Gentium 5) expresa la estrechísima conexión, pero no la identificación,  entre la Iglesia y el Reino. La peregrinación hacia la Nueva Jerusalén no es únicamente el camino de la Iglesia, sino también de toda la familia humana. El Reino se hace presente cada vez que en el mundo el mal es vencido y la fraternidad en Dios se ve reforzada.

Saber cómo se realizará concretamente la armonía de los pueblos y la unificación de sus lenguas, no nos es dado saberlo: imposible para los seres humanos, no para Dios (Mc 10,27).

Por nuestra parte se nos invita a despojarnos de toda pretensión de monopolio de la salvación y de cualquier vanidad eclesial, a lo cual corresponde ineluctablemente la creación de una clase de excluidos, sea como sea que se la configure, vale decir de los nuevos publicanos y prostitutas. Sabemos muy bien que la Iglesia de Cristo no puede ser una comunión que excluye. Únicamente quien se sabe servidor inútil recibe desde el presente la propia recompensa…

Subrayemos que estas afirmaciones para nada significan atenuar la centralidad salvífica de Jesucristo, al contrario, la Iglesia sirve a la humanidad en la medida en que está íntimamente unida a Cristo, único Salvador del mundo.

 

 

Salmo  Responsorial: Sal 116,1-2

 

2.1.- Este es el salmo más breve. En el original hebreo está compuesto sólo por diecisiete palabras, nueve de las cuales son las particularmente importantes. Se trata de una pequeña doxología, es decir, un canto esencial de alabanza, que idealmente podría servir de conclusión de oraciones más amplias, como himnos. Así ha sucedido a veces en la liturgia, como acontece con nuestro «Gloria al Padre», con el que suele concluirse el rezo de todos los salmos.

Verdaderamente, estas pocas palabras de oración son significativas y profundas para exaltar la alianza entre el Señor y su pueblo, dentro de una perspectiva universal. A esta luz, el apóstol Pablo utiliza el primer versículo del salmo para invitar a todos los pueblos del mundo a glorificar a Dios.(…) (Rm 15, 9. 11).

 

2.2.- Así pues, el breve himno que estamos meditando comienza, como acontece a menudo en este tipo de salmos, con una invitación a la alabanza, que no sólo se dirige a Israel, sino a todos los pueblos de la tierra. Un Aleluya debe brotar de los corazones de todos los justos que buscan y aman a Dios con corazón sincero. Una vez más el Salterio refleja una visión de gran alcance, alimentada probablemente por la experiencia vivida por Israel durante el exilio en Babilonia, en el siglo 6º a.C.: el pueblo hebreo se encontró entonces con otras naciones y culturas y sintió la necesidad de anunciar su fe a los pueblos entre los cuales vivía. En el Salterio se aprecia la convicción de que el bien florece en muchos terrenos y, en cierta manera, puede ser orientado y dirigido hacia el único Señor y Creador.

Por eso, podríamos hablar de un ecumenismo de la oración, que estrecha en un único abrazo a pueblos diferentes por su origen, historia y cultura. Estamos en la línea de la gran visión de Isaías, que describe al final de los tiempos cómo confluyen todas las naciones hacia el monte del templo del Señor. Entonces caerán de las manos las espadas y las lanzas; más aún, con ellas se forjarán arados y podaderas, para que la humanidad viva en paz, cantando su alabanza al único Señor de todos, escuchando su palabra y cumpliendo su ley (cf. Is 2,1-5).

 

2.3.- Israel, el pueblo de la elección, tiene en este horizonte universal una misión particular. Debe proclamar dos grandes virtudes divinas, que ha experimentado viviendo la alianza con el Señor (cf. v. 2). Estas dos virtudes, que son como los rasgos fundamentales del rostro divino, el «buen binomio» de Dios, como decía San Gregorio de Nisa  se expresan con otros tantos vocablos hebreos que, en las traducciones, no logran brillar con toda su riqueza de significado.

El primero es hésed, un término que el Salterio usa con mucha frecuencia (…). Quiere indicar la trama de los sentimientos profundos que marcan las relaciones entre dos personas, unidas por un vínculo auténtico y constante. Por eso, entraña valores como el amor, la fidelidad, la misericordia, la bondad y la ternura. Así pues, entre nosotros y Dios existe una relación que no es fría, como la que se entabla entre un emperador y su súbdito, sino cordial, como la que se desarrolla entre dos amigos, entre dos esposos o entre padres e hijos.

 

2.4.- El segundo vocablo, ‘emét, es casi sinónimo del primero. También se trata de un término frecuente en el Salterio, que lo repite casi la mitad de todas las veces en que se encuentra en el resto del Antiguo Testamento. Este término, de por sí, expresa la «verdad», es decir, la genuinidad de una relación, su autenticidad y lealtad, que se conserva a pesar de los obstáculos y las pruebas; es la fidelidad pura y gozosa que no se resquebraja. Por eso el salmista declara que dura por siempre (v. 2). El amor fiel de Dios no fallará jamás y no nos abandonará a nosotros mismos o a la oscuridad de la falta de sentido, de un destino ciego, del vacío y de la muerte. Dios nos ama con un amor incondicional, que no conoce el cansancio, que no se apaga nunca. Este es el mensaje de nuestro salmo, casi tan breve como una jaculatoria, pero intenso como un gran cántico.

 

2.5.- Las palabras que nos sugiere son como un eco del cántico que resuena en la Jerusalén celestial, donde una inmensa multitud, de toda lengua, pueblo y nación, canta la gloria divina ante el trono de Dios y del Cordero (cf. Ap 7, 9). A este cántico la Iglesia peregrinante se une con infinitas expresiones de alabanza, moduladas frecuentemente por el genio poético y por el arte musical (…).

Cantando el salmo 116, como todos los salmos que ensalzan al Señor, la Iglesia, pueblo de Dios, se esfuerza por llegar a ser ella misma un cántico de alabanza[3].

 

 

Segunda Lectura: Hebreos 12,5-7. 11-13.

 

3.1.- El que tiene fe es capaz de descubrir la mano misericordiosa de Dios incluso en las adversidades, porque está seguro de que, aunque Dios no hace el mal, puede servirse de él para hacerlo redundar en bien para nosotros. Los mismos hechos tienen un sentido distinto para los fieles y para los infieles, esto es, para los que creen y para los que no creen. (…). Los verdaderos hijos han de saber aprender la lección que la pedagogía divina esconde en el fondo de las contrariedades. Entre las sentencias apócrifas  o ágrapha, no recogidas por los escritos canónicos del NT, hay una que se pon en labios de Jesús: «El que se acerca a mí se quema, pero el que se aleja de mí se aleja del Reino»[4]. En este caso, la corrección o «prueba del fuego» que el autor de esta carta anima a soportar sin desfallecer es la persecución que los cristianos de origen hebreo han empezado a sufrir[5]

 

 

Evangelio: san Lucas 13,22-30

 

4.1.- Jesús se niega a responder a la pregunta respecto a la cantidad de aquellos que se salvarán, pues la cuestión de la salvación no se formula en términos generales, no se formula respecto a los demás, sino respecto a mi persona. Todo depende de mi aceptación o de mi rechazo de la salvación que me ofrece Jesús. El camino hacia la salvación estriba, consiste, en el seguimiento de Jesús: Él es el Camino, Él es la Puerta (Jn 14,6 y 10,7).

 

4.2.-  Cuando Jesús habla de que  los últimos serán los primeros, y  que los primeros y serán los últimos, pareciera estar poniéndonos en guardia para que no vayamos a equivocarnos con nuestros planteos y con nuestras preguntas sobre cuántos y quiénes se salvan.  Es este un tema central en el Evangelio de Lucas que está lleno de últimos, de perdidos, que son primeros, que son encontrados. Son los pródigos y los Zaqueos, los que entran por la puerta estrecha, es el buen ladrón el que logra “colarse” a último momento por la puerta estrecha de la Cruz.  Hasta podría uno atreverse a afirmar que en el Evangelio sólo tienes posibilidades de ser primero si te reconoces último, ya que el Hijo del hombre vino a salvar a los enfermos y perdidos (Lc 19,10). La salvación es un don, un regalo total y absolutamente inmerecido.

 

4.3.- No se trata de suplir el don de la salvación por un voluntarismo capaz de ‘merecer’ la salvación.  De lo que se trata es de predisponernos a recibir el don de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4). Nuestros esfuerzos tendrán una esperanza de victoria sólo si se basan en nuestra relación con Jesús. Precisamente por eso la parábola habla del dueño de casa, el Señor, aquel que puede abrir o cerrar la puerta. El juicio acerca de nuestra vida sólo le corresponde al dueño de casa. Él develará lo profundo de nuestra comunión con Él, la realidad de nuestro haber amado al prójimo como Él los ha amado (Jn 13,34; 15,12). Esto es lo único a tener en cuenta, y no las garantías que pretendemos haber adquirido por nuestra pertenencia a determinados grupos o instituciones.

¡Ciertamente que para nada se trata de desprestigiar una moral, una conducta o una institución, como si el Evangelio convocara a la inmoralidad y el desenfreno para poder salvarse! Esta conclusión de moralismo barato (la “gracia con descuento” la llamaba Bonhöffer) no es lo que piden las palabras de Jesús. Lo que sí debemos afirmar rotundamente es que si la salvación no sabemos recibirla como una “gracia”, como un don gratuito, no hemos entendido nada del Evangelio, nada sabemos aun del significado de ser discípulos y misioneros de Jesucristo.

 

 

Los Padres de la Iglesia nos iluminan

 

Queridísimos hermanos, Dios va pregonando que ha puesto en venta el reino del cielo. Este reino de los cielos es tal, que su beatitud y su gloria no hay ojo mortal que pueda contemplarlas, ni oído que pueda oírlas, ni corazón capaz de imaginarlas. Pero para que de algún modo puedas imaginártelo,  piensa: el que allí merezca reinar encontrará en el cielo y en la tierra todo lo que deseare, y lo que no deseare no lo hallará ni en el cielo ni en la tierra. Y el amor que reinará entre Dios y los que allí estén y de éstos entre sí será tan grande, que todos se amarán mutuamente como a sí mismos, pero todos amarán más a Dios que a sí mismos. Por eso, en el cielo nadie querrá más que lo que Dios quiere; y lo que uno quisiere, eso lo querrán todos; y lo que quiere uno o todos juntos, esto mismo lo querrá Dios. Por lo cual, si uno cualquiera tuviere un deseo, lo verá realizado, tanto si se refiere a sí mismo, a los demás, a cualquier criatura e incluso al mismo Dios. Y así, cada cual por separado será un rey perfecto, pues lo que cada uno quisiere, eso se realizará; y todos juntos con Dios serán un solo rey y como un solo hombre, ya que todos querrán una misma cosa, y lo que quisieren eso se hará. Esta es la recompensa que desde el cielo pregona Dios que está a la venta.

Si alguien pregunta por el precio, se le responderá: No necesita precio terreno el que quiere dar el reino del cielo, ni nadie puede dar a Dios algo que no tenga, pues suyo es cuanto existe. Y sin embargo, Dios no da gratuitamente una cosa de tanto valor, pues no la da a quien no ama. En efecto, nadie da lo que le es caro a aquel para quien no es caro. Pues bien, como Dios no necesita de tus bienes, y como por otra parte no debe dar un bien tan valioso a quien no se preocupa de amarlo, sólo exige amor, sin el cual no debe dar nada. Por tanto, da amor y recibe el reino; ama y toma.

Ahora bien: como reinar en el cielo no es otra cosa que confundirse de tal modo con Dios y con todos los santos, ángeles y hombres, por el amor, en una sola voluntad, que todos juntos no ejercen más que un solo y único poder, ama a Dios más que a ti mismo, y comienzas ya a tener lo que allí deseas perfectamente poseer. Ponte de acuerdo con Dios y con los hombres —con tal que éstos no estén en desacuerdo con Dios—, y ya empiezas a reinar con Dios y con todos los santos. Pues en la medida en que estés ahora de acuerdo con la voluntad de Dios y de los hombres, concordarán entonces Dios y todos los santos con tu voluntad. Si quieres, pues, ser rey en el cielo, ama a Dios y a los hombres como debes, y merecerás ser lo que deseas.

Pero no podrás poseer este amor perfecto si no vacías tu corazón de cualquier otro amor. Por eso, los que tienen el corazón lleno de amor de Dios y del prójimo, no quieren más que lo que quiere Dios o lo que quiere otro hombre, mientras no esté en contra de Dios. Por eso se dedican asiduamente a la oración y a los coloquios y meditaciones sobre las realidades celestiales, porque les es dulce desear a Dios, hablar y oír hablar de él y pensar en aquel a quien tanto aman. Por eso ríen con los que están alegres, lloran con los que lloran, se compadecen de los desgraciados, dan limosna a los pobres: porque aman a los demás hombres como a sí mismos. Por eso desprecian las riquezas, los primeros puestos, los placeres y el ser honrados o alabados. Pues el que esto ama, fácilmente hará algo contra Dios y contra el prójimo. Así pues, estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas. Por lo tanto, el que desee tener aquel amor perfecto, con el que se compra el reino de los cielos, que ame el desprecio, la pobreza, el trabajo, la sujeción, como hacen los hombres santos[6].

 

pmaxalexander@gmail.com


[1] Benedicto XVI, Ángelus  26 de agosto 2007. Levemente modificado, suplementado y adaptado.

[2] Tener en cuenta que el texto de esta Lectura en el Leccionario [Para los lectores uruguayos: igualmente el CLAM 172, pp. 111] omite en el v. 19  los exóticos nombres de las naciones extranjeras [Tarsis, Put, Lud, Mésec, Ros, Tubal y Javán…] transformándolas en el genérico: los enviaré a las naciones extranjeras, cosa que no se permiten los leccionarios alemán, francés, italiano o español.

[3] Juan Pablo II, Audiencia General 28-11-2001. Adaptado y acortado.

[4] A. Resch, Agraphaaussercanonische Evangelienfragmente, en: Texte und Untersuchungen, V 4, Leipzig 1889 y 1906, Nº 7.

[5] H. Raguer, Misa dominical, 1977,16. Adaptado de: www.mercaba.org

[6] San Anselmo de Cantorbery,  Carta 112, Opera omnia, T. 3, 1946,244-246, San Anselmo era originario de Aosta, en el Piamonte  actualmente italiano, donde nació en el año 1033. A pesar de ello es comúnmente conocido como san Anselmo de Canterbury, al haber sido arzobispo de dicha ciudad durante algunos años, donde murió en 1109. Su educación corrió a cargo de los benedictinos, luego de una experiencia poco afortunada con el primero de los profesores a los que fue encomendado, al no haberle sabido transmitir el aprecio por los estudios. A los quince años intentó ingresar en un monasterio, impidiéndoselo su padre, que le tenía reservados otros menesteres más mundanos; pero luego de haberse sometido a su voluntad, y haber olvidado durante algún tiempo sus inclinaciones religiosas, ingresó a los 27 años en el monasterio de Bec, en Normandía, donde se convirtió en amigo y discípulo del Abad Lanfranco. Posteriormente fue nombrado él mismo Abad de dicho monasterio, donde compuso dos de sus obras más conocidas: El Monologion, meditación teológico-filosófica sobre las razones de la fe, en donde nos presenta algunas pruebas de la existencia de Dios, propias de la tradición agustiniana, y el Proslogion, donde encontramos el llamado «argumento ontológico», que constituye la aportación más original de san Anselmo a la filosofía medieval.

En 1092 se dirigió a Inglaterra, a Canterbury, donde luego de varias negativas a aceptar el cargo, fue nombrado arzobispo de la sede, ejerciendo como tal hasta su muerte, a pesar de verse obligado a abandonar la ciudad en varias ocasiones, por diversos conflictos mantenidos con Guillermo el Rojo y, posteriormente, con Enrique.

Print Friendly, PDF & Email

Páginas